El 18 de septiembre de 1970, el mundo de la música se detuvo de forma abrupta, como si a una cinta de grabación le hubieran cortado la corriente en pleno apogeo. Ese fatídico día, la vida terrenal de Jimi Hendrix, el hombre que reinventó la manera de comunicarse con seis cuerdas, llegó a su fin. Su asombrosa habilidad con la guitarra eléctrica, sus alocados e hipnóticos movimientos escénicos y sus trucos visuales disgustaron en un principio a los puristas más conservadores de la época, pero enamoraron perdidamente a una generación entera y, por supuesto, a la historia misma. Tocar el instrumento por detrás de la nuca, rasgar las cuerdas metálicas con los dientes hasta hacerlas sangrar y, en un acto de pura catarsis, prenderle fuego a su guitarra delante de miles de personas estupefactas, fueron apenas algunos de los recursos que deslumbraron a los fanáticos de todo el planeta. Sin embargo, absolutamente nada de esa parafernalia visual se compara con la genuina e inalcanzable maestría técnica que poseía a la hora de tocar, la cual lo coronó, de manera unánime, como el mejor guitarrista del mundo. El prestigioso Salón de la Fama del Rock and Roll lo describe de forma rotunda y sin matices como “indiscutiblemente uno de los músicos más grandes e influyentes de la historia del rock”. No obstante, detrás de esa brillante estela de psicodelia y éxito masivo, su final fue sumamente oscuro y complicado, terminando sus días al unirse al infame y trágico “Club de los 27”, ese macabro grupo de famosísimos artistas cuyas vidas se extinguieron a la misma edad, rodeadas de alcohol, drogas, presuntos suicidios y, en el caso específico de Hendrix, envueltas en un denso manto de extrañas hipótesis y teorías conspirativas que perduran hasta el día de hoy.
Para comprender la magnitud de la explosión que representó su arte, es imperativo retroceder a los oscuros y dolorosos orígenes de su existencia. El 27 de noviembre de 1942, el futuro dios de la guitarra nacía bajo el nombre de Johnny Allen Hendrix en la lluviosa ciudad de Seattle, Washington. Su ascendencia afroestadounidense le dio cobijo en una sociedad profundamente dividida, y llegó al mundo siendo el primero de cinco hijos. Los primeros tres años de su vida transcurrieron bajo la marcada ausencia de su padre, Al Hendrix, quien se encontraba alistado en el ejército y sirviendo en una base de Alabama durante los estertores de la Segunda Guerra Mundial. Durante este difícil lapso, Lucille, la madre de la futura estrella, luchó desesperadamente para criar a su pequeño hijo, apoyándose en la caridad de varios amigos cercanos de la familia. Cuando su padre finalmente regresó a finales del año 1945, la pareja intentó encontrar trabajos estables que les permitiesen vivir de una manera digna, pero fracasaron rotundamente. Sumado a las constantes penurias económicas, ambos progenitores desarrollaron graves problemas con el consumo de alcohol. La violencia desmedida, los gritos y los golpes que reinaban habitualmente en el hogar obligaban al pequeño Hendrix a refugiarse y esconderse en los recovecos más oscuros de la casa, armarios y rincones, para no ser testigo ni víctima del maltrato cruzado de sus padres. Su hermano mayor, Leon, era en quien más se apoyaba emocionalmente. Además de Leon, Hendrix tenía tres hermanos pequeños: Joseph, Kathy y Pamela. En un acto que marcaría para siempre la psicología del artista, todos sus hermanos menores fueron entregados en adopción por sus padres, incapaces de mantenerlos. Las constantes mudanzas los obligaban a vivir de forma nómada en hoteles baratos e insalubres. Solo cuando Hendrix lograba quedarse unos días en la casa de su abuela, salía a la luz la inmensa sensibilidad que albergaba su alma, sumada a una profunda timidez que funcionaba como un mecanismo de defensa para esconder un maltrato psíquico absolutamente intolerable.
