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Yrma Lydya: Por ESTO Su Esposo de 79 Años La Mató Sobre Los Papeles del Divorcio

¿Y por qué la única persona que se atrevió a entrar a esa casa a preguntarle cómo estaba? Salió de ahí con miedo. Y cuarto, vas a descubrir lo que pasó dentro de ese salón privado del restaurante Santory durante la hora y media en la que Irma estuvo encerrada a solas con el hombre que iba a matarla. Lo que él le dijo, lo que ella le contestó.

¿Y por qué los guardaespaldas que custodiaban la puerta de ese salón escucharon los tres disparos sin moverse de su sitio? Te voy a avisar cuando llegue cada una, pero antes de subir a la mansión del Pedregal, antes de meterme contigo al jacuzzi, donde Irma luchó por su vida durante horas, necesitas saber quién era esta muchacha antes de que Jesús Hernández Alcocer apareciera en su vida.

Porque para entender cómo una niña que cantaba ópera con la sinfónica de bellas artes a los 9 años terminó muerta a los 21 encima de los papeles de su divorcio. Necesitas conocer a la Irma que existió antes de él y necesitas saber algo más. Algo que salió a la luz 3 años después del asesinato. Algo que cambió todo lo que se sabía del caso.

Eso te lo voy a contar al final. Porque cuando lo escuches todo lo demás va a sonar distinto. Irma Lidia Gamboa Jiménez nació el 17 de septiembre del año 2000 en la ciudad de México, en una familia de clase media donde la música y la educación valían más que cualquier otra cosa. Empezó baleta a los dos años, canto operístico a los seis.

Y para cuando otras niñas estaban aprendiendo a leer, ella ya tenía profesora particular de Belcanto esa técnica italiana antigua que se enseña en los conservatorios europeos y que pocas voces de cualquier edad pueden manejar. Sus papás la inscribieron en las mejores escuelas de música de la capital. La preparaban para una carrera de ópera clásica, well para los grandes teatros.

para Europa. A los 9 años esa niña pisó el escenario del teatro Esperanza Iris. Si tú alguna vez fuiste a ese teatro en la calle de Dónceles, en el centro histórico, sabes lo que es estar en ese sitio. El techo dorado, los palcos curvos, el olor a madera vieja. Una niña de 9 años cantó ahí acompañada por la orquesta sinfónica de Bellas Artes.

El público aplaudió de pie y los músicos profesionales que la acompañaron salieron diciendo lo mismo que dijeron sus maestros desde el primer día, que esa muchachita era una rareza. Tú tal vez no recuerdas el nombre de Irma Lidia, por es posible que nunca la hayas escuchado cantar. Porque la Irma que estaba empezando a sonar en México hasta el 2022 era una muchacha nueva, emergente, de las que todavía están haciendo carrera.

No era todavía la Irma que llenaba auditorios, pero iba en camino. Durante toda su adolescencia siguió estudiando ópera. Participó en producciones, perfeccionó técnica, soñaba con cantar Madame Butterfly en el Auditorio Nacional. Y entonces, en algún momento alrededor de los 15 o 16 años pasó algo que a su familia probablemente no le hizo gracia.

Irma se enamoró de otra cosa. Se enamoró del bolero, del mariachi, de las canciones de José Alfredo Jiménez, de María Grever, de Agustín Lara. Esos compositores que tu mamá ponía en el radio mientras hacía la comida los domingos. Las canciones que tú cantaste sin saberte la letra completa, pero conociendo cada nota desde antes de saber qué era el desamor.

Irma escuchó esa música y sintió algo que la ópera europea con todo su prestigio nunca le había dado. Lo dijo con sus propias palabras en una entrevista. Cuando me visto de charro, me visto de México, represento a mi país. Y entonces, a los 15 años tomó una decisión que a su gente le pareció una locura.

Iba a soltar la ópera, iba a dedicarse al mariachi y al bolero, iba a cantar las canciones que le cantaba su abuela. La diferencia con cualquier otra cantante de la nueva generación regional era una sola. Su voz traía la técnica de la ópera por dentro. Esa muchachita podía sostener notas, modular emociones, proyectar desde el diafragma de maneras que las cantantes que arrancan en el regional, sin formación clásica, jamás pueden.

En el 2015, con 15 años recién cumplidos, sacó su primer disco. Se llamó Regalo de Dios. Era un álbum modesto con interpretaciones de clásicos mexicanos. y algunas piezas originales. Los críticos que lo escucharon notaron de inmediato que había algo distinto en esa voz, una calidad técnica que separaba sus interpretaciones de las del resto.

Dos años después, a los 17, sacó su segundo disco hablando claro, más ambicioso, con arreglos más complicados, con más madurez. Le consiguió presentaciones en palen importantes, invitaciones a embajadas, apariciones en programas de televisión donde su historia de niña prodigio fascinaba a los productores. En el 2020 sacó su tercer disco, Eternamente Irma Lidia.

Tenía 20 años y ese tercer trabajo iba a ser el último que terminaría completo en su vida. En las presentaciones en vivo era donde de verdad la gente entendía lo que tenía enfrente. Cuando cantaba acompañada por la orquesta filarmónica de la Ciudad de México o por la orquesta sinfónica de la Secretaría de Marina, podía pasar de una pieza de Puchini a una ranchera de Lola Beltrán sin perder un suspiro.

Eso es lo que las sopranos formadas no hacen. Eso es lo que las cantantes de mariachi no aprenden. Irma hacía las dos cosas en el mismo concierto. Ganó el Premio Nacional de Cultura del Senado en el 2019. Tenía 18 años cuando lo recibió. Después le dieron el doctorado honoris causa de la Cámara de Diputados por sus aportes a la cultura mexicana a esa edad tan temprana.

Y entre los reconocimientos públicos y las presentaciones, Irma fue construyendo una relación cercana con doña Carmen Salinas. Esa actriz que a ti te hizo reír en tantas telenovelas, esa señora que se sabía la historia entera del medio del espectáculo en México. Carmen le dijo a Irma, “Tú eres mi aijada.” y la presentó como tal en cuanto a entrevista pudo.

Tú y yo sabemos lo que significaba ser la aijada de Carmen Salinas en ese medio. Doña Carmen abría puertas que nadie más podía abrir. Pero a pesar del talento, a pesar de los reconocimientos, a pesar de Carmen Salinas, había algo que la carrera de Irma no terminaba de dar. El salto, el siguiente nivel, llenar auditorios, sacar discos con disquera grande, tener gira propia por Estados Unidos.

El problema no era el talento, el problema era el dinero y las conexiones. La industria musical mexicana, esa que tuviste todos los domingos en Siempre en domingo, esa que te trajo a Lucerito, a Lucía Méndez, a Daniela Romo. Funciona con reglas duras, sin un productor que invierta dinero en grabar bien, en distribuir, en pagar promoción en estaciones de radio, sin un manager con contactos para conseguir presentaciones grandes, sin alguien que negocie contratos en favor del artista, no en su contra, una cantante con todo el talento del

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