Para millones de espectadores, Alejandro Ciangherotti fue siempre ese rostro duro, esa mirada fría y esa presencia imponente que aparecía en pantalla para complicarle la vida a los héroes del cine mexicano. Era el hombre al que el público podía odiar sin culpa, el villano capaz de enfrentarse a figuras inmensas como Pedro Infante y salir de la escena dejando una sensación de amenaza real. Pero detrás de esa imagen de dureza había una historia mucho más humana, más triste y más compleja de lo que muchos imaginaron.
Alejandro no nació en México, aunque su nombre quedó para siempre unido a la época de oro del cine mexicano. Nació en Buenos Aires, Argentina, en 1912, y llegó a México siendo todavía muy joven, cuando el país empezaba a construir una industria cinematográfica que más tarde conquistaría a toda América Latina. En esos años, el cine apenas se estaba formando, y los actores debían aprenderlo todo sobre la marcha: teatro, carpas, giras, improvisación, música, melodrama y disciplina.

Como muchos artistas de su generación, Alejandro comenzó en las carpas, esos escenarios populares donde el público era directo, exigente y muchas veces despiadado. Allí no bastaba con ser guapo o tener buena voz. Había que sostener la atención de la gente, provocar emociones y sobrevivir noche tras noche frente a espectadores que no perdonaban la falsedad. Ese ambiente moldeó su carácter artístico: serio, firme, disciplinado y profundamente comprometido con su oficio.
Su primera gran oportunidad llegó en los años veinte, cuando empezó a aparecer en producciones cinematográficas. Desde muy temprano llamó la atención por su presencia física y su porte elegante. No era un actor común. Tenía una intensidad especial, una forma de ocupar el espacio que hacía imposible ignorarlo. Sin embargo, la vida no tardaría en colocarlo frente a una de las familias más poderosas del espectáculo mexicano: los Soler.
El destino lo cruzó con Mercedes Díaz Pavía, conocida artísticamente como Mercedes Soler. Ella pertenecía a una dinastía artística enorme, formada por figuras que marcarían el teatro y el cine mexicano. Sus hermanos, Julián, Fernando, Andrés y Domingo Soler, eran nombres de peso, hombres respetados y temidos dentro del medio. Mercedes era la menor, la consentida, la protegida por todos. Y cuando Alejandro se enamoró de ella, entró sin saberlo en un territorio familiar lleno de tensiones.
La relación entre Alejandro y Mercedes fue intensa. Se casaron en 1937, movidos por un amor que parecía capaz de resistirlo todo. Pero desde el principio, Alejandro entendió que sus cuñados no lo veían con buenos ojos. Para los Soler, él era un intruso. Un actor argentino que había llegado a llevarse a la hermana menor. No importaba cuánto se esforzara ni cuánto prometiera cuidarla; la desconfianza ya estaba instalada.
Esa sombra lo acompañó durante años. Mientras Alejandro buscaba abrirse camino por sus propios méritos, sus cuñados crecían como gigantes del cine. Ellos recibían papeles importantes, reconocimiento y admiración. Él, en cambio, era elegido una y otra vez para personajes secundarios o villanos. Y aunque esos papeles lo hicieron inolvidable, también lo fueron encerrando en una imagen que terminó pesando demasiado.
Su matrimonio con Mercedes, sin embargo, fue uno de los pilares de su vida. Tuvieron tres hijos: Fernando, Alejandro y Mercedes. El mayor, Fernando, sería conocido más tarde como Fernando Luján, uno de los grandes actores mexicanos. Aquella familia creció entre camerinos, sets de filmación, giras teatrales y conversaciones sobre arte. No era una vida común, pero dentro de ese caos Alejandro intentó construir estabilidad.
Mercedes dejó la actuación para dedicarse a su hogar y a sus hijos. Fue una decisión difícil, pero también una muestra del compromiso que tenía con su familia. Alejandro, por su parte, siguió trabajando sin descanso. Aunque muchos lo juzgaban por su carácter serio, sus hijos lo recordaron como un padre responsable, trabajador y presente. No era un hombre perfecto, pero sí alguien que luchaba por proteger a los suyos.