El 17 de diciembre de 1951, cuando Jimmy tenía apenas nueve años, la frágil estructura familiar colapsó de manera definitiva y sus padres se divorciaron. El tribunal le concedió la custodia legal de él y de su hermano Leon a su severo padre, Al Hendrix. Corrían los coloridos años cincuenta y el joven asistía al colegio Horace Mann Elementary. Fue allí donde los trabajadores sociales de la institución comenzaron a notar un patrón de comportamiento peculiar: el menor, retraído y solitario, pasaba horas enteras jugando en los pasillos con una vieja escoba, emulando con una pasión desgarradora estar tocando una guitarra frente a un público imaginario. La imagen era tan poderosa y conmovedora que, al año siguiente, reuniendo todo su valor, Jimmy se animó a escribir una carta formal al Estado pidiendo ayuda económica para poder comprar un instrumento de verdad, argumentando que la música era su única vía de escape. Lamentablemente, nadie respondió a su súplica institucional, y su padre, asfixiado por sus propios demonios, se negó rotundamente a concederle ese capricho. Sin embargo, como si se tratase de una jugada maestra del destino, durante el año 1957, mientras ayudaba a su padre a realizar trabajos de lim
pieza y mantenimiento en la casa de una señora mayor, Hendrix encontró un destartalado ukelele tirado entre la basura. El pequeño instrumento de madera solo tenía una cuerda intacta, pero cuando la señora le dijo que podía quedárselo, el universo del joven cambió. Con esa única cuerda, el sueño de la música comenzó a pintarse con colores alegres, aunque todavía lejos de la estridencia psicodélica que lo caracterizaría. Aprendió a tocar de manera autodidacta, entrenando su oído de forma prodigiosa. Tocaba acordes sueltos y melodías básicas mientras escuchaba obsesivamente en la radio las canciones del naciente rock and roll, sintiendo una fascinación absoluta por los ritmos desenfrenados de Elvis Presley y su icónico tema “Hound Dog”.
Pero la vida no tardaría en asestarle otro golpe brutal. La primera gran tragedia irremediable para el joven Hendrix llegó por parte de su madre, Lucille. El 2 de febrero de 1958, tras años de excesos, fue diagnosticada con una severa cirrosis hepática, para luego fallecer trágicamente al reventarle el bazo. Su padre, endurecido y distante, se negó tajantemente a llevar a Jimmy y a su hermano al funeral de su propia madre. En lugar de permitirles vivir el duelo, y en un acto que el mismo Hendrix describiría años después como una cruel ironía que marcaría su relación con las sustancias, les sirvió chupitos de whisky y les ordenó que debían afrontar la pérdida “como hombres”, tragándose las lágrimas junto con el alcohol. En 1958, Hendrix terminó a duras penas sus estudios primarios y comenzó a asistir a la escuela secundaria Garfield High School, aunque su mente ya volaba muy lejos de los libros de texto y nunca llegó a graduarse. Un nuevo rayo de luz iluminó su camino cuando, a los quince años, logró ahorrar lo suficiente para comprarse su primera guitarra acústica real por el módico precio de cinco dólares. Su obsesión se volvió absoluta; las excesivas e interminables horas de práctica le quemaron y callaron las yemas de los dedos. Fue aprendiendo a dominar el instrumento absorbiendo el estilo de los mejores y más legendarios artistas de blues del momento, leyendas de la talla de Muddy Waters, Robert Johnson y el enorme B.B. King. Al poco tiempo, sintiendo que el hambre musical alimentaba su insaciable ansiedad creativa, formó su primera banda aficionada llamada The Velvetones. Al no poseer una guitarra eléctrica ni amplificadores, apenas se lograba escuchar lo que tocaba entre el ruido de los demás instrumentos. Viendo la incansable dedicación de su hijo, después de unos meses, su padre finalmente comprendió la seriedad de su amor por la música y le compró su primera guitarra eléctrica: una Supro Ozark de deslumbrante color blanco. El primer concierto oficial de Hendrix tuvo lugar en el sótano de una sinagoga en Seattle, tocando con una banda sin nombre. Sin embargo, su instinto para el espectáculo ya era incontrolable; luego de fanfarronear en demasía y robarse toda la atención con sus salvajes movimientos, los celosos miembros de la banda lo expulsaron ese mismo día. Lejos de rendirse, se unió rápidamente a The Rocking Kings, un grupo ya profesional que tocaba en importantes locales de la zona. En una de esas noches, luego de hacer que las electrizantes notas se mezclaran con el sudor y los aplausos frenéticos de la gente, sufrió el robo de su preciada guitarra. Su padre, reconociendo el inmenso talento del joven, no tardó en reemplazarla y le compró una flamante Silvertone Danelectro de color rojo sangre.
