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“ABUELA VIUDA JUSTICIERA” De Toluca: Paz Mora M4tó a 13 extorsionadores tras matar a su único hijo

II.

 Era don Rutilio, un señor mayor que tenía un puesto de periódico cerca de donde habían matado a Sebastián. Paz lo conocía de vista. Don Rutilio entró con la gorra en la mano,  nervioso, le dijo que tenía que contarle algo, que no había podido dormir desde aquella noche. Paz, lo miró sin entender. Don Rutilio respiró hondo y le dijo que había visto todo, que estaba cerrando su puesto cuando vio a tres hombres golpeando a un muchacho en el callejón que reconoció a Sebastián, que quiso ayudar, pero tuvo miedo, que los tres hombres eran conocidos en la zona,

extorsionadores, criminales. Paz sintió que el mundo se detenía. Le pidió a don Rutilio que le describiera a los hombres. El Señor lo hizo con detalle. Uno era pelirrojo, le decían el Canelo, otro era flaco y tenía un tatuaje de lagartija en el cuello. Le decían lagarto. El tercero era el más joven. Tenía la nariz chata.

 Le decían, “Chato paz memorizó cada detalle, cada palabra.” Don Rutilio le dijo que lo sentía mucho, que no  había tenido el valor de ir a la policía. Paz le agradeció. Le dijo que entendía, que no se preocupara. Cuando don Rutilio se fue, Paz se quedó sentada en la sala durante horas, mirando la pared, procesando lo que acababa de escuchar.

En ese momento, Paz supo dos cosas. Primero, que conocía a los asesinos de su hijo. Segundo, que haría algo al respecto. No pensaba quedarse tranquila hasta verlos enterrados, incapaces de volver a respirar. Tres días después, Paz salió de su casa por primera vez en semanas. No fue lejos, solo al mercado de la esquina.

 Necesitaba comprar algunas cosas. Mientras caminaba entre los puestos, vio algo que la hizo detenerse. Los tres hombres, el Canelo, Lagarto y Chato, estaban allí en el mercado cobrándole a un vendedor de frutas. El hombre les entregaba dinero con manos temblorosas. Los tres se reían, contaban los billetes y se iban como si nada.

Paz lo siguió con la mirada, los vio subir a una camioneta gris y en ese momento algo dentro de ella cambió. Durante los siguientes días, Paz comenzó a observar. Salía de su casa temprano.  Caminaba por el mercado, por las calles, por los lugares donde sabía que esos hombres se movían. Y los veía. Los veía cobrando extorsiones, los veía amenazando a comerciantes, los veía actuando como dueños de la zona.

Pero también aprendió algo más, que no eran solo tres, que había más, muchos más. Contó  13 en total, todos parte de la misma organización, todos igual de culpables.  Una tarde, mientras Paz limpiaba la casa de una clienta, encontró algo tirado en la calle. Era un sobre. Lo recogió por curiosidad.

 Dentro había una lista de nombres, comerciantes, taxistas, gente del barrio. Al lado de cada nombre había una cantidad, cuotas, extorsiones. Y en la parte de abajo, subrayado, estaba el nombre de la tienda donde trabajaba Sebastián. Al lado decía resuelto. Paz, guardó el sobre. Esa noche en su casa, lo leyó una y otra vez. Era la prueba que necesitaba.

la confirmación de que esos hombres eran los responsables, de que Sebastián había sido solo un número más en su lista de víctimas. Lo que ellos no sabían es que estaban siendo observados por una abuela,  una mujer a la que ya le habían quitado todo. No buscaba pleitos, no buscaba hacer ruido, solo estaba esperando el momento correcto.

 Y cuando todo terminara, 13 de ellos estarían bajo tierra sin volver a cobrarle nada a nadie. En las noches Paz no dormía. Se sentaba en la mesa de su pequeña cocina y escribía. Anotaba nombres, apodos, horarios, lugares. Dibujaba mapas con mano temblorosa. No sabía todavía qué haría con esa información. Solo sabía que necesitaba tenerla, que necesitaba conocer a los hombres que le habían arrebatado todo.

 Su vecina, la señora Lupita, tocó a su puerta una noche. Le llevaba un caldo de pollo. Le dijo que la veía muy delgada, muy pálida. Paz le agradeció con una sonrisa forzada y cerró la puerta. No podía hablar con nadie. No podía compartir lo que sentía,  lo que estaba planeando. Pasaron dos meses desde la muerte de Sebastián.

 Paz había identificado a los 13 hombres, sabía dónde vivían, sabía sus rutinas, sabía sus debilidades. Y durante esos dos meses, algo dentro de paz había cambiado por completo. Ya no lloraba, ya no sentía miedo, solo sentía una frialdad que la asustaba y la reconfortaba al mismo tiempo porque había tomado una decisión y no había vuelta atrás.

 Una noche Paz salió de su casa con una bolsa de mandado. Caminó hasta una ferretería en el centro de la ciudad. Era tarde, el dueño estaba por cerrar. Paz entró y compró varias cosas: guantes de ule, cinta adhesiva, una linterna pequeña. El dueño no preguntó nada, solo cobró  y le dio las gracias. Paz regresó a su casa.

 guardó todo en un cajón de su habitación y esa noche, por primera vez en meses, durmió profundamente porque ya no había dudas, ya no había  preguntas, solo había un camino y esa abuela lo iba a recorrer hasta el final, aunque en el proceso dejara de ser vista como tal, aunque nadie volviera a mirarla de la misma forma, los días siguientes fueron extraños.

 Paz comenzó a ir al mercado más seguido. Compraba hierbas, cosas que nadie preguntaría. Visitó a la señora que vendía remedios naturales en el pueblo.  Le compró varias plantas. Le dijo que eran para dormir mejor. La señora le explicó cómo prepararlas.  Paz escuchó con atención, le agradeció y se fue.

 Esa noche investigó cada planta que había comprado. Buscó información en libros viejos que tenía guardados, libros de remedios que su abuela le había dejado y encontró lo que buscaba. También comenzó a visitar otros lugares. Fue al mercado de las afueras, donde vendían de todo. Comprócieron útiles. Nadie hacía preguntas. Era solo una señora más comprando ingredientes.

Paz era invisible y esa invisibilidad era su mayor ventaja. Porque nadie sospecha de una abuela que compra cilantro y chiles. Nadie sospecha de una señora que pregunta por hierbas para el estómago. Nadie piensa que esa mujer humilde pueda estar planeando algo terrible, pero en su mente algo estaba tomando forma, un plan, una idea, algo que la policía nunca haría, algo que solo ella podía hacer.

 Paz también comenzó a actuar diferente en su colonia. Empezó a organizar rosarios en su casa, invitaba a los vecinos, preparaba café y pan dulce. La gente acudía. Era una forma de mantener viva la memoria de Sebastián, de sentir que hacía algo por él, pero también era algo más. Era una forma de establecer su presencia en la comunidad, de ser vista como alguien devoto, alguien bueno, alguien incapaz de hacer daño.

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