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El silencio de las tres de la madrugada tiene una textura especial. Es denso, pesado, casi asfixiante. A esa hora, el mundo entero parece haberse rendido al sueño, dejando solo a los insomnes, a los culpables y a los que están a punto de ver cómo su vida salta por los aires.

Yo pertenecía al primer grupo, pero estaba a punto de colisionar violentamente con el segundo.

La luz azulada del teléfono móvil rompía la oscuridad de nuestra habitación. Emanaba de la zona de la cama donde dormía —o se suponía que dormía— mi marido, Marcos. Me desperté con la garganta seca, buscando a tientas el vaso de agua en la mesita de noche, cuando la curiosidad, ese instinto letal que ha destruido más matrimonios que cualquier otra cosa en el mundo, me hizo girar la cabeza.

Marcos estaba de espaldas a mí, completamente absorto en la pantalla. Su respiración era superficial, controlada. No era la respiración de alguien que lee las noticias financieras o repasa correos del trabajo. Era la respiración de un cazador acechando en la maleza digital.

Me deslicé por las sábanas con la agilidad de un fantasma. Quince centímetros. Diez centímetros. Cinco centímetros. Me asomé por encima de su hombro desnudo, sintiendo el calor de su piel, esa misma piel que había besado horas antes.

Mis ojos se clavaron en la pantalla.

No era un perfil desconocido. No era una modelo de Instagram genérica o una antigua compañera de instituto. Era Clara. Mi hermana pequeña. Clara, con sus veintidós años, su risa escandalosa y su vida por delante.

Marcos estaba haciendo scroll en el perfil de Clara. Pero no estaba viendo sus fotos recientes. La barra de progreso lateral delataba que había bajado muchísimo. Estaba en el verano de 2023. El verano en el que fuimos a Menorca. Clara llevaba aquel bikini amarillo flúor que se compró en una tienda de segunda mano. Una foto en la que salía riendo, saliendo del agua, con el pelo empapado cayendo sobre sus hombros.

Y entonces, lo vi.

Vi cómo el pulgar de Marcos, ese mismo pulgar que llevaba su anillo de casado, se posaba sobre la pantalla. Dos toques rápidos.

Corazón rojo. Me gusta.

A las tres y doce minutos de la madrugada. A una foto de mi hermana pequeña en bikini de hace tres años.

Sentí un latigazo de adrenalina puro y duro en la base del cráneo. Fue físico. Una náusea instantánea que me revolvió el estómago. Como alguien que se dedica a estudiar el comportamiento en redes, a analizar por qué un simple clip de ocho segundos sobre salseo y drama se vuelve viral, conozco perfectamente la anatomía de un “me gusta”. Conozco la intencionalidad, el rastro que deja, el algoritmo que lo alimenta. No existe el azar en el abismo del scroll infinito.

Encendí la lámpara de mi mesita de noche de un manotazo. La luz cálida inundó la habitación, cegándole, destruyendo su pequeño teatro de sombras.

Marcos pegó un salto en la cama, girándose de golpe. El teléfono se le resbaló de las manos y cayó sobre el edredón, con la pantalla aún iluminada, mostrando el cuerpo bronceado de mi hermana y ese maldito corazón rojo latiendo en la esquina.

—¿Qué haces? —balbuceó él, parpadeando, intentando que sus ojos se acostumbraran a la luz, intentando esconder el pánico que ya le deformaba las facciones.

Yo no grité. No lloré. La frialdad que me invadió me asustó hasta a mí misma. Me senté en el borde de la cama, crucé los brazos y clavé mis ojos en los suyos.

—¿Por qué a las tres de la madrugada le estás dando ‘me gusta’ a las fotos en bikini de mi hermana pequeña de hace tres años? —pregunte. Mi voz sonó plana, metálica, desprovista de cualquier emoción humana. Era la voz de una fiscal leyendo los cargos.

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