El nombre que inventó fue Cantinflas. La historia exacta del nombre tiene varias versiones. La que el propio Mario Moreno contó en su última entrevista televisiva en 1992, dice que lo inventó para que sus padres no supieran que trabajaba en las carpas. La de Carlos Moncibis dice que en una actuación el joven Mario Moreno subió al escenario con pánico escénico y empezó a hablar sin sentido y que alguien del público le gritó cuanto inflas que derivó en Cantinflas.
Las dos versiones pueden ser ciertas simultáneamente o ninguna puede serlo completamente. La leyenda tiene esa capacidad de acumular verdades que no se contradicen entre sí. Lo que sí está documentado es que el nombre funcionó, que Mario Moreno en los escenarios de las carpas de Ciudad de México encontró en ese nombre y en el personaje que construyó bajo ese nombre, algo que el público del barrio reconocía inmediatamente.
El peladito, el tipo de la clase trabajadora que habla enredado, pero que en el fondo tiene más sabiduría que los que le rodean. El que en la jerga mexicana es el pelado, el que no tiene y que frente a los que sí tienen se defiende con las únicas armas que tiene, el lenguaje, el humor, la capacidad de decir sin decir.
Ese personaje era también Mario Moreno Reyes, el hijo del cartero de Tepito, que había sido limpiabotas y torero y taxista, el que sabía perfectamente lo que era ser, el que no tiene frente a los que sí tienen, porque lo había vivido desde que nació. En 1934, Mario Moreno conoció a Valentina Ivanova Súarev en una de las carpas donde actuaba.
Valentina era rusa, actriz y bailarina, que había llegado a México con el tipo de historia de migración que en los años 30 producía la mezcla específica del mundo del espectáculo latinoamericano. Alguien de Europa del Este que había llegado a América buscando oportunidades y que había encontrado en el mundo ambulante del espectáculo La manera de vivir. Se casaron ese mismo año.
Valentina tenía 23 años, Mario tenía 22. Y con Valentina, el personaje de Cantinflas, dejó de ser la cosa que Mario Moreno hacía para que sus padres no supieran de qué vivía y se convirtió en el proyecto que los dos construyeron juntos. Ahí está el detalle. La película de 1940 que Fernando Soler dirigió y que Cantinflas protagonizó fue el salto definitivo.
Fue el momento en que el peladito de las carpas llegó al cine y el cine lo multiplicó por los millones de personas que no podían ir a las carpas, pero que sí podían ir al cinema. México adoptó a Cantinflas con la intensidad de quien reconoce en un personaje algo de sí mismo, el peladito que hablaba enredado y que en ese enredo decía las cosas que la gente del barrio sentía, pero no sabía cómo decir.
El que frente al patrón, frente al policía, frente al sistema que siempre aplasta al que está abajo, encontraba el resquicio de la palabra para sobrevivir con la dignidad intacta. Las películas se acumularon durante las décadas del 40 y el 50. Sumas y restas. El bombero, el mago, el portero, el cartero. Las profesiones de la clase trabajadora convertidas en vehículo del humor que no insulta, sino que reconoce.
Y en 1956 llegó Hollywood, la vuelta al mundo en 80 días. La adaptación de Julio Berne con David Niven como fileas Fog y Cantinflas como Pase Partú, el criado fiel que es también el corazón de la película. El filme ganó El Óscar a la mejor película de ese año y Cantinflas ganó el globo de oro al mejor actor en comedia o musical, el hijo del cartero de Tepito, el que había sido limpiabotas y boxeador y torero en Hollywood con el globo de oro en la mano.
Mientras eso ocurría en la pantalla, en la vida privada de Mario Moreno y Valentina Ivanova ocurría algo diferente. No podían tener hijos. Los estudios médicos habían confirmado que los dos eran estériles, 32 años de matrimonio sin poder tener hijos. El hombre que interpretaba al peladito, al tipo que en las películas siempre encuentra la solución, no encontraba solución para lo que más quería, ser padre.
La depresión que esa condición produjo en Cantinflas está documentada en los testimonios de las personas que lo conocieron en esos años. El anhelo de la paternidad como la herida que ningún éxito podía cerrar. Los globos de oro y los ócars y los teatros llenos no reemplazaban lo que no tenía. Y entonces llegó Marion Roberts.
El año era 1959. Marion era una joven estadounidense que viajó a Ciudad de México con amigos. se quedó sin dinero cuando los amigos se fueron y un empleado del hotel donde se hospedaba le sugirió que el actor Cantinflas, que tenía fama de ayudar a quien lo necesitaba, podría resolverle el problema.
Lo que pasó entre Marion Roberts y Cantinflas en los meses siguientes es el territorio de la versión que no está confirmada, pero que tampoco está refutada. La versión que dice que fue más que una ayuda económica, que fue una relación, que esa relación produjo un embarazo. En septiembre de 1960, Marion Roberts dio a luz a un niño.
