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3 años Fingiendo… Hasta que su Perro lo Arruinó en 3 segundos!

Ah. No, ayúdame. Quítamelo de encima. Pero, ¿cómo es posible? Te levantaste. Esta mujer ha estado actuando en una elaborada mentira desde hace 3 años. Lo que ella no sabe es que el perro de su novio millonario está a punto de derribar toda su farsa de la manera más excéntrica posible. Rafaela llevaba 3 años atrapando a Rodrigo en la mentira más cruel que existe, hacerle creer que él había destruido su vida.

 Desde aquella silla de ruedas lo había manipulado con lágrimas falsas y piernas que funcionaban perfectamente cuando nadie miraba. Pero ese día, junto a la piscina de la mansión todo estaba por derrumbarse y lo peor era que ni siquiera lo veía venir. Todo parecía normal, tranquilo, hasta que apareció el perro.

 Max, el pitbull que ella había mandado a desaparecer meses atrás, caminaba hacia ella con paso firme. Sus ojos oscuros la miraban fijamente sin parpadear. Rafael asintió cómo se le helaba la sangre, cómo era posible que ese animal hubiera regresado. Se suponía que estaba abandonado en una hacienda a kilómetros de distancia, pudriéndose de hambre.

“Rodrigo, quita a ese perro de aquí”, dijo con voz temblorosa, sin poder disimular el pánico. Pero Rodrigo no la escuchó. Estaba demasiado concentrado en su llamada de negocios. Max seguía avanzando paso a paso, sin prisa, como si supiera algo que los demás ignoraban. Rafaela apretó los descansabrazos de la silla.

 El animal se detuvo a medio metro de ella, mostrando los dientes, emitiendo un gruñido bajo y amenazante. Rodrigo! Gritó ella. Fue entonces cuando Max saltó. Se lanzó sobre ella con toda su fuerza, ladrando furiosamente sus patas delanteras. golpeando su pecho. El terror fue instantáneo, visceral. Rafaela no pensó, simplemente reaccionó. Se levantó de la silla de un salto, empujando al perro con ambas manos, gritando como si la estuvieran matando.

Aléjate, aléjate de mí. El silencio que siguió fue ensordecedor. Rodrigo había dejado caer su teléfono. La miraba desde el otro lado del patio, paralizado, con los ojos muy abiertos. Rafaela se dio cuenta demasiado tarde de lo que había hecho. Estaba de pie, completamente de pie.

 Sus piernas sostenían todo su peso sin el menor problema. Rafaela, acabas de cómo es que la voz de Rodrigo sonaba rota, incrédula. Ella sintió como el mundo se desmoronaba a su alrededor. En una fracción de segundo, todo su plan, 3 años de actuación perfecta, se habían ido al infierno por culpa de ese maldito perro. Tenía que pensar rápido.

 Rodrigo, yo yo no sé qué pasó. balbuceó llevándose una mano al pecho y entonces hizo lo único que se le ocurrió. Dejó que sus rodillas se dieran, se desplomó contra el suelo y cerró los ojos fingiendo un desmayo. Lo último que escuchó antes de sumirse en su actuación fue a Rodrigo corriendo hacia ella, gritando su nombre con desesperación, pero también escuchó algo más.

El gruñido bajo de Max, que seguía mirándola, como si el animal supiera exactamente lo que ella era, una mentirosa. 6 meses antes, todo había sido diferente. Sofía había llegado a la mansión esa mañana con una caja de cartón entre sus brazos. Dentro, un cachorro de Pitbull de apenas dos meses movía la cola con entusiasmo, sus ojos brillantes y curiosos.

 Rodrigo había abierto la puerta con una sonrisa que Rafaela no le había visto en años. “Sofía, ¿qué haces aquí tan temprano?”, preguntó él sorprendido, pero claramente feliz. “Te traje algo”, dijo ella con esa sencillez que la caracterizaba. Sé que siempre quisiste un perro. Rafael la observaba desde la ventana del segundo piso.

 Apretó tanto los dientes que le dolió la mandíbula. ¿Cómo se atrevía esa mujer a presentarse así? Como si tuviera algún derecho? Sofía era la hija de la mucama nada más. No importaba que hubiera crecido jugando con Rodrigo en esa misma casa, ni que él la mirara como si fuera lo más importante del mundo. Rodrigo tomó al cachorro entre sus manos con cuidado, casi con ternura.

 El animal le lamió la cara y él se echó a reír. Una risa genuina de esas que Rafaela ya no conseguía provocarle. Es perfecto, Sofía. ¿Cómo supiste? Porque te conozco desde que teníamos 5 años, respondió ella sonriendo. Y sé que tu papá nunca te dejó tener mascotas. Ahora que ya no está, pensé que era el momento. Hubo un silencio entre ellos, uno de esos silencios cargados de significado, de historia compartida, de sentimientos que no necesitan palabras.

 Rodrigo dejó al cachorro en el suelo y miró a Sofía directamente a los ojos. “Gracias, de verdad.” “De nada, Rodrigo”, dijo ella. Y por un momento pareció que iba a decir algo más, pero se contuvo. Rafaela bajó las escaleras empujando su silla de ruedas con fuerza. Necesitaba interrumpir esa escena antes de que se volviera más íntima.

 Cuando llegó al jardín, puso su mejor cara de sorpresa herida. Un perro. En serio, Rodrigo, sabes que no podemos tener animales aquí. Mi condición, Rafaela, es solo un cachorro, dijo él, pero su tono ya era defensivo. Es alérgica a los perros, mintió ella mirando a Sofía con desprecio, apenas disimulado. Y además, ¿quién pidió tu opinión, Sofía? Esta no es tu casa.

Sofía mantuvo la compostura, pero Rafaela pudo ver el dolor en sus ojos. Bien, que sufriera. Solo quería hacer algo lindo por un viejo amigo, dijo Sofía suavemente. Pues tu gesto está fuera de lugar, replicó Rafaela. Rodrigo y yo vamos a casarnos. Ya no eres parte de su vida. El cachorro, ajeno a la tensión correteaba entre ellos moviendo la cola.

Rodrigo lo levantó de nuevo, claramente incómodo con la situación. Rafaela, vamos adentro, hablaremos después. Pero Rafaela sabía que no había nada que hablar. Ese perro tenía que desaparecer. Y pronto, antes de continuar, me gustaría saber desde qué parte del mundo estás escuchando este relato. Escriban en los comentarios para tener el gusto de saludarlos personalmente.

Bendiciones. Continuando con la historia. Esa noche, Rafaela esperó a que Rodrigo se durmiera. Bajó las escaleras caminando perfectamente, sin el menor rastro de debilidad en sus piernas. El cachorro dormía en una cama improvisada en la cocina. Lo miró con asco. Ese animal representaba todo lo que ella odiaba.

 La conexión entre Rodrigo y Sofía, el pasado que él se negaba a soltar, la amenaza constante a su plan. Llamó a Gustavo desde su teléfono secreto. Él contestó al tercer timbre con voz somnolienta. ¿Qué pasa? Son las 2 de la mañana. Tenemos un problema, susurró ella. Necesito que vengas mañana y trae tu camioneta.

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