LUPE PINTOR: CONFESÓ LA OSCURA TRAGEDIA QUE VIVE HOY, ES MUY TRISTE
doble campeón mundial del Consejo Mundial de Boxeo. 56 victorias, 42 por knockout. Ese mismo hombre carga con un asesinato encima del ring. Hoy, con 70 años de edad sigue recibiendo ayuda psicológica para soportar la culpa. No la culpa de haberlo matado, la culpa de algo tan asqueroso que hizo en el ring sabiendo lo que iba a pasar.
Es exactamente lo que vas a ver hoy, lo que ningún periódico mexicano se atrevió a contar. Para entender como un chamaco que vivió en la calle desde los 12 años terminó matando a un boxeador con sus propios puños. Primero tienes que ver de dónde vino y qué le pasó para llegar ahí, porque entonces vas a comprender exactamente por qué lo hizo.
Anoche del 19 de septiembre de 1980, dentro del Auditorio Olímpico de Los Ángeles, 5,000 espectadores y las cámaras de televisión en vivo del canal estadounidense ABC vieron lo que durante los siguientes 45 años iba a destruir mentalmente a José Guadalupe Pintor Guzmán. El doceavo asalto de una pelea por el cetro mundial Peso Gallo del CMB.
2 minutos y 13 segundos después de la campana, un gancho izquierdo a la mandíbula, un derechazo recto a la 100 y un uppercut final que mandó al galés Johnny Owen al piso sin que pudiera levantar las manos para protegerse la cabeza. La cabeza del galés golpeó contra la lona del ring con un sonido que 5000 espectadores escucharon en silencio desde las gradas.
Owen no se levantó. 46 días después, el 4 de noviembre de 1980, dentro de una cama del Hospital California de Los Ángeles, Johnny Owen murió sin recuperar el conocimiento. Sienta tenía 24 años de edad, pero ese knockout del doceavo asalto que 5,000 espectadores del ring vieron en silencio desde las gradas la noche de esa noche.
ese knockout que durante las siguientes cuatro décadas se convirtió en una de las imágenes más vistas del archivo deportivo del canal estadounidense ABC. No era exactamente lo que el grillo de Cuajimalpa carga dentro de la cabeza desde aquella noche. Lo que el grillo pintor carga dentro de la cabeza no es el cut final del round 12.
Es algo que pasó dos asaltos antes, algo que solamente cuatro personas dentro del cuadrilátero escucharon esa noche y algo que el propio Lupe Pintor, según el testimonio que dio años después al diario La Razón, no se atrevió a contar a ningún periodista mexicano durante 45 años. José Guadalupe Pintor Guzmán nació el 13 de abril de 1955 en la colonia Jesús del Monte del Barrio en las afueras de la ciudad de México.
Casa de adobe con techo de lámina, familia obrera de seis hijos. El padre José Pintor, obrero en una fábrica de muebles del barrio. La madre Carolina Guzmán, empleada doméstica en una casa rica de las Lomas de Chapultepec. Y entre los seis hermanos, el pequeño José Guadalupe ocupaba un lugar muy específico.
Era el cuarto de los varones, era el más chico de los hombres y era el único que dormía en una colchoneta de paja en el suelo del cuarto principal al lado de la cama de su hermana mayor Esperanza. Esa colchoneta de paja donde dormía el pequeño José Guadalupe entre 1961 y 1967 dentro de la casa de la El Barrio. Esa colchoneta que el chamaco compartió durante 6 años con su hermana mayor esperanza no era exactamente una cama de niño común de las colonias populares de la ciudad de México de aquella década.
Era el lugar exacto donde el chamaco, según el testimonio que el grillo dio 60 años después a la razón, aprendió a escuchar los pasos del padre cuando regresaba cada noche a las 11:30 de la cantina del barrio. A los 6 años de edad, en 1961, el pequeño José Guadalupe ya había aprendido el ritual exacto de cada noche dentro de la vivienda.
El padre llegaba caminando torcido por la calle principal de la colonia. Entraba sin saludar, se servía un vaso de aguardiente de caña en la cocina y después caminaba al cuarto principal donde dormían los seis hijos. Durante esos 6 años, según el testimonio del grillo a la razón en 2009, el padre buscó cada noche al mismo chamaco, el que dormía en la colchoneta de paja, el que no podía esconderse, el que no podía defenderse y le pegó cada noche con la evilla del cinturón en la espalda, en las piernas, en los brazos, sin razón
aparente, solamente porque era el chamaco más fácil de encontrar al entrar a la casa. Pero esa rutina del cinturón cada noche dentro de la casa durante 6 años seguidos. Esa rutina que el pequeño José Guadalupe aprendió a esperar desde los 6 años hasta los 12. No era lo más duro de la infancia del grillo. Hubo algo peor, algo que el padre hizo la noche del 14 de noviembre de 1967.
Una noche que el chamaco, según contó años después a la razón, recordaría como el día exacto en que decidió huir de su propia casa para no regresar nunca más. A los 12 años de edad, la madrugada del 15 de noviembre de 1967, José Guadalupe Pintor Guzmán huyó de la esa casa. Llevaba puesta una camisa blanca rota en la espalda, un pantalón de lona gris con manchas de sangre seca y dos zapatos de plástico negros.
No llevaba dinero, no llevaba comida, no llevaba ropa de cambio. Y según contaría 60 años después al periódico, lo único que llevaba en el bolsillo derecho del pantalón era una imagen religiosa de la Virgen de Guadalupe, que su madre Carolina Guzmán le había puesto esa misma mañana antes de irse a trabajar a la casa de las Lomas.
Esa imagen religiosa de la Virgen de Guadalupe que la madre Carolina Guzmán le puso al chamaco en el bolsillo del pantalón la mañana de aquella noche. Esa imagen que el campeón mexicano cargaría consigo durante los siguientes 58 años de vida adulta no era exactamente una imagen religiosa cualquiera. era el único objeto que conectaba al chamaco con la única persona dentro de la casa que durante los primeros 12 años de vida nunca le había puesto una mano encima y era el objeto que 45 años después, una noche dentro de un cuarto de hotel de
Los Ángeles, el grillo iba a sacar del bolsillo para hacerle una sola pregunta a la Virgen, una pregunta de siete palabras que no tuvo respuesta esa noche. Entre 1967 y 1972. Durante 5 años seguidos, el chamaco José Guadalupe vivió en las calles del centro de la Ciudad de México. Durmió bajo los puentes de la avenida Reforma.
