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Arturo de Córdova: El galán elegante que encerró a su esposa la prisión dorada en Polanco

Hay una fotografía que circuló por todas las revistas de espectáculos de México durante los años 40 y 50 del siglo pasado. En ella aparece un hombre de mandíbula cuadrada, perfectamente definida como si un escultor la hubiera trabajado con paciencia y orgullo, con el cabello negro peinado hacia atrás con brillantina, brillante y sin un solo pelo fuera de lugar, con ojos claros que parecen ver más allá del lente de la cámara, más allá de la persona que está mirando la fotografía, más allá incluso del tiempo mismo.

Y hay una sonrisa, no es una sonrisa amplia ni exagerada ni de esas que ocupan toda la cara. Es una sonrisa controlada, medida, calculada al milímetro para comunicar exactamente lo que necesita comunicar. Seguridad, elegancia, dominio, la tranquilidad de quien sabe que el mundo está exactamente donde él quiere que esté.

Es el tipo de fotografía que hacía que las mujeres de toda Latinoamérica recortaran la imagen de la revista y la guardaran doblada dentro de un libro o debajo de la almohada. El tipo de fotografía que los hombres de la época observaban en silencio desde sus butacas de cine y sentían algo parecido a la envidia, algo parecido a la admiración, algo que no tenían palabras para describir, pero que reconocían sin dificultad.

Esa imagen vendió millones de boletos de cine en México, en Argentina, en Cuba, en Venezuela, en España. Llenó teatros, hizo que generaciones enteras de latinoamericanos creyeran que así debía verse un hombre que lo tiene todo. Guarda esa imagen en tu mente. La vas a necesitar para entender todo lo que viene después.

Y cuando la veas de nuevo al final de esta historia, ya no vas a poder verla de la misma manera porque existe otra imagen, una que no circuló en revistas, una que no aparece en los libros de historia del cine mexicano, ni en los homenajes póstumos, ni en los documentales que la cineteca nacional ha dedicado a la época dorada del cine de este país.

Esta segunda imagen existe solamente en los testimonios de quienes estuvieron cerca, en las cartas que nunca debieron escribirse, pero que alguien tuvo la valentía de conservar. En las conversaciones a media voz que se dan cuando el periodista apaga la grabadora y el entrevistado decide decir la verdad porque ya no le queda nada que perder.

Esta imagen existe en los silencios de una mujer que vivió décadas encerrada en una casa de Polanco, mientras el mundo seguía girando afuera de sus ventanas. Si te gusta este contenido, suscríbete para no perderte ninguna historia oculta. Mientras las temporadas de lluvia y de sol se sucedían unas a otras, mientras el país cambiaba y la ciudad cambiaba y la industria del cine cambiaba, y ella permanecía ahí dentro de esas paredes hermosas y bien decoradas y perfectamente amuebladas, que eran, si uno sabía mirar con honestidad, una

jaula, una prisión dorada, como la llamarían después quienes finalmente se animaron a hablar. hablar. Una mujer que fue actriz, que fue esposa, que fue madre, que un día simplemente dejó de existir para el mundo del espectáculo, sin que nadie en ese mundo se tomara el trabajo de preguntar por qué. Su nombre era Amparo Morillo y la persona que la fue borrando del mundo con paciencia y con método y con esa elegancia que nunca abandonó ni en los peores momentos fue exactamente el mismo hombre de la fotografía. Hoy vas a

conocer cuatro cosas que casi nadie se ha atrevido a contar sobre Arturo de Córdoba. Cuatro verdades que la industria del cine mexicano prefirió olvidar o minimizar o enterrar debajo de filmografías y homenajes y discursos sobre el patrimonio cultural. Cuatro verdades que sus biógrafos mencionaron apenas en notas al pie que sus admiradores decidieron ignorar porque era más cómodo seguir creyendo en el galán que enfrentar lo que había detrás del galán.

La primera tiene que ver con lo que se escondía detrás de esa sonrisa perfecta, con los mecanismos que nadie veía y que, sin embargo, funcionaban con una precisión que los años no han borrado. La segunda involucra a otras figuras conocidas de la industria, a testimonios con nombre, a documentos y declaraciones que sobrevivieron al tiempo.

La tercera es sobre el cuerpo y la mente, sobre la enfermedad que él ocultó durante años y sobre lo que esa enfermedad le hizo a él y sobre todo a quienes vivían con él. Y la cuarta es sobre lo que quedó después de su muerte. una familia fracturada, una herencia en disputa y una mujer que cuando finalmente salió de esa casa ya no reconocía el mundo en el Stus Sintul que había entrado décadas antes.

Si abandonas antes del final de este video, te perderás lo que le ocurrió a Amparo Morillo en los últimos años de su encierro y lo que pasó cuando ese encierro terminó. Guarda ese nombre, Amparo Morillo. Lo vas a necesitar. Arturo de Córdoba nació el 8 de mayo de 1908 en Mérida, Yucatán, aunque la fecha exacta ha sido disputada por algunas fuentes de la época, con la misma facilidad con que él mismo contradecía su propia biografía cuando le convenía hacerlo, que era frecuentemente su nombre real era Arturo García

Rodríguez. Y ese nombre sencillo, ese nombre de hombre completamente ordinario, fue lo primero que abandonó en su camino hacia convertirse en otra persona. No fue el último. A lo largo de su vida, Arturo de Córdoba abandonaría versiones de sí mismo con la misma eficiencia con que un actor abandona un personaje cuando se apagan las luces del set.

Sin drama visible, sin mirar hacia atrás, con la concentración puesta en lo que viene después. Mérida en 1908 era una ciudad extraña en el contexto mexicano, una ciudad que vivía todavía en la resaca de su propio boom económico. El Beneken, esa fibra que se usaba para fabricar cuerdas en todo el mundo y que crecía en abundancia en el suelo yucateco, había convertido a una pequeña élite de familias en millonarios casi de la noche a la mañana durante las últimas décadas del siglo XIX.

Esas familias construyeron mansiones en el paseo de Montejo que imitaban la arquitectura europea. Mandaron a sus hijos a estudiar a París y a Madrid. Importaron muebles y vajillas y costumbres de un continente que ninguno de ellos había pisado todavía. Mérida miraba hacia Europa con una mezcla de admiración y nostalgia de algo que nunca había tenido.

Era una ciudad con pretensiones de grandeza. que no siempre correspondían a la realidad de sus calles. Y esas pretensiones impregnaban todo, incluyendo a las familias de clase media que no tenían ni una décima parte de la fortuna, de los hacendados enqueneros, pero que habían aprendido de ellos, que lo que importaba no era lo que eras, sino lo que parecías.

Los García Rodríguez pertenecían a ese segundo grupo, una familia de clase media baja que aspiraba, que tenía dignidad pero no fortuna, que le enseñó a Arturo desde muy pequeño, una lección que él absorbió y perfeccionó y aplicó durante toda su vida adulta. La diferencia entre lo que eres y lo que pareces es el territorio donde se construye o se destruye el futuro.

Su padre era un hombre de carácter difícil sobre quien los biógrafos han escrito con notable escasez de detalles, lo cual en sí mismo es significativo porque los biógrafos suelen escatimar los detalles de los padres difíciles cuando el sujeto principal de la biografía prefiere que así sea. Los testimonios de contemporáneos que lo conocieron describen a un hombre que no era violento en el sentido físico, que la época habría reconocido como violencia, pero que manejaba a su familia con instrumentos más sutiles y

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