### PARTE 1
Era una tarde de martes, de esas que huelen a café quemado y a aburrimiento existencial.
Estaba sentada en mi rincón favorito de la terraza.
Mirando la gente pasar, como quien ve una película en bucle.
Entonces la vi.
Lucía.
Apareció caminando con esa seguridad impostada que siempre ha tenido.
Pero había algo que chirriaba en su conjunto.
Algo que me puso los pelos de punta al instante.
Llevaba puesta mi chaqueta vaquera.
La que compré en ese mercadillo perdido de Malasaña, la que tiene ese descosido particular en la manga izquierda.
No era una chaqueta parecida.
Era la mía.
O, mejor dicho, una copia idéntica que ni siquiera se molestó en disimular.
Me quedé helada.
Con la taza de café a medio camino de los labios.
Sentí un escalofrío que me recorrió la espalda, como si me hubieran echado un cubo de hielo por dentro de la blusa.
“¿Será una coincidencia?”, pensé, intentando buscar una explicación lógica, como una madre que justifica las travesuras de su hijo.
“No, imposible”, me contesté a mí misma, con la lógica aplastante de quien ya empieza a mosquearse.
Lucía se acercó, sonriendo como si nada pasara.
Esa sonrisa ensayada que pone cuando quiere sacar algo de alguien.
—¡Hola, tía! —dijo, plantándose delante de mi mesa.
Su voz sonaba exactamente como la mía.
No es que habláramos parecido, es que imitaba mis pausas, mis muletillas, hasta el tono de voz que uso cuando estoy cansada.
—¿Qué pasa? —le respondí, tratando de que mi voz sonara natural.
Pero me salió un gruñido seco, áspero.
Ella no se inmutó.
Se sentó en la silla de enfrente sin pedir permiso.
Como si fuera la dueña del local.
Como si fuera la dueña de mi espacio vital.
Y ahí estaba la chaqueta.
Con el descosido.
La misma mancha de tinta que yo le hice el primer día.
Es que era imposible que fuera otra.
—Me encanta tu chaqueta —le dije, poniendo a prueba mis límites.
Ella se miró el brazo con una parsimonia irritante.
—Ah, ¿esta? —dijo, riendo nerviosa—. Me la compré el otro día. No veas qué chollo encontré.
Me miró a los ojos.
Ni una gota de duda.
Ni un ápice de vergüenza.
Me estaba mintiendo en la cara, descaradamente.
Y lo peor es que me estaba estudiando.
Estaba viendo cómo reaccionaba.
Como si yo fuera un experimento de laboratorio.
“No te ralles, Elena”, me dije a mí misma, apretando los dientes.
“Es solo una prenda de ropa”.
“Es solo una coincidencia ridícula”.
Pero mi cerebro no paraba de rebobinar.
Empecé a pensar en el último mes.
La forma de hablar.
Las palabras que elegía.
De repente, recordé cómo el otro día le dije a mi madre que estaba “hasta las narices” de todo.
Y ayer, escuché a Lucía decirle lo mismo a su jefe, calcando mi entonación.
Casi exacta.
Me dio un vuelco el corazón.
Empecé a sentirme observada.
No solo ahora, en el bar.
Sino siempre.
Como si tuviera una sombra que no me dejaba ni respirar.
—¿Te pasa algo? —me preguntó ella, inclinando la cabeza.
Ese gesto.
Era mi gesto.
El que hago cuando me preocupo por alguien.
—No, nada —mentí, sintiendo una náusea repentina—. Solo estoy un poco cansada.
—Ya te entiendo —dijo ella—. Es que a veces, esta ciudad es demasiado, ¿no?
No.
No me entiendes.
Tú no entiendes nada.
Tú solo eres un espejo roto.
Un reflejo distorsionado de mi propia vida.
Y eso me empezó a dar miedo.
Un miedo profundo, irracional.
Porque, ¿dónde terminaba yo y dónde empezaba ella?
¿Era yo una persona original, o solo una fuente de inspiración para alguien sin alma propia?
—Oye —dije, cambiando de tema, necesitando aire—. ¿Has visto lo de las fotos de Instagram?
Ella se tensó.
Por un milisegundo, vi el pánico en sus ojos.
Antes de que volviera a ponerse su máscara de indiferencia.
—¿Qué fotos? —preguntó, fingiendo despiste.
—Las de mis vacaciones —respondí, clavándole la mirada—. Las que subí la semana pasada.
Ella se encogió de hombros.
—Ah, sí. Qué viaje más chulo. Me dieron ganas de ir, la verdad.