En diciembre de 1961, Marion Roberts se suicidó. Los informes dicen que tenía problemas de salud, que estaba deprimida. Las versiones que nunca fueron confirmadas oficialmente dicen que Marion Roberts era una mujer joven sola en un país extranjero con el hijo de un hombre casado que no podía o no quería reconocerla públicamente sin dinero, sin apoyo, en una situación que el año 1961 no tenía muchas salidas visibles.
El punto en que la versión oficial y la versión alternativa coinciden es en el resultado. Marion Roberts murió y el niño quedó. En 1962, Mario Moreno Cantinflas y Valentina Ivanova firmaron los papeles de adopción. El niño tenía 16 meses. Le pusieron Mario Arturo Moreno Ivanova con el apellido materno de Valentina para honrar a la mujer que Cantinflas amó durante 32 años.
La adopción fue legal, los documentos existían, el proceso judicial había sido correcto, pero la pregunta que el tiempo no pudo responder definitivamente quedó en el aire. ¿Fue realmente una adopción de un niño que no tenía relación biológica con Cantinflas? ¿O fue la manera en que un hombre que no podía tener hijos legalmente reconoció al hijo que sí tenía? Después de que la madre de ese hijo ya no estaba para complicar la historia, Cantinflas nunca respondió esa pregunta directamente.
La Wikipedia lo dice así. Continúa hoy día el rumor sin confirmar de que el niño era en realidad hijo biológico del actor. El rumor sin confirmar que continúa hoy día 40 años después de la muerte de Marion Roberts y 30 años después de la muerte de Cantinflas. En 1966, 4 años después de la adopción de Mario Arturo, Valentina Ivanova murió de cáncer.
El matrimonio que había durado 32 años, que había sobrevivido la vergüenza de las carpas y la gloria de Hollywood, y la tristeza de no poder tener hijos y la alegría de la adopción, terminó con Valentina enterrada en el panteón español de la Ciudad de México. La muerte de Valentina dejó a Cantinflas en el estado que las personas que lo conocían de cerca describieron como una depresión profunda.
El hombre que en las pantallas siempre tenía la solución, que siempre encontraba el resquicio para salir adelante, no encontraba salida para el dolor de perder a la mujer que había sido su compañera desde los 22 años. Siguió trabajando. El trabajo fue la respuesta de Cantinflas a todo lo que no podía resolver de otra manera.
Siguió haciendo películas, siguió llenando teatros, siguió siendo cantinflas para el público, aunque en la casa del barrio de las Lomas, que había comprado con los años de éxito, hubiera un hombre de 50 y pico que extrañaba a su esposa. Y en esa casa quedó Mario Arturo, el niño adoptado que tenía 6 años cuando su madre murió, el que creció con el hombre más famoso de México como único padre.
en la casa del hombre más famoso de México, con el apellido del hombre más famoso de México y con todo lo que eso implicaba. No hay registros públicos de cómo fue la crianza de Mario Arturo por Cantinflas en esos años. Las personas que conocían la familia dicen que Cantinflas quería genuinamente a Mario Arturo, que el anhelo de paternidad que había sufrido durante décadas encontró en ese niño el objeto del amor paterno, que había esperado, que Mario Arturo creció en una casa de privilegio extraordinario, viajes, escuelas
privadas, el apellido que abría todas las puertas y que ninguna de esas cosas fue suficiente porque Mario Arturo Moreno Ivanova creció también con el peso de ser el hijo del icono, con la comparación permanente e imposible de ganar, con la pregunta que cualquier persona que lo conocía tenía en la cabeza y que a veces salía por la boca.
¿Y tú qué haces, hijo de Cantinflas? El hijo del mejor comediante del mundo, sin el talento del mejor comediante del mundo, sin la posibilidad de tener ese talento, porque ese talento venía de décadas de hambre y carpas y te y vergüenza de los padres. Un talento específico que no se hereda ni se compra.
Mario Arturo Moreno Ivanova encontró en la cocaína y el alcohol la respuesta a ese peso. La adicción llegó. Como llegan las adicciones en los hijos de los famosos que crecen con todo, excepto con la atención que necesitan gradualmente, como la única manera disponible de manejar algo que el dinero y el apellido no pueden manejar. La primera esposa, Abril del Moral, lo diría públicamente años después.
Era alcohólico y adicto a la cocaína. Los tres chicos han consumido drogas, responsabilizando a Mario Arturo por el ambiente familiar inestable. El hijo de Cantinflas en la espiral que el apellido más famoso del cine mexicano no pudo detener. El 20 de abril de 1993, cuando Cantinflas murió, Mario Arturo Moreno Ivanova tenía 32 años.
era el heredero universal de la fortuna del icono más grande del cine mexicano y fue al banco a reclamar lo que era suyo. 13,000 pes. Mi papá tenía cuentas en España, Islas Caimán, Nueva York y México dijo en una entrevista al periódico El Universal. Y al fallecer fui a los bancos a informarles del deceso para congelarlas y hacer los inventarios de la herencia.