Comió de los puestos de tacos del mercado de la Merced y aprendió, según el testimonio que dio cinco décadas después al canal TV Azteca. Tres reglas exactas para sobrevivir solo en la calle. Primera regla, nunca dormir dos noches seguidas en el mismo lugar. Segunda regla, nunca pedir comida con la mano abierta.
Tercera regla, cuando alguien te empuje, no preguntar, no esperar, no pensar, solamente pegar primero y no parar hasta que el otro deje de moverse. Esa tercera regla que el chamaco José Guadalupe aprendió en las calles del centro de la Ciudad de México entre los 12 y los 17 años de edad, esa regla de nunca parar de pegar hasta que el otro deje de moverse no era exactamente una técnica de pelea callejera de los años 60.
Era la lección exacta que el padre José Pintor le había enseñado al chamaco cada noche durante los 6 años anteriores dentro de la vivienda del barrio. La misma lección, las mismas manos y el mismo principio que 45 años después, dentro del ring del cuadrilátero la noche del combate, iba a explicar exactamente por qué el grillo no pudo parar la pelea cuando el médico del ring se lo pidió.
En 1972, a los 17 años de edad, José Guadalupe entró por primera vez al gimnasio de boxeo de la colonia Romero Rubio de la Ciudad de México, un gimnasio chico en la calle Calzada del Hueso, tres sacos de arena colgando del techo, un solo ring sin cuerdas y un entrenador llamado Don Cuyo Hernández que cobraba 10 pesos por mes a cada chamaco del barrio.
El chamaco no tenía los 10 pesos. Pero Don Cuyo, según contaría el propio Lupe Pintor décadas después al diario Record en una entrevista de 2018, vio algo en la mirada del chamaco esa primera tarde y por eso lo aceptó entrenar sin cobrarle un solo peso durante los siguientes 4 años. Pero esa mirada que el entrenador Don Cuyo Hernández vio en los ojos del chamaco la primera tarde de 1972 dentro del gimnasio de la colonia Romero Rubio.
Esa mirada que 4 años después iba a convertirlo en boxeador profesional no era la mirada de un chamaco con hambre de gloria, era la mirada del que ya había aprendido en la calle a no parar. Entre 1972 y 1974, José Guadalupe entrenó cada tarde en el gimnasio de la colonia Romero Rubio. 37 peleas amater, 32 victorias, cinco derrotas, 29 knockouts y un apodo que Don Cuyo le puso una tarde de 1973 después de verlo pelear contra un rival más grande sin ceder un solo paso atrás, le decía el grillo, “Porque tenía las piernas chiquitas”, decía don Cuyo, pero
saltaba como si tuviera resortes en los pies. En las arenas chicas de los mercados populares de la Ciudad de México, donde el grillo peleó como amateur entre 1972 y 1974. Según los registros del Consejo Nacional de Boxeo Amat, el chamaco desarrolló una característica particular dentro del cuadrilátero. Nunca daba un solo paso hacia atrás, nunca buscaba el clinch para descansar y nunca, según los testimonios de los rivales Amater, aceptaba esquivar un golpe cuando podía recibirlo y devolverlo.
característica del chamaco amatur entre los 17 y los 19 años. Esa costumbre de no dar un solo paso hacia atrás. No era un detalle técnico aprendido en el gimnasio. Era exactamente la misma estrategia de supervivencia que el chamaco había practicado durante 5 años en las calles del centro de la Ciudad de México, entre los 12 y los 17 años.
La calle no perdonaba al que retrocedía. Y el 5 de febrero de 1974, en una arena chica de la colonia Doctores llamada Pista Tepeuanes, el grillo debutó como profesional. Bolsa de la primera pelea 150 pesos, 12 al cambio de esa semana. Lo noqueó en el segundo asalto a un capitalino llamado Manuel Vázquez.
Y durante los siguientes 5 años, entre 1974 y 1979, peleó como profesional 32 veces. 25 victorias, cuatro derrotas, tres empates, 19 knockouts hasta llegar a la pelea más importante de su vida. El 3 de junio de 1979, en el Caesars Palace de Las Vegas, Lupe Pintor enfrentó al campeón mundial Peso Gallo del Consejo Mundial. Un boxeador mexicano de Tepito con un récord de 54 victorias y una sola derrota.
Un boxeador que las casas de apuestas daban favorito 5 a1 sobre pintor. Un boxeador que durante los siguientes 4 años iba a entrar en una depresión profunda y caer 15 años en las calles del barrio de Tepito, vendiendo sus propios guantes de campeón para comprar drogas. Ese boxeador se llamaba Carlos Sarate.
Y esa noche del 3 de junio de 1979 dentro del Kesars Palace. El grillo lo derrotó por decisión dividida polémica en 15 asaltos. A los 24 años de edad, José Guadalupe Pintor Guzmán se convirtió en campeón mundial peso gallo entre el 3 de junio de 1979 y el noche, durante 15 meses y 16 días, el campeón mexicano defendió dos veces el cetro mundial.
La primera defensa el 7 de febrero de 1980 contra el estadounidense Alberto Sandoval en el Auditorio Olímpico. Ganó por knockout técnico en el doceavo asalto. La segunda defensa el 11 de junio de 1980 contra el japonés Eiro Murata en Tokio terminó en un empate polémico a 15 asaltos. La tercera defensa anunciada para el aquella noche otra vez en el Ring de Los Ángeles era contra un retador galés de 24 años, un retador delgado, escuálido, sin músculo visible, un retador que pesaba menos del límite del peso gallo, un retador al que le
decían el cerillo de Mertir y al que las casas de apuestas estadounidenses daban como rival fácil para el grillo. Ese retador se llamaba Owen. Pero esa noche de esa noche dentro del ring del ring, esa noche en que el grillo mató con sus propios puños al galés, el galés delante de 5,000 espectadores y las cámaras de televisión en vivo del canal AC.
No fue una pelea normal del calendario boxístico del CMB. Fue una pelea donde algo pasó dos asaltos antes del uppercut final, algo que solamente cuatro personas dentro del ring escucharon esa noche. propio grillo pintor, el galés Johnny Owen, el médico del ring estadounidense de la Comisión Atlética de California, que se llamaba Bernardo Reyes, y un fotógrafo de la agencia estadounidense Associated Press, que estaba pegado a la cuerda del rincón rojo del ring.
