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“If you let me stay, I will take care of your children as my own,” the young woman told the widow…

Si me deja quedarme, cuidaré a sus hijos como míos.” Dijo la joven al ranchero viudo. El sol de octubre caía a plomo sobre la tierra reseca cuando la joven se bajó del camión desvencijado que la había llevado desde el pueblo de San Cristóbal hasta los límites del Rancho Vidal.

Llevaba en la mano derecha una bolsa de tela que contenía todo cuanto poseía en este mundo, una muda de ropa, una fotografía gastada de su madre, un rosario de madera y un cuaderno con tapas de cartón donde guardaba sus pensamientos. 22 años. Eso era todo lo que tenía de capital en la vida. 22 años y un corazón que todavía latía con fuerza, a pesar de todo lo que había soportado.

Se llamaba Valentina Reyes, hija de un jornalero que murió aplastado por una viga cuando ella tenía 12 años y de una madre que se fue consumiendo de tristeza y de fiebre durante los 5 años siguientes. A los 17 quedó huérfana. Los 18 empezó a trabajar en casas ajenas. fregando pisos, lavando ropa, cocinando para familias que la miraban como si fuera parte del mobiliario.

Nunca se quejó, nunca pidió más de lo justo, pero tampoco olvidó jamás que tenía dignidad, aunque el mundo pareciera empeñado en hacérsela olvidar. había llegado al Rancho Vidal por un aviso que le pasó una mujer en el mercado, una tal doña refugio que lavaba ropa para el patrón y que estaba a punto de jubilarse por sus rodillas enfermas.

Allá buscan a alguien que ayude con la casa y los niños”, le dijo en voz baja como si fuera un secreto. El patrón es serio, pero no es malo. Solo está roto. Desde que murió su mujer, ese hombre ya no es el mismo. Valentina lo pensó tres días. El cuarto día recogió su bolsa y se subió al camión. El camino de tierra que llevaba hasta la casa principal del rancho era largo y bordeaba un potrero donde pastaban caballos de pelaje oscuro.

Había algo solemne en ese paisaje, algo que a Valentina le apretó el pecho de una manera que no supo explicarse. Los cerros al fondo estaban teñidos de naranja por el atardecer y el cielo era una herida de luz que se iba cerrando lentamente. Pensó en su madre. Siempre pensaba en su madre cuando el cielo se ponía así de bonito y así de triste.

Al mismo tiempo, la casa principal apareció al doblar una curva. Era una construcción vieja de madera y adobe con un corredor largo sostenido por postes de mezquite. En los escalones del corredor había dos niños, un varón de unos nu con los pantalones sucios de tierra y una expresión seria que no cuadraba con su edad, y una niña más pequeña, de no más de 6 años, que se aferraba a la espalda de un hombre sentado al borde del corredor, como si tuviera miedo de caerse de la vida.

El hombre era Aurelio Vidal, 48 años, manos grandes y curtidas. Un sombrero de charro viejo que en otro tiempo debió de ser elegante. Una barba de varios días que hablaba de noches mal dormidas y de mañanas a las que no se les encontraba sentido. Tenía los ojos clavados en el horizonte cuando Valentina se acercó.

Y fue solamente cuando ella se detuvo frente a él y dijo, “Buenas tardes.” Con voz firme que él la miró. Fue una mirada larga, una mirada de hombre que ha aprendido a desconfiar de todo lo que llega, porque todo lo que llega tarde o temprano también se va. Valentina no bajó los ojos. ¿Usted es la señorita Reyes?, preguntó él con una voz grave y cansada.

Sí, señor. Valentina Reyes. Vengo por el trabajo que anunció doña Refugio. Aurelio la estudió un momento más. Luego miró a sus hijos. El niño, que se llamaba Mateo, no la saludó. La niña Lucía escondió la cara en la espalda de su padre. Aurelio exhaló un suspiro que parecía cargar el peso de un año entero. “El trabajo es duro”, dijo.

“La casa es grande, los niños son difíciles y yo no soy fácil tampoco. Lo difícil no me asusta, señor Vidal”, respondió Valentina. Lo que me asusta es no intentarlo. Hubo un silencio. El viento movió los árboles. Un caballo relinchó lejos y Aurelio Vidal, por primera vez en muchos meses, no supo exactamente qué decir.

Le indicó con un gesto que entrara a la casa. Valentina tomó su bolsa de tela y subió los tres escalones del corredor con paso seguro. Al pasar junto a la niña Lucía, esta la miró de reojo. Solo un segundo, pero fue suficiente para que Valentina sintiera que en esa miradita había algo que valía la pena, algo que valía todo el esfuerzo que estaba por venir.

Esa noche durmió en un cuarto pequeño al fondo de la casa con una ventana que daba al potrero. se acostó sin cenar porque nadie la invitó y ella no pidió nada, pero antes de cerrar los ojos, sacó el cuaderno de tapas de cartón y escribió cuatro palabras. Aquí empieza algo nuevo. No sabía si sería bueno o malo. No sabía si ese rancho la aceptaría o la rechazaría.

Pero sentía con esa certeza misteriosa que tienen las mujeres fuertes, que su vida estaba a punto de cambiar de dirección para siempre. Los primeros días en el Rancho Vidal fueron como caminar descalzas sobre piedras. Nada era sencillo, nada era cálido. La casa tenía el aspecto de un lugar que había sido amado en otro tiempo y que luego había quedado abandonado a sí mismo, no por descuido, sino por desolación.

Las cortinas estaban descoloridas. La cocina olía a grasa rancia y a tristeza. En el comedor había una silla vacía que nadie tocaba. La silla de la señora Vidal Carmen, muerta hacía 10 meses de una hemorragia cerebral que se la llevó en menos de tr días, sin que nadie pudiera hacer nada, sin que nadie pudiera siquiera despedirse como se debe.

Valentina se enteró de esto poco a poco en fragmentos. Una mañana encontró una foto de Carmen sobre la repisa de la sala. Una mujer hermosa, de cabello negro y sonrisa amplia, abrazando a los niños con esa naturalidad que tienen las madres, cuando todavía no saben que el tiempo es una cosa frágil. Valentina la miró un buen rato, luego siguió barriendo.

El niño Mateo era el obstáculo más grande. Tenía 10 años, pero hablaba y miraba como uno de 40. era inteligente, lo cual hacía que su hostilidad fuera más precisa y más hiriente. El primer día le dijo a Valentina que no necesitaban a nadie, que ellos se habían arreglado solos hasta ahora y que podían seguir haciéndolo.

El segundo día le escondió el cubo del agua. El tercero le dijo en voz baja con una frialdad que el heló el alma, que su mamá había sido la única persona capaz de hacer esa casa funcionar y que nadie más podría hacerlo jamás. Valentina no reaccionó con enojo, no lloró ni se quejó, lo miró a los ojos con calma y le dijo, “Tienes razón.

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