Pero el saldo de Banamex, en donde yo sabía que había como 68 o 70 millones de dólares, solamente encontramos 13,000 nuevos pesos. Nadie explicó a dónde había ido el dinero. Los ejecutivos del banco no supieron. No hubo una investigación que llegara a una conclusión pública sobre el paradero de los millones.
El dinero había desaparecido y no había dejado un rastro que la justicia mexicana pudiera seguir hasta una respuesta definitiva. ¿Qué pasó con la fortuna de Cantinflas? La versión que Mario Arturo sostuvo siempre fue que los bancos eran responsables, que el dinero estaba en las cuentas y que cuando llegó ya no estaba, que hubo malversación o fraude por parte de personas dentro de las instituciones financieras.
La versión que circuló en los medios fue diferente, que Mario Arturo mismo había manejado mal los bienes de su padre durante los años previos a la muerte, que había ido vendiéndolos para financiar el estilo de vida que su adicción requería. Las dos versiones pueden tener algo de verdad. No hubo una investigación que estableciera definitivamente cuál de las dos era completa.
Lo que sí ocurrió después de la muerte de Cantinflas fue que, además de la fortuna desaparecida, Mario Arturo tuvo que enfrentar la guerra legal por los derechos de las películas de su padre. Eduardo Moreno Laparade, sobrino de Cantinflas, alegó que su tío le había dado por escrito los derechos de distribución de sus películas poco antes de morir, que había un documento firmado, que los derechos cinematográficos eran de él.
Mario Arturo dijo que era imposible, que su padre nunca habría cedido algo que era propiedad de la familia sin decírselo a él. que el documento, si existía era fraudulento. La guerra legal duró más de 20 años. En 2014, la Corte Suprema de México dictaminó que Eduardo Moreno Laparade era el sucesor de los derechos cinematográficos de Cantinflas.
Mario Arturo había perdido la batalla por los derechos de las películas de su padre. Para ese momento ya había vendido la hacienda la purísima en Xlahuaca, el rancho de 400 haáreas que Cantinflas había construido con los años de éxito. Ya había vendido propiedades. Los 3 años de proceso legal habían producido las facturas que los procesos legales producen.
El fideicomiso en Los Ángeles con los derechos de las películas tenía 17 millones de dólares acumulados hasta 2002. Esos millones también quedaron fuera de las manos de Mario Arturo con la sentencia de 2014. La fortuna de Cantinflas, que el New York Times estimó en 70 millones de dólares en el momento de la muerte se fue por los canales que las fortunas familiares encuentran cuando no hay una gestión sólida.
Los bancos que no explicaron el dinero faltante, los procesos legales, las propiedades vendidas para financiar el día a día y finalmente el primo que ganó los derechos cinematográficos. Mario Arturo Moreno Ivanova siguió su vida con lo que quedaba. Siguió siendo el hijo de Cantinflas, siguió cargando el apellido y siguió con las adicciones que ninguna fortuna, ni la que existió ni la que desapareció pudo tratar.
El 24 de junio de 2013, Mario Patricio Moreno Bernat, nieto de Cantinflas, fue encontrado sin vida en la habitación de un hotel en Talne Pantla. Tenía poco más de 20 años. se había suicidado. Mario Patricio era hijo de Mario Arturo con su segunda esposa, Sandra Bernat, un joven de 20 años con el apellido más famoso del cine mexicano, muerto en un hotel de las afueras de la Ciudad de México.
En los medios que cubrieron la noticia había la incomodidad específica de quienes no saben cómo narrar la muerte de alguien joven, sin añadir el análisis que nadie pidió. Los titulares fueron discretos. La familia no hizo declaraciones extensas, pero el suicidio de Mario Patricio fue el momento en que el mundo empezó a entender que la historia de la familia de Cantinflas no era la historia del icono que dejó un legado brillante.
Era la historia de un apellido que el tiempo había convertido en una carga que algunas personas no podían sostener. Gabriel Moreno Bernat, hermano gemelo de Marisa, habló en 2023 en el podcast No pasa nada. Lo que dijo cambió la manera en que es posible ver la historia de la familia. Mi papá me dijo que me iba a hacer hombre, dijo Gabriel.
Me dio unos golpes y pues por miedo a que me siguiera pegando, le jalé a la cocaína. Tenía 16 años. Su padre, Mario Arturo Moreno Ivanova, el hijo de Cantinflas, lo llevó a un prostíbulo de la Ciudad de México y ahí lo obligó a consumir cocaína. A los 16 años, por miedo a ser golpeado, el nieto de Cantinflas en un prostíbulo a los 16 consumiendo cocaína porque su padre lo estaba golpeando para que lo hiciera.