“Claro que te dieron ganas”, pensé, con una rabia que me quemaba por dentro.
“Porque las copiaste”.
No solo el destino.
Las poses.
Los filtros.
El tipo de comentario que puse debajo.
Era como si estuviera viendo mi vida desde fuera, como una espectadora de lujo que se lo estaba pasando pipa a mi costa.
—Es que me pareció curioso —continué, midiendo cada palabra como si fuera un cirujano—. Que pusieras la misma frase que yo en tu pie de foto.
Ella se rió.
Una risa corta, nerviosa, que no llegaba a sus ojos.
—¿De verdad? —dijo, fingiendo sorpresa—. Ni me acordaba, tía. Ya sabes cómo soy de despistada.
Despistada.
Sí, claro.
La gente despistada no memoriza los posts de sus amigos para replicarlos al detalle.
La gente despistada no elige el mismo ángulo de luz para una foto que ya se ha hecho viral en el perfil de otra persona.
Me tomé el café de un trago, sintiendo cómo la cafeína me aceleraba el pulso.
Necesitaba salir de allí.
Necesitaba alejarme de ese espejo viviente.
—Me tengo que ir —dije, levantándome de golpe.
—¿Ya? —preguntó ella, con una sombra de decepción en la cara—. Pero si acabamos de llegar.
—Sí, tengo cosas que hacer —respondí, sin mirar atrás.
Caminé por la calle principal con el paso ligero, como si estuviera huyendo de algo que no podía ver, pero que podía sentir detrás de mí.
Cada escaparate que pasaba me recordaba a algo.
A un momento.
A una decisión que había tomado.
Y en cada reflejo, me imaginaba a Lucía.
Siguiéndome.
Aprendiéndose mis movimientos.
Estudiando mi forma de caminar, la inclinación de mis hombros, la manera en que aparto el pelo de mi cara.
“¿Cuándo empezó esto?”, me pregunté, entrando en un callejón para atajar hacia mi casa.
“¿Fue en la universidad?”.
“¿O fue mucho antes?”.
Quizás siempre había estado ahí.
Observando.
Tomando notas mentales.
Como un depredador que espera el momento justo para atacar.
Pero, ¿qué quería?
¿Quería ser yo?
¿O simplemente quería destruirme, borrándome de mi propia existencia mediante la imitación?
Llegué a mi portal y me detuve un segundo.
Mirando hacia atrás, a la calle vacía.
Nada.
Solo el ruido del tráfico a lo lejos.
Subí las escaleras de dos en dos, sintiendo que el corazón me iba a estallar en el pecho.
Entré en casa y cerré la puerta con llave.
Tres veces.
Me apoyé contra la madera, respirando agitadamente.
Necesitaba un plan.
Necesitaba demostrar que estaba loca, o demostrar que ella estaba cruzando una línea que no tenía vuelta atrás.
Fui al baño y me miré en el espejo.
Estaba pálida.
Mis ojos estaban inyectados en sangre.
“Esto no puede seguir así”, me dije.
“Tienes que hacer algo, Elena”.
“Tienes que ponerla a prueba”.
Pero, ¿cómo?
¿Cómo desenmascaras a alguien que se ha mimetizado contigo hasta tal punto que ya no sabes qué es tuyo y qué es suyo?
Fui a la cocina y me serví un vaso de agua.
El silencio de la casa era ensordecedor.
Demasiado tranquilo.
Demasiado parecido a la calma que precede a una tormenta.
Cogí el móvil y abrí Instagram.
Ahí estaban nuestras vidas, superpuestas.
Un collage de copias.
De momentos robados.
De sonrisas alquiladas.
Me senté en el sofá y empecé a navegar por su perfil.
Bajando, bajando, bajando.
Como un detective buscando una pista en un archivo olvidado.
Y ahí estaba la prueba definitiva.
No solo la ropa.
No solo las fotos.
Algo más sutil.
Algo más profundo.
El texto de sus publicaciones.
Cambiaba de opinión cuando yo cambiaba de opinión.
Si yo decía que odiaba el sushi, ella lo odiaba dos días después.
Si yo decía que me encantaba el invierno, ella empezaba a publicar fotos de bufandas y cafés calientes.
Era una marioneta.
Un eco.
Un fallo en la matriz.
Me tiré en el sofá y cerré los ojos, sintiendo un agotamiento que no era físico, sino mental.
Un agotamiento de existir por las dos.
De tener que ser yo y, de alguna manera, ser ella también.