Como solía suceder con la gran mayoría de los jóvenes estadounidenses de entornos vulnerables de la época, la delincuencia juvenil y el reclutamiento militar se cruzaron en su camino. Sin embargo, el ingreso de Hendrix a las filas del ejército norteamericano no tuvo absolutamente nada que ver con un sentimiento de ferviente patriotismo o un deseo genuino de servir a su país. La milicia apareció en su vida como una salvación de último minuto gracias a su comportamiento errático y a sus crecientes problemas con el sistema judicial. En el año 1961, Hendrix sintió el frío acero de los barrotes tras ser detenido por la policía luego de ser descubierto manejando un automóvil robado, y no en una, sino en dos ocasiones distintas. Ante la inminencia de una condena carcelaria severa, el joven delincuente tuvo que decidir entre pasar varios años en la oscuridad de una prisión estatal o alistarse como voluntario en el ejército de los Estados Unidos. Naturalmente, escogió el segundo camino. Tras superar varias semanas de un durísimo entrenamiento básico, el futuro músico fue asignado a la prestigiosa y exigente División Aerotransportada 101, acuartelada en Fort Campbell, Kentucky, donde recibió un riguroso entrenamiento como paracaidista. Apenas con su mayoría de edad entre los dedos, el encierro castrense comenzó a asfixiarlo rápidamente y le escribió una carta a su padre confesando su desesperación: “En estas semanas no ha habido más que agotador entrenamiento físico y hostigamiento constante, y después, cuando vas a la escuela de salto, verdaderamente llega el infierno”. Desesperado por aferrarse a su cordura, le suplicó que le enviara su guitarra para poder sobrellevar la brutalidad de la situación.
Al recibir su amada Silvertone roja, Hendrix, como era de esperarse, comenzó a dedicarle casi todo su tiempo, perfeccionando su técnica durante las madrugadas y restándole importantes horas de sueño y preparación al entrenamiento militar. Esta devoción absoluta por las seis cuerdas no le hizo ninguna gracia a sus estrictos superiores ni a la mayoría de sus rudos compañeros de escuadrón. Relatos de biógrafos afirman que el frágil artista sufrió abusos y acoso sistemático por parte de los demás reclutas, quienes, fastidiados por el constante ruido, en más de una ocasión le escondieron su guitarra como burla, a tal grado que el músico llegó a rogar hasta las lágrimas, suplicando desesperadamente para que se la devolvieran intacta. A pesar del entorno hostil, Hendrix logró encontrar su santuario en algunos clubes de esparcimiento de la armada, donde en sus ratos libres, junto a un compañero recluta llamado Billy Cox que tocaba el bajo con destreza, formó uno de sus primeros grupos serios llamado The King Kasuals. Su preferencia por practicar acordes hasta el amanecer en lugar de descansar lo llevó a quedarse dormido en las guardias en repetidas ocasiones. Le dedicaba tanto tiempo a obsesionarse con la música que le resultaba físicamente imposible llegar a los entrenamientos a tiempo y, sobre todo, en la forma atlética que se requería de un paracaidista. Con un extenso historial de faltas de conducta, negligencias e irresponsabilidades acumuladas, sus superiores buscaron rápidamente la vía legal para deshacerse de él de manera honrosa. El 29 de junio de 1962, su sargento superior firmó un contundente reporte oficial que dictaminaba textualmente: “En mi opinión, el soldado Hendrix nunca alcanzará los estándares disciplinarios necesarios para el Ejército. Creo firmemente que el servicio militar se beneficiará enormemente al licenciarlo lo antes posible”. De esta manera poco gloriosa, Hendrix obtenía su ansiada libertad. Lejos de disciplinarlo y acomodarlo como pretendían los manuales militares, esta dura experiencia generó en el músico una clara y arraigada antipatía hacia las fuerzas armadas, la autoridad y la guerra en general; sentimientos profundos que quedarían plasmados a fuego en varias de sus composiciones futuras, las cuales sirvieron de himno para cientos de miles de jóvenes del movimiento contracultural que se oponían frontalmente a la sangrienta intervención de los Estados Unidos en Vietnam y en otros rincones del mundo.
