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“VENDEDORA DE HELADOS JUSTICIERA” De Tijuana: Lupita Mora Eliminó a 12 Extorsionadores Por Cobro

II.

Lupita nunca hablaba de él. Se había ido cuando Sofía era bebé. Una noche simplemente no volvió. No dejó carta, no dejó dinero, solo dejó un vacío que Lupita tuvo que llenar sola. Desde entonces ella sola. Cada peso, cada cliente, cada día de solo lluvia, empujando el carrito, sonriendo, aunque le dolieran las rodillas, saludando a los vecinos que también apenas sobrevivían.

Don Toño, el de los tacos. Doña Carmen, la de las gorditas, el señor de las frutas, que nunca supo su nombre, pero siempre la saludaba con la mano. Todos en lo mismo, todos tratando de sobrevivir en una ciudad que no perdonaba. Era una vida pequeña, pero era suya y era digna. Lo suficiente hasta que dejó de serlo. La primera vez que vinieron fue un martes de marzo.

Hacía calor, uno de esos días donde el asfalto quema y el aire huele a basura. Lupita estaba en su esquina como siempre. Acababa de vender un raspado a una niña cuando los vio llegar. 12 hombres en total, jóvenes, playeras anchas, gorras, tatuajes en los brazos. Caminaban con esa confianza que da saber que nadie te va a enfrentar. Se separaron.

Dos de ellos se acercaron al carrito de Lupita. Los otros fueron hacia los demás comerciantes de la calle, don Toño, doña Carmen, el señor de las frutas. Todos recibieron la misma visita. Los que se acercaron a Lupita parecían clientes, pero no pidieron nada. Uno de ellos se apoyó en el carrito. El metal crujió bajo su peso. El otro se quedó de pie, mirando alrededor como vigilando.

El que estaba apoyado habló primero. Su voz era grave. Tranquila, demasiado tranquila. dijo que ellos controlaban la zona, que todos los comerciantes pagaban, que tenían que hacer lo que ellos decían, que nadie quería acabar mal. Lupita sintió como el estómago se le contraía. Había escuchado de esto, sabía que pasaba, pero nunca pensó que le tocaría a ella.

Era solo una vendedora de helados, una mujer mayor. ¿Qué podían querer de ella? No sabía que esa duda iba a costarle caro. Preguntó cuánto. El hombre sonríó. 450 pesos a la semana. Lupita sintió que el aire se le escapaba. 450 pesos era casi lo que ganaba en dos días buenos. Y no todos los días eran buenos. Les dijo que no podía, que apenas le alcanzaba para comer, que tenía dos hijos, que por favor la entendieran.

El hombre dejó de sonreír, se enderezó, se acercó más a ella. tan cerca que Lupita pudo oler el cigarro en su aliento. Dijo que todos decían lo mismo al principio, que luego entendían que el martes siguiente vendría por el dinero y que era mejor tenerlo listo. Se fueron sin decir más. Caminaron lentamente, riéndose entre ellos.

Lupita se quedó ahí temblando, agarrada al carrito, viendo cómo se alejaban. A partir de ese momento, el tiempo empezó a contarse distinto. Esa noche no durmió. se quedó sentada en la mesa de la cocina, la luz apagada para ahorrar electricidad, las manos entrelazadas sobre la mesa, pensaba en los 450 pesos, en cómo conseguirlos, en qué dejaría de pagar para tenerlos.

La renta era 10000, la comida unos 800 a la semana si compraba lo más barato. El gas 300 al mes. La luz 250. El agua, 150. Los útiles de Sofía, los pasajes de Daniel. Todo estaba contado, todo estaba justo. No había de dónde sacar 450 pesos extra. Pensó en pedirle prestado a alguien, pero ¿a quién? Todos estaban igual.

Todos apretados, todos apenas sobreviviendo, no pensó en ir a la policía. Sabía que no servía de nada, que el sistema no funcionaba, que si pedía ayuda estaba condenada a fracasar o peor a morir. No, estaba sola como siempre. La semana siguiente vendió más horas, se levantó más temprano, se quedó hasta más tarde, empujó el carrito por colonias donde nunca había ido, lugares más peligrosos, pero donde había más gente, más sed, más calor.

Daniel le dio sus 200 pesos del domingo. Sofía vendió en la tarde hasta que oscureció. Lupita contó el dinero el lunes por la noche. 370 pesos no era suficiente, pero era todo lo que tenía. El martes llegaron los mismos dos hombres. Lupita tenía el dinero en la mano, 370 pesos en billetes arrugados y monedas.

Les explicó que era todo lo que había podido juntar, que había vendido más, que había trabajado más horas, que sus hijos habían ayudado, que por favor entendieran que la próxima semana tendría más. El hombre la miró con furia, le arrebató el dinero de las manos, lo contó despacio, billete por billete, moneda por moneda.

Su rostro se puso rojo, empezó a gritar. Dijo que se estaba burlando de ellos, que quién se creía. El otro hombre empujó el carrito, casi lo voltea. Lupita gritó. Trató de sostenerlo. El primer hombre la agarró del brazo fuerte, tan fuerte que le dejó marcas. le dijo que la próxima semana serían 450 más 100 pesos de intereses.

550 en total y que si no los tenía completos, las cosas se pondrían feas, muy feas. Guardó el dinero en su bolsillo y se fueron. Lupita se quedó ahí temblando, agarrada al carrito, sintiendo como algo dentro de ella empezaba a quebrarse. Fue la primera vez en su vida que pensó algo que nunca se había permitido pensar.

y lo que más la inquietó fue no rechazarlo. Los meses siguientes fueron un infierno silencioso. Cada semana 450. Después de aquella primera vez con los intereses, volvieron a la cuota normal. Lupita vendía más horas, salía más temprano, regresaba más tarde. Las manos le dolían tanto que a veces no podía sostener el termo.

Las rodillas le crujían cada vez que se agachaba, pero no podía parar. Sofía dejó de pedir cosas. Ya no pedía ropa nueva. Ya no pedía salir con sus amigas. Ya no pedía nada. Daniel trabajaba a turnos dobles en el taller. Llegaba a casa con las manos negras de grasa, tan cansado que apenas podía comer. Se quedaba dormido en la mesa.

Lupita los veía y sentía como el pecho se le cerraba, pero nunca era suficiente. Los extorsionadores no perdonaban. No les importaba si llovía y Lupita no vendía nada. No les importaba si estaba enferma. No les importaba si Daniel había perdido días de trabajo. El martes era día de pago, siempre sin falta, sin excepción.

Durante semanas nadie entendió lo que estaba cambiando. Entonces empezaron a subir la cuota. Fue en julio. Llegaron como siempre. Pero esta vez el hombre que hablaba dijo algo diferente. Dijo que ahora serían 600, que todo había subido, que la inflación afectaba a todos. Lupita sintió que el mundo se le caía encima, 600 150 pesos más.

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