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Era una tarde de martes, de esas que huelen a café quemado y a aburrimiento existencial.

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### PARTE 1

Era una tarde de martes, de esas que huelen a café quemado y a aburrimiento existencial.

Estaba sentada en mi rincón favorito de la terraza.

Mirando la gente pasar, como quien ve una película en bucle.

Entonces la vi.

Lucía.

Apareció caminando con esa seguridad impostada que siempre ha tenido.

Pero había algo que chirriaba en su conjunto.

Algo que me puso los pelos de punta al instante.

Llevaba puesta mi chaqueta vaquera.

La que compré en ese mercadillo perdido de Malasaña, la que tiene ese descosido particular en la manga izquierda.

No era una chaqueta parecida.

Era la mía.

O, mejor dicho, una copia idéntica que ni siquiera se molestó en disimular.

Me quedé helada.

Con la taza de café a medio camino de los labios.

Sentí un escalofrío que me recorrió la espalda, como si me hubieran echado un cubo de hielo por dentro de la blusa.

“¿Será una coincidencia?”, pensé, intentando buscar una explicación lógica, como una madre que justifica las travesuras de su hijo.

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