Para poner en perspectiva su nivel de desafío a las instituciones, basta adelantar el tiempo hasta el amanecer del 18 de agosto de 1969, en el clímax absoluto del mítico festival de Woodstock. Frente a un mar de jóvenes cubiertos de barro y agotamiento, Hendrix desató su catarsis definitiva: interpretó una versión desgarradora, ruidosa y completamente distorsionada del himno estadounidense, “The Star-Spangled Banner”. Como un auténtico profesor de la estridencia, dio cátedra magistral de todos sus trucos sonoros; demostró su dominio sobrehumano de la técnica del hammer-on, su control milimétrico del acople (feedback) del amplificador y libró una feroz batalla armónica entre la palanca del trémolo de su Fender Stratocaster y el efecto ondulante del pedal Uni-Vibe. Todas estas locuras sonoras simulaban el aterrador sonido de las bombas cayendo y los gritos ahogados de la guerra, pintando de psicodelia y protesta a la multitud presente. Sus notas ácidas llegaron rápidamente a los oídos de los sectores más conservadores del país, quienes lo repudiaron y lo consideraron una aberrante deshonra hacia los símbolos patrios. Sin embargo, para la historia de la música, ese lunes por la mañana, Jimi Hendrix electrocutó literal y figurativamente al corazón de los Estados Unidos.
Retomando la cronología tras su accidentada salida del ejército en enero de 1964, Hendrix decidió de una vez por todas buscar su propio norte, sin jefes ni manuales de conducta. Se mudó a la meca cultural negra de Harlem en Nueva York y entabló una relación sentimental con Lithofayne Pridgon, una mujer que poseía valiosos y múltiples contactos en la vibrante escena musical local. Apenas un mes después de su llegada, el talento desbordante de Hendrix le hizo ganar el anhelado primer premio en un competitivo concurso de talentos en el legendario Teatro Apollo. En su incesante búsqueda de reconocimiento, acudió a una audición para convertirse en el guitarrista de apoyo de la aclamada banda de The Isley Brothers, siendo aceptado de inmediato por su abrumador virtuosismo. Ya firmemente instalado en los circuitos de Harlem, entabló una profunda amistad con los gemelos Allen y comenzó a codearse con la élite del R&B. Al año siguiente, Hendrix hizo su gran debut en la televisión nacional en el programa Night Train, actuando como músico de sesión para el electrizante Little Richard. No obstante, el ego desmesurado de Little Richard y la creciente necesidad de Hendrix de brillar con luz propia hicieron que esta unión fuera breve y conflictiva. Tras continuas idas y venidas por diferentes agrupaciones, a finales de 1965 grabó un sencillo con Curtis Knight y firmó un restrictivo contrato de tres años con el oscuro empresario Ed Chalpin, un documento legal que le traería innumerables dolores de cabeza en el futuro.
