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SOLO ERA UNA CRIADA… PERO TERMINÓ SIENDO TODO PARA EL HACENDADO VIUDO Y SU HIJO

El niño no lloraba. Eso era lo que más asustaba a todos. Desde el día del entierro, Samuel Roldán, 8 años, ojos grandes y oscuros como los de su madre, simplemente había dejado de hablar. No un llanto silencioso, no un solozo contenido, nada, como si alguien hubiera apagado un interruptor por dentro y nadie supiera dónde volvérselo a encender.

 Don Vicente Roldán lo observaba desde el umbral del cuarto algunas noches cuando creía que el niño dormía. Lo miraba respirar y en esa respiración buscaba alguna señal, algún indicio de que su hijo seguía ahí, de que no se había ido tamban bien con Camila. Pero Samuel solo respiraba y eso era todo.

 La hacienda Los auces del alba llevaba siete meses funcionando a medias. Las tierras seguían produciendo, los peones seguían trabajando, el ganado seguía pastando en los potreros del sur. Vicente se aseguraba de eso. Era lo único sobre lo que todavía tenía control. La tierra. La tierra no moría si uno la trabajaba. La tierra no te miraba con ojos vacíos a la hora de la cena.

 La tierra no te recordaba en cada silencio de la mesa que antes había una voz que llenaba esa casa y que ahora ya no estaba. Camila había muerto en febrero, un parto que salió mal. El bebé tampoco sobrevivió. Vicente nunca habló de eso con Samuel y Samuel nunca preguntó. Desde entonces, la hacienda tenía tres empleadas de casa Remedios, que cocinaba y llevaba décadas en la propiedad, Esperanza, una mujer mayor que se encargaba de la ropa y la limpieza y una joven llamada Petra, que había durado exactamente 11 días antes de renunciar llorando, diciendo que el

ambiente de esa casa la ahogaba. Nadie la culpó. El psicólogo que vino desde la ciudad duró tres sesiones. En la cuarta le dijo a Vicente con toda la delicadeza posible que Samuel requería un ambiente de confianza prolongada, que la terapia tomaba tiempo, que no había atajos. Vicente asintió, pagó la consulta y no volvió a llamarlo, no porque no creyera en él, sino porque cada vez que ese hombre llegaba a la hacienda, Samuel se encerraba en su cuarto y no salía hasta que el carro del psicólogo abandonaba el

camino de tierra. El niño sabía exactamente lo que estaba pasando y lo rechazaba. La maestra que intentaron contratar para educarlo en casa duró menos que Petra. El primo de Vicente, Augusto, que vino desde Guadalajara con la intención de animar el ambiente, se fue a la semana diciendo que Vicente era imposible y que ese niño lo ponía nervioso.

 casa siguió en silencio y Vicente siguió levantándose a las 5 de la mañana, recorriendo sus tierras, dando órdenes a sus trabajadores, revisando cuentas por la noche y mirando a su hijo desde el umbral antes de apagar la luz del pasillo. Fue Remedios quien trajo el tema una mañana mientras servía el café. Don Vicente, necesitamos contratar a alguien más para la casa.

Esperanza ya no da abasto y yo tengo las rodillas mal. Necesitamos una muchacha joven que pueda encargarse de las cosas pesadas y también que pueda estar con el niño. Vicente no levantó los ojos del periódico. Ponte de acuerdo con Esperanza. Que pongan el aviso en el pueblo.

 Ya lo pusimos, don Vicente, tres veces. Nadie quiere venir, eso sí lo hizo levantar la vista. ¿Cómo que nadie quiere venir? Remedios apretó los labios con una expresión que lo decía todo sin decir nada. Vicente entendió. La gente hablaba. En los pueblos siempre se hablaba. La hacienda Los Sauces del Alba era la casa del viudo serio, o peor, la casa donde murió la señora Camila.

 Nadie quería entrar a servir en un lugar así. Nadie quería convivir con ese silencio. Entonces amplíen el aviso que llegue a los municipios de alrededor. Ya lo hicimos, don Vicente. Él volvió al periódico sin responder y Remedios entendió que la conversación había terminado. Lía Serrano llegó un martes. No llegó porque hubiera visto el aviso.

Llegó porque su vecina Dolores, que vivía tres casas abajo en el pueblo de San Cristóbal de las Mesas, había escuchado a alguien mencionar la hacienda en el mercado y le había dicho a Lía, casi de pasada, casi sin importancia, “Dicen que en la hacienda los hausces buscan muchacha, pero que nadie quiere ir porque el patrón es muy serio y el niño está mal de la cabeza.

Dolores lo dijo como chisme, como uno de esos datos que uno comparte. y olvida en 5 minutos. Pero Lía no lo olvidó. Se quedó pensando en eso toda la noche y a la mañana siguiente, sin decirle nada a su madre, que seguía enferma y que necesitaba medicamentos que no podía pagar, con lo que ganaba lavando ropa ajena, tomó el primer camión que salía hacia el municipio de Aldama.

 No tenía carta de recomendación, no tenía experiencia en casas grandes, tenía 23 años, las manos callosas de trabajar desde los 14 y algo que no sabría explicarle a nadie, la certeza de que tenía que ir. No era intuición mística ni nada parecido. Era algo más sencillo y más difícil de nombrar. era que su madre, en uno de sus momentos lúcidos, le había dicho algo hacía años, algo sobre la familia Roldán, algo que Lía había guardado sin entender del todo, como quien guarda una llave sin saber todavía qué puerta abre. Llegó a la

hacienda a las 10 de la mañana. Remedios la recibió en la entrada con cara de pocos amigos. ¿Vienes por el puesto? Sí, señora. ¿Tienes referencias? No. Experiencia en casa de Hacienda. No. Remedios la miró de arriba a abajo con la franqueza directa de quien ha trabajado toda su vida y no tiene tiempo para rodeos.

 Muchacha, con todo respeto, esto no es un lugar fácil. El patrón es exigente y el niño el niño tiene sus cosas. Las últimas dos que vinieron no aguantaron ni dos semanas. Yo no soy las últimas dos que vinieron, dijo Lía, sin altanería, sin soberbia, solo como un hecho. Remedios, la estudió un momento más.

 Y algo en la forma tranquila en que esa muchacha la miraba sin bajar los ojos, pero sin desafiarla tampoco, la hizo dudar. Espera aquí. Vicente la recibió en la sala principal con la misma expresión con que revisaba un contrato de compraventa. Calculadora, impersonal, directa. Remedios me dice que no tienes experiencia. No en casas así, don Vicente, pero sé trabajar y aprendo rápido.

 ¿Por qué quieres este puesto si en el pueblo ya saben que no es fácil? Lía no vaciló porque necesito el trabajo. Mi mamá está enferma y necesito pagar su tratamiento y porque creo que puedo ayudar aquí. ¿Audar en qué? En lo que se necesite. Vicente tamborileó los dedos sobre el brazo del sillón. No era una respuesta brillante, no era lo que esperaba, pero tampoco era mentira y eso podía notarlo.

 El sueldo es este, dijo y le mencionó una cantidad. era justa, más que justa para la región. Lía asintió. Hay reglas en esta casa, continuó Vicente. La principal, Samuel no es un tema de conversación con nadie fuera de aquí. Lo que pasa en esta hacienda se queda en esta hacienda. ¿Entendido? ¿Entendido? Y si en algún momento decides irte, me avisas con tiempo.

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