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PERRO AGUAYO JR: La ASQUEROSA VERDAD que OCULTARON 11 AÑOS

mexicano. Pero Pedro Aguayo Ramírez, el hombre, era algo diferente. Los que lo conocieron de verdad  describen a alguien intensamente leal con los suyos. que no olvidaba un favor, que cuando alguien de su círculo necesitaba algo, aparecía sin que nadie tuviera que pedírselo dos veces, que tenía un sentido del humor que no salía en los micrófonos  ni en las entrevistas.

El perro del ring era intimidante, calculado,  frío. El Pedro del camerino era el que hacía bromas malas a las 5 de la tarde y se reía antes de que nadie más lo hiciera. Era el que se acordaba del cumpleaños de los técnicos de producción, de los que cargaban el equipo, de los que armaban el ring, no de los luchadores principales, de los que nadie recuerda.

Eso dice más de un hombre que cualquier campeonato.  Y era terco. Dios era terco. La misma terquedad que había heredado de su padre junto con el apellido. La misma terquedad que lo hizo volver del cáncer. La misma terquedad que lo hizo subir al ring esa noche en  Tijuana cuando algo dentro de él le decía que no lo hiciera.

Esa terquedad  fue su fortaleza durante 20 años y esa misma noche fue lo que lo mató. A mediados de 2003,  Aguayo Junior hizo algo que nadie esperaba. dejó a a a la empresa donde había debutado, la empresa de su familia, la empresa que llevaba su sangre en el cartel desde que  tenía 15 años y se fue al CMLL, el Consejo Mundial, la empresa más antigua y más conservadora del país, la Catedral del Pancracio Mexicano, la Arena México, el Palacio del Pancracio, el lugar donde las leyendas se consagran o se entierran.

No hay término medio en la Arena México y llegó como técnico otra vez. El público del CML  tampoco lo aceptó como héroe, pero esta vez el rechazo fue diferente, esta vez fue más rápido, más brutal, más claro, porque el público del consejo sabía exactamente quién era su padre y sabía que  ese apellido no venía a aplaudir, venía a destruir.

Por eso el CML le tomó la misma decisión que a a rudo y esa vez sí funcionó. En 2004, Aguayo Junior ganó el torneo  Leyenda de Plata. Cuando el hijo del Santo subió al ring entregarle el trofeo como parte del protocolo del torneo, Aguayo Junior hizo algo que nadie olvidó. le quitó el trofeo de las manos y se lo estrelló en la cabeza frente a toda la arena México.

Y con el micrófono en la mano, con sangre en la frente del Hijo  del Santo, dijo que el enmascarado de plata no era ninguna leyenda comparable a Pedro Aguayo Damián. Ese fue el momento. Ese fue el día en que México entero entendió quién era perro Aguayo Junior. No era el hijo de la leyenda intentando estar a la altura.

era la leyenda misma con otro rostro, más joven, más rabioso, más hambriento. Y lo que construyó después de ese momento fue algo que la lucha libre mexicana no había visto en años. Los perros del  mal, una facción, un movimiento, una familia de rudos que lo seguían a él como líder absoluto. Héctor Garza, Damián 666,  Halloween, Mr. Águila.

Los mejores villanos de México reunidos bajo una sola bandera y Aguayo Junior al frente de todos con una frase que se convirtió en su firma,  en su escudo, en su evangelio. Dios perdona, los perros no. Cuatro palabras. Cuatro palabras que llenaban arenas, que hacían hervir al público, que ponían los pelos de punta a los técnicos y encendían a los rudos.

que México entero repetía en las gradas con un fervor que ninguna buena acción técnica podía generar. Entre 2004 y 2008,  los perros del mal fueron el stable más peligroso de México. Ganaron la cabellera de Negro Casas. Ganaron la cabellera de Héctor Garza  cuando Garza los traicionó y se fue al CML. Esa lucha fue  personal, fue una guerra, fue el tipo de feudo que la Arena México recuerda décadas después porque había sangre real, no solo deporte.

Ganaron el campeonato mundial de tríos del CMLL, humillaron rivales, rompieron reglas,  destruyeron héroes y el feudo más importante de esa etapa fue  con Místico. Místico era el nombre más grande del CMLL  en esos años. El técnico más popular de México, el hombre que llenaba arenas con su máscara plateada y sus movimientos aéreos que parecían físicamente imposibles.

Y Aguayo Junior lo odiaba. No en el show. En el show  todo es pactado, todo es todo es teatro. lo odiaba en la tensión real que había entre  los dos cada vez que compartían el ring, en la manera en que el público reaccionaba ante ambos, en la rivalidad por el espacio, por la atención, por el lugar en el cartel.

Los dos eran el CML en esos años, uno desde la oscuridad, el otro desde la luz. Y cuando chocaban, el mundo de la lucha libre mexicana se detenía a mirar. Las luchas entre Aguayo Junior y Místico no eran solo funcionales, eran eventos.  La Arena México se llenaba diferente esas noches con una electricidad que los que la vivieron recuerdan como algo que ya no existe en el pancrcio mexicano moderno, porque era la confrontación perfecta en términos de narrativa, el técnico más popular de México contra el rudo más carismático del país, la

máscara plateada contra la mirada del perro, el bien contra el mal en la versión más pura y más efectiva que la lucha libre  puede ofrecer. Y Aguayo Junior lo nutría. Lo nutría porque entendía algo que no todos los rudos entienden,  que tu trabajo no es destruir al técnico, tu trabajo es hacerlo brillar más de lo que brilla  solo.

Hacer que el público lo quiera todavía más, porque tú eres la amenaza más real que ese técnico ha enfrentado. Un buen rudo no destruye al héroe, lo forja. Aguayo Junior fue uno de los mejores forjadores de héroes que produjo México en su historia, aunque nadie se lo reconozca así. Humillaron rivales, rompieron reglas, destruyeron héroes y el público los odiaba con la misma intensidad con que los amaba.

Porque en México el mejor rudo siempre tiene más fans que el mejor técnico. Y Aguayo Junior lo sabía. Lo había aprendido mirando a su padre desde las gradas siendo niño. El rudo no necesita que lo quieran. El rudo necesita que no puedan ignorarlo. Y a Perro Aguayo Junior era imposible ignorarlo. En 2005 ocurrió algo que ningún luchador mexicano de esa generación va a olvidar.

Perro Aguayo padre regresó del retiro. No para un combate de exhibición, no para una aparición especial, para apostar la cabellera junto a su hijo contra 100 caras y máscara año 2000. padre e hijo en el mismo ring, con todo en juego. La Arena México ese 18 de marzo de 2005 no tenía un solo lugar vacío.

Y cuando los Aguayo ganaron esa lucha, cuando dejaron pelones a 100 caras y a máscara año 2000, cuando padre e hijo levantaron los brazos juntos en el centro del ring, México entero sintió algo que va más allá del deporte. sintió que la sangre pesa, que hay legados que no se rompen,  que algunos apellidos son eternos, pero esa eternidad tenía un precio que nadie estaba calculando todavía.

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