Y lo que esas cuatro personas escucharon en el clinch del décimo asalto, exactamente 6 minutos y 22 segundos antes del HERC final. Es la asquerosa razón por la que Lupe Pintor, hoy con 70 años de edad, sigue yendo dos veces por semana al consultorio de la colonia Polanco. El décimo asalto del combate entre el grillo y Owen empezó a las 11:14 de la noche de aquella noche.
Owen tenía las dos cejas cortadas desde el sexto asalto. La sangre le bajaba por las dos mejillas hasta el cuello. camiseta blanca del galés. Según las fotografías que el fotógrafo Roberto Camacho tomó esa noche para Associated Press, ya estaba más roja que blanca. El médico del ring, Bernardo Reyes, había subido al ring entre el sexto y el séptimo asalto y otra vez entre el octavo y el noveno.
Le había pedido al árbitro principal, según el testimonio que dio años después el propio Lupe Pintor a la Razón, que parara el combate por exceso evidente de castigo. El árbitro le respondió las dos veces que el campeón decidía y a un minuto y 32 segundos del round 10, los dos boxeadores se trabon en un clinch contra la cuerda del rincón rojo del ring del cuadrilátero.
Y dentro de ese clinch, según el testimonio que el campeón mexicano dio cuatro décadas después en privado a una persona muy cercana de su escuela de boxeo de la Ciudad de México, el galés le murmuró al campeón mexicano algo al oído derecho. Lo que Owen le murmuró al grillo pintor en el clinch del asalto 10 del combate por el el título dentro del ring del cuadrilátero la noche de esa noche.
Según contó años después en privado, no fue exactamente un insulto deportivo entre dos boxeadores profesionales en medio de una pelea por un cetro mundial. Fue exactamente una frase que el grillo escuchó dentro del oído derecho con la sangre del propio Owen mojándole la oreja. Una frase corta, una frase de cinco palabras, una frase pronunciada en inglés con acento galés cerrado, una frase que durante los siguientes 45 años Lupe Pintor no se atrevió a contarle a ningún periodista mexicano.
Y una frase que iba a explicar exactamente por qué el grillo no paró la pelea en el décimo asalto cuando todavía podía hacerlo. Antes de llegar a la frase exacta que el galés le murmuró al campeón mexicano en el clinch del round 10, hay que entender una cosa que el público del ring esa noche no podía ver desde las gradas, una cosa que solamente el fotógrafo Roberto Camacho de Associated Press capturó en una de las 18 fotografías que tomó esa noche desde el rincón rojo del ring.
en la fotografía número 11 de la serie original de Roberto Camacho, una fotografía en blanco y negro que durante 45 años permaneció en el archivo de Associated Press de Nueva York sin ser publicada por ningún medio mexicano. Se ve exactamente lo siguiente. el clinch contra la cuerda del rincón rojo, los dos boxeadores trabados y la cara del retador galés apoyada en el hombro derecho del grillo con la boca abierta a la altura exacta de la oreja del campeón mexicano.
esa fotografía, según contaría décadas después, el propio Roberto Camacho en una entrevista al diario estadounidense Los Angeles Times del año 2010, era la imagen exacta del momento en que el galés pronunció las cinco palabras. La frase exacta que Owen le murmuró al grillo pintor en el clinch del round 10 del combate por el cetro dentro del ring del ring de los ángeles a un minuto y 32 segundos de empezado el asalto la noche del combate.
Según diría cuatro décadas después en privado, en privado, fue exactamente la siguiente. Owen con la sangre de las dos cejas cortadas bajándole por las mejillas hasta mojarle la oreja derecha del campeón mexicano. le murmuró cinco palabras en inglés con acento galés cerrado. Las cinco palabras exactas que Owen le dijo al grillo fueron, “Please stop, I cannot continue.
Por favor, para. No puedo continuar.” La súplica de un boxeador galés de 24 años pidiéndole al campeón mexicano que parara la pelea. La súplica directa del rival, no de su esquina, no del médico del ring, no del árbitro principal, del propio Owen al propio grillo. Cinco palabras pronunciadas en el oído derecho del campeón mexicano a 1 minuto y 32 segundos del asalto 10.
Y según el testimonio que el grillo dio cuatro décadas después en privado, el campeón mexicano al escuchar esas cinco palabras del Galés, hizo exactamente una cosa. No se separó del clinch, no le pidió al árbitro que parara la pelea, no bajó las manos. Lo que hizo el grillo fue dar dos pasos hacia atrás, mirar a Owen directamente a los dos ojos durante medio segundo y aplicarle un gancho izquierdo al estómago que sacó a Owen del clinch hacia el centro del ring.
Y durante los dos asaltos siguientes hasta el uppercut final del asalto final, Lupe Pintor no dejó de pegarle a un boxeador que ya le había pedido directamente que parara. Esa decisión que el grillo tomó en el clinch del round 10 del combate contra Johnny Owen dentro del ring del ring, a un minuto y 32 segundos de empezado el asalto la noche de esa noche.
Esa decisión de no parar la pelea cuando el propio rival se lo pidió directamente al oído con cinco palabras en inglés. No fue exactamente una decisión deportiva común de un campeón mundial defendiendo el cetro. Fue exactamente la decisión que durante los siguientes 45 años el campeón mexicano no se atrevió a contarle a ningún periodista del boxeo mexicano porque la decisión de no parar a Owen en esa noche no tenía nada que ver con la pelea, no tenía nada que ver con el cetro mundial, no tenía nada que ver con las casas de apuestas
estadounidenses, tenía que ver exactamente con un sobre amarillo de papel manila que había llegado al cuarto del grillo. en el hotel Figueroa de Los Ángeles, 18 horas antes de la pelea. Un sobre amarillo que contenía dos líneas escritas a máquina y un objeto pequeño que el grillo reconoció de inmediato. La tarde del 18 de septiembre de 1980, exactamente 18 horas antes de que el grillo pintor matara con sus propios puños al galés Johnny Owen, dentro del ring del Auditorio Olímpico de Los Ángeles, el campeón mexicano regresó a
su hotel después del pesaje oficial, un hotel de tercera categoría a tres calles del ring en la avenida Figueroa de los Ángeles, donde el Consejo Mundial de Boxeo hospedaba a los campeones mexicanos en las Defensas internacionales. Hotel Figueroa. Habitación 317. Cuarto piso. Vista a un estacionamiento y un teléfono fijo color marfil sobre la mesa del rincón al lado de la ventana.
