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“SI ME PERMITES QUEDARME, TE PROMETO CUIDAR DE TI”, LE DIJO LA JOVEN AL GRANJERO VIUDO Y SOLITARIO

Hay lugares en el mundo que parecen existir fuera del tiempo. Lugares donde el viento no solo mueve las hojas, sino que también arrastra los recuerdos, los empuja contra las paredes de piedra, los mete por las rendijas de las ventanas viejas y los deposita en los rincones donde nadie se atreve a barrer.

San Laureano era uno de esos lugares. Clavado entre las colinas del estado de Oaxaca, en México, San Laureano no aparecía en los mapas turísticos ni en las guías de viaje. Era un pueblo que había sobrevivido al olvido porque sus habitantes habían aprendido generación tras generación a no necesitar que el mundo exterior los recordara.

Tenían la tierra, tenían el cielo, tenían el maíz y el maguei. Y tenían sobre todo la memoria de sus muertos. El camino principal que llevaba al pueblo desde la carretera federal era una brecha de terracería que en época de lluvias se convertía en un río de lodo café. Los autobuses de segunda que pasaban por la carretera federal lo hacían dos veces al día, uno por la mañana y otro por la tarde.

Y los chóeres ya sabían que en esa parada casi nunca bajaba nadie. San Laureano era un destino de llegada para muy pocos y de partida para muchos, especialmente los jóvenes que se marchaban a Oaxaca capital o al norte del país buscando lo que la tierra seca no podía darles. Pero la tierra para algunos era todo. Para don Anselmo Ferrer, la Tierra era la única conversación que valía la pena tener.

Anselmo tenía 62 años, aunque cargaba en el cuerpo el peso de 75. Era un hombre de constitución ancha, manos grandes como palas, dedos agrietados por décadas de trabajo bajo el sol oaxaqueño. Su piel era del color del tabaco tostado y su cabello, completamente blanco, contrastaba con las cejas espesas y negras, que todavía le quedaban sobre unos ojos oscuros, que miraban al mundo con la desconfianza de quien ha sido decepcionado demasiadas veces.

Vivía solo desde hacía 3 años, 3 años, 4 meses y 16 días para ser exactos. Aunque Anselmo no contaba los días en voz alta, ni en silencio tampoco, simplemente los sentía pasar como uno siente el peso del costal que carga. Sin necesidad de contar los kilos, el cuerpo sabe cuánto es.

Guadalupe Ferrer, su esposa, había muerto un miércoles de octubre después de una enfermedad que comenzó siendo un dolor de estómago que no cedía y terminó siendo un cáncer que ningún médico del pueblo había sabido detectar a tiempo. Para cuando llegaron al hospital de Oaxaca capital, ya no había mucho que hacer.

Guadalupe murió con la mano de Anselmo entre las suyas, mirándolo con esos ojos cafés que él había amado desde que tenían 16 años y se habían encontrado en la feria del pueblo. No tuvieron hijos. Eso era algo que Guadalupe lamentaba en silencio y que Anselmo nunca supo cómo consolarla porque él mismo lo lamentaba, aunque nunca lo dijo.

Los hombres de San Laureano no hablaban de esas cosas. Los hombres de San Laureano trabajaban, comían, dormían y volvían a trabajar, y si algo les dolía por dentro, lo dejaban ahí adentro, hasta que se fosilizaba y ya no dolía tanto. Después de la muerte de Guadalupe, Anselmo se convirtió en la versión más cerrada de sí mismo.

Ya antes no era hombre de muchas palabras, pero al menos saludaba cuando cruzaba a alguien en el camino. compraba su mezcal los sábados en la tienda de don Rutilio y de vez en cuando se sentaba con los otros ejidatarios a discutir los asuntos del campo, pero después de ella se fue reduciendo.

Primero dejó de ir los sábados, luego dejó de asistir a las reuniones de elegido, luego dejó de responder los saludos con algo más que un movimiento de cabeza. La gente del pueblo lo entendía o lo toleraba que viene a ser lo mismo. Lo que nadie entendía o nadie se atrevía a comentar en voz alta era que Anselmo parecía estar borrando a Guadalupe de la Granja de manera sistemática y al mismo tiempo negándose a borrarla del todo.

huerto que ella había cuidado con tanto esmero, donde crecían chiles, hierbas de olor, flores de cempasil y una bugambilia morada que trepaba por la barda sur, estaba ahora abandonado. Las plantas habían muerto o se habían convertido en maleza. La bugambilia seguía ahí, pero nadie la podaba. El espacio era un recordatorio de lo que había sido y ya no era.

Y Anselmo lo dejaba estar así, ni vivo ni muerto, como si no supiera qué hacer con él. La mañana del miércoles en que todo comenzó a cambiar, el cielo sobre San Laureano tenía ese color verde grisáceo que los campesinos de la región reconocen sin necesitar que nadie se los explique. Era el color de la tormenta grande. No el aguacero de todos los días en temporada de lluvias, sino la tormenta de las que arrancan árboles y vuelcan camionetas y dejan los caminos de terracería intransitables por días.

Anselmo lo vio desde el portal de su casa con el café en la mano y calculó que tenía quizás 2 horas antes de que llegara. Se puso a trabajar. La cerca del potrero norte llevaba semanas necesitando reparación. Tres tablas de madera se habían podrido y el alambre de púas en esa sección estaba tan flojo que cualquier becerro con un poco de iniciativa podía saltarlo.

Anselmo tenía cuatro reses y un caballo viejo llamado cenizo. Y aunque las resces eran demasiado perezosas para escaparse, no quería arriesgarse con la tormenta. El ganado se pone nervioso con los relámpagos y el trueno. Y un animal nervioso es un animal impredecible. Fue al cobertizo, cargó las tablas nuevas, el mazo, los clavos y el rollo de alambre, y caminó al potrero norte.

El aire ya olía a tierra mojada, aunque todavía no caía ni una gota. Era ese olor previo, cargado y pesado, que hace que los perros se metan bajo las camas y los pájaros dejen de cantar. trabajó rápido. Anselmo era viejo, pero no lento. Y cuando se trataba de trabajo físico, el cuerpo recordaba décadas de entrenamiento.

Clavó las tablas, tensó el alambre, comprobó la resistencia y estaba a punto de recoger sus herramientas cuando lo vio, o mejor dicho, cuando la vio. Al principio pensó que era un bulto que el viento había arrastrado hasta el borde del camino, un costal quizás o una pila de ropa vieja que alguien había dejado caer desde algún vehículo, porque nadie caminaba por ese camino a esas horas y mucho menos con una tormenta encima.

Pero entonces el bulto tenía pelo. Anselmo frunció el ceño, recogió su mazo y caminó hacia donde el camino de acceso a su granja se unía con la brecha principal. Y efectivamente ahí estaba una persona, una mujer joven tendida en el suelo sobre un costado, con las rodillas levemente dobladas hacia el pecho, la mejilla apoyada en la tierra húmeda del camino, el cabello oscuro y largo extendido alrededor de su cabeza como un abanico sucio.

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