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“Necesito un marido para mañana”, me dijo… Yo respondí “Entonces haz tu maleta y vente a mi casa ”

La tarde que Camila llegó a mi taller diciendo que necesitaba un marido para mañana, yo estaba debajo de una camioneta vieja con grasa en las manos y cero ganas de meterme en problemas ajenos. Eso fue antes de verla la cara. Mateo. Salí de debajo del cofre y me limpié las manos en un trapo que ya no servía para limpiar nada.

Camila Rivas estaba parada frente a la entrada del taller con una blusa blanca metida en los jeans, el cabello recogido de cualquier manera y una bolsa de piel colgada del hombro. Se veía elegante, incluso con los ojos cansados, como si hubiera manejado demasiado rápido y llorado demasiado poco. Detrás de ella, la tarde en Valle de Bravo estaba dorada, tranquila, casi ofensiva para alguien que venía con esa cara.

¿Qué pasó?, pregunté. Ella miró hacia la carretera, luego hacia la casa vieja de madera que estaba detrás del taller. Necesito hablar contigo. Habla. No, aquí. Eso me hizo enderezarme. Conocía a Camila desde que tenía 17 años y venía a la posada de su papá en vacaciones, siempre con libros, audífonos y esa forma de caminar, como si no quisiera que nadie notara que sí estaba mirando todo.

Yo trabajaba para don Ernesto Rivas desde antes de tener barba decente. Primero cargando madera, luego arreglando bombas, techos, puertas, calderas, lo que se rompiera. Don Ernesto decía que una posada en la montaña no se administraba desde una oficina, sino desde las manos. Camila se había ido a Ciudad de México a estudiar diseño de interiores.

Volvía poco y cuando volvía, Eduardo siempre estaba cerca. Eduardo, su prometido, el hombre que sonreía como si ya hubiera comprado el aire. La llevé a la parte trasera del taller junto a la mesa donde guardaba herramientas y facturas viejas. Ella no se sentó, caminó dos pasos, se detuvo, apretó las manos y soltó.

Necesito un marido para mañana. Me quedé mirándola. Perdón. ¿Qué? Ya sé cómo suena. No creo que lo sepas, porque si lo supieras habrías empezado con otra frase. Camila cerró los ojos un segundo. Eduardo canceló la boda civil. Eso sí me movió algo. La de mañana asintió. La canceló hace una hora.

O mejor dicho dijo que no se presenta si no firmo primero el acuerdo que me mandó su abogado. ¿Qué acuerdo? sacó un sobre doblado de la bolsa. Me lo dio. No soy abogado, pero sé leer cuando alguien está intentando quitarle la casa a otra persona. Había palabras elegantes, muchas páginas y una idea bastante simple.

Eduardo entraba como administrador de la posada familiar durante 5 años. Camila conservaba el apellido en la fachada. Él controlaba ventas, inversión, remodelación y decisiones mayores. Esto no es un acuerdo, dije. Esto es una correa. Ella soltó una risa mínima sin humor. Sí. ¿Y por qué necesita que te cases mañana? Por el fideicomiso de mi abuelo.

Se pasó una mano por la frente. No es tan simple como suena. Mi papá dejó preparada la sucesión, pero hay una cláusula vieja. Si yo no asumo formalmente con estado civil registrado antes del cierre del mes, la administración temporal pasa al consejo familiar y Eduardo está metido ahí. No directamente, pero su tío sí y la empresa que quiere comprar la posada ya habló con él. Miré hacia la colina.

Desde el taller se alcanzaba a ver parte de la posada. Techos rojos, balcones de madera, bugambilias, ventanas que don Ernesto me hizo reparar mil veces porque decía que una casa que no cruje no tiene memoria. Camila, eso suena algo que resuelve un abogado. Mi abogado está en Toluca, llega mañana a las 10, pero el acta civil tenía que estar lista antes de la firma de las 12.

Todo estaba armado porque yo me iba a casar con Eduardo. Con Eduardo. Sí, que ahora te está chantajeando. No contestó. No hacía falta. Me devolvió la mirada y por primera vez vi algo que no le recordaba a don Ernesto. Él era fuego cuando se enojaba. Camila era diferente, se quedaba quieta. Eso era peor.

¿Por qué viniste conmigo? Pregunté. Porque esa era la pregunta. No, el fideicomiso, no Eduardo, no el plazo. Yo, Camila bajó los ojos a mis manos, todavía manchadas de grasa, porque mi papá confiaba en ti. Tu papá confiaba en mí para arreglar tuberías, no para casarme con su hija. También decía que eras el único hombre de esta propiedad que no sonreía cuando quería algo.

Eso me cayó. Afuera, una camioneta pasó levantando polvo. Camila miró hacia el camino como si esperara ver aparecer a alguien. Eduardo, ¿sabe que viniste?, pregunté. No te siguieron. No creo. ¿No crees? Me acerqué a la puerta y miré hacia la carretera. Nada, solo tarde, árboles, polvo y el sonido de un martillo lejano en la zona de cabañas.

Cuando volví, Camila estaba mirando un clavo en la mesa como si fuera más fácil que mirarme a mí. Mateo, no vine a pedirte que me salves. Menos mal, porque tengo la camisa hecha un desastre. Vine a pedirte algo horrible. Eso ya quedó claro. Puedo pagarte. La frase me cayó mal. No porque necesitara dinero.

Claro que lo necesitaba. Todo el mundo necesita dinero. Pero escuchárselo a ella me hizo sentir que Eduardo ya había ensuciado hasta la forma en que pedía ayuda. No vuelvas a decir eso, Mateo. No, si lo hacemos no va a ser por dinero. Ella tragó saliva. Entonces, ¿por qué? Buena pregunta, demasiado buena para responder rápido.

Miré otra vez la posada. Pensé en don Ernesto enseñándome a nivelar una puerta en las noches de lluvia cuando subíamos juntos a revisar goteras en Camila, más joven, sentada en el comedor con un cuaderno fingiendo que no escuchaba cuando su papá decía que algún día todo eso sería suyo. Y pensé en Eduardo entrando a esa casa con zapatos limpios y planes de venderla por partes.

“Porque tu papá me habría aventado una llave inglesa si dejo que ese tipo se quede con esto.” Camila soltó aire por la nariz. Casi una risa, casi un llanto. Esto es una locura. Sí. Ni siquiera te explicado todo. Lo vas a hacer. ¿Cuándo? Miré su bolsa, sus manos vacías, la forma en que seguía mirando hacia el camino. Primero sales donde puedan presionarte.

¿Qué? Empaca y vente a mi casa. Camila se quedó inmóvil. No sé qué escuchó exactamente, porque yo lo dije como una orden práctica, un lugar seguro, una puerta lejos de Eduardo, una mesa donde leer papeles sin que alguien le respirara encima. Pero cuando sus ojos subieron a los míos, algo cambió. No grande, no de película, solo lo suficiente para que ambos entendiéramos que esa frase sonaba más íntima de lo que debía.

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