Pero esa tarde del 18 de septiembre de 1980 dentro de la esa habitación del cuarto piso del hotel Figueroa de Los Ángeles, esa tarde en que el grillo regresó al hotel después del pesaje oficial. No fue una tarde normal de descanso prepelea de un campeón mundial defendiendo el cetro. Fue una tarde en que el grillo recibió en la habitación una visita inesperada.
Una visita que no estaba en la agenda oficial del Consejo Mundial de Boxeo. Una visita que iba a cambiar exactamente lo que pasó al día siguiente dentro del ring. A las 5:14 de la tarde del 18 de septiembre de 1980. Según el testimonio que el propio Lupe Pintor dio cuatro décadas después en privado a una persona muy cercana de su escuela de boxeo de la Ciudad de México, alguien tocó la puerta de la la habitación del hotel Figueroa.
El grillo que en ese momento estaba sentado en la cama escribiendo notas en una libreta de tapa negra se levantó a abrir la puerta sin pensarlo. Del otro lado había un hombre vestido con un traje gris claro de tela italiana. Una corbata roja con figuras geométricas, un sombrero Panamá en la mano derecha y en la mano izquierda, un sobre amarillo de papel manila cerrado con cinta adhesiva transparente en los cuatro bordes.
ese hombre del traje gris claro que tocó la puerta de la la habitación del hotel a las 5:14 de la tarde del 18 de septiembre de 1980. Ese hombre con la corbata roja con figuras geométricas y el sobre amarillo en la mano izquierda no era exactamente un mensajero anónimo del CMB. Era un hombre que el campeón mexicano reconoció de inmediato.
Un hombre que había aparecido en la vida del grillo exactamente 15 meses y 16 días antes. La madrugada del primero de junio de 1979, dentro del cuarto de hotel del Caesar’s Palace, tres días antes de la pelea polémica contra Carlos Sarate. La madrugada de esa madrugada, ese mismo ese hombre con la misma corbata roja con figuras geométricas y el mismo sombrero Panamá en la mano derecha.
Había tocado la puerta del cuarto del grillo en el Keesars Palace a las 3:22 de la madrugada. El grillo, que esa noche no había podido dormir por los nervios de la pelea contra Sarate, abrió la puerta sin pensarlo. Él, el visitante, no dijo una sola palabra, le entregó un sobre. le hizo una pequeña reverencia con la cabeza y se fue caminando por el pasillo del cuarto piso del Kissars Palace hasta el ascensor sin volverse a mirar atrás.
Lo que Lupe Pintor encontró dentro del sobre que el ese hombre le entregó la madrugada de la madrugada del Hotel de Las Vegas dentro del cuarto del hotel de Las Vegas. Según el testimonio que dio cuatro décadas después en privado, no era dinero, no era una carta firmada, no era una fotografía.
Era una sola hoja de papel blanco bond doblada en cuatro partes y sobre esa hoja blanca escritas a máquina con letra grande. Había exactamente dos líneas que el grillo leyó dos veces antes de quemar la hoja con un encendedor del cajón de la mesa de noche. Las dos líneas escritas a máquina sobre la hoja blanca de papel bond doblada en cuatro partes dentro del sobre esa madrugada del hotel de Las Vegas.
Según el testimonio del propio Lupe Pintor, decían exactamente lo siguiente: “Primera línea, tu pelea ya está decidida. Segunda línea, gana sin matarlo, sin firma, sin sello, sin remitente, solamente las dos líneas. Y junto a la hoja blanca dentro del ese sobre, un objeto pequeño, un objeto que el grillo reconoció de inmediato porque era exactamente el mismo objeto que su padre José Pintor había guardado durante 12 años dentro del cajón principal de la mesa del comedor de la casa de adobe de la colonia Jesús del Monte de Cuajimalpa.
Ese objeto que el campeón mexicano sacó del sobre amarillo esa madrugada de esa madrugada dentro del cuarto del hotel de Las Vegas. Ese objeto que el campeón mexicano reconoció de inmediato, a pesar de no haberlo visto durante 12 años, no era exactamente un objeto cualquiera. Era una evilla de cinturón vieja, una evilla de bronce oxidado con la imagen tallada de una calavera mexicana, la misma evilla con la que el padre le había pegado al chamaco cada noche durante 6 años, entre 1961 y 1967.
La misma evilla que el chamaco había visto desaparecer la noche del 14 de noviembre de 1967, cuando huyó de su propia casa para no regresar nunca más. Y la misma evilla que esa madrugada del hotel de Las Vegas, dentro de un el sobre entregado por un hombre que el grillo no reconocía. Había aparecido junto a esas líneas que ordenaban ganas sin matarlo.
El grillo, esa madrugada de esa madrugada dentro del cuarto del hotel de Las Vegas, no le dijo a nadie de su equipo lo que había encontrado dentro del sobre. No le dijo al manager, no le dijo al entrenador don Cuyo Hernández, no le dijo al Catman. Guardó la evilla de bronce oxidado en el bolsillo izquierdo del pantalón.
Quemó la hoja blanca de papel bond con el encendedor de la mesa de noche y tres noches después, el 4 de junio de 1979, se subió al ring del hotel de Las Vegas para enfrentar a Carlos Sarate. 15 asaltos de pelea pareja. Tres caídas, tres jueces estadounidenses y una decisión dividida polémica que durante los siguientes 46 años los aficionados al boxeo mexicano iban a discutir en cantinas y mercados de las colonias populares de la Ciudad de México.
Lupe Pintor ganó por decisión dividida en 15 asaltos y siguió exactamente las dos líneas que el él el sobre le había ordenado tres noches antes. Ganó y no lo mató. Pero esa decisión dividida polémica que el grillo obtuvo contra Carlos Sarate la noche del 4 de junio de 1979 dentro del hotel de Las Vegas. Esa decisión que el grillo durante cuatro décadas no quiso confirmar ni desmentir delante de ningún periodista mexicano.