Parecía que su prodigiosa guitarra no lograba encontrar un punto de anclaje definitivo al saltar de banda en banda, pero toda esta odisea era simplemente el necesario entrenamiento para el estallido de su carrera en solitario. Formó su propia banda llamada Jimmy James and the Blue Flames en los clubes subterráneos de Nueva York, dándole por fin vida a su estilo único y crudo, componiendo el material embrionario que más tarde inmortalizaría. Fue durante una de estas ardientes y sudorosas actuaciones en un club nocturno cuando Linda Keith, entonces novia del legendario guitarrista de The Rolling Stones, Keith Richards, quedó absolutamente fascinada por la presencia de Hendrix. Se hicieron amigos rápidamente, y Linda, convencida de que estaba ante un diamante en bruto, se encargó de ponerlo en el radar de grandes mánagers internacionales. Fue así como apareció la figura clave de Chas Chandler, ex bajista de la banda británica The Animals, quien estaba en transición hacia el rol de representante. Chandler quedó anonadado con la energía de Hendrix y no dudó un segundo en hacerle firmar un contrato para llevarlo a conquistar el Reino Unido. Para acompañarlo, reclutaron al talentoso bajista Noel Redding y al explosivo baterista Mitch Mitchell, encontrando una química musical instantánea. Esa misma noche en Londres, sellaron el trato para crear una de las bandas más revolucionarias de la historia. Fue el visionario Chandler quien le sugirió a Hendrix que abandonara el común nombre de “Jimmy” y adoptara la grafía más exótica y simplista de “Jimi”, naciendo así la marca definitiva.
El 30 de septiembre, a escasos días de haber aterrizado en Europa, Chandler llevó a su nuevo prodigio a un concierto en la Universidad de Westminster donde tocaba la superbanda Cream, liderada por el entonces intocable “Dios” de la guitarra, Eric Clapton. Chandler movió los hilos para que Hendrix pudiera subir a tocar. Años después, Clapton recordaría ese mítico momento con una mezcla de admiración y pavor: “Me pidió si podía tocar un par de temas con nosotros. Le dije que sí, pero confieso que tenía una rara y perturbadora sensación sobre él. A mitad de nuestro concierto, subió al escenario, enchufó la guitarra y atacó salvajemente el tema ‘Killing Floor’. Tocó todos los estilos imaginables que se le ocurrían, hizo todos sus trucos físicos como tocar con los dientes o con la guitarra en la espalda, pero el nivel de energía y virtuosismo era simplemente aplastante. Después de eso, se bajó y se fue. Desde ese mismo instante supe que mi vida musical nunca más volvería a ser igual”. Con su nueva agrupación, The Jimi Hendrix Experience, comenzaron a deslumbrar como teloneros en prestigiosos escenarios, como el legendario Teatro Olympia de París. La fama corrió como pólvora por Europa; en marzo de 1967 lanzaron el monumental sencillo “Purple Haze”, seguido por la majestuosa balada “The Wind Cries Mary”, dominando las listas de éxitos durante semanas ininterrumpidas. La apoteosis visual de su carrera llegó cuando, buscando superar la destructiva teatralidad de la banda The Who, Hendrix tuvo la brillante y escandalosa idea de bañar su guitarra con líquido inflamable y prenderle fuego en el escenario del Monterey Pop Festival en Estados Unidos, un acto chamánico y de sacrificio artístico que dejó a toda Norteamérica con la boca abierta. La prensa británica, sin saber cómo procesar tal fuerza de la naturaleza, lo bautizó reductivamente como “el Elvis Presley negro”.
A nivel de estudio de grabación, los logros fueron igual de colosales. Su álbum debut, “Are You Experienced”, cambió para siempre la concepción de lo que se podía hacer en un estudio, compitiendo codo a codo en las listas de ventas con la obra maestra de The Beatles, “Sgt. Pepper’s”. Le siguió la intrincada exploración sonora de “Axis: Bold as Love”, un disco que estuvo a punto de no publicarse porque Hendrix, en un descuido, olvidó la cinta maestra original en el asiento trasero de un taxi londinense, obligando a la banda a remezclar desesperadamente toda la cara A del disco en una sola noche. Finalmente llegó el épico álbum doble “Electric Ladyland”, considerado unánimemente como su obra maestra, donde el perfeccionismo obsesivo de Hendrix por las múltiples tomas de grabación terminó por agotar la paciencia y romper los lazos profesionales con su mentor, Chas Chandler. Este disco monumental incluye su inmortal y feroz versión de “All Along the Watchtower” de Bob Dylan, y consagró a Hendrix como el músico de rock mejor pagado de su era.