Ese episodio marcó el inicio de años de adicción para Gabriel. Años de consumo que produjeron los daños que el consumo produce, relaciones rotas, oportunidades perdidas, el cuerpo pagando el precio de lo que la mente no podía procesar de otra manera. La madre de Gabriel, Sandra Bernat, murió en el proceso de su propia rehabilitación.
Gabriel enfrentó esa pérdida en el estado en que estaba, sin dinero, sin apoyo familiar que funcionara, con la adicción que su padre le había instalado a los 16 años. Mario Arturo Moreno Ivanova murió el 17 de enero de 2017 de un infarto fulminante. Tenía 57 años. Cuando murió, según la declaración que su esposa Tita Marvez haría después, no dejó nada.
Quienes nos conocieron o conocieron a Mario Arturo, sabemos que cuando él llegó a mi vida en 2009, no traía nada, absolutamente nada. Tenía deudas, tenía broncas, tenía asuntos legales, tenía inconcluso todo el tema legal con su papá. El hijo de Cantinflas, el heredero de los 70 millones de dólares, murió sin tener nada.
El patrimonio restante de Cantinflas, lo que quedaba de las propiedades y los derechos y los objetos de memorabilia que el icono había acumulado en 50 años de carrera, fue a parar a Tita Marves, nombrada heredera universal por Mario Arturo en su testamento, aunque los dos estuvieran separados en el momento de la muerte.
La mansión en Acapulco que Cantinflas había construido en los años de gloria está hoy abandonada. Las fotos que circularon en redes muestran una estructura que el tiempo y la falta de mantenimiento fueron comiendo. Paredes deterioradas, jardines abandonados. El lujo que el Cantinflas de la posguerra había construido convertido en ruinas.
Los nietos de Cantinflas impugnaron el testamento de su padre, Valentina, Mario y Marisa, con la indignación de quienes sienten que el apellido que llevan debería significar algo más que una mansión abandonada y una batalla legal eterna. Dijeron que van a pelear, que no buscan las cosas materiales ni económicas, sino lo sentimental, su imagen, los derechos, la memorabilia, los zapatos y la gabardina de Cantinflas.
Gabriel, el que fue llevado al prostíbulo a los 16 años, trabaja hoy como recepcionista en un hotel en Acapulco. En Acapulco, en la misma ciudad donde está la mansión abandonada de su abuelo, el nieto de Mario Moreno Cantinflas. El hombre que Charles Chaplin llamó el mejor comediante vivo, el que ganó el globo de oro, el que llenó el estadio Azteca, el que hizo reír a México durante 50 años.
Su nieto trabajando de recepcionista en un hotel sin haber recibido un centavo de la fortuna de 70 millones de dólares que su abuelo dejó. La pregunta de qué ocultó Cantinfla sobre su familia durante décadas tiene su respuesta más obvia en Marion Roberts y en el niño que dejó huérfano de madre al año de nacer, pero tiene también una respuesta más amplia y más dolorosa.
Cantinflas ocultó que detrás del personaje que hacía reír a todo México había una vida familiar que nunca fue la que la imagen pública sugería, una esterilidad que el éxito no podía curar. una esposa muerta a los 56 años. Un hijo adoptado con una historia de origen que el icono nunca terminó de aclarar.
La fortuna de 70 millones que desapareció sin explicación. El hijo con adicciones graves, el nieto que murió a los 20 años, el otro nieto que fue llevado a consumir cocaína por su propio padre a los 16 y una mansión en Acapulco abandonada y en ruinas. La misma risa que conmocionó al mundo, el mismo apellido que el Congreso de los Estados Unidos honró con un minuto de silencio.
Y la familia que quedó cargando ese apellido de maneras que Cantinflas, en sus últimos años en la Casa de las Lomas, mientras el cáncer avanzaba, no podía anticipar completamente, aunque quizás sí intuía. El hijo adoptado que no pudo con el peso del nombre. Los nietos que heredaron las adicciones que el padre les transmitió, el dinero que desapareció de los bancos sin que nadie pudiera explicar a dónde fue.
Y en Acapulco, en las ruinas de una mansión que el icono más grande del cine mexicano construyó con 50 años de trabajo y de carpas y de vergüenza ante los padres que no sabían de qué vivía su hijo. La historia de lo que ocultó durante décadas sigue sin tener todos sus capítulos resueltos. Cantinflas.
El peladito, el que hizo reír a México, el que Charles Chaplin llamó el mejor comediante vivo y la historia de Marion Roberts que nadie terminó de contar. Suscríbete al canal, dale like si llegaste hasta el final y mira el siguiente video en tu pantalla ahora mismo, porque la historia que sigue tiene el mismo ADN, el icono que el mundo adoró, el secreto que guardó y la familia que pagó el precio.
