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La mañana comenzó con un presagio nefasto. El café que me preparé en casa salió, inexplicablemente, con sabor a calcetín usado.

PARTE 1

La mañana comenzó con un presagio nefasto.

El café que me preparé en casa salió, inexplicablemente, con sabor a calcetín usado.

Luego, el ascensor se estropeó en el momento exacto en que yo intentaba bajar al garaje.

Tuve que bajar diez pisos corriendo, cargando con un maletín que pesaba más que mi dignidad en aquel momento.

Para cuando llegué a la oficina de “Consultoría y Soluciones Dinámicas e Incógnitas”, ya estaba sudando como un testigo en un juicio por asesinato.

Me miré en el reflejo del cristal de la entrada.

Mi corbata estaba ligeramente torcida hacia la izquierda, como si estuviera intentando escapar de mi cuello, y un mechón de pelo se había rebelado contra el resto de mi peinado, apuntando al techo con una agresividad innecesaria.

Entré.

La recepcionista me miró como si acabara de ver a un perro callejero intentando vender enciclopedias.

—¿Nombre? —preguntó, sin levantar la vista de su pantalla.

—Soy… soy el candidato —balbuceé, sintiendo que mi voz había subido dos octavas—. El de las diez.

Me señaló una puerta de madera maciza al fondo del pasillo.

Esa puerta imponía.

Tenía un cartel dorado que decía: “Gerencia de Operaciones Estratégicas y Gestión de Talento”.

Llamé con los nudillos, pero mis dedos estaban tan fríos y húmedos que el sonido fue un golpecito patético, apenas audible.

Nadie respondió.

Así que hice lo único que podía hacer: abrí la puerta sin permiso.

Ahí estaba él.

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