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La evidencia del algodón y el encaje

PARTE 1: La evidencia del algodón y el encaje

El pasillo del piso de setenta metros cuadrados en Carabanchel huele a una mezcla indefinible.

Huele a detergente barato de marca blanca.

Huele a esa humedad residual que siempre queda en las casas antiguas cuando llega el otoño.

Y, esta noche, huele a una catástrofe inminente.

Silvia está de pie frente a la perchero de pared, justo al lado de la puerta principal.

Sus dedos, largos y ligeramente temblorosos, están hundidos en los bolsillos del abrigo de paño de Marcos.

Ese abrigo que él insiste en llevar a pesar de que la primavera ya ha asomado la patita por Madrid.

Marcos está a tres metros de distancia, en el salón, intentando disimular su nerviosismo con una cerveza fría.

El sonido de la chapa de la botella al abrirse ha sido demasiado fuerte.

Un disparo en medio de una negociación de paz.

Silvia siente algo extraño en el bolsillo izquierdo del abrigo.

No es el llavero.

No es el paquete de pañuelos de papel.

Es algo pequeño, suave, con una textura que le resulta familiar y, a la vez, profundamente alienígena en este contexto.

Tira del objeto hacia fuera con la lentitud de quien desactiva una bomba casera.

Sus ojos, acostumbrados a la penumbra del recibidor, se clavan en el objeto que ahora sostiene entre el índice y el pulgar.

Es una prenda diminuta.

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