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El Millonario explotó de celos cuando el vecino elogió a la niñera… lo que hizo después la impactó…

Diego Vargas acababa de llegar a su casa. Mateo podía ver las luces encendiéndose en el piso superior. Podía imaginar al arquitecto quitándose el saco, aflojándose la corbata, tal vez recordando la carne asada de ayer, tal vez recordando a Sofía. Y ese pensamiento simple y directo hizo que los dedos de Mateo se apretaran alrededor del vaso de cristal con fuerza suficiente para que sus nudillos se pusieran blancos.

 Era ridículo, completamente ridículo. Sofía era la niñera de Valentina, una empleada, una mujer que llevaba tres meses trabajando en su casa y con la que apenas había cruzado conversaciones más allá de instrucciones sobre horarios de comida y rutinas de sueño. No había razón, ninguna razón lógica para que Mateo sintiera esta presión en el pecho cada vez que recordaba cómo Diego había sonreído mientras hablaba con ella ayer, cómo la había mirado, cómo Sofía había reído por algo que él dijo, una risa suave y genuina que Mateo nunca había

escuchado dirigida hacia él, se apartó de la ventana con brusquedad y se dejó caer en el sillón de cuero frente a su escritorio. bebió el whisky de un trago sintiendo el ardor bajar por su garganta sin realmente saborearlo. Necesitaba pensar con claridad. Necesitaba analizar esto, como analizaba cualquier problema empresarial, identificar la raíz del asunto y eliminarla con eficiencia quirúrgica.

 ¿Cuándo había comenzado exactamente? Mateo cerró los ojos, obligándose a rastrear el origen de esta incomodidad que había estado creciendo sin que él se diera cuenta. Tres meses atrás, cuando Rosa le informó que había contratado a una pedagoga de Oaxaca para cuidar a Valentina, Mateo simplemente asintió y firmó la autorización de pago sin siquiera preguntar el nombre.

 Estaba demasiado ocupado cerrando un acuerdo con inversionistas de Silicon Valley como para preocuparse por detalles domésticos. Rosa se encargaba de esas cosas, siempre lo había hecho. El primer día de Sofía en la casa, Mateo la vio de pasada en el pasillo. Una mujer joven, delgada, con el cabello oscuro recogido en una cola de caballo, ropa sencilla y ojos grandes que parecían observarlo todo con atención silenciosa.

 Le dio los buenos días con voz suave. Él respondió con un gesto vago de la cabeza y continuó hacia su oficina. Otro empleado más, nada especial, pero Valentina cambió. Eso fue lo primero que Mateo notó una semana después. Su  hija, que desde el abandono de su madre se había vuelto retraída yorica, de repente empezó a sonreír.

 Nuevamente empezó a correr por la casa riendo, a comer sin berrinches, a dormir toda la noche sin pesadillas y siempre, siempre con Sofía cerca. Mateo observaba desde la distancia, desde su oficina, con puertas de cristal que le permitían ver sin ser visto, y algo en su pecho se aflojaba cada vez que escuchaba la risa de Valentina, mezclándose con la voz paciente de Sofía.

 Fue puramente práctico. Al principio, Mateo se sentía aliviado de que finalmente hubiera alguien capaz de manejar a Valentina,  alguien que no lo llamaba a cada 2 horas reportando crisis o pidiendo instrucciones. Sofía simplemente hacía su trabajo con una competencia silenciosa que él apreciaba nada más, o eso se decía a sí mismo.

Pero luego empezó a notar otras cosas, pequeñas, insignificantes, como la forma en que Sofía siempre dejaba la casa oliendo a flores frescas, porque le gustaba poner ramos en cada habitación, como cantaba canciones de Oaxaca mientras doblaba la ropa de Valentina, canciones en un español suave y melodioso que Mateo escuchaba filtrándose por las paredes cuando trabajaba tarde, como se sentaba en el jardín con Valentina todas las tardes, enseñándole a identificar diferentes tipos de plantas y mariposas.