No fue solamente una victoria sucia sobre un excampeón mundial mexicano. Fue exactamente lo que iba a destruir mentalmente a Sarate. 15 años en las calles de Tepito vendiendo sus propios guantes de campeón mundial para comprar drogas. una esposa que se fue a vivir a Vancouver, una hija que repitió el patrón generacional 25 años después y una depresión profunda que Sara te cargó sin nunca saber exactamente por qué el grillo le había ganado aquella noche.
Cuando el grillo regresó a la Ciudad de México la mañana del 6 de junio de 1979 con el cetro mundial Peso Gallo dentro de una bolsa de tela negra. Lo recibieron en el aeropuerto Benito Juárez aproximadamente 2000 personas. Y entre esas 2000 personas, según contaría décadas después al diario La Razón, había un hombre que el grillo reconoció de lejos, un hombre vestido con un traje gris claro de tela italiana, una corbata roja con figuras geométricas y un sombrero Panamá en la mano derecha.
El mismo mensajero del sobre estaba parado en la última fila de la multitud. No saludó al campeón, no se acercó, solamente lo miró durante 6 segundos y se fue caminando hacia la salida. Esa aparición silenciosa del hombre del traje gris en el aeropuerto Benito Juárez la mañana del 6 de junio de 1979. Ese encuentro de 6 segundos delante de 2000 personas que recibían al grillo como campeón mundial no fue exactamente una casualidad de la agenda del Consejo Mundial de Boxeo.
Fue exactamente el mensaje que el grillo necesitaba para entender que el primer sobre no había sido un episodio aislado. Era el principio de algo y ese algo iba a regresar. Entre el 4 de junio de 1979 y el 18 de septiembre de 1980, el campeón mexicano defendió dos veces el cetro mundial peso gallo. La primera defensa el 7 de febrero de 1980 contra el estadounidense Alberto Sandoval en el auditorio olímpico.
Ganó por knockout técnico en el doceavo asalto. La segunda defensa el 11 de junio de 1980 contra el japonés Eiro Murata en Tokio terminó en un empate polémico a 15 asaltos y según contaría décadas después al diario La Razón durante esos 15 meses entre las dos peleas, el grillo durmió mal todas las noches.
Soñaba dos veces por semana con la levilla del padre del padre. Soñaba con el el del traje gris y soñaba con la pelea contra Sárate dentro del hotel de Las Vegas. Pero esos sueños recurrentes de Lupe Pintor durante los 15 meses entre la pelea contra Sarate y la pelea contra Owen, esos sueños con la evilla del padre y el ese hombre no eran sueños que el campeón mexicano le contara a su esposa, a su entrenador don Cuyo Hernández ni al manager.
Eran sueños que se repetían siempre con la misma escena. Exacta. El grillo a los 12 años dentro de la colchoneta del suelo del cuarto principal, los pasos del padre acercándose por el patio y el ruido seco de la evilla del cinturón cayendo sobre la mesa del comedor antes del primer golpe. En esos sueños, según contaría en privado, el grillo no podía moverse, no podía hablar, no podía esconderse, solamente podía esperar a que la madrugada terminara.
Al amanecer, cada vez que se despertaba empapado de sudor en la cama de su cuarto de la colonia Romero Rubio, el grillo iba directamente al baño, se mojaba la cara con agua fría y se quedaba mirándose al espejo durante varios minutos sin reconocer la cara que veía dentro del marco. eran sueños que el grillo guardaba para sí mismo dentro de la cabeza, como había guardado durante 12 años el ritual del padre dentro de la casa de adobe y como iba a guardar durante los siguientes 45 años el secreto del clinch del décimo asalto del cuadrilátero. La tercera defensa del
cetro mundial del grillo estaba anunciada oficialmente para el 19 de septiembre de 1980 dentro del cuadrilátero. El retador era un boxeador galés de 24 años, un retador delgado, escuálido, sin músculo visible, un retador que pesaba menos del límite del peso gallo. Un retador que había llegado a Los Ángeles con una sola maleta de mano, un retador al que le decían el cerillo de Mertir y un retador que las casas de apuestas estadounidenses daban como rival fácil para el campeón mexicano 4 a 1.
Ese retador se llamaba Johnny Owen y según el testimonio que el grillo dio cuatro décadas después a la razón, lo que vio en los ojos del Galés durante el paisaje oficial del 18 de septiembre dentro del ring era exactamente la mirada de alguien que ya había decidido morir. La mirada que Lupe Pintor vio en los ojos del galés Johnny Owen la tarde del 18 de septiembre de 1980 durante el paesaje oficial dentro del ring de los Ángeles.
Esa mirada de alguien que ya había decidido morir no era una observación casual de un campeón mundial nervioso antes de la tercera defensa del cetro. Era exactamente la mirada que el chamaco José Guadalupe había visto en sus propios ojos cuando se miraba en los charcos de agua del mercado de la merced 5 años antes, durante los años que vivió en la calle entre los 12 y los 17.
La misma mirada, el mismo vacío, la misma decisión de no esperar a que la vida terminara de manera natural. Pero esta vez el sobre que el visitante le entregó al grillo pintor esa tarde dentro de la esa habitación del hotel de Los Ángeles no contenía exactamente la misma orden de 15 meses antes.
No decía gana sin matarlo. Decía exactamente lo contrario. El grillo cerró la puerta de la la habitación del hotel detrás del ese hombre. A las 5:17 de esa tarde caminó hasta la cama. se sentó en el borde del colchón con el segundo S sobre en la mano izquierda y durante los siguientes 14 minutos no abrió el sobre. Lo miró encima de la mesa de noche al lado del teléfono fijo color marfil sin tocarlo.
Según contaría décadas después en privado, durante esos 14 minutos en silencio dentro de la la habitación del hotel, el grillo escuchó solamente tres sonidos. El ruido de los carros pasando por la avenida Figueroa cuatro pisos abajo, el zumbido del aire acondicionado del techo y los latidos de su propio corazón dentro del pecho.
Esos 14 minutos en silencio que el campeón mexicano pasó sentado en el borde de la cama de la esa habitación del hotel esa tarde antes de abrir el segundo el sobre. No fueron exactamente 14 minutos de duda de un campeón mundial defendiendo el cetro. Fueron exactamente 14 minutos en que el grillo ya sabía lo que el sobre decía dentro sin abrirlo, sin tocarlo, sin leerlo.
