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El fin de la careta: La guerra mediática que expuso los hilos del poder en Colombia

En Colombia, la política no se pelea únicamente en las urnas. Se pelea también en los titulares, en las portadas, en las entrevistas, en las encuestas, en los silencios editoriales y en esa línea invisible que separa el periodismo del poder económico. Por eso, cuando una periodista, un empresario o un medio de comunicación entran en una disputa pública, el país no está viendo solo una pelea de egos. Está viendo algo mucho más profundo: la lucha por decidir quién tiene derecho a contar la realidad.

El texto base plantea una pregunta incómoda: ¿hasta dónde llega la independencia de un medio cuando sus dueños tienen intereses empresariales, políticos o financieros tan grandes que pueden verse afectados por lo que se publica? Esa pregunta no es menor. De hecho, Reporteros Sin Fronteras advirtió en 2025 que la presión económica, la concentración de la propiedad, los anunciantes y los financiadores son factores capaces de debilitar seriamente la libertad de prensa.

Colombia conoce muy bien esa tensión. Durante décadas, los grandes medios han tenido una relación cercana con élites políticas y económicas. Eso no significa que todos los periodistas trabajen sin ética ni que todo medio tradicional sea automáticamente propaganda. Sería injusto y simplista decirlo así. Pero tampoco se puede negar que cuando el dueño de un medio tiene negocios gigantescos, bancos, constructoras, inversiones o afinidades políticas, la audiencia tiene derecho a preguntarse si todo lo que lee, ve o escucha está realmente libre de presión.

Ese es el corazón de la discusión.

No se trata solo de Luis Carlos Sarmiento Angulo, de Gabriel Gilinski, de Vicky Dávila, de María Andrea Nieto o de cualquier figura puntual. Se trata de una estructura. Una estructura donde el periodismo, que debería vigilar al poder, muchas veces termina dependiendo del mismo poder que debe investigar.

En el caso de Luis Carlos Sarmiento Angulo, el debate se volvió especialmente sensible por su relación con El Tiempo y por las discusiones públicas alrededor del poder económico en Colombia. En una entrevista publicada por Semana en 2021, el empresario habló de su trayectoria, de sus negocios, de política, de Odebrecht, de El Tiempo y de críticas hechas por Gustavo Petro, entre otros temas. Para sus defensores, es un empresario que ha construido durante décadas un grupo económico de enorme influencia. Para sus críticos, representa precisamente esa mezcla incómoda entre dinero, prensa y capacidad de orientar la opinión pública.

Y allí aparece un punto clave: poseer un medio no es lo mismo que escribir cada titular. Pero tampoco es algo neutro. La propiedad importa. El ambiente importa. La línea editorial importa. Los límites no escritos importan. A veces no hace falta que un dueño llame a un periodista para decirle qué publicar. Basta con que todo el mundo sepa qué temas incomodan, qué nombres son intocables y qué preguntas pueden costar caro.

Eso fue lo que, según el relato, expresó Margarita Rosa de Francisco cuando habló de su experiencia como columnista. Su reflexión apuntaba a un dilema ético muy poderoso: ¿cómo escribir sobre la realidad política de un país si hay protagonistas del poder económico que no pueden ser nombrados con libertad? Esa pregunta resume una de las mayores tensiones del oficio periodístico. Porque un periodista que puede criticar al presidente, al Congreso o a un partido, pero no puede tocar al dueño del medio, no trabaja en una libertad completa. Trabaja en una libertad condicionada.

El caso Odebrecht hizo que esa discusión se volviera todavía más fuerte. En 2023, el Departamento de Justicia de Estados Unidos informó que Corficolombiana acordó pagar más de 80 millones de dólares para resolver investigaciones por soborno en el extranjero; también señaló que Corficolombiana, controlada mayoritariamente por Grupo Aval, se unió con Odebrecht en un esquema para pagar más de 23 millones de dólares en sobornos a funcionarios colombianos con el fin de obtener el contrato de la ampliación Ocaña-Gamarra.

Ese dato es importante porque muestra algo que va más allá de una pelea política. Cuando casos de corrupción de ese tamaño involucran empresas poderosas, los medios tienen una responsabilidad enorme: informar con claridad, sin maquillajes y sin titulares que confundan a la ciudadanía. Si un medio minimiza lo ocurrido, si presenta un cierre judicial como una absolución moral completa, o si omite partes relevantes del caso, la confianza pública se rompe.

Y cuando la confianza se rompe, el periodismo pierde su fuerza.

El texto base también apunta hacia Semana y hacia Gabriel Gilinski. La pregunta es parecida: ¿por qué un empresario con intereses financieros decide adquirir un medio tan influyente? La respuesta formal suele hablar de transformación digital, de futuro de los medios, de plataformas, de audiencias y de periodismo moderno. Todo eso puede ser cierto. Pero la sospecha pública aparece cuando la línea editorial cambia de forma notoria, cuando las portadas parecen alinearse con ciertas batallas políticas y cuando los titulares dan la sensación de atacar o favorecer según el momento electoral.

Aquí conviene ser cuidadosos. No se puede afirmar sin pruebas que cada portada responde a una orden directa del dueño. Pero sí se puede analizar la percepción ciudadana. Y esa percepción existe: muchos colombianos creen que algunos medios ya no informan para explicar la realidad, sino para intervenir en ella. No se limitan a contar quién sube o baja en las encuestas; ayudan a fabricar esa subida o esa caída.

Esa es la acusación más dura contra cierto periodismo político: no que tenga opinión, sino que disfrace la opinión de información neutral.

En ese escenario aparece Vicky Dávila, una figura que despierta pasiones opuestas. Para algunos, es una periodista frontal, capaz de incomodar al poder. Para otros, representa una forma de comunicación política agresiva, cargada de titulares duros, énfasis selectivos y batallas personales. El texto base la presenta en una situación especialmente llamativa: después de intentar un camino político, vuelve a la pantalla y, según sus críticos, continúa haciendo política desde el periodismo.

Ese punto es delicado. Un periodista puede tener ideas, como cualquier ciudadano. Puede entrevistar con dureza, cuestionar, confrontar y opinar. El problema surge cuando la audiencia deja de saber si está viendo una investigación periodística, una campaña política, una venganza personal o una estrategia editorial para favorecer a un sector. Cuando esas fronteras se borran, el debate público se contamina.

Y eso no ocurre solo con una persona. Ocurre en muchos medios, de muchas tendencias.

En Colombia, la derecha, la izquierda y el centro se acusan mutuamente de manipular. Cada bando señala los medios del otro como propaganda y defiende los propios como periodismo valiente. Pero el ciudadano común, cansado de tanta guerra narrativa, termina preguntándose: ¿a quién le creo?

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