Para entender por qué la historia de Marion Roberts es tan perturbadora, hay que entender el contexto específico de lo que era Ciudad de México en 1959 para una mujer joven extranjera sin dinero. México en ese año era un país que vivía el milagro económico. Las décadas del 40 y el 50 habían producido el crecimiento industrial que convirtió a la Ciudad de México en una metrópolis en expansión con los rascacielos del Paseo de la Reforma.
y los hoteles de lujo del centro donde los turistas americanos llegaban en busca del exotismo latinoamericano que Hollywood había puesto de moda. Marion Roberts llegó en ese contexto. Una joven americana que viajaba a México con amigos en la época en que México era el destino cool para los jóvenes americanos que querían explorar algo diferente sin ir demasiado lejos.
Los hoteles del centro, los bares de Garibaldi, la vida nocturna que la Ciudad de México de los años 50 ofrecía a quienes tenían dinero para disfrutarla. Y cuando los amigos se fueron y el dinero también, Marion quedó en una posición que las mujeres jóvenes extranjeras, sin recursos en una ciudad extranjera, conocen bien la de alguien que depende de la generosidad de desconocidos para resolver una situación que se salió de las manos.
El empleado del hotel, que le sugirió hablar con Cantinflas, estaba dando el tipo de consejo que en ese mundo se daba con naturalidad. El actor tenía fama de ayudar a quien lo necesitaba. Era conocido por su generosidad con la gente del barrio, con los que llegaban a pedirle algo. Esa fama era parte de la imagen de Cantinflas que el público amaba, el peladito que se hizo rico, pero que no olvidó de dónde venía.
Lo que nadie puede saber desde afuera es lo que realmente ocurrió en los meses entre que Marion Roberts conoció a Cantinflas en 1959. y el momento en que en septiembre de 1960 dio a luz a un niño. La versión oficial dice que fue ayuda económica, que Cantinflas le resolvió el problema del hotel y que ahí terminó la historia hasta que supo del niño y decidió adoptarlo después de que Marion murió.
La versión que circula hace décadas dice que fue una relación, que Marion Roberts estuvo en la vida de Cantinflas de una manera que produjo un embarazo y que cuando el embarazo se convirtió en un niño vivo y la situación se convirtió en algo que Mario Moreno, casado con Valentina no podía manejar públicamente, la solución fue la que encontraron las personas con dinero y con poder cuando tenían ese tipo de problema en el México de esa época.
Marion Roberts murió en diciembre de 1961, un año y 3 meses después de que nació el niño. La versión oficial, problemas de salud, depresión. Las preguntas que nadie respondió. ¿Qué tipo de apoyo económico y emocional tenía Marion Roberts en los meses posteriores al nacimiento? ¿Quién la acompañaba? ¿Qué sabía Cantinflas de su situación? ¿Hubo algún intento de ayudarla a estabilizarse antes de que tomara la decisión que tomó? Esas preguntas no tienen respuesta en el registro público.
Y 4 meses después de la muerte de Marion Roberts, Cantinflas y Valentina adoptaron al niño. La relación entre Cantinflas y el mundo de la política mexicana es un capítulo de su historia que raramente se menciona en los análisis sobre su vida y que dice algo sobre cómo el México del siglo XX usaba a sus iconos culturales de maneras que los iconos no siempre podían controlar completamente.
El peladito de Cantinflas era un personaje de la clase trabajadora. El que no tiene, el que frente al poder siempre estaba en la posición del que debe adaptarse, esquivar, encontrar el resquicio para sobrevivir. Ese personaje tenía una resonancia política obvia. En el México del partido único, donde el PRI administraba el poder desde 1929, con la combinación de cootación y represión que definió el sistema político mexicano del siglo XX, el peladito de Cantinflas era al mismo tiempo inocuo y cargado de significado.
Inocuo porque el humor de Cantinflas nunca fue el humor de la denuncia directa. No era el humor de Vladimiro Guerrero, ni el de los caricaturistas políticos que pagaban sus críticas con el cierre de sus publicaciones. Era el humor de la situación cotidiana, de la burocracia absurda, de los malentendidos lingüísticos del barrio, pero cargado de significado porque el peladito que sobrevivía frente al sistema usando el ingenio y el lenguaje era también la imagen de lo que millones de mexicanos
hacían todos los días. navegar un sistema que no les favorecía usando las únicas herramientas que tenían. Cantinflas fue presidente de la Asociación Nacional de Actores y primer secretario general del Sindicato de Trabajadores de la Producción Cinematográfica, cargos que en el México del Partido Único eran cargos con contenido político real.
