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Se Escondió En El Molino Abandonado… Y El Viudo Que La Encontró Le Hizo Una Propuesta Que Nadie…

No llevaba nombre de hombre que la respaldara. No llevaba dinero suficiente para pagar una noche de posada ni carta alguna que explicara quién era o de dónde venía. No llevaba más que un jatillo de ropa remendada, un rosario de madera heredado de su madre y un cuaderno pequeño de tapas oscuras donde estaban copiadas con letra apretada las recetas de plantas medicinales que la mujer que la trajo al mundo le había enseñado desde niña.

Catalina Molares Vidal llevaba, además de todo eso, los pies llenos de ampollas y una deuda que no era suya. Había caminado dos días desde el pueblo de Fontrubí, siguiendo el camino de tierra que bordeaba los viñedos. Al principio contó las horas por la posición del sol. Después dejó de contar.

El hambre le cerraba el estómago y la fatiga le pesaba en los hombros como piedra mojada. Desde que murió su marido, el mundo se había ido estrechando a su alrededor con la tranquila crueldad de quien no necesita alzar la voz para hacer daño. Los cuñados se quedaron con la casa. El administrador de la finca reclamó unas deudas que ella nunca había visto firmadas.

El alcalde del pueblo le explicó, sin mirarla a los ojos, que una mujer sin tutela legal tenía pocas formas de defender lo que decía ser suyo. Así que Catalina hizo lo único que le quedaba. Recogió el cuaderno, el rosario y la ropa y se marchó antes de que amaneciera. Cuando el cielo se puso color ceniza detrás de las colinas y el frío de la tarde empezó a morderle los tobillos, vio el molino.

Estaba escondido entre dos hileras de olivos viejos a un lado del camino. La rueda había dejado de girar hacía mucho tiempo. La madera del portón estaba hinchada por la humedad y las piedras del muro tenían musgo en las junturas. Más allá, separada por un prado largo, se alzaba la macía. Era grande, de piedra gris, con el tejado de teja oscura y chimeneas que aún echaban humo.

Catalina miró la casa y supo que no podía llamar a aquella puerta. Una mujer sola, sin explicación clara, sin nombre conocido en aquella comarca, no era bienvenida en ninguna propiedad al caer la noche. Pero el molino, eso era otra cosa. El molino parecía olvidado por todos, incluido su dueño. Empujó el portón con el hombro, se dio con un quejido largo.

Dentro olía a piedra húmeda, a grano viejo y a madera que llevaba años sin ver la luz. En un rincón había una pila de sacos vacíos. Catalina se sentó encima, abrazó el jatillo contra el pecho y cerró los ojos. Solo una noche, se dijo. Al amanecer seguiría caminando. No tocaría nada, no pediría nada. Solo necesitaba que la oscuridad la cubriera unas horas.

No pudo dormir, cada ruido la despertaba. El crujido del tejado, el viento entre los olivos, el ladrido lejano de un perro. Fue ese perro el que la delató. Los pasos llegaron despacio, sin prisa, como si el hombre que los daba conociera cada piedra del camino de memoria. La linterna proyectó luz por las rendijas del portón antes de que este se abriera.

Catalina se hundió en los sacos y contuvo la respiración. La voz que habló era grave y tranquila. Sé que hay alguien ahí dentro. Salga. No era una voz de borracho ni de hombre que buscaba pelea. Era la voz de quien está acostumbrado a decir las cosas una sola vez. Catalina no se movió. Pensó en saltar por la ventana pequeña que había al fondo, pero sus piernas apenas la sostenían.

Pensó en inventar una historia. Luego pensó que ya estaba demasiado cansada para mentir. Salió del molino con el jatillo apretado contra el pecho. El hombre era alto, de unos 40 años, vestido con ropa de trabajo oscura y una chaqueta de paño grueso. Llevaba la linterna en una mano y en la otra las riendas de un caballo castaño.

Tenía el rostro serio, la piel curtida por el sol y los ojos fijos en ella, no con desprecio, sino con una cautela que pesaba lo mismo. No he tocado nada”, dijo Catalina con la voz ronca de quien lleva horas sin hablar. Solo necesitaba pasar la noche. El hombre la observó en silencio. El vestido manchado de camino, los pies mal calzados, las manos en las que se notaba el frío.

“Este molino pertenece a Kans Solanes, respondió él. ¿De dónde viene?” Catalina sostuvo su mirada. Había aprendido que bajar los ojos demasiado pronto era la primera forma de perder una conversación. De lejos,” dijo, “y mañana seguiré lejos. No le pido nada más que esta noche.” El hombre esperó como si la respuesta no le bastara, pero tampoco quisiera forzar otra.

La linterna iluminó el rostro de Catalina lo suficiente para que él viera la fiebre que le enrojecía las mejillas y el temblor que no era de frío, sino de agotamiento. “¿Cómo se llama?”, Ella dudó un instante, no por miedo al nombre, sino porque dar el nombre completo era dar también lo que venía detrás. Catalina Molares Vidal. El hombre asintió despacio.

Soy Sebastián Puig Garnal. Esa macía de allí es mía. Venga. Catalina retrocedió medio paso. No es necesario. Tiene fiebre y lleva días caminando. Si es necesario, no puedo pagar. Él la miró de una manera diferente y hace fenga. Catalina no se movió de inmediato. La gente decía muchas cosas cuando todavía tenía tiempo de cambiar de idea, pero el hombre no intentó tomarla del brazo, solo se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la macía, llevando el caballo de las riendas, con la certeza tranquila de quien confía en que los demás terminarán

por seguirle. Catalina lo siguió. La macía de canzolanes era grande por dentro, pero no era una casa alegre. Los techos eran altos, las paredes de piedra, los muebles sólidos y oscuros. Había orden, pero era el orden de una casa que ha aprendido a funcionar sin que nadie se preocupe de si está bien o mal.

Las flores de los jarrones llevaban demasiado tiempo sin ser cambiadas. Los manteles de las mesas tenían remiendos que se veían desde lejos. Una mujer apareció desde la cocina antes de que llegaran a la puerta. Era mayor, de pelo blanco, recogido en un moño apretado, delantal oscuro y ojos pequeños que evaluaban todo con rapidez. “Señor Sebastián”, dijo y luego miró a Catalina con expresión que mezclaba la sorpresa con la desconfianza.

“La encontré en el molino viejo”, explicó él. “Tiene fiebre, necesita comer y descansar”. La mujer mayor apretó los labios. Viene sola. Sí, respondió Catalina antes de que nadie pudiera responder por ella. La mujer la miró de arriba a abajo. Luego miró al señor de la casa. El caldo de la cena todavía está caliente. Que coma primero dijo él.

Lo demás puede esperar hasta mañana. La mujer mayor, que respondía al nombre de Conxita y que llevaba 30 años en aquella casa, la instaló en un cuarto pequeño junto a la despensa. Había una cama estrecha, una jarra de agua, una silla y una ventana que daba al patio. Para alguien que había dormido las últimas noches en establos y a la intemperie, aquello parecía un palacio.

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