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Geraldina de Albania: Fue Reina… y 48 Horas Después Huyó con su Bebé Recién Nacido

que intentaban mantener las apariencias con lo poco que les quedaba. Fue un golpe durísimo de los salones dorados de Budapest a los modestos apartamentos de una ciudad de veraneo francesa, de los títulos y los apellidos ilustres a la necesidad de reaprender a vivir sin la red de seguridad que daban el dinero y el estatus.

Geraldina lo absorbió todo con los ojos abiertos de una niña que comprende más de lo que los adultos creen. Pero entonces llegó otro giro. Cuando la madre de Geraldina volvió a casarse, esta vez con un oficial francés, la familia política húngara del padre fallecido intervino con firmeza. Insistieron en que los hijos debían regresar a Hungría para recibir una educación adecuada a su rango.

Las niñas fueron enviadas al internado del Sagrado Corazón en Presba cerca de Viena. Geraldina dejaba atrás el Mediterráneo y la presencia de su madre para entrar en el mundo austero y disciplinado de un colegio religioso. Allí, lejos de casa y de todo lo conocido, comenzó a forjarse la mujer que sería.

Aprendió lenguas con una facilidad asombrosa. Llegó a dominar con fluidez el francés, el alemán, el español, el inglés, el húngaro y más tarde el albanés. Las lenguas serían su pasaporte secreto, su arma invisible, la herramienta que le permitiría moverse por un mundo en el que las fronteras se movían y los tronos caían como fichas de dominó.

Después del internado, la vida de Geraldina giró en torno al castillo de Oponise, la antigua posesión ancestral de los Aponji, en lo que entonces era Checoslovaquia. Allí vivió hasta 1938 en ese paisaje de colinas verdes y muros de piedra que olían a siglos de historia. Pero con la fortuna familiar casi agotada, Geraldina tuvo que trabajar para vivir.

Aprendió taquigrafía y mecanografía y trabajó como secretaria. También atendió la tienda de recuerdos del Museo Nacional de Budapest, donde su tío era director. Una condesa húngara vendiendo postales en una tienda de museo. La vida a veces tiene un sentido del humor extraño y cruel. Pero nadie, absolutamente nadie, podía imaginar lo que estaba a punto de ocurrirle a aquella joven de 23 años, de ojos claros y sonrisa serena.

La historia de cómo Geraldina llegó a convertirse en reina de Albania comienza, como tantas grandes historias, con una fotografía. En algún momento de 1937, Ahmed Sogu, el rey de Albania, vio una imagen de Geraldina a Poni. Nadie sabe con exactitud en qué circunstancias llegó esa fotografía a sus manos.

Lo que sí se sabe es que al rey le bastó con verla para quedar cautivado. Era un hombre acostumbrado a conseguir lo que quería, un hombre que había escalado desde la oscuridad de los clanes albaneses hasta el trono de un país entero con una mezcla de inteligencia, astucia y una determinación que rayaba en lo obsesivo.

Y aquella fotografía despertó en él algo que no esperaba. Sog mandó a una de sus hermanas a buscar a Geraldina. La invitó a Tirana con el pretexto de una visita. Y Geraldina, que no tenía grandes planes ni grandes perspectivas en aquel invierno europeo de 1937, aceptó. Llegó a la capital albanesa poco después de Navidad, en los últimos días del año.

Era una tierra extraña para ella, un país de montañas y tradiciones antiguas, de hombres con bigote y código de honor, de mujeres que vivían en un mundo paralelo al de los hombres, de una mezcla de islam y costumbre que nada tenía que ver con los internados austriíacos ni con el Mediterráneo francés. El rey la recibió.

Y en aquella primera reunión en los salones del palacio real de Tirana, donde los tapices orientales convivían con los muebles de estilo europeo que Socía importado como símbolo de modernidad, algo sucedió entre los dos. En cuestión de días, el rey hizo su propuesta. El primero de enero de 1938, año nuevo, Geraldina Apoñi aceptó convertirse en la reina de Albaña.

Pensad en la escena. Una joven de 22 años, condesa de un linaje glorioso, pero sin fortuna, que trabajaba en una tienda de museo y vivía en un castillo venido a menos en Checoslovaquia, decía que sí a la propuesta de matrimonio de un rey. No era un cuento de hadas sin complicaciones, era una decisión que traía consigo un país entero, una cultura desconocida, un idioma que tendría que aprender desde cero y un hombre del que apenas sabía nada más allá de lo que se contaba en los periódicos europeos. Pero Geraldina

dijo sí y con ese sí comenzó una historia que el mundo jamás olvidaría. La noticia se propagó como un rayo por la prensa internacional. Una condesa húngaroamericana iba a casarse con el rey musulmán de Albania. En una Europa que ya olía a pólvora. El anuncio de aquella boda exótica y romántica fue recibido con fascinación.

Los periódicos publicaban fotografías de Geraldina, de su sonrisa contenida, de su porte aristocrático, de su belleza clásica, que tenía algo de Madona renacentista y algo de mujer moderna del siglo XX. La llamaban la rosa blanca de Hungría. Ahmed Sou, sin embargo, tenía dos obstáculos formales que superar antes de que la boda pudiera celebrarse.

El primero era el Parlamento albanés, que debía aprobar el matrimonio del rey. El segundo, más delicado aún, era el Vaticano. El Papa había recibido la solicitud de aprobación para el matrimonio entre un rey musulmán y una católica devota y en un primer momento se había negado. Hubo negociaciones discretas, mediaciones diplomáticas, tartas y mensajes que cruzaban fronteras.

Al final, el Papa dio su bendición. El Parlamento también aprobó la unión. El camino estaba despejado. La fecha fijada fue el 27 de abril de 1938. El 27 de abril de 1938 amaneció sobre Tirana con ese sol balcánico que lo ilumina todo con una claridad casi brutal, sin sombras, sin matices.

Era un día que Albania entera esperaba con la mezcla de orgullo y curiosidad que despiertan los acontecimientos únicos, los que no se repiten, los que quedan grabados en la memoria colectiva de un pueblo para siempre. Geraldina se preparó para la ceremonia en el palacio real. Llevaba una tiara de diamantes diseñada especialmente para la ocasión por joyeros austriíacos, una pieza única que combinaba el motivo de la rosa blanca, símbolo de la novia, con la cabra heráldica del escudo de losu.

El vestido era de una elegancia sobria y majestuosa como ella misma. Tenía 22 años. Entre los invitados de honor se encontraba Galeat Sociano, ministro de asuntos exteriores de Italia, yerno de Benito Mussolini. Su presencia en la boda no era casual ni simplemente protocolar. Italia miraba a Albania con los ojos del depredador que estudia a su presa.

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