14 minutos en que el chamaco de 12 años que había huído de la vivienda la madrugada del 15 de noviembre de 1967 con la imagen de la Virgen de Guadalupe en el bolsillo, ya había aceptado lo que el él sobre iba a ordenar al día siguiente dentro del ring del ring, cuando finalmente abrió el segundo sobre a las 5:31 de esa tarde, según diría años después en privado, encontró exactamente lo mismo que 15 meses antes.
En el hotel de Las Vegas, una sola hoja de papel blanco bond doblada en cuatro partes, dos líneas escritas a máquina y un objeto pequeño junto a la hoja. La misma la evilla con la calavera mexicana, la evilla del padre. Es hace es el mensaje a máquina sobre la hoja doblada dentro del segundo, el sobre que el el del traje gris le entregó al grillo pintor esa tarde.
Dentro de la esa habitación del hotel, esas dos líneas que iban a sellar el destino Dawen dentro del ring del cuadrilátero 18 horas después no eran exactamente una orden deportiva del Consejo Mundial. eran exactamente la orden que cerraba el círculo que había empezado 15 meses antes dentro del hotel de Las Vegas. Una orden firmada en silencio por la misma red de personas que había puesto la evilla del padre dentro de los dos sobres amarillos.
Las dos líneas exactas escritas a máquina sobre la el papel doblado dentro del segundo. Ese sobre que el ese hombre le entregó al grillo pintor esa tarde dentro de la la habitación del hotel de Los Ángeles. Según el propio testimonio del grillo en privado. En privado, decían exactamente lo siguiente. Primera línea, el galés tiene deudas de juego en Cardif.
Segunda línea, mátalo dentro del ring sin firma. sin sello, sin remitente, solamente las dos líneas sobre una hoja blanca de papel bond y junto a la hoja, exactamente la misma evilla del padre que 15 meses antes había aparecido dentro del primer el sobre en el el hotel de Las Vegas, la misma evilla del padre, el mismo objeto, la misma amenaza implícita, pero esta vez con una orden distinta, esta vez con una orden de matar detrás del segundo, el sobre había exactamente la misma red de apostadores ilegales del barrio de Tepito de la Ciudad de México, que dos
veces durante los siguientes 15 meses y 16 días había arreglado dos peleas profesionales por el el título, una red que había pagado al menos $15,000 en efectivo entre ambas peleas. Una red que había usado al grillo pintor como ejecutor sin que el propio grillo conociera la identidad exacta de los miembros. Una red que tenía contactos con casas de apuestas estadounidenses, con jueces de la Comisión Atlética de California y con un manager británico del Galés en Cardif, que estaba a punto de declararse en quiebra por deudas de
juego propias en el puerto de Cardif. La orden del segundo, el sobre, según entendió el grillo, sentado en la cama de la habitación del hotel esa tarde del 18 de septiembre de 1980. No era exactamente la orden de un apostador anónimo, era la orden de un grupo coordinado de apostadores ilegales mexicanos, británicos y estadounidenses que durante 15 meses habían convertido al grillo en una pieza del tablero sin que el campeón mundial lo supiera.
Y la evilla del padre dentro del sobre era exactamente la garantía silenciosa de que el grillo iba a cumplir la orden. Lupe Pintor. Esa tarde del 18 de septiembre de 1980, dentro de la la habitación del hotel, hizo exactamente lo que el chamaco de 12 años había aprendido al hacer cada noche dentro de la casa de adobe entre 1961 y 1967.
guardó silencio, cerró el segundo el sobre, lo metió debajo del colchón de la cama de la Navitación, sacó la imagen religiosa de la Virgen de Guadalupe del bolsillo derecho del pantalón. La puso encima de la mesa de noche al lado del teléfono fijo color marfil. La miró durante 20 minutos en silencio y le hizo a la imagen una sola pregunta, una pregunta de siete palabras.
La pregunta exacta del grillo a la Virgen esa tarde fue, “Madre mía, ¿qué hago con esto ahora?” La respuesta no llegó esa tarde. La respuesta llegó al día siguiente, dentro del ring del ring, en el clinch del round 10, cuando Owen le murmuró al oído derecho del grillo cinco palabras en inglés con acento galés cerrado. Please stop, I cannot continue. Por favor, para.
No puedo continuar. Y el grillo. Esa noche del 19 de septiembre de 1980 dentro del ring del cuadrilátero escuchó las cinco palabras del galés y siguió pegando dos asaltos más. Pero esa decisión que el campeón mexicano tomó dentro del ring del ring la noche de esa noche, esa decisión de seguir pegándole a un boxeador que ya le había pedido directamente que parara, no fue exactamente una decisión que el campeón mexicano tomó por el el sobre del hotel.
No fue una decisión que el grillo tomó por el dinero de la red de apostadores ilegales de Tepito. No fue una decisión que el grillo tomó por miedo a la la evilla del padre del padre dentro del segundo sobre. Fue una decisión que el grillo, hoy con 70 años de edad, sigue tratando de entender dos veces por semana en el consultorio privado de la colonia Polanco de la Ciudad de México.
Una decisión que el psicólogo del grillo, según contaría el propio Lupe Pintor aún cercano, le ha repetido durante los últimos 15 años en cada sesión. Una decisión que el grillo no tomó esa noche. Una decisión que alguien había tomado por él 45 años antes dentro de una esa casa. La noche de aquella noche. El 4 de noviembre de 1980, 46 días después del knockout del doceavo asalto, el galés Johnny Owen murió dentro de una cama del hospital California.
La noticia llegó a la Ciudad de México a las 5:17 de la tarde por un telegrama del Consejo Mundial de Boxeo dirigido al grillo pintor en el gimnasio de la calle Calzada del Hueso. El grillo, según contaría cuatro décadas después en privado, leyó el telegrama de pie, se sentó en una banca de madera y durante las siguientes 9 horas no le dijo una sola palabra a nadie.
Pero esa noche del 4 de noviembre de 1980 en que el grillo pintor se enteró de la muerte oficial Dowen, esa noche en que el campeón mexicano se quedó 9 horas seguidas sin hablar dentro del gimnasio de la calle Calzada del Hueso de la colonia Romero Rubio de la Ciudad de México, no fue exactamente una noche de duelo deportivo común.
