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ACEPTÓ VIVIR CON HACENDADO VIUDO… SIN SABER QUIÉN ERA ÉL EN REALIDAD

aceptó vivir con asendado viudo, sin saber quién era él. En realidad había una deuda y había una mujer que no la debía. Nerea Salvat tenía 34 años, las manos curtidas de trabajar tierra ajena y una sola certeza en la vida, que el mundo raramente es justo con quienes menos tienen. Lo había aprendido de niña, mirando a su madre firmar papeles que no entendía del todo.

 Lo había confirmado de adulta cuando esos mismos papeles aparecieron con su nombre escrito encima. La deuda no era suya, era de su padre, un hombre que había muerto tres años antes, sin decirle a nadie lo que había hecho. Había empeñado la casa, la parcela, los dos cuartos del fondo donde Nerea guardaba su ropa y sus recuerdos, y hasta el pequeño invernadero, donde ella cultivaba tomates y hierbas aromáticas desde los 16 años.

Todo lo había empeñado, todo. Y cuando los hombres llegaron con los documentos, Nerea no lloró, no gritó, se quedó parada en el umbral de su propia puerta, mirando cómo sacaban sus cosas con una calma que a ella misma le pareció extraña. Después entró, recogió lo que quedaba, cerró la puerta con llave por última vez y caminó hasta el pueblo sin mirar atrás.

Eso fue hace 4 meses. Desde entonces había dormido en casa de su prima Lucinda en un catre junto a la ventana que daba al gallinero. Había buscado trabajo en tres haciendas distintas en el mercado, en una panadería que abrió y cerró en menos de dos semanas. Había mandado currículos escritos a mano a lugares que ni siquiera sabían que existían currículos escritos a mano.

Nada. El pueblo de verde alto de la Vega era pequeño. Y en los pueblos pequeños, cuando alguien pierde todo, hay dos versiones de por qué. La verdadera y la que se cuenta. La verdadera casi nunca importa. Fue un martes cuando doña Esperanza, la mujer que manejaba la tienda de abarrotes del centro, la llamó aparte mientras Nerea pagaba un paquete de arroz que apenas podía costear.

Mi hija”, le dijo en voz baja como si lo que fuera a decir tuviera que mantenerse entre las dos. “¿Tú sigues buscando trabajo?” “¿Siempre?”, respondió Nerea sin levantar mucho la voz. “Es que don Alonso”, preguntó. Nerea frunció el ceño levemente. Don Alonso Ferraz, el mismo. Don Alonso Ferraz era el dueño de la Encantada, la hacienda más grande de los alrededores de Verdealto.

 No era el hombre más rico de la región, pero sí el más discreto. vivía solo desde hacía dos años, desde que su esposa murió de una enfermedad que los médicos del pueblo no supieron nombrar bien y los de la ciudad nombraron demasiado tarde. No tenía hijos, no tenía familia cercana en el pueblo, tenía trabajadores, sí, peones que llegaban de madrugada y se iban antes de que oscureciera.

 Pero la casa en sí, la casa grande, llevaba meses sin una mujer que la sostuviera. ¿Qué tipo de trabajo?, preguntó Nerea con una cautela que era más instinto que desconfianza. Dice que necesita a alguien que lo ayude con la casa, que cocine, que organice, que le haga compañía a la hora de la comida.

 Dice que no quiere a alguien que trabaje por horas, quiere a alguien que viva ahí. Nerea no dijo nada por un momento. Que viva ahí, repitió, más para sí misma que para doña Esperanza. Hay un cuarto en el ala sur, amplio, con ventana al jardín. No es la misma casa, mi hija. Tiene su puerta, su espacio. Dice que pagaría bien y que no haría falta que ella cocinara todo el día, solo la comida principal y el desayuno.

Lo demás es libertad. Y doña Esperanza, usted lo conoce bien. A él digo. La mujer pensó antes de responder. Era un gesto honesto y Nerea lo agradeció. Lo conozco desde que llegó al pueblo, hace como 8 años. Nunca me ha dado motivos para desconfiar. Es callado, serio, pero no de esa seriedad que asusta, sino de la que uno no sabe bien que hay adentro.

 Esa noche, Nerea [carraspeo] se quedó despierta en el catre junto al gallinero escuchando los ruidos de la madrugada. Su prima Lucinda roncaba suavemente en el cuarto de al lado. Afuera, el viento movía las ramas del árbol de mango que nadie había podado en años. pensó en la deuda, en los papeles, en la cara del abogado que le había explicado que no había nada que hacer legalmente porque todo estaba firmado, todo estaba en orden, todo era irreversible.

 Pensó en los meses que llevaba buscando algo que no aparecía y pensó en don Alonso Ferraz, a quien había visto exactamente tres veces en su vida. Una en la misa del pueblo, otra comprando sacos de semillas en la ferretería y una última vez desde lejos, parado junto a la cerca de su hacienda, mirando el horizonte con las manos en los bolsillos, como si esperara algo que sabía que no iba a llegar.

A la mañana siguiente fue a verlo. La hacienda. La encantada estaba a 6 kmetros del centro del pueblo por un camino de tierra que en época de lluvia se volvía difícil, pero que en esa temporada seca crujía bajo los zapatos con un sonido casi musical. Nerea caminó los 6 km porque no tenía cómo pagar el transporte y llegó con los pies polvorientos y la frente húmeda por el sol de media mañana.

El portón estaba abierto, no de par en par, como si no importara, sino apenas entreabierto. Lo suficiente para que alguien pasara sin tener que empujar demasiado. Nerea lo interpretó como una señal, aunque no sabía bien de qué. Entró. El camino de entrada estaba bordeado de árboles frondosos que daban sombra suficiente para que la temperatura bajara casi de golpe.

 A los lados, campos de caña de azúcar que se extendían más de lo que la vista alcanzaba. Más al fondo, hacia la izquierda, un huerto con hileras ordenadas de algo que parecía maíz. La casa apareció después de una curva suave. Era grande, sí, pero no ostentosa. Paredes blancas con manchas del tiempo, tejas de barro, una galería larga en la fachada con sillas de madera que alguien había colocado sin demasiado criterio estético, pero con evidente intención de uso.

 Había macetas, algunas con flores, otras sin ellas. Nerea tocó la puerta. Nadie respondió de inmediato. Esperó, volvió a tocar. Entonces escuchó pasos lentos, firmes, sin apuro. La puerta se abrió y apareció un hombre que no era exactamente lo que ella había imaginado. Don Alonso Ferraz tenía unos 50 años, quizás un poco más.

 era alto, de complexión trabajada, con el tipo de manos que hablan de alguien que no solo ha dado órdenes, sino que también ha cargado cosas pesadas. Tenía el pelo oscuro con algunas canas en las cienes y una mirada que era difícil de describir. No era fría, pero tampoco era cálida. era evaluadora, como la de alguien que ha aprendido a no confiar en lo que ve, hasta que tiene razones suficientes para hacerlo.

 “Usted debe ser Nerea”, dijo sin preámbulos. “Sí, doña Esperanza me avisó que quizás vendría.” Hizo una pausa. Pase. El interior de la casa olía a madera vieja y a algo que podría haber sido café reciente. Era ordenado, pero con el tipo de orden que mantiene alguien que vive solo y que ya no siente la necesidad de impresionar a nadie.

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