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SHE THOUGHT SHE WOULD HAVE THE BABY ALONE IN THE HUTCH… UNTIL A WIDOWED FARMER APPEARED ON HORS…

Ella pensaba que tendría al bebé sola en la choa hasta que apareció un granjero viudo a caballo. El grito no llegó a salir. Salomé apretó los dientes, aferró el marco de madera de la puerta y esperó que el dolor pasara. Pasó. Siempre pasaba, pero cada vez tardaba más en irse y cada vez que regresaba venía con más fuerza, como si la vida que cargaba dentro de ella estuviera impaciente, lista para reclamar su lugar en el mundo, sin importarle las condiciones.

Afuera, el sol aplastaba la tierra con una brutalidad que solo conocen los que han vivido en esos valles donde el viento llega seco y caliente sin traer promesa de lluvia. El camino que pasaba frente a la choza era de tierra polvorienta, sin asfalto, sin señales, sin nombre oficial en ningún mapa reciente.

 Los lugareños lo llamaban el paso del viento, aunque hacía meses que no corría ni una brisa. Salomé tenía 26 años, aunque si alguien la hubiera visto en ese momento, parado en la orilla de ese camino, con el vientre abultado, el cabello recogido en una trenza suelta y los pies descalzos sobre el piso de tierra húmeda de la choa, habría dicho que la vida ya le había cobrado más de lo que corresponde a esa edad.

 No había nadie más. No había vecino cercano. No había teléfono con señal. No había automóvil esperando. Solo la choa, el camino, el calor y ese dolor que volvía cada vez más seguido. Había llegado a ese lugar hacía 4 meses, no por elección exactamente, más bien porque ese era el último punto al que podía retroceder antes de que el mundo simplemente se terminara para ella.

 La habían expulsado de Tierra Colorada, el pueblo más cercano, a 30 km al norte. No con violencia, al menos no la física. Fue con palabras, con silencios, con puertas que no se abren, con trabajos que de pronto ya no están disponibles, con miradas que dicen todo lo que la boca no se atreve a pronunciar en voz alta. La razón era simple, aunque para el pueblo no lo era.

 Salomé estaba embarazada y se negaba a decir quién era el padre en tierra colorada. Eso no era solo un escándalo, era una afrenta, una ruptura del orden no escrito que gobierna esos lugares donde todo el mundo se conoce y donde los secretos se consideran una forma de traición colectiva. ¿Qué clase de mujer no sabe quién es el padre de su hijo? Le había dicho doña Esperanza Rubalcaba, la mujer que le arrendaba el cuarto donde vivía, el día que le entregó sus cosas en una bolsa de plástico negro.

 Salomé no respondió no porque no supiera qué decir, sino porque lo que sabía no era algo que pudiera decirse en ese momento, en ese lugar, frente a esa mujer. Y entonces se fue. Caminó hasta que encontró la choa. Era una construcción vieja de adobe, con techo de lámina oxidada que crujía cada vez que el viento pasaba. Alguien la había abandonado hacía años.

 No tenía puerta sólida. solo una hoja de madera vieja colgada de dos bisagras. Tenía un pozo a 20 m con agua que sabía a mineral, pero que servía. tenía una ventana pequeña que daba al camino y tenía sobre todo silencio. Para Salomé el silencio era suficiente. Limpió lo que pudo. Consiguió una cama de resortes oxidados que alguien había dejado botada en la cuneta del camino 3 km más al sur y la arrastró hasta la chosa con una energía que hoy, 4 meses después y a punto de parir ya no tenía.

 guardó lo poco que tenía en una caja de cartón reforzada con cinta, documentos, una libreta vieja, algunas monedas y un mapa, un mapa de tierras que había dibujado ella misma a partir de registros que había copiado a mano en la oficina del Registro Civil de Tierra Colorada antes de que también la expulsaran de ahí.

 Ese mapa era lo que más cuidaba más que a sí misma. En algunos momentos el dolor regresó, esta vez más largo, más profundo. Comenzó en la espalda baja, bajó por las caderas y se instaló en el vientre como si alguien apretara desde adentro. Salomé exhaló despacio, se apoyó contra la pared, contó. 1 2 3 cu 5. El dolor se dió levemente.

 Sabía lo suficiente como para entender que el trabajo de parto había comenzado. No era su primera vez enfrentando algo solo. Había nacido en una familia donde aprender a resolver era cuestión de sobrevivencia. Su madre había parido a seis hijos, tres de ellos, en condiciones no muy distintas a estas. le había dicho una vez cuando Salomé era niña y le preguntó si había tenido miedo.

 El miedo no alimenta, mi hija, solo el hacer. Esa frase la había sostenido más veces de las que podía contar. Pero hoy, mientras la contracción se retiraba y ella quedaba temblando, apoyada en la pared, con el sudor empapándole la espalda y la luz del sol entrando oblicua por la ventana pequeña, Salomé sintió algo que rara vez se permitía sentir.

 Miedo, no por ella, sino por el niño. O la niña, no sabía qué era. No había podido hacerse un ultrasonido en los últimos tr meses. No había tenido como. Sabía que el bebé estaba vivo porque lo sentía moverse. Sabía que era fuerte porque las patadas a veces la despertaban en la madrugada. Pero ahora, en ese momento, sin nadie, sin instrumento, sin manos expertas, la realidad de lo que estaba a punto de ocurrir la golpeó con una claridad brutal.

 Iba a parir sola, en una choza de adobe, en un camino sin nombre. Y si algo salía mal, no habría nadie para ayudarla. Salió a la puerta porque adentro el calor era insoportable. Se paró en el umbral, una mano en el marco, la otra sosteniendo el vientre. El camino estaba vacío en los dos sentidos. A la derecha, la tierra se perdía entre arbustos secos y algún árbol de mequite retorcido.

 A la izquierda, el camino doblaba detrás de una loma y desaparecía. Hacía tres semanas que no pasaba ningún vehículo. Cerró los ojos y fue en ese momento, con los ojos cerrados y el sol cayéndole sobre la cara cuando escuchó algo, un sonido que no era el viento, no era un motor, era más suave, más rítmico, más antiguo. Cascos.

 abrió los ojos desde la vuelta de la loma, emergiendo del polvo como si el camino lo hubiera estado guardando todo ese tiempo. Apareció un caballo y sobre él un hombre. No era joven, eso lo vio de inmediato. Tampoco era viejo en el sentido de decrépito. Era el tipo de hombre que parece haber llegado a una edad sin nombre, donde el cuerpo acusa el trabajo y el tiempo, pero sigue siendo capaz, sigue siendo firme.

Montaba sin prisa con esa postura de quien ha pasado más tiempo a caballo que en silla de escritorio. Se detuvo. No de golpe. El caballo fue aminorando el paso, como si también hubiera visto algo que merecía atención. Y cuando estuvo a unos 10 metros de la choza, el hombre jaló suavemente las riendas y el animal se paró. Los dos se miraron.

 Salomé no se movió. No tenía fuerzas para correr, aunque hubiera querido, y algo en la forma en que ese hombre la miraba sin lascibia, sin morvo, sino con algo que se parecía más a la evaluación calmada de alguien que ha visto suficiente mundo para saber cuándo una persona está en problema real, le dijo que no era necesario.

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