El sindicato cinematográfico era parte del sistema corporativo que el PRI usaba para administrar los sectores laborales. Estar al frente de esa institución significaba operar dentro de ese sistema. Esa proximidad al sistema político del PRI es parte de lo que producía la imagen contradictoria de Cantinflas, el que interpretaba al peladito en la pantalla y el que en la vida real era también el hombre que manejaba las instituciones gremiales del cine mexicano dentro del sistema del partido único.
No hay evidencia de que Cantinflas fuera un operador político activo, pero tampoco hay evidencia de que fuera un crítico del sistema que lo sostenía. era parte del establecimiento cultural mexicano del siglo XX con todos los beneficios y todos los compromisos que eso implicaba. La fortuna de 70 millones de dólares que acumuló en 50 años de carrera no se construyó solo con el talento, se construyó también con el acceso, con las relaciones, con el sistema que en México de esa época determinaba quién podía acumular ese tipo de fortuna y quién no.
Y parte de la historia de esa fortuna que desapareció está también en ese sistema. En los bancos que no explicaron el dinero faltante, en las instituciones que no produjeron investigaciones con resultados públicos, en el México en que los 70 millones de dólares de Cantinflas podían evaporarse sin que nadie fuera a la cárcel.
La historia de los últimos años de vida de Cantinflas es la historia de un hombre que en la pantalla seguía siendo el peladito, pero que en la vida real estaba envejeciendo con las pérdidas acumuladas de una vida que había tenido. Demasiadas. Valentina en 1966, la esposa de 32 años muerta de cáncer, la compañera que había sido parte de la construcción del personaje, que había viajado con él, que conocía la diferencia entre Mario Moreno y Cantinflas de una manera que pocas personas en el mundo podían conocer. Las
películas siguieron después de la muerte de Valentina, pero el ritmo fue diferente, el humor fue diferente. Cantinflas en los años 70 y 80 no era el Cantinflas de los 40 y los 50. El mundo había cambiado, el humor había cambiado. El peladito que en los años 40 encarnaba algo genuinamente popular, se fue convirtiendo en los años 80 en algo más parecido al monumento en vida.
amado, respetado, visitado por los que querían fotografiarse con él, pero ya sin la potencia de los años en que llenaba los cines con películas que el público esperaba. La última entrevista televisiva de Mario Moreno fue en 1992, un año antes de su muerte. En esa entrevista, entre otras cosas, explicó el origen del nombre Cantinflas.
Lo inventó para que sus padres no supieran que trabajaba en las carpas. El hombre de 81 años todavía cargando la historia del niño de 14 que se avergonzaba de que sus padres supieran de qué vivía. La vergüenza que produjo el nombre que se convirtió en el nombre más famoso del cine mexicano. Las Carpas, Tepito, El Limpiabotas y El Boxeador y El Torero.
Eso era Mario Moreno antes de ser Cantinflas. Y Cantinflas nunca dejó de ser Mario Moreno de Tepito, aunque el mundo lo convirtiera en otra cosa. En los últimos meses, el cáncer de pulmón avanzaba. La persona que lo cuidó en esos meses fue Mario Arturo, el hijo adoptado que a los treint y tantos años llevaba las marcas de las adicciones, pero que en los días de la enfermedad del padre estuvo ahí.
El 20 de abril de 1993, Mario Moreno Cantinflas murió. Sus cenizas descansan en la cripta familiar de los Morenos Reyes en el panteón español de la Ciudad de México. mismo panteón donde está Valentina, la mujer rusa que conoció en las carpas cuando los dos tenían 22 y 23 años, que se casó con el hijo del cartero de Tepito que trabajaba en las carpas de la Ciudad de México y que no quería que sus padres supieran, que lo acompañó durante 32 años mientras el personaje se construía y el mundo adoptaba al peladito como su propio
reflejo. Los dos juntos en el panteón español. El hijo que Mario Arturo adoptaron juntos, cuya historia de origen lleva décadas sin respuesta definitiva, murió en 2017 sin poder resolver la pregunta sobre quién era realmente su padre biológico. Y en Acapulco, en las ruinas de la mansión y en un hotel de recepcionista y en los archivos de la Suprema Corte donde viven los expedientes de 20 años de peleas legales por los derechos de las películas, la historia de lo que Cantinflas ocultó sobre su familia.
Sigue siendo la historia que México conoce en fragmentos y que nunca tuvo una versión completa y verificada. El caso de Gabriel Moreno Bernat, el nieto de Cantinflas, que hoy trabaja como recepcionista en Acapulco, es quizás el capítulo que más duele de toda esta historia, porque tiene los elementos que producen el tipo de dolor de identificación que las personas sienten cuando una historia les toca algo real.
