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La acusaron de robar 300 pesos y aceptó 40 días con un apache carpintero sin saber la verdad

En el verano de 1886, Alma Rentería fue acusada de robar 300 pesos en la hacienda de Santa Aurelia y las monedas aparecieron bajo su propio catre. Todos la dieron por culpable de inmediato, pero lo que nadie imaginaba era que aquella trampa estaba a punto de abrir la puerta al hombre más temido de la sierra.

Era el verano de 1886 y en la hacienda de Santa Aurelia el polvo se levantaba desde antes del amanecer. como si hasta la tierra supiera que allí la paz nunca duraba demasiado. Los peones salían al patio central con la cabeza baja, las mujeres encendían los fogones en la cocina grande y los capataces caminaban de un lado a otro con ese aire de autoridad prestada que solo tienen los hombres que disfrutan ver temblar a otros.

En aquel mundo de órdenes secas, cuentas malchas y silencios obligados, vivía alma rentería, una joven de 22 años que había aprendido demasiado pronto que la pobreza no solo vacía el estómago, también obliga a bajar la voz. Alma no había nacido en la hacienda, pero había llegado a ella siendo casi una niña después de que una fiebre se llevara a su madre y de que su padre, un jornalero débil de pecho, muriera dos inviernos más tarde junto a una asequia.

Desde entonces, la muchacha había pasado de cocina en cocina, de patio en patio, sirviendo donde la mandaran, sin que nadie se interesara jamás por lo que sentía, por lo que soñaba o por lo que temía. En Santa Aurelia lavaba ropa, barría corredores, ayudaba a desgranar maíz, surcía mantas y cuando hacía falta llevaba recados a la casa principal, esa casona de muros blancos y balcones de hierro, desde donde doña Elvira de Monteagudo observaba la hacienda entera como si no fueran personas las que trabajaban allí, sino piezas de una

maquinaria antigua que debía seguir funcionando a cualquier precio. era de esas mujeres que el mundo casi no mira, no porque no tuviera belleza, sino porque llevaba la clase de belleza que la vida cansada suele ocultar. Ojos oscuros serenos, manos finas endurecidas por el jabón y el agua helada, un rostro limpio, sin adornos, y una manera de caminar en silencio que hacía pensar en alguien acostumbrado a no estorbar.

Las otras muchachas de la hacienda decían que tenía demasiado orgullo para ser pobre. No lo decían como elogio, lo decían porque Alma no sabía reírse de las crueldades ajenas, ni alagar a quien la humillaba. Si le ordenaban algo, obedecía, si la ofendían, callaba. Pero en aquel silencio suyo había una firmeza extraña, una dignidad que incomodaba a quienes estaban acostumbrados a ver espaldas dobladas.

En la cocina grande, donde el calor se volvía insoportable desde media mañana, trabajaba bajo las órdenes de Tomás Avilleda, una mujer ancha de caderas, lengua rápida y corazón cambiante, capaz de compartir un pedazo de pan en secreto y al mismo tiempo repetir un chisme cruel si con eso ganaba el favor de la patrona. Allí también servía Jacinta Tamuro, hija de un antiguo mayordomo venido a menos, una joven de mejillas redondas y ojos vivos, que llevaba meses mirándola con una amabilidad sospechosa.

Alma no confiaba del todo en ella, aunque tampoco podía decir que le hubiera hecho daño, lo que ocurría era más sutil. Jacinta siempre parecía demasiado interesada en saber quién entraba y quién salía de la casa grande, qué recados llevaban las criadas, qué cajones abría la patrona, qué bolsitas de monedas cambiaban de lugar cuando llegaban comerciantes de Durango o arrieros del norte.

Aquella semana la hacienda estaba más inquieta de lo habitual. Don Laureano de Monteagudo, esposo de doña Elvira y dueño de Santa Aurelia, había vendido una partida importante de mulas y esperaba cerrar, además, un acuerdo por madera y clavos con un taller de San Jacinto. Por eso se hablaba sin parar de dinero, de cuentas, de pagos, de 300 pesos guardados para cubrir jornales atrasados y la compra de herramientas antes de las lluvias.

300 pesos para los señores de la casa principal. Quizá no era una fortuna inmensa, pero para la gente de abajo aquella suma sonaba casi irreal, como algo que solo existía en las manos de quienes jamás tenían que elegir entre comer o guardar una moneda para el invierno. Alma había escuchado aquella cifra por primera vez dos días antes, cuando la enviaron con una bandeja de café al despacho de don Laureano.

No era costumbre que una muchacha como ella entrara allí, pero una de las sirvientas de planta estaba enferma y Tomasa la empujó con prisa. Deja la bandeja y no mires nada, le advirtió. Alma obedeció. Entró con los ojos bajos, sintiendo el peso de los retratos, del reloj de pared, del escritorio de cedro y de la presencia severa del asendado, que discutía en voz baja con el administrador don Braulio Pereda.

No entendió todo, pero sí alcanzó a oír lo suficiente como para saber que el dinero estaba en una caja de hierro pequeña guardada en el cajón izquierdo del escritorio hasta la mañana del pago. Nada de aquello le habría importado de no ser, porque desde ese instante empezó a sentir sobre sí una mirada persistente. Cuando salió del despacho con la bandeja vacía, vio a Jacinta al final del corredor fingiendo acomodar unas macetas secas.

La muchacha sonrió demasiado pronto, como si quisiera parecer casual. Alma siguió de largo, pero algo dentro de ella se tensó. No era la primera vez que notaba esa clase de atención. En Santa Aurelia, saber demasiado o estar en el lugar equivocado podía convertirse, sin aviso, en una desgracia. Aquella noche durmió poco.

El cuarto de las muchachas solía a humedad y a cansancio. Desde su catre oyó a las otras respirar, murmurar en sueños, moverse entre las sábanas ásperas. Afuera, el viento golpeaba los postigos y traía desde los corrales un olor agrio a tierra y bestia mojada. Alma cerró los ojos pensando en su madre, como hacía siempre en las noches difíciles.

Apenas conservaba de ella un recuerdo claro, unas manos tibias peinándole el cabello y una voz que le repetía que la honradez llenaba la olla, pero sí sostenía el alma. A veces le dolía recordar esas palabras, porque en la hacienda la honradez pobres valía muy poco frente a la sospecha de los ricos. A la mañana siguiente, el cielo amaneció blanco y sofocante.

Desde temprano hubo carreras en la casa principal. El administrador iba y venía con papeles bajo el brazo. Los peones esperaban órdenes. Las cocineras recibían gritos por cualquier demora. Y poco antes del mediodía, cuando el sol caía vertical sobre el patio central, ocurrió lo que cambiaría el destino de alma. Un alboroto seco, rápido, atravesó los corredores.

Luego vino un silencio raro de esos que anuncian algo peor que un grito. Después se oyó la voz de doña Elvira, afilada como un látigo. Que nadie salga de la hacienda. Las criadas se miraron unas a otras. Tomasa dejó caer una cuchara. Jacinta se llevó la mano al pecho con un gesto tan estudiado que Alma lo notó de inmediato. En menos de un minuto aparecieron dos capataces en la cocina.

Detrás de ellos venía don Braulio con el rostro pálido y duro. Faltan 300 pesos del despacho. Dijo sin rodeos. Nadie entra ni sale hasta que sepamos quién los tomó. Las palabras cayeron como plomo. Algunas mujeres se persignaron. Una empezó a llorar. Tomasa juró que las de cocina no tenían nada que ver. Don Braulio no respondió.

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