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Carlo Acutis le reveló al médico: “El niño que operaste ayer no era el paciente correcto… revisa el

II.

para cambiar el ambiente. Los enfermeros me habían hablado de él. Me habían dicho que era un chico muy especial, que tenía 15 años, que estaba catalogando milagros eucarísticos de todo el mundo en un sitio web, que iba a misa cada mañana, incluso cuando apenas podía caminar, que siempre estaba con su laptop trabajando, aunque estuviera en quimio.

Me lo decían con una mezcla de ternura y asombro. Yo francamente escuchaba esas historias con la misma actitud con la que un físico nuclear escucha que alguien cree en la astrología, no con hostilidad, con condescendencia amable. Pensaba que era una pena que un chico tan joven y tan inteligente, porque me habían dicho que era muy inteligente, usara su energía en esas cosas.

Esa mañana Carlo estaba sentado cerca de la ventana en su silla de ruedas con la mochila azul en el regazo. Era una mochila común, escolar, del tipo que llevan los chicos de 15 años en toda Europa. Llevaba sus tenis Nike, los mismos que siempre usaba, aunque los pacientes generalmente usaban pantuflas o calcetines del hospital.

El cabello oscuro, despeinado, como siempre, la piel de un color que no era sano, esa palidez particular que tienen los pacientes de quimioterapia, pero los ojos vivos, completamente despiertos, a pesar de la hora temprana, me miró directamente cuando yo pasé, con una seguridad que no era agresiva, pero tampoco era la mirada de un chico que te está pidiendo permiso para hablar.

dijo mi nombre completo, Dr. Matías Romero. Me detuve. Eso solo ya fue algo que me hizo sentir raro, porque yo no recordaba haberme presentado nunca a Carlo. Lo había visto en los pasillos, quizás lo había saludado con una cabezada de distancia, pero no había tenido ninguna conversación con él. El personal de enfermería me conocía, claro, pero era raro que un paciente adolescente supiera mi nombre completo con ese nivel de precisión y confianza.

Me acerqué, le pregunté si necesitaba algo, si estaba bien, con ese tono profesional automático que desarrollamos los médicos como escudo. Él dijo que sí, que necesitaba hablar conmigo, que era urgente. Me detuve completamente, algo en su tono, algo que todavía no sé describir bien. Me hizo sentir que sería un error seguir caminando.

Lo que dijo en los siguientes dos minutos me cambió la vida. Me dijo, sin rodeos, sin introducción, con una calma absolutamente extraordinaria para un chico de 15 años enfermo de leucemia a las 7:42 de la mañana. El niño que operaste hace dos horas no era el paciente correcto. Revisa el expediente.

Los registros fueron intercambiados en admisiones y luego me dio el nombre. Francesco Belini no tenía apendicitis aguda. Y luego el otro nombre, el niño que sí la tiene se llama Tommaso Ferrara. Tiene 7 años. Vive en Viadante 47. Sus padres creen que solo tiene un dolor de estómago. Si no lo encuentras en las próximas 72 horas, cuando llegue a emergencia, ya será demasiado tarde para evitar complicaciones graves.

Yo me quedé de pie en ese pasillo sintiendo algo que en 20 años de medicina no había sentido. Una especie de disociación, como si el suelo de debajo de mis pies hubiera cambiado de composición sin que yo me moviera. Procesé las palabras una por una. El niño que operé. Expedientes intercambiados. Tomaso Ferrara.

Vi a Dante 47 72 horas. Mi primera reacción, que me avergüenza ahora, pero que era honesta en ese momento, fue de indignación profesional. ¿Cómo podía este adolescente saber sobre mis cirugías? ¿Cómo podía tener acceso a nombres de pacientes? ¿Cómo conocía direcciones? ¿Alguien del personal le había filtrado información? ¿Era algún tipo de broma, algún malentendido? Me dije a mí mismo que era imposible, que yo había revisado el historial de Francesco Belini personalmente antes de entrar a quirófano, que los síntomas eran claros,

que la leucocitosis era real, que el dolor en la fosa ilíaca derecha era real, que toda la presentación clínica era textbook. Se lo dije así, con esa combinación de cansancio y arrogancia que tenía en ese entonces. Le dije que era imposible, que yo había revisado personalmente el historial, que los síntomas eran inequívocos, [música] que tenía protocolos para exactamente ese tipo de verificación.

Carlo me miró y en esa mirada había algo que hasta el día de hoy me cuesta describir sin que me parezca una exageración. No era la mirada de un chico que está discutiendo con un adulto. Era la mirada de alguien que sabe exactamente lo que sabe, que no necesita convencerte, que te está dando la información porque tiene que hacerlo y lo que vos hagas con ella ya es tu problema.

Una mirada de una calma que no era indiferencia, era algo más parecido a la compasión. Me dijo, “Revisa otra vez, doctor. Revisa el número de identificación del paciente en el brazalete versus el número en el expediente quirúrgico. Hay una discrepancia.” Y cuando lo compruebes, busca a Tomáso Ferrara. tiene exactamente 72 horas antes de que el cuadro se complique.

Luego sacó de la mochila azul un papel doblado en cuatro y me lo entregó. Con esa misma calma extraordinaria me dijo, “No lo abras hasta después de verificar.” y giró la silla de ruedas y se fue por el corredor hacia el ascensor, sin esperar mi respuesta, sin mirar atrás, como alguien que acaba de entregar un mensaje que tenía que entregar y cuyo trabajo en ese pasillo había terminado.

Me quedé parado con el papel en la mano durante unos 10, 15 segundos que se sintieron mucho más largos. Luego hice lo que hace un médico científico con 14 horas de turno encima, que acaba de escuchar algo perturbador de un paciente adolescente. Guardé el papel en el bolsillo de la bata y fui a verificar. No porque creyera en lo que Carlo me había dicho, sino porque era lo que correspondía hacer.

Porque si había una chance, aunque fuera una chance absurda de que algo estuviera mal en mis registros, mi obligación era verificarlo. Eso me lo enseñó mi padre cuando era chico. Cuando alguien te dice que hay un problema, verificás. No importa si te parece descabellado, verificás. Fui a registros médicos, pedí el expediente físico de Francesco Bellini.

El archivero me miró raro porque era una hora temprana y yo acababa de salir de quirófano de ese mismo caso, pero me lo trajo sin preguntar. Saqué el brazalete que habíamos guardado en el archivo postquirúrgico, como es el protocolo. El número de identificación en el brazalete era 0479B. Luego abrí el expediente quirúrgico, el que yo había firmado antes de entrar al quirófano.

El número de identificación en ese expediente decía 04792B, dos dígitos transpuestos, el 9 y el 2,4729 versus 04792. Lo leí tres veces. Pensé que era yo, que el cansancio me hacía ver mal. Me limpié los ojos, lo leí de nuevo. Los números no cambiaron. Busqué el expediente correspondiente al número 04792B. Tomaso Ferrara, 7 años.

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