Porque cuando ella me copia, me obliga a preguntarme si soy original.
Si mis gustos son míos o si ella los ha contaminado con su sombra.
Y en ese momento, en la penumbra de mi salón, tomé una decisión.
Una decisión que iba a cambiarlo todo.
Iba a crear una mentira.
Una mentira tan grande, tan ridícula, tan fuera de lo común, que no tendría más remedio que caer en la trampa.
Iba a ser mi cebo.
Mi red de seguridad.
Si ella se tragaba esa mentira, tendría la prueba.
La prueba definitiva de que mi vida era su objetivo.
Y entonces, solo entonces, podría enfrentarme a ella.
O simplemente, desaparecer.
Empecé a imaginar el escenario.
Algo que fuera lo suficientemente creíble para ella, pero lo suficientemente absurdo para que cualquiera con dos dedos de frente se diera cuenta de que era una parodia.
¿Un cambio de trabajo?
¿Un nuevo hobby extremo?
¿Una mudanza?
Sí.
Una mudanza.
Era perfecto.
Era el sacrificio definitivo.
El cambio radical que nadie espera.
Me imaginé anunciándolo.
La expectación.

La forma en que ella se comería el anzuelo, tratando de ser la primera en apuntarse a mi supuesta aventura.
Y luego, el golpe de gracia.
El momento en que ella anunciara lo mismo.
Y yo pudiera decirle: “Es mentira, Lucía. Todo es mentira”.
La sola idea me hizo sonreír.
Una sonrisa maliciosa, oscura.
Diferente a todas las que ella me había copiado hasta ahora.
Esta era mía.
Solo mía.
Me levanté del sofá con una nueva energía, recorriendo la casa con la mirada.
Ya no era solo mi hogar.
Era un escenario.
Un plató de cine donde yo iba a dirigir mi propia obra.
“Vale”, me dije, preparándome para la primera escena.
“Vamos a jugar”.
Porque esto ya no era una amistad.
Era una partida de ajedrez.
Y yo estaba decidida a ganar, aunque tuviera que sacrificar mi propia paz mental para conseguirlo.
Porque al final del día, ella podía copiar mi chaqueta.
Podía copiar mis fotos.
Podía copiar mis palabras.
Pero no podía copiar mi mente.
No podía copiar mi capacidad de inventar una realidad falsa, una mentira tan perfecta que la destruiría desde dentro.
Me senté frente al ordenador, con el cursor parpadeando en la pantalla en blanco.
Como un latido.
Un ritmo constante que marcaba el inicio de mi gran obra.
¿Por dónde empezar?
¿Cómo contarle al mundo, y especialmente a ella, que mi vida estaba a punto de dar un giro de 180 grados?
Tenía que ser sutil.
Estratégico.
No podía ser obvio.
Tenía que parecer un impulso.
Algo que se me había ocurrido de la noche a la mañana.
Como si el destino hubiera llamado a mi puerta y yo hubiera decidido abrirle.
Empecé a escribir.
Borré la primera frase.
Demasiado dramática.
Borré la segunda.
Demasiado plana.
Hasta que di con ella.
La frase perfecta.
La que sembraría la semilla de la duda en su mente.
“A veces, sientes que el lugar donde estás no es donde perteneces”.
Sí.
Eso era perfecto.
Vago, profundo, con ese punto de misterio que ella no podría resistirse a imitar.
Le di a publicar.
El botón de ‘enviar’ se sintió como el gatillo de un arma.
Un disparo en la oscuridad.
Ahora, solo era cuestión de esperar.
Esperar a que ella viera el post.
Esperar a que ella sintiera la necesidad de reaccionar.
Esperar a ver cuánto tiempo tardaba en empezar a sentirse inquieta.
En sentir que se estaba quedando atrás.
Porque ese era su mayor miedo, ¿verdad?
Quedarse atrás.
Perder el ritmo de mi vida.
Perder el rastro de mi supuesta autenticidad.
Me serví una copa de vino y me senté en el balcón, mirando hacia la calle.
La ciudad seguía su curso, ajena a mi pequeña guerra psicológica.
Pero yo sabía.
Yo sabía que algo había cambiado.
Que el aire se había vuelto más pesado, más tenso.
Que en algún lugar, en algún sitio que no podía ver, ella estaba leyendo mis palabras.
Y empezaba a planear su siguiente movimiento.
Esto iba a ser largo.
Iba a ser doloroso.
Pero iba a ser divertido.
Tan divertido como ver caer una ficha de dominó tras otra.
Solo tenía que mantener la calma.