El gran salto de Alejandro llegó con su papel de “El Coyote” en Los tres huastecos, junto a Pedro Infante. Aquella actuación lo convirtió en uno de los villanos más recordados del cine mexicano. Su personaje era arrogante, cruel, altivo y peligroso. El público lo odiaba, y precisamente por eso su interpretación funcionaba tan bien. Cuando un actor logra que la gente confunda al personaje con la persona, significa que ha hecho un trabajo poderoso.
Pero esa misma fuerza interpretativa se convirtió en una condena. Muchos empezaron a creer que Alejandro era igual fuera de la pantalla: duro, soberbio, insoportable. Los rumores crecieron. Algunos colegas lo tachaban de arrogante. Otros decían que era difícil de tratar. En su propia familia política, los Soler nunca terminaron de aceptarlo. La imagen del villano comenzó a perseguirlo también en la vida real.
Lo más doloroso es que quienes lo conocían de cerca describían otra realidad. Mercedes siempre defendió a su esposo. Aseguró que Alejandro nunca fue el monstruo que algunos querían pintar. Según ella, era cariñoso con sus hijos, atento con su familia y muy distinto al hombre oscuro que aparecía en pantalla. Esa contradicción resume buena parte de su tragedia: el público lo admiraba por ser malvado en el cine, pero esa fama terminó contaminando la percepción de su vida privada.

Alejandro trabajó con algunas de las figuras más grandes de su tiempo. Compartió pantalla con Pedro Infante, Cantinflas y otros nombres esenciales del cine nacional. Participó en películas como No desearás la mujer de tu hijo, Si yo fuera diputado, Abajo el telón y muchas otras. También incursionó en la televisión, apareciendo en telenovelas y producciones que ayudaron a formar la industria televisiva mexicana.
Además, tuvo una faceta menos conocida: el doblaje. Prestó su voz en series clásicas y demostró una versatilidad que muchas veces el cine no le permitió mostrar. Porque ese fue otro de sus grandes dolores: sabía que tenía talento para mucho más, pero casi siempre lo llamaban para hacer de villano. Soñaba con otros personajes, con papeles románticos o protagonistas, pero la industria ya había decidido dónde colocarlo.
Mientras sus cuñados brillaban como figuras celebradas, Alejandro seguía cargando con la etiqueta del actor de carácter. Eso le dolía. No porque despreciara sus papeles, sino porque sentía que no se le permitía demostrar todo lo que podía hacer. Aun así, nunca dejó de trabajar con dignidad. Llegaba impecable, vestido con elegancia, concentrado y preparado. Era un profesional hasta el último detalle.
La vida le dio un golpe devastador en 1971, cuando Mercedes falleció a causa de una trombosis. Para Alejandro, esa pérdida fue brutal. Había perdido no solo a su esposa, sino a la mujer que lo había defendido durante años frente a las críticas y los prejuicios. Sin Mercedes, quedó más expuesto que nunca al juicio de los demás.
Dos años después, decidió volver a casarse. Su nueva pareja fue Margarita Díaz Mora, una joven de 23 años. Alejandro tenía 61. La diferencia de edad provocó un enorme escándalo. Muchos lo juzgaron con dureza, incluyendo personas cercanas al mundo artístico. Incluso Cantinflas se opuso al matrimonio, pues la joven era su ahijada. Las críticas fueron feroces, y algunos insinuaron que la relación había comenzado antes de la muerte de Mercedes, aunque nunca se comprobó.
Tal vez Alejandro buscaba compañía. Tal vez no soportaba la soledad. Tal vez, después de una vida de ser juzgado, quiso aferrarse a una nueva oportunidad de afecto. Pero el público y la familia no fueron compasivos. Una vez más, el hombre detrás del villano quedó atrapado entre rumores, sospechas y condenas.