Fue la noche en que el grillo, según el testimonio que dio 20 años después al diario La Razón, tomó la decisión que durante los siguientes 45 años no se atrevió a contarle a ningún periodista mexicano la decisión de regresar a la casa de adobe de la colonia Jesús del Monte de Cuajimalpa después de 13 años exactos sin pisar el barrio.
Para hacerle al padre José pintor una sola pregunta. A las 3:30 de la madrugada del 5 de noviembre de 1980, después de caminar 17 km en una noche fría, el grillo tocó la puerta de la casa donde había nacido. El padre abrió en pijama, 63 años, la cara hinchada por el alcohol. Padre e hijo no se habían visto durante 13 años exactos.
Y según el testimonio del grillo a la razón, el padre no se sorprendió. Lo único que dijo antes de dejarlo entrar fue una pregunta de cinco palabras. ¿Ya viniste a verme, hijo? Esa pregunta del padre José Pintor en la puerta de la vivienda la madrugada de esa madrugada. Esa pregunta de, “¿Ya viniste a verme, hijo?” No era exactamente la pregunta inocente de un padre alcohólico recibiendo al hijo perdido después de 13 años.
Era exactamente la pregunta que el campeón mexicano, según el testimonio que dio dos décadas después a la razón, había estado esperando escuchar desde la madrugada del primero de junio de 1979 dentro del cuarto del Caesars Palace. La pregunta que confirmaba sin palabras lo que el grillo ya sabía desde el primer sobre amarillo de papel Manila.
El grillo entró a la casa 13 años desde la última vez. La casa estaba igual. La colchoneta de paja seguía en el rincón y el cajón principal del comedor seguía cerrado con la misma cerradura oxidada. El grillo caminó hacia el cajón sin saludar al padre. Lo abrió y encontró exactamente lo que sabía desde la tarde del hotel Figueroa que iban a encontrar.
El cajón estaba vacío. La evilla ya no estaba dentro. La evilla esa madrugada estaba en el bolsillo izquierdo del pantalón del grillo, dentro del segundo sobre amarillo que el hombre del traje gris claro le había entregado 18 horas antes del knockout fatal de Johnny Owen. El grillo sacó el segundo sobre del bolsillo izquierdo del pantalón, lo puso encima de la mesa del comedor delante del padre y le hizo al padre una sola pregunta, una pregunta de seis palabras.
La pregunta exacta del grillo esa madrugada del 5 de noviembre fue, “¿Tú mandaste los dos sobres, padre?” José pintor se sentó en la silla del comedor sin responder. Se sirvió un vaso grande de aguardiente de caña y durante los siguientes 14 minutos, mientras Lupe Pintor seguía de pie delante de la mesa del comedor con el segundo sobre amarillo abierto encima de la madera, el padre no dijo una sola palabra.
Pero esos 14 minutos de silencio del padre sentado en la silla del comedor de la casa la madrugada de aquel esa madrugada delante del hijo campeón mundial peso gallo del CMB. Esos 14 minutos en silencio con un vaso de aguardiente de caña en la mano derecha. No eran exactamente el silencio de un padre alcohólico sorprendido por la visita inesperada del hijo perdido.
Eran el silencio del que confirma con la falta de palabras lo que el grillo ya sabía. Cuando el padre finalmente habló a las 4:14 de la madrugada, según el testimonio del propio Lupe Pintor a la Razón, le respondió al hijo exactamente lo siguiente. Le dijo que durante los 12 años entre la huida del chamaco en 1967 y esa madrugada del César’s Palace en 1979, había estado siguiéndole los pasos al hijo desde la distancia.
Lo había visto pelear como amateur, lo había visto debutar como profesional. Y cuando el grillo llegó a la pelea contra Sarate en junio de 1979, el padre, ya con 62 años trabajando como velador nocturno de una bodega de la colonia Morelos, había contactado a un hombre del barrio de Tepito. ese hombre del barrio de Tepito de la Ciudad de México que el padre contactó en mayo de 1979, exactamente tres semanas antes de la pelea polémica del grillo contra Carlos Sarate dentro del Hotel de Las Vegas, no era exactamente un vecino cualquiera de
los mercados de la colonia popular. Era un hombre que durante los años 70 había estado arreglando peleas profesionales mexicanas en complicidad con apostadores estadounidenses de Las Vegas y con un manager británico de Cardif que tenía conexiones directas con el Galés. Lo que José Pintor le confesó al grillo pintor es madrugada de esa madrugada dentro de la cocina de la casa de Adobe.
Según el testimonio que el propio Lupe Pintor dio 20 años después al periódico fue exactamente lo siguiente. padre. En mayo de 1979 le había vendido al apostador del barrio de Tepito la evilla de bronce oxidado con la calavera mexicana, esa misma evilla con la que había golpeado al chamaco cada noche durante 6 años por 15,000 pesos mexicanos.
Al cambio de aquella semana, el padre había vendido el objeto físico que más sufrimiento le había causado al hijo, a un apostador profesional. para que el apostador metiera la evilla dentro de un el sobre junto a dos líneas escritas a máquina y se lo entregara al grillo tres días antes de la pelea contra Sarate.
Y el motivo que el padre le dio al hijo esa madrugada del 5 de noviembre, según las palabras textuales, que el grillo le contaría 20 años después al periodista de la razón fue una frase de 12 palabras. La frase exacta del padre fue, “Te di mi peor herencia para que ganaras tu mejor pelea.” Pero esa confesión del padre esa madrugada de esa madrugada encima de la mesa del comedor de la esa casa.
Esa confesión de haber vendido la evilla al apostador del barrio de Tepito por 15000 pesos mexicanos. No era exactamente la asquerosa verdad completa de lo que el campeón mexicano descubrió esa madrugada dentro de la casa. Había algo más. Algo que el padre confesó al final, algo que durante los siguientes 45 años el grillo no se atrevió a contarle a ningún periodista mexicano.