Seguir el guion que yo misma había escrito.
Y, sobre todo, no dejar que ella viera el miedo en mis ojos.
Porque el miedo es lo que le da poder.
Y yo ya no iba a darle más poder.
Se acabó el ser su musa.
Ahora, iba a ser su verdugo.
Me terminé el vino, sintiendo cómo el calor del alcohol me relajaba los músculos.
La noche estaba cayendo, envolviendo la ciudad en un manto de sombras.
Sombras que, por una vez, me parecían aliadas.
Aliadas en este juego de espejos, de imitaciones, de verdades a medias.
Estaba lista.
Lista para la siguiente fase.
Lista para ver cómo Lucía intentaba seguir mis pasos, sin saber que el camino que estaba tomando no llevaba a ninguna parte.
Solo a un abismo.
Un abismo de su propia creación.
Y yo estaría allí, mirando desde la distancia, con una sonrisa en los labios.
Una sonrisa que, por fin, era solo mía.
—
### PARTE 2
Los días siguientes fueron una tortura china.
Lenta, metódica, diseñada para volverme loca.
O para volverla loca a ella, ya ni sabía.
Publicaba cosas al azar.
Fotos de libros que no estaba leyendo.
Citas sobre viajes que no tenía planeados.
Pensamientos sobre filosofías que ni siquiera entendía del todo.
Y ella, como un reloj suizo, replicaba.
No al instante, no.
Eso sería demasiado obvio, incluso para ella.
Esperaba.
Unas horas.
A veces, un día entero.
Para que pareciera natural.
Para que pareciera que a ella también se le habían ocurrido esas ideas tan brillantes por su cuenta.
“Qué interesante ese libro, ¿verdad?”, me escribió por WhatsApp.
“Lo estoy leyendo ahora mismo y me está cambiando la vida”.
Lo leí, sintiendo cómo una bilis amarga subía por mi garganta.
No lo estaba leyendo.
Ni de coña.
El libro era un ensayo esotérico sobre la arquitectura de los sueños.
Un aburrimiento absoluto que me compré en una librería de saldo solo porque la portada era bonita.
—Ah, ¿sí? —le respondí, con la parsimonia de un verdugo—. ¿Qué parte te ha gustado más?
Silencio.

Tres puntos suspensivos que duraron una eternidad.
Como si estuviera buscando la respuesta en Google.
O en algún foro de literatura barata.
—Bueno, es muy denso —escribió finalmente—. Me ha gustado mucho la parte del principio, donde habla de la introspección.
“Introspección”.
Claro.
La palabra comodín.
—Qué curioso —le respondí, sin piedad—. Porque el libro no tiene prólogo. Empieza directamente con un análisis técnico sobre estructuras.
Más silencio.
Esta vez, más largo.
Empecé a reírme sola en el salón.
Una risa histérica, descontrolada.
Imaginándola ahí, al otro lado de la pantalla, sudando tinta, intentando salvar la cara.
—Ay, perdón —escribió minutos después, con esa ligereza irritante—. Es que me estoy leyendo dos a la vez y me he liado. El otro es más teórico.
“El otro”.
Claro que sí.
Seguro que se había inventado una biblioteca entera solo para seguirme el ritmo.
Esta partida estaba siendo demasiado fácil.
Demasiado predecible.
Necesitaba subir la apuesta.
Necesitaba algo que fuera inconfundible.
Algo tan personal, tan específico, que ella no pudiera copiarlo sin quedar en evidencia ante todo el mundo.
Me puse a pensar.
¿Qué me define a mí?
¿Qué es lo que ella jamás podría robarme?
Mis recuerdos.
Mis traumas.
Mis cicatrices.
No, eso era demasiado oscuro.
Algo más superficial.
Algo relacionado con mi entorno.
Mi casa.
Mi barrio.
¿Y si me mudaba?
No de verdad.
No tenía dinero para mudarme.
Pero, ¿y si *fingía* que me mudaba?
¿Y si creaba toda una narrativa de búsqueda de piso, de cajas de cartón, de despedidas melancólicas?
Ella no podría mudarse de verdad.
Eso implicaba dinero, contratos, logística.
Pero podría decir que lo estaba haciendo.
Podría decir que estaba buscando.
Y si lo hacía, si se sumaba a mi “búsqueda” sin tener ni un duro en el banco, entonces quedaría en ridículo.
La trampa estaba tendida.
Empecé a soltar las pistas.
Una foto de un montón de cajas de cartón en el pasillo.
Eran cajas que había guardado de mis compras online, pero en la foto parecían una mudanza inminente.