 Su voz llena de paciencia infinita. Mateo empezó a encontrar excusas para salir de su oficina. Necesitaba agua de la cocina. Necesitaba revisar algo en la sala. Necesitaba hablar con Rosa sobre la cena. Excusas tontas que lo llevaban a pasar por donde Sofía estuviera trabajando, solo para verla unos segundos, solo para escuchar su voz hablándole a Valentina con ese cariño genuino que hacía que algo en el pecho de Mateo doliera de forma extraña.

 Nunca le habló directamente más allá de cortesías básicas. Nunca le preguntó cómo estaba o si necesitaba algo. Mantener la distancia era seguro. Mantener el control era necesario. Mateo había aprendido hacía mucho tiempo que las emociones eran debilidades, que confiar en alguien era darle poder para destruirte.

 Su ex lo había demostrado perfectamente cuando empacó sus maletas y se fue sin mirar atrás, dejando a Valentina llorando en su cuna, sin importarle nada más que su propia libertad. Entonces llegó ayer la carne asada que Mateo organizó solo porque su asistente insistió en que necesitaba mantener buenas relaciones con los vecinos de Polanco, que era importante para futuros negocios.

 Invitó a Diego Vargas porque vivía en la casa contigua y porque el arquitecto tenía conexiones útiles, nada más. Una inversión social. Valentina no quiso separarse de Sofía durante el evento. La niña se aferraba a su mano, la jalaba hacia la fuente, le mostraba las flores y Mateo, desde su posición junto a la parrilla donde supuestamente supervisaba la carne, no podía dejar de observarlas.

 Sofía llevaba un vestido sencillo, color azul claro, el cabello suelto por primera vez desde que trabajaba ahí, moviéndose con el viento cada vez que se agachaba para escuchar lo que Valentina le susurraba al oído. Se veía diferente, más joven, hermosa, de una forma natural, que ninguna de las mujeres que Mateo había conocido en su círculo social lograba, aunque se gastaran fortunas intentándolo. Y entonces Diego la vio.

Mateo observó el momento exacto en que su vecino notó a Sofía. Vio como los ojos del arquitecto se iluminaron con interés, cómo dejó su conversación a medio terminar y caminó directamente hacia ella con esa sonrisa encantadora que usaba como arma. Vio como Diego se presentó, como Sofía respondió con educación, pero sin coquetería, como él insistió de todas formas.

 y luego escuchó, porque estaba lo suficientemente cerca, aunque fingiera estar concentrado en la parrilla, cuando Diego dijo con voz clara y deliberadamente alta para que otros escucharan, Mateo es muy afortunado de tener a alguien tan dedicada y hermosa cuidando de su hija. Algo se rompió dentro de Mateo en ese momento, algo primitivo y violento que nunca había sentido antes.

 Fueran celos racionales de alguien protegiendo su propiedad, porque Sofía no era su propiedad, no era la molestia lógica de que un empleado recibiera atención no deseada durante un evento laboral. Era algo más profundo, más oscuro, más aterrador. Era la certeza absoluta y repentina de que no quería que ningún otro hombre mirara a Sofía de esa forma, de que la idea de Diego u cualquier otro acercándose a ella con intenciones románticas, le provocaba ganas de destruir algo con sus propias manos.

 Y eso no tenía sentido, nada de sentido. Mateo apenas conocía a Sofía más allá de verla trabajar. Nunca había tenido una conversación real con ella. Nunca se había permitido verla como algo más que la niñera eficiente que mantenía a Valentina feliz. ¿Cómo era posible que de repente, sin advertencia, sin proceso lógico alguno, sintiera esta necesidad abrumadora de marcar territorio, de dejar claro que ella estaba fuera de límites para hombres como Diego, Mateo se sirvió otro whisky, consciente de que el alcohol no iba a darle las respuestas que buscaba,

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