Sin embargo, a medida que su arte alcanzaba la estratósfera, su espíritu comenzaba a fracturarse irreparablemente. El último tramo de su vida en la tierra fue un descenso en espiral hacia un agotamiento total. Llegó a odiar aquello que tanto había soñado: la presión asfixiante de los medios de comunicación, el acoso de la industria, las expectativas devoradoras de un público que exigía constantemente ver al “salvaje” quemar guitarras en lugar de escuchar sus complejas innovaciones de jazz y blues, lo llevaron a un colapso nervioso. Llegó a declarar con amargura: “No quiero ser más una superestrella de rock, me niego a seguir siendo su payaso de circo”. Durante 1970, atrapado en una lucrativa pero extenuante gira europea organizada por su cuestionado nuevo mánager, Michael Jeffery, la salud de Hendrix se deterioró dramáticamente. Consumido por el abuso constante de drogas psicodélicas, el agotamiento físico y la paranoia, ansiaba desesperadamente regresar a Nueva York para refugiarse en su flamante y recién construido Electric Lady Studios. Quería encerrarse a crear, pero los contratos lo obligaban a seguir subiendo a los escenarios. En septiembre de ese año, su actitud se volvió errática y sombría; llegó a abandonar un escenario a la mitad de un concierto confesando al micrófono: “Siento que llevo muerto mucho tiempo”. Su último concierto oficial en el festival de la Isla de Fehmarn, en Alemania, fue un completo y absoluto desastre. En medio de un diluvio torrencial, los retrasos y el mal humor del público provocaron que lo abuchearan masivamente y le lanzaran objetos contundentes al escenario. Agotado y harto, enfrentó a la multitud con cinismo: “Si me van a silbar, por favor, al menos háganlo afinados”.
El trágico desenlace comenzó a escribirse la madrugada del 18 de septiembre de 1970 en la nublada ciudad de Londres. Hendrix se encontraba en compañía de Monika Dannemann, una patinadora alemana que se había convertido en su última pareja. Tras asistir a una fiesta donde abundó el consumo de alcohol y drogas recreativas, la pareja se retiró a la habitación que Dannemann alquilaba en el modesto Hotel Samarkand. Según los confusos testimonios posteriores, Hendrix, incapaz de conciliar el sueño debido al frenético nivel de estrés y ansiedad que manejaba, le solicitó a su novia pastillas para dormir. A partir de este preciso instante, el relato de los hechos se fractura en un sinfín de contradicciones intolerables y versiones opuestas. Lo único médicamente comprobado es que Jimi Hendrix ingirió un puñado letal de hasta nueve pastillas de Vesparax, un poderoso barbitúrico de prescripción médica en el que la dosis normal para un adulto no superaba la media pastilla. Al mezclar este altísimo nivel de sedantes con el alcohol que corría por sus venas, el guitarrista cayó en un estado de coma profundo.
Monika Dannemann aseguró inicialmente a la policía que, al despertar horas más tarde y ver a Hendrix durmiendo plácidamente, decidió salir unos minutos a comprar cigarrillos. Al regresar, según su versión oficial, descubrió con horror que el músico estaba inconsciente, pálido y que un espeso hilo de vómito se deslizaba por su rostro, ahogándolo irremediablemente. Al intentar despertarlo sin éxito, llamó desesperada a los servicios de emergencia. Sin embargo, las inconsistencias en sus declaraciones a lo largo de los días y años posteriores desataron un torbellino de siniestras hipótesis. Fuentes cercanas y otros investigadores aseguran que Dannemann, presa del pánico al ver a Hendrix agonizando, llamó primero al cantante Eric Burdon (con quien habían estado horas antes), quien le ordenó a gritos que llamara inmediatamente a una ambulancia. Se especula fuertemente que la llamada de auxilio se retrasó deliberadamente porque Dannemann y otros allegados se dedicaron a limpiar frenéticamente la habitación, tirando inmensas cantidades de drogas ilegales por el inodoro para evitar un escándalo policial. Cuando la ambulancia finalmente llegó, el caos fue total. Algunos paramédicos afirmaron que Hendrix ya estaba clínicamente muerto y rígido en la cama; otros testigos sostuvieron que los enfermeros lo trasladaron de manera negligente, sin sujetarle la cabeza, lo que provocó que los fluidos terminaran de ahogarlo en sus propios pulmones durante el trayecto hacia el St Mary’s Hospital. El frío informe del forense determinó que la causa oficial de defunción fue asfixia por inhalación de su propio vómito debido a una aguda intoxicación por barbitúricos.
Pero en el universo de las leyendas del rock, las causas oficiales rara vez satisfacen la sed de respuestas. Rápidamente, el vacío de información fue llenado por teorías conspirativas de un peso aterrador. La primera y más persistente apunta directamente a un asesinato a sangre fría orquestado por la mafia y ejecutado materialmente por su propio mánager, el oscuro y calculador Michael Jeffery. Hendrix estaba a punto de despedir a Jeffery por malos manejos financieros y deudas exorbitantes, pero antes de que esto sucediera, Jeffery habría contratado matones para obligar al músico a ingerir el cóctel letal de pastillas y vino, con el macabro objetivo de cobrar la millonaria póliza del seguro de vida del artista, la cual sospechosamente estaba a nombre de su agencia de representación. Para añadir más tintes de película de terror a esta teoría, Michael Jeffery jamás pudo disfrutar plenamente de ese dinero ensangrentado; apenas tres años después, en 1973, falleció trágicamente cuando el vuelo comercial en el que viajaba chocó en el aire y se estrelló en Francia, llevando a muchos a especular que la misma mafia lo había silenciado. Otra de las hipótesis más sombrías relaciona la muerte del ícono de manera directa con las operaciones encubiertas de la CIA. Durante aquellos años de intensa efervescencia civil y protestas pacifistas, el gobierno estadounidense había puesto en marcha el programa ultrasecreto MHCHAOS, un gigantesco operativo de espionaje nacional centrado en monitorear, neutralizar y erradicar a figuras públicas de altísima influencia que fueran consideradas potencialmente subversivas y un peligro para la moral nacional; según algunas filtraciones posteriores, el nombre de Jimi Hendrix figuraba destacado en esa lista negra gubernamental.
Al cumplirse exactamente un mes y un día del fallecimiento de Hendrix, la tragedia volvió a golpear al mundo de la música con la sorpresiva muerte por sobredosis de la deslumbrante reina del blues, Janis Joplin, quien también tenía 27 años. Así se consolidaba en el imaginario colectivo el infame “Club de los 27”, una lista de inmortales que había sido inaugurada décadas antes por el blusero Robert Johnson, y que continuaría expandiéndose como una maldición generacional cobrándose las vidas de Brian Jones de los Rolling Stones, el poeta místico Jim Morrison de The Doors, y en décadas posteriores, íconos de la angustia moderna como Kurt Cobain y la insustituible Amy Winehouse. Tras la dolorosa partida de Hendrix, el voraz negocio discográfico no se detuvo; se publicaron de manera póstuma más de 50 álbumes explotando cada grabación, ensayo y concierto que dejó el artista. Pocas semanas antes de morir, como un presagio profético de la inmensidad de su legado, Jimi Hendrix había declarado con convicción a un periodista: “La expresión ‘volar la cabeza’ es muy válida hoy en día, pero yo te aseguro que le vamos a volar la cabeza de verdad a la gente que escuche este nuevo disco, y mientras su mente esté volando en el espacio, vamos a llenar ese hueco en su alma con una música absoluta”. Sea donde sea que resida hoy la energía cósmica de aquel niño maltratado de Seattle que revolucionó al mundo abrazado a una guitarra, sabe muy bien que, indiscutiblemente, lo consiguió.