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SHE LOST EVERYTHING IN THE DROUGHT… UNTIL A WIDOWED LANDOWNER SAW VALUE IN THE HORSE THAT NO ONE …

Ella perdió todo en la sequía hasta que asendado viudo, vio valor en el caballo que nadie quería. El día que Jimena Arce perdió su casa, no hubo truenos, no hubo llanto del cielo, solo un silencio seco, polvoriento, que se metía por la garganta como arena y no dejaba respirar. El hombre del banco llegó con dos tipos más.

Ni siquiera tocó la puerta, empujó la cerca de madera carcomida. caminó hasta donde ella estaba arrodillada en la tierra resquebrajada, intentando salvar lo que quedaba de unas matas de maíz que ya ni verde tenían, y le extendió un papel sin decir buenos días. Señorita Arce, tiene hasta el viernes. Jimena no levantó la vista de inmediato.

Siguió apretando la tierra con los dedos como si pudiera sacarle agua a la fuerza. Luego despacio se puso de pie, agarró el papel, lo leyó y se lo devolvió. “Ya lo sé”, dijo el hombre frunció el ceño. “Ya lo sabe. Sé leer”, respondió ella, limpiándose las manos en el pantalón. “Y sé contar. Sé exactamente cuánto debo, cuánto no tengo y cuántos días me quedan.

Lo que no sé es para qué vino usted hasta acá si el papel ya dice todo. El hombre guardó el documento. Solo cumplimos con el proceso, señorita. Claro. Dijo Jimena y volvió a arrodillarse en la tierra. Siempre es un proceso, nunca es una persona. Los tres hombres se fueron sin decir más. Ella esperó a que el sonido del motor del camión se perdiera entre el polvo del camino y entonces, sí, se sentó en el suelo, apoyó los codos en las rodillas y se quedó mirando el horizonte sin llorar.

Ya no le quedaban lágrimas fáciles. Esas se las había gastado en el entierro de su madre dos años antes, cuando todavía creía que las cosas podían ponerse peor, pero no tanto. La sequía en Valdelumbre llevaba 18 meses. No era un fenómeno nuevo en esa región del sur de México, enclavada entre cerros pelados y caminos de tierra que el gobierno prometía pavimentar cada 3 años sin cumplir nunca.

Pero esta vez fue distinta. Esta vez no fue solo un verano duro, fue una sequía que se instaló como un inquilino, que no paga y no se va, que se comió los pozos, luego los arroyos, luego la esperanza. Los vecinos más viejos decían que nunca habían visto algo así, que los animales bajaban solos de los cerros buscando agua, que los pájaros cambiaron sus rutas, que la tierra se abrió en grietas tan profundas, que un niño metió el brazo hasta el codo y no tocó fondo.

La mayoría de las familias de Valdelumbre habían ido abandonando sus parcelas de a poco. Primero los que no tenían nada que perder, luego los que creían tener algo y descubrieron que no era suficiente. Jimena había sido de las últimas en resistir. Su padre le había dejado esas tierras cuando murió.

No eran grandes, no eran ricas, pero eran suyas. 30 hectáreas de una tierra que en buenos tiempos daba maíz, frijol, algo de sorgo y suficiente pasto para mantener cinco o seis animales en buenos tiempos. Ahora quedaban menos de 10 familias en todo el pueblo. La iglesia ya no tenía padre fijo.

La tienda de don Rufino cerraba a mediodía porque no había nada que vender y nadie con dinero para comprarlo. Y la escuela llevaba 4 meses sin maestro, porque el último que llegó duró 6 semanas antes de pedir su traslado. Jimena no tenía a nadie. Su madre había muerto. Su hermano mayor se fue a Guadalajara hace 5 años y mandaba mensajes cada tanto, pero plata nunca.

Y el hombre con quien estuvo 3 años, Aurelio, se fue el año anterior cuando quedó claro que las tierras no iban a recuperarse pronto. No puedo quedarme esperando un milagro, le había dicho Aurelio antes de subir a su camioneta. Nadie te pidió que esperaras un milagro, respondió Jimena. Te pedí que te quedaras, pero Aurelio se fue igual y Jimena se quedó con la deuda del banco que venía de un préstamo que había pedido dos temporadas atrás, creyendo que la lluvia volvería, con una casa que crujía en los vientos del norte, con

tres gallinas flacas que ponían un huevo entre semana si había suerte, y con bravo. Bravíbío era un caballo que nadie en su sano juicio querría. Lo había encontrado tirado en una cuneta hace casi un año cuando volvía del pueblo en su bicicleta oxidada. Estaba echado de lado con una pata trasera abierta por una herida infectada, las costillas marcadas como barras de una jaula y los ojos medio cerrados.

ese cierre lento que tienen los animales cuando ya no están peleando. Jimena bajó de la bicicleta, se acercó despacio, el caballo ni se movió. Le habló primero bajito, sin palabras, solo sonidos, luego con palabras de verdad. No te voy a lastimar, dijo. Ya sé que eso te lo habrán dicho antes, pero te lo digo igual.

lo llevó a su parcela, que para ese entonces ya no era más que polvo y cercas caídas, y pasó las semanas siguientes limpiando la herida con lo poco que tenía, dándole agua hervida con sal, consiguiendo eno fiado en el rancho del viejo cástulo a cambio de ayudarlo a reparar un techo. caballo tardó en confiar semanas, casi un mes antes de dejar que Jimena le pusiera una mano en el lomo sin que intentara alejarse.

Pero cuando lo hizo, cuando finalmente se quedó quieto bajo su mano, fue como si algo entre los dos quedara sellado. Le puso bravo, porque la primera noche que estuvo de pie resopló tan fuerte que tumbó el cubo de agua que ella le había puesto. “Brabío”, dijo Jimena. Y el caballo giró las orejas hacia ella. Nadie entendía por qué lo conservaba.

Don Cástulo fue el primero en decírselo sin rodeos. Ese animal no sirve, Jimena. Está quebrado. La pata no quedó bien y nunca va a rendir para trabajo. Estás gastando agua y comida en algo que no te va a devolver nada. Me hace compañía, respondió ella. La compañía no se come tampoco el orgullo”, contestó Jimena.

“y usted lleva años cargándolo.” Don Castulo no respondió, pero se fue molesto. Otros vecinos dijeron lo mismo, que era un gasto, que estaba enferma de la cabeza, que si no podía mantener sus propias tierras, menos podía darse el lujo de alimentar un caballo inútil. Jimena los escuchaba y no respondía, o respondía poco porque en el fondo sabía algo que no le sabía explicar a nadie, que había algo en bravío que reconocía, esa forma de estar herido y seguir de pie, esa desconfianza primera, ese cuerpo que decía, “No me toques”, antes

de aprender que no toda mano que se acerca quiere lastimar. Lo entendía más de lo que le hubiera gustado admitir. El viernes llegó puntual, como llegan siempre las fechas que uno no quiere que lleguen. Jimena no esperó a que volvieran los hombres del banco. Agarró lo que podía cargar, una bolsa con ropa, una foto de sus padres, las herramientas más pequeñas y un saco con lo último del maíz.

Cargó abrabío con las alforjas que quedaban de su padre y salió por el camino de tierra antes de que amaneciera del todo. No miró para atrás. Mentira. Síó una vez la primera curva del camino. La casa se veía pequeña entre tanta tierra reseca. El techo de lámina que ella y su padre habían puesto juntos. Ese techo que sonaba como tambor cuando llovía, aunque ahora ya no lloviera nunca, apretó las riendas de Bravío y siguió caminando.

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