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Abrí los ojos antes de que sonara la alarma. No era la primera vez. Esa costumbre maldita de despertar justo antes de que el mundo empiece a exigirte algo.

PARTE 1

La luz de la mañana se filtraba por la rendija de la persiana.

Una raya blanca, casi cegadora, que cortaba la penumbra de la habitación.

Abrí los ojos antes de que sonara la alarma.

No era la primera vez.

Esa costumbre maldita de despertar justo antes de que el mundo empiece a exigirte algo.

Me quedé quieta, escuchando.

El silencio en el piso era absoluto.

Solo el zumbido lejano del tráfico de Madrid, que empezaba a desperezarse a esas horas.

El primer movimiento fue mecánico.

Instintivo.

Mi mano buscó el teléfono en la mesilla de noche.

Lo toqué con las yemas de los dedos, como si fuera una reliquia sagrada que pudiera arder si la trataba con brusquedad.

Lo atraje hacia la almohada.

La pantalla estaba negra.

Un espejo oscuro que me devolvía mi propio reflejo desaliñado.

Presioné el botón lateral.

La luz de la pantalla me deslumbró, obligándome a entrecerrar los ojos.

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