Lo que José Pintor le confesó al grillo pintor al final de la conversación de la madrugada de aquella madrugada encima de la mesa del comedor de la vivienda. Según contó 20 años después a la razón en la entrevista del año 2000, fue exactamente lo siguiente. El padre confesó que él durante los 6 años entre 1961 y 1967 dentro de la casa, nunca se había detenido, nunca había parado de pegarle al chamaco, nunca había bajado la evilla del cinturón cuando el chamaco se lo había pedido.
razón, según las palabras textuales del padre esa madrugada, no era el alcohol, no era la cantina del barrio, no era el aguardiente de caña. La razón era exactamente una cosa que el padre le confesó al hijo encima de la mesa del comedor, sentado en la silla con el vaso de aguardiente en la mano derecha. El padre dijo que durante 6 años no había parado de pegar porque su propio padre, el abuelo del grillo, un campesino del estado de Guanajuato, nunca había parado de pegarle a él durante los primeros 12 años de su propia vida. Y porque el padre esa
madrugada de esa madrugada delante del hijo campeón mundial sabía exactamente lo que el grillo había hecho dentro del ring del auditorio olímpico de los Ángeles 18 horas antes. Sabía que el grillo había escuchado al galéso impedirle directamente que parara la pelea en el clinch del décimo asalto y sabía que el grillo no había parado.
La frase exacta que el padre le dijo al grillo esa madrugada de esa madrugada. Según las palabras textuales que el grillo dio 20 años después a la razón, fue una frase de 15 palabras. La frase exacta del padre fue, “Tú no paraste a Owen porque yo nunca paré contigo durante los primeros 12 años.” La cadena generacional completa.
Tres generaciones de hombres que no aprendieron a parar. El abuelo campesino de Guanajuato que pegó durante los años 40 dentro de una esa casa del campo mexicano. padre obrero de la fábrica de muebles del barrio que pegó durante los años 60 dentro de la casa de la El Barrio y Lupe Pintor, dos veces campeón mundial peso gallo del Consejo Mundial, que el 19 de septiembre de 1980 dentro del ring del ring, le aplicó al Galés el galés un uppercut final del round 12 que 5,000 espectadores escucharon en silencio desde las gradas. Tres generaciones de
hombres que recibieron exactamente la misma lección de sus padres y tres generaciones que repitieron exactamente la misma lección sobre la siguiente generación. El grillo, esa madrugada de aquella madrugada encima de la mesa del comedor de la casa familiar, no le pegó al padre, no le gritó, no le exigió devolver los 15,000 pesos al apostador del barrio de Tepito.
Lo que hizo fue mucho peor. Tomó el segundo ese sobre de encima de la mesa, sacó la evilla del padre del padre, la puso encima de la mesa del comedor delante del padre y le dijo al Padre una sola frase, una frase de ocho palabras. La frase exacta del grillo esa madrugada fue: “Ahora la herencia regresa a su dueño original.
” Salió de la vivienda a las 5:20 de la madrugada de esa madrugada, sin volver a verle la cara al padre, sin despedirse, sin cerrar la puerta detrás de él, y caminó otros 17 km hasta la Romero Rubio. 5 horas de camino. José Pintor murió 4 años después, el 12 de marzo de 1984, desirrosis hepática avanzada dentro de la misma casa.
Solo y según los registros del juzgado familiar del barrio, fue el campeón mexicano el único hijo que firmó los papeles del entierro del padre. Pero esa madrugada de esa madrugada no fue el final de la culpa del grillo. Fue el principio de 45 años en que José Guadalupe Pintor Guzmán iba a cargar dentro de la cabeza con la frase del padre encima de la mesa del comedor.
Tú no paraste a Owen porque yo nunca paré contigo durante los primeros 12 años. En el otoño del año 2002, 22 años después, la familia del Galés invitó al grillo a Merir Titfield para la inauguración de una estatua de bronce de Owen. El padre Dick Owen lo recibió con un abrazo silencioso de 47 segundos. Y esa noche, dentro de la casa modesta del padre del Galés, Dick Owen le contó al grillo una cosa que había guardado durante 22 años.
Johnny Owen durante los 6 meses previos a la pelea había estado pagando deudas de juego de su propio padre con apostadores del puerto de Cardiff, 35,000 libras. Johnny Owen había peleado contra el grillo con la única intención de ganar la bolsa para cubrir las deudas del padre. Dos padres, dos hijos, dos países y exactamente la misma cadena generacional.
El padre en Cuajimalpa, que vendió la evilla del propio chamaco al apostador del barrio de Tepito para que su hijo ejecutara dos órdenes dentro de dos rings. El padre Dick Owen en Cardif, que metió a su propio hijo en una pelea por el cetro mundial peso gallo para cubrir sus propias deudas de juego en el puerto Galés.
Dos chamacos que no eligieron pelear esa noche del 19 de septiembre de 1980 dentro del cuadrilátero. Dos chamacos que pelearon por orden indirecta de los padres y un solo muerto al final del asalto final. Las cadenas familiares más oscuras no son las de los padres que se van, son las de los padres que no aprendieron a parar.
Las cadenas que cruzan océanos, las que llegan desde el campo mexicano de Guanajuato hasta el puerto de Cardif de Gales. Las que terminan con un chamaco galés muerto en una cama del Hospital California de Los Ángeles y un campeón mexicano de 70 años, yendo dos veces por semana al consultorio privado de la colonia Polanco de la Ciudad de México.
Las cadenas que el chamaco de 12 años nunca pudo cortar, porque para cortarlas necesitaba algo que durante 5 años en las calles del centro de la ciudad de México no aprendió. Algo que el padre durante 6 años de violencia dentro de la esa casa le quitó sin que el chamaco se diera cuenta. La capacidad de parar cuando había que parar.
Si esta historia te hizo pensar en una pelea de tu propia familia que nunca debiste haber peleado, en una herencia que recibiste sin pedirla, en un padre cuya frase todavía te suena dentro de la cabeza 40 años después, llámalo hoy, no mañana, hoy, antes de que sea esa madrugada del 5 de noviembre y el cajón principal del comedor esté vacío.
Lupe Pintor, José Guadalupe Pintor Guzmán, dos veces campeón mundial, hoy con 70 años de edad, daría todos los cetros mundiales del mundo por haberle hecho a su padre José Pintor esa pregunta de seis palabras dentro de la casa de Adobe, la noche del 14 de noviembre de 1967. La pregunta que el chamaco de 12 años no se atrevió a nacer antes de huir.
La pregunta de por qué no paras, padre. Suscríbete a Estrellas Caídas para seguir descubriendo lo que ningún deporte se atrevió a contar.