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Ella ayudó a una anciana a cruzar la calle todos los días… hasta que su hijo Millonario apareció y…

 Pasó frente a la panadería, que ya despedía el aroma dulce del pan recién horneado, luego junto al puesto de periódicos donde don Memo levantaba la cortina metálica mientras silvaba una canción que ella no reconoció, saludó con la mano sin detenerse. Él respondió con un gesto amable y siguió con lo suyo. La primera cuadra siempre era rápida, la segunda, en cambio, tenía algo distinto.

 Allí estaba el condominio de lujo, una torre de cristal y concreto que se elevaba imponente sobre todos los edificios de la zona. Renata lo había visto infinidad de veces, pero nunca dejaba de parecerle ajeno, como si perteneciera a otra ciudad completamente diferente. Las rejas doradas que rodeaban el perímetro brillaban bajo la luz matutina y detrás de ella se veía el jardín perfectamente cuidado, las palmeras alineadas con precisión milimétrica, las fuentes de agua que nunca dejaban de funcionar.

 Era el tipo de lugar donde Renata sabía que jamás podría vivir, ni siquiera en sueños. Apenas le alcanzaba para pagar el alquiler de su pequeño departamento en la colonia Vecina, un cuarto con baño compartido y una cocineta que apenas funcionaba. Vivir ahí en ese condominio era algo tan lejano como tocar las estrellas con las manos.

 Pero lo que sí estaba cerca, lo que era real y tangible cada mañana, era la figura menuda de doña Rosa, esperando junto al portón principal del condominio, siempre en el mismo lugar, siempre a la misma hora. Renata la vio desde lejos. La señora llevaba puesto un suéter gris claro sobre una blusa color marfil, el cabello plateado recogido en un moño bajo.

 Tenía las manos entrelazadas sobre el bastón de madera pulida que sostenía con firmeza, y sus ojos claros escaneaban la acera con esa mezcla de paciencia y expectativa que Renata ya conocía bien. Cuando sus miradas se encontraron, doña Rosa sonríó. No era una sonrisa casual ni educada, era genuina, cálida, como si Renata fuera alguien importante en su día.

 Buenos días, doña Rosa! Saludó Renata acercándose con paso ligero. Buenos días, hijita respondió la anciana con voz suave pero firme. Pensé que hoy no vendrías. ¿Cómo cree? Siempre vengo dijo Renata con una sonrisa mientras se colocaba a su lado. Lista para cruzar. Doña Rosa asintió y comenzaron a caminar juntas hacia la esquina.

 La avenida que tenían que atravesar era ancha, de cuatro carriles por sentido, y a esa hora el tráfico ya era denso. Los autos pasaban veloces, impacientes,  sin miramientos. Los semáforos cambiaban rápido y los conductores tocaban el claxon ante cualquier retraso. Renata siempre esperaba a que el semáforo peatonal se pusiera en verde, pero aún así vigilaba cada movimiento, cada auto que giraba sin avisar, cada motocicleta que se colaba entre los carriles.

 ¿Cómo durmió anoche?, preguntó Renata mientras esperaban en la esquina. Bien, bien. Aunque desperté temprano como siempre, ya sabes, a mi edad el cuerpo no necesita tanto descanso. Doña Rosa ríó bajito. Emiliano dice que debería dormir más, pero no puedo quedarme en la cama cuando ya estoy despierta.

 Renata había escuchado ese nombre varias veces. Emiliano, el hijo de doña Rosa. La señora hablaba de él con frecuencia, con ese orgullo silencioso que tienen las madres cuando mencionan a sus hijos. Renata sabía que era exitoso, que viajaba mucho, que tenía una vida ocupada, pero más allá de eso nunca había preguntado demasiado.

 No le parecía su lugar hacerlo. El semáforo cambió a verde y ambas comenzaron a cruzar. Renata caminaba despacio, ajustándose al ritmo de doña Rosa, atenta a cada paso que daba la anciana sobre el pavimento irregular. A mitad de camino, un auto giró sin señalizar y Renata extendió el brazo instintivamente como una barrera protectora, hasta que el vehículo pasó de largo.

 Doña Rosa ni siquiera se inmutó. Confiaba en ella completamente. Llegaron al otro lado de la avenida y continuaron caminando hacia el café. Estaba a media cuadra con sus ventanas amplias que dejaban ver el interior acogedor, las mesas de madera, las sillas disparejas que le daban un toque hogareño. El letrero colgante decía Café Luna en letras curvas pintadas a mano.

 Renata había trabajado ahí desde que llegó a la ciudad. Al principio solo era temporal, algo para pagar las cuentas mientras buscaba otra cosa. Pero los meses pasaron, luego los años y ahí seguía.  No era un mal trabajo. Los clientes eran amables en su mayoría. Las propinas alcanzaban para sobrevivir y su jefa, la señora Lupita, era comprensiva cuando Renata necesitaba cambiar turnos o faltar por alguna emergencia.

  “Ya llegamos, doña Rosa”, anunció Renata al detenerse frente a la puerta del café. “Gracias, hijita, eres un ángel.” Doña Rosa le dio una palmadita suave en el brazo. “Nos vemos adentro.” “Claro, ahorita le llevo su café. respondió Renata abriendo la puerta para que la señora entrara primero. Doña Rosa siempre se sentaba en la misma mesa, la que estaba junto a la ventana, desde donde podía observar la avenida mientras desayunaba.

 Renata entró detrás de ella, saludó con un gesto a Lupita, que ya estaba detrás de la barra preparando la cafetera, y se dirigió directamente al pequeño vestidor en la parte trasera para dejar su bolsa y ponerse el delantal negro que usaba durante su turno. Cuando regresó al salón, doña Rosa ya estaba acomodada en su lugar, mirando por la ventana con esa expresión tranquila que siempre tenía.

 Renata se acercó con una libreta en mano, aunque ya sabía perfectamente lo que la señora iba a pedir, siempre era lo mismo: café americano, pan dulce tostado con mantequilla y un vaso pequeño de jugo de naranja. Lo de siempre, doña, preguntó Renata con una sonrisa. Lo de siempre, querida”, confirmó doña Rosa. “y siéntate un momento si puedes.

 Quiero contarte algo.” Renata miró alrededor. El café todavía estaba vacío apenas comenzaba el turno. Lupita le hizo una seña con la mano indicándole que no había problema. Renata jaló una silla y se sentó frente a doña Rosa. “¿Qué pasó?”, preguntó con curiosidad genuina. Doña Rosa se inclinó ligeramente hacia adelante como si fuera a compartir un secreto importante.

 Ayer le conté a Emiliano sobre ti.  Renata parpadeó sorprendida. Sobre mí. ¿Por qué? Porque siempre hablas con tanta amabilidad. Siempre me ayudas sin que te lo pida y nunca tienes prisa, aunque sé que llegas justa a tu trabajo. Doña Rosa sonrió con ternura. Le dije que hay una chica muy educada que me ayuda a cruzar la calle todos los días.

 que nunca he conocido a alguien tan atenta. Renata sintió calor en las mejillas. No estaba acostumbrada a los elogios y mucho menos a que alguien hablara de ella con tanto cariño. No es nada, doña Rosa. Es lo mínimo que puedo hacer, dijo bajando la mirada. Para ti será lo mínimo, pero para mí significa mucho, insistió la anciana.

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