No es la historia de alguien que tomó malas decisiones y terminó mal. Es la historia de alguien a quien le hicieron daño real desde niño y que lleva décadas tratando de construir una vida con ese daño adentro. Gabriel tenía 16 años cuando su padre lo obligó a consumir cocaína en un prostíbulo de la Ciudad de México.
No tenía 16 años y era un adolescente que tomó malas decisiones. Tenía 16 años y su padre lo estaba golpeando para que consumiera y él lo hizo por miedo a que siguieran los golpes. Eso es abuso. Eso es lo que los sistemas de protección de menores existen para prevenir. Y en el México de los años 90, en la familia del hijo de Cantinflas, nadie intervino para proteger a Gabriel de lo que su padre le estaba haciendo.
La madre de Gabriel, Sandra Bernat, murió durante su propio proceso de rehabilitación. Gabriel perdió a su madre en uno de los momentos más vulnerables que puede vivir una persona en el proceso de intentar dejar las adicciones que el padre le había instalado. Los años que siguieron para Gabriel fueron los años de alguien que intenta reconstruirse con los recursos que tiene después de que la persona que más lo dañó también murió.
Después de que la madre también murió y después de que descubrió que de la fortuna de su abuelo, el icono más grande del cine mexicano, no quedaba nada para él, cero, absolutamente nada. De una fortuna estimada en 70 millones de dólares, Gabriel Moreno Bernat no recibió absolutamente nada. Trabaja en la recepción de un hotel en Acapulco, en la misma ciudad donde está la mansión abandonada de su abuelo.
Esa imagen, el nieto del icono más famoso del cine mexicano, trabajando de recepcionista en la misma ciudad donde la mansión de su abuelo se cae a pedazos, tiene la dimensión del cuento moral que nadie escribió deliberadamente, pero que la vida produjo de todas maneras. El icono, la fortuna, los secretos, las adicciones transmitidas de padres a hijos, el suicidio del otro nieto, las peleas legales que duraron décadas y al final el nieto en la recepción de un hotel.
¿Diría algo de esto el Cantinflas de las películas? El peladito que siempre encontraba la salida, el que con el lenguaje y el humor sobrevivía lo que la vida le ponía enfrente. Quizás cantinflearía en un principio, dijo la revista Hola cuando recogió su frase de vida. La primera obligación de todo ser humano es ser feliz.
La segunda, hacer felizes a los demás. El hombre que dijo eso murió sin que el hijo que dejó fuera feliz, sin que los nietos que ese hijo produjo tuvieran las condiciones para ser felices, sin que la fortuna que construyó llegara a las personas cuya felicidad debería haber garantizado. Y sin que la historia de Marion Roberts, la joven americana que murió en diciembre de 1961, tuviera jamás la respuesta que ella no puede pedir.
Charles Chaplin llamó a Cantinflas el mejor comediante vivo. Esa frase que Cantinflas repitió en entrevistas durante décadas como la validación que confirmaba que lo que hacía tenía valor más allá del mercado mexicano. Es también la frase que ilustra mejor la paradoja de su vida completa. Chaplin y Cantinflas compartían algo fundamental.
Los dos habían nacido en la pobreza. Los dos habían construido personajes que encarnaban la experiencia del que no tiene. Los dos habían usado el humor como el idioma con que los que están abajo le hablan a los que están arriba. Y los dos habían construido fortunas que sus familias luego administraron de maneras que produjeron guerras legales y escándalos que el público que los amaba nunca anticipó cuando aplaudía sus películas.
La saga de los herederos de Chaplin tuvo también sus tormentas. La de los herederos de Cantinflas las tuvo peores en algunos aspectos, porque al menos la familia de Chaplin no llegó al extremo de que un padre obligara a su hijo de 16 años a consumir cocaína en un prostíbulo. El punto de contacto entre los dos, más allá de la admiración que Chaplin expresó, es este.
Los dos personajes que el mundo amaba encarnaban la resistencia del individuo frente al sistema. La dignidad del que no tiene, la capacidad de sobrevivir con el humor y el ingenio cuando el dinero y el poder no están disponibles. Y los dos hombres que creaban esos personajes construyeron en su vida privada las mismas estructuras de poder y control que sus personajes resistían en las películas.
Cantinflas como empresario, como líder sindical en el sistema del PRI, como el hombre de los 70 millones de dólares que vivía en las lomas y que tenía haciendas y propiedades en Acapulco y aviones privados y cuentas en Islas Caimán y Nueva York. El peladito que en las películas nunca tenía nada y que en la vida real tenía todo.
Esa distancia entre el personaje y la persona, entre lo que se encarnaba en la pantalla y lo que se era en la vida. Es también parte del secreto que Cantinflas guardó durante décadas, el secreto de que el personaje era una ficción y la persona era alguien más complejo y más contradictorio que cualquier ficción podría contener. La mansión de Acapulco es el símbolo más visible de todo lo que quedó después de Cantinflas.
Acapulco fue durante los años 40, 50 y 60 el destino de moda de los ricos de México, la costa guerrerense donde el Pacífico llegaba con la temperatura y el color que hacían que el lugar pareciera un paraíso artificial construido específicamente para los que podían pagarlo. hoteles de la costera, las villas de las brisas, los acantilados de la quebrada, donde los clavadistas saltaban al mar por unos pesos mientras los turistas miraban desde sus tragos.
Cantinflas, como muchos de los grandes del cine de oro mexicano, construyó su casa en Acapulco, la mansión que en los años de gloria era el lugar donde el icono más famoso de México iba a descansar, a recibir amigos, a hacer el Mario Moreno privado lejos de la Ciudad de México, donde Cantinflas tenía que ser siempre Cantinflas.
Esa mansión existe todavía, pero las fotos que circularon en redes sociales en los últimos años muestran lo que el tiempo y la falta de mantenimiento hacen con las casas que nadie habita y que nadie cuida. Las paredes deterioradas, la vegetación tomando los espacios que antes eran jardines cuidados, el lujo convertido en abandono.
Los nietos de Cantinflas dijeron que una de las cosas que quieren recuperar en el proceso legal es esa mansión. No por el valor económico, dijeron, sino por el valor sentimental, el lugar donde el abuelo estuvo, los objetos que pertenecieron al hombre cuyo apellido llevan. Pero mientras el proceso legal continúa, la mansión sigue abandonada en Acapulco, que tampoco es lo que era.
La ciudad, que en los años 50 era el paraíso del turismo mexicano, fue también en los años 2010 uno de los epicentros de la violencia del narco en México. La misma ciudad que fue el Acapulco glamoroso de las películas de Cantinflas se convirtió en el Acapulco que las alertas de viaje del gobierno americano ponían en rojo.
la mansión abandonada de Cantinflas en la ciudad, que también cambió, el país, que también cambió y el apellido que quedó flotando entre los procesos legales y el hotel donde trabaja Gabriel de recepcionista y las ruinas de Acapulco. Para terminar, hay que hablar de lo que el público mexicano siente cuando escucha la historia completa de Cantinflas y su familia, porque hay una respuesta emocional específica que este tipo de historia produce y que vale la pena nombrar.
El amor que México le tenía a Cantinflas era genuino. No era el amor construido por las plataformas de streaming ni por los algoritmos de las redes sociales. Era el amor de varias generaciones que habían crecido viendo las mismas películas en el mismo cine del barrio, que habían repetido las mismas frases de las películas en las conversaciones cotidianas, que habían encontrado en el peladito la imagen de algo que reconocían como propio.
Ese amor sobrevive la historia de lo que pasó después. Sobrevive la fortuna desaparecida y las adicciones y el suicidio del nieto y el nieto recepcionista. Porque el amor a un personaje no depende de que la persona que lo encarnó haya sido perfecta en su vida privada. Pero ese amor también tiene derecho a conocer la historia completa.
No la versión sanitizada del icono perfecto que nunca tuvo problemas. La versión real del hombre que vino de Tepito, que se avergonzaba de trabajar en las carpas, que no pudo tener hijos propios, que tal vez tuvo un hijo y lo escondió durante décadas, que construyó una fortuna que desapareció, que dejó un hijo con adicciones que transmitió a sus propios hijos y que murió con más preguntas sin responder que respuestas dadas.
El humor de Cantinflas era también un mecanismo de defensa. La manera en que el hombre que viene de abajo aprende a manejar el mundo que está arriba con las palabras, con el enredo, con la risa que protege de lo que duele. El peladito que nunca decía directamente lo que quería decir porque decirlo directamente tenía costos que no podía pagar.
Mario Moreno Cantinflas, el mejor comediante vivo según Charles Chaplin. El icono cuyo apellido el Congreso de los Estados Unidos honró con un minuto de silencio. El hombre cuyas cenizas descansan en el panteón español junto a su esposa rusa y la historia de lo que ocultó durante décadas que sigue todavía sin tener todos sus capítulos cerrados definitivamente.
que Marion Roberts murió en diciembre de 1961 y nadie que pudiera confirmar lo que pasó entre ella y Cantinflas sigue vivo. Y el niño que nació en septiembre de 1960, el niño que se convirtió en Mario Arturo Moreno Ivanova, el heredero de la fortuna más grande del cine mexicano, murió en enero de 2017 sin revelar si alguna vez supo la verdad de su origen.
Esa verdad, si existía, se fue con él. y Cantinflas, que la sabía con certeza o que tenía sus propias dudas sobre ella, la guardó desde 1961 hasta el 20 de abril de 1993. 32 años de silencio sobre Marion Roberts. 32 años de la pregunta sin respuesta. La misma cantidad de años que duró su matrimonio con Valentina. M.