El pie de foto: “A veces, hay que dejar ir todo lo que nos ata para poder empezar de nuevo”.
Publicado.
Ahora, a esperar.
La espera fue tensa, cargada de una electricidad estática que hacía que mi piel se erizara.
No tardó mucho.
Esa misma tarde, Lucía publicó una historia.
Un plano corto de unas cajas apiladas en un rincón de su salón.
Exactamente el mismo tipo de cajas.
El pie de foto: “Nuevos comienzos. A veces es necesario un cambio de aires”.
Me quedé mirando la pantalla del móvil, con la boca abierta.
¿En serio?
¿Hasta ese punto llegaba?
No es que hubiera copiado la idea.
Había copiado la estética.
Había recreado mi puesta en escena en su propia casa.
Sentí una mezcla de asco y fascinación.
Era un nivel de patología que superaba todo lo que había imaginado.
¿Quién era esta persona?
¿Qué vacío tenía dentro que necesitaba llenarlo con retazos de mi existencia?
Me sentí un poco culpable.
¿Estaba alimentando su locura?
¿Estaba creando un monstruo?
Pero luego, recordé la chaqueta.
El descosido.
La mirada vacía.
La forma en que había intentado usurpar mi identidad.
No.
No era yo la que alimentaba su locura.
Era ella la que la provocaba.
Y yo solo estaba reflejando esa locura hacia ella, devolviéndole su propio espejo.
Decidí ir a por todas.
La siguiente fase del plan: la ubicación.
“¿Qué ciudad me recomiendas para empezar de nuevo?”, escribí en mis historias.
“Algo tranquilo, pero con alma. Valencia, quizá?”.
Valencia.
¿Por qué Valencia?
No tenía ni idea.
Nunca había estado en Valencia.
Pero sonaba bien.
Sonaba a cambio.
A brisa marina y paella.
Esperé la respuesta.
No tardó ni dos horas.
Lucía publicó una historia: “Preparando maletas. ¡Valencia, allá voy!”.
Casi me caigo de la silla de la risa.
Era demasiado.
Era tan absurdo que parecía una comedia de enredo.
¿Se iba a mudar a Valencia de repente?
¿Dejando su trabajo?
¿Dejando su vida?
Esto ya no era envidia.
Era obsesión pura.
Una obsesión que rozaba el trastorno mental.
Me sentí poderosa.
Era como si fuera la directora de una obra de teatro y ella fuera mi actriz principal, la que seguía mis instrucciones sin cuestionar nada, sin entender que el guion que yo escribía la llevaba directamente al desastre.
Pero, ¿qué pasaba si ella realmente lo hacía?
¿Qué pasaba si se mudaba?

¿Qué pasaba si nos encontrábamos en Valencia?
La idea me dio vértigo.
Pero también una emoción desconocida.
La emoción de la aventura.
La emoción de estar jugando un juego peligroso donde las reglas las ponía yo.
O eso creía.
Porque, ¿qué pasaba si ella, en su locura, se adelantaba?
¿Qué pasaba si llegaba a Valencia antes que yo y empezaba a construir una vida allí, copiando mis supuestos pasos?
La idea era aterradora.
Y, a la vez, brillante.
Una vida ficticia construida por dos personas que no tenían ni idea de lo que estaban haciendo.
Dos sombras persiguiéndose en un laberinto de espejos.
Me levanté y caminé hacia la ventana, mirando la calle.
La noche estaba clara, iluminada por las farolas que formaban una procesión de luz hacia el infinito.
¿Debería detenerlo?
¿Debería decirle que todo era una broma?
¿Que no me mudaba?
¿Que Valencia era solo una palabra al azar?
Miré el móvil, con el pulgar suspendido sobre la pantalla.
Podía borrarlo todo.
Podía decir que me había arrepentido.
Que me quedaba aquí.
Pero, ¿qué ganaba con eso?
¿Que ella volviera a ser la misma de antes?
¿La misma que me copiaba la ropa, los gestos, la vida?
No.
Prefería este caos.
Prefería este juego de sombras, donde al menos yo tenía el control de la narrativa.
Donde yo era la que marcaba el ritmo.
Donde yo era la que decidía hacia dónde íbamos.
Y donde, por primera vez en mucho tiempo, Lucía no tenía ni idea de lo que estaba pasando.
Me volví hacia el salón.
Todo estaba en calma.
Mis libros, mi ropa, mi vida.
Mi vida, que ahora parecía un lienzo en blanco, listo para ser pintado