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El funeral iba normal… hasta que el Loro repitió las últimas Palabras del Difunto

Baja esa arma, baja esa arma. El loro del difunto gritó esta frase en pleno funeral y la viuda salió corriendo aterrada. La lluvia golpeaba el cementerio como si el cielo llorara por don Rogelio Márquez. Carla, su viuda de 28 años, soylozaba sobre el ataúdrado mientras el sacerdote murmuraba oraciones que nadie escuchaba.

 Todos miraban a esa mujer despampanante, vestida de negro, preguntándose si esas lágrimas eran reales. Rogelio había muerto de un disparo en la cabeza tres días atrás. La policía dijo que se había quitado la vida. Carla encontró el cuerpo en su habitación con una nota de despedida, pero algo no cuadraba. El viento arrastró hojas mojadas sobre las tumbas.

 Los socios de Rogelio permanecían bajo sus paraguas negros, calculando mentalmente cuánto dinero quedaría en juego. 65 años tenía el magnate de la construcción cuando se casó con Carla. Todo el mundo sabía que ella había sido mesera en un casino de lujo. Él se había enamorado como un adolescente. Le dio todo, la mansión, los autos importados, las joyas y ahora estaba muerto.

 De repente, un grito atravesó el aire. Pepe, el loro guacamayo de Rogelio, aterrizó sobre el féretro de Caoba con un aleteo torpe. El animal miró directamente a Carla con sus ojos. redondos y brillantes. Entonces abrió el pico y gritó con la voz exacta de su difunto dueño. Baja el arma, Carla, no dispares.

 El silencio fue total. Ni siquiera la lluvia parecía hacer ruido. Todas las miradas se clavaron en la viuda. Carla retrocedió como si la hubieran abofeteado. Su rostro pasó del blanco al verde. Comenzó a temblar. No, mentira. gritó ella. El loro repitió las palabras esta vez con más desesperación. Baja el arma, Carla.

 No dispares, por favor. Carla empujó al sacerdote, tropezó con una corona de flores y corrió hacia el estacionamiento. Sus tacones altos se hundían en el barro. La gente murmuraba, señalaba, sacaba conclusiones. Ella llegó a su Mercedes deportivo Rojo, encendió el motor y salió derrapando del cementerio a toda velocidad.

 El detective Ramiro Núñez sacó su libreta bajo el paraguas. Había venido al funeral por rutina, pero ahora tenía algo mucho más interesante. Un loro que gritaba sobre armas, una viuda que huía despavorida. Esto cambiaba todo. ¿Alguien grabó eso? Preguntó a los presentes. Varios asistentes levantaron sus teléfonos. Núñez asintió. Tecnología bendita.

Tendría pruebas de lo que acababa de ocurrir. Una mujer se acercó al detective. Vestía ropa modesta, un abrigo gris gastado. Su rostro tenía los mismos rasgos de Rogelio, nariz recta, mentón fuerte. Soy Mercedes Márquez, hermana de Rogelio, dijo con voz firme. Y le voy a decir algo, detective.

 Esa mujer mató a mi hermano. Núñez estudió a Mercedes. Arrugas profundas marcaban su frente. Manos trabajadoras. No parecía el tipo de mujer que frecuentaba funerales de millonarios. ¿Tiene pruebas de esa acusación, señora? Instinto, respondió Mercedes. Rogelio cambió cuando se casó con ella. Me alejó de su vida.

 Hace dos años que no nos hablábamos. Esa víbora lo envenenó contra su propia familia. Dos hombres trajeados se acercaron. El más alto de cabello plateado, extendió su mano al detective. Fernando Valdés, socio de Rogelio en Marques Construcciones. Esto es muy perturbador. Sebastián Ortiz, dijo el otro más bajo y con lentes. También socio, detective.

Ese loro siempre fue muy apegado a don Rogelio, lo imitaba constantemente. ¿Y creen que el oro estaba presente? Cuando Núñez dejó la pregunta en el aire. Fernando y Sebastián se miraron entre ellos. Sebastián habló primero. El loro vivía en la habitación de Rogelio. Nunca lo sacaba de ahí. Si hubo un disparo, el loro lo escuchó todo, completó Fernando.

 Mercedes apretó los puños. Mi hermano no se quitó la vida. Alguien lo mató y fingió un auto atentado. Y ese loro acaba de decir quién fue. El sacerdote, todavía en shock, se acercó tímidamente. Continúo con la ceremonia o Núñez miró el ataúd luego a Mercedes. Señora Márquez, necesito que venga conmigo a la estación.

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 Voy a necesitar su testimonio oficial. Carla conducía a 130 km/h en la autopista. Las lágrimas le nublaban la vista, sus manos temblaban sobre el volante. “Maldito loro, maldito, maldito, maldito”, repetía entre soyosos. El tráfico pitaba a su alrededor, casi choca con un camión. Se pasó un semáforo en rojo. No le importaba nada.

 Solo necesitaba llegar a la mansión. Necesitaba hablar con Mario. “Su teléfono sonó. Era él. Contestó con manos libres. ¿Qué pasó? La voz de Mario sonaba tensa. Te vi salir corriendo en las noticias. Ya están transmitiendo el video del loro. Todo se fue al [ __ ] Mario gritó Carla. El maldito pájaro repitió lo que Rogelio dijo antes de que le disparara. Cálmate. Respira.

 ¿Dónde estás? Yendo a la casa. Llegaré en 10 minutos. Yo ya estoy adentro. Entré por la puerta trasera como siempre. Carla, escúchame. Esto todavía se puede arreglar. ¿Cómo diablos vamos a arreglar esto? Solosó ella. Todo el mundo me vio huir. Saben que maté a Rogelio. No saben nada. El loro solo repitió una frase.

Podemos decir que estabas en shock, que te asustaste, cualquier cosa, pero necesitamos pensar esto con calma. Carla apretó el volante hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Recordó ese momento tres noches atrás. Rogelio dormía profundamente gracias a los sedantes que ella le puso en el vino.

 Entró a la habitación con el arma que Mario había comprado en el mercado negro. Rogelio abrió los ojos justo cuando ella apuntaba. Gritó esas palabras. Ella disparó. La sangre salpicó la pared, el cuerpo cayó al piso. Pensaron en todo. La nota póstuma falsificada con la caligrafía de Rogelio que Mario había practicado durante sí.

 Semanas, el arma colocada junto al cuerpo, la ventana abierta para simular desesperación. Sobornaron al forense Matías Solís con ,000 para que firmara el certificado sin hacer muchas preguntas, pero no pensaron en el loro. Carla entró a la mansión derrapando en el garaje, dejó el auto con la puerta abierta y corrió hacia adentro.

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