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El Fuego que se Apagó a los 27: La Tortuosa Vida, la Revolución Musical y la Misteriosa Muerte de Jimi Hendrix

El 18 de septiembre de 1970, el mundo de la música se detuvo de forma abrupta, como si a una cinta de grabación le hubieran cortado la corriente en pleno apogeo. Ese fatídico día, la vida terrenal de Jimi Hendrix, el hombre que reinventó la manera de comunicarse con seis cuerdas, llegó a su fin. Su asombrosa habilidad con la guitarra eléctrica, sus alocados e hipnóticos movimientos escénicos y sus trucos visuales disgustaron en un principio a los puristas más conservadores de la época, pero enamoraron perdidamente a una generación entera y, por supuesto, a la historia misma. Tocar el instrumento por detrás de la nuca, rasgar las cuerdas metálicas con los dientes hasta hacerlas sangrar y, en un acto de pura catarsis, prenderle fuego a su guitarra delante de miles de personas estupefactas, fueron apenas algunos de los recursos que deslumbraron a los fanáticos de todo el planeta. Sin embargo, absolutamente nada de esa parafernalia visual se compara con la genuina e inalcanzable maestría técnica que poseía a la hora de tocar, la cual lo coronó, de manera unánime, como el mejor guitarrista del mundo. El prestigioso Salón de la Fama del Rock and Roll lo describe de forma rotunda y sin matices como “indiscutiblemente uno de los músicos más grandes e influyentes de la historia del rock”. No obstante, detrás de esa brillante estela de psicodelia y éxito masivo, su final fue sumamente oscuro y complicado, terminando sus días al unirse al infame y trágico “Club de los 27”, ese macabro grupo de famosísimos artistas cuyas vidas se extinguieron a la misma edad, rodeadas de alcohol, drogas, presuntos suicidios y, en el caso específico de Hendrix, envueltas en un denso manto de extrañas hipótesis y teorías conspirativas que perduran hasta el día de hoy.

Para comprender la magnitud de la explosión que representó su arte, es imperativo retroceder a los oscuros y dolorosos orígenes de su existencia. El 27 de noviembre de 1942, el futuro dios de la guitarra nacía bajo el nombre de Johnny Allen Hendrix en la lluviosa ciudad de Seattle, Washington. Su ascendencia afroestadounidense le dio cobijo en una sociedad profundamente dividida, y llegó al mundo siendo el primero de cinco hijos. Los primeros tres años de su vida transcurrieron bajo la marcada ausencia de su padre, Al Hendrix, quien se encontraba alistado en el ejército y sirviendo en una base de Alabama durante los estertores de la Segunda Guerra Mundial. Durante este difícil lapso, Lucille, la madre de la futura estrella, luchó desesperadamente para criar a su pequeño hijo, apoyándose en la caridad de varios amigos cercanos de la familia. Cuando su padre finalmente regresó a finales del año 1945, la pareja intentó encontrar trabajos estables que les permitiesen vivir de una manera digna, pero fracasaron rotundamente. Sumado a las constantes penurias económicas, ambos progenitores desarrollaron graves problemas con el consumo de alcohol. La violencia desmedida, los gritos y los golpes que reinaban habitualmente en el hogar obligaban al pequeño Hendrix a refugiarse y esconderse en los recovecos más oscuros de la casa, armarios y rincones, para no ser testigo ni víctima del maltrato cruzado de sus padres. Su hermano mayor, Leon, era en quien más se apoyaba emocionalmente. Además de Leon, Hendrix tenía tres hermanos pequeños: Joseph, Kathy y Pamela. En un acto que marcaría para siempre la psicología del artista, todos sus hermanos menores fueron entregados en adopción por sus padres, incapaces de mantenerlos. Las constantes mudanzas los obligaban a vivir de forma nómada en hoteles baratos e insalubres. Solo cuando Hendrix lograba quedarse unos días en la casa de su abuela, salía a la luz la inmensa sensibilidad que albergaba su alma, sumada a una profunda timidez que funcionaba como un mecanismo de defensa para esconder un maltrato psíquico absolutamente intolerable.

El 17 de diciembre de 1951, cuando Jimmy tenía apenas nueve años, la frágil estructura familiar colapsó de manera definitiva y sus padres se divorciaron. El tribunal le concedió la custodia legal de él y de su hermano Leon a su severo padre, Al Hendrix. Corrían los coloridos años cincuenta y el joven asistía al colegio Horace Mann Elementary. Fue allí donde los trabajadores sociales de la institución comenzaron a notar un patrón de comportamiento peculiar: el menor, retraído y solitario, pasaba horas enteras jugando en los pasillos con una vieja escoba, emulando con una pasión desgarradora estar tocando una guitarra frente a un público imaginario. La imagen era tan poderosa y conmovedora que, al año siguiente, reuniendo todo su valor, Jimmy se animó a escribir una carta formal al Estado pidiendo ayuda económica para poder comprar un instrumento de verdad, argumentando que la música era su única vía de escape. Lamentablemente, nadie respondió a su súplica institucional, y su padre, asfixiado por sus propios demonios, se negó rotundamente a concederle ese capricho. Sin embargo, como si se tratase de una jugada maestra del destino, durante el año 1957, mientras ayudaba a su padre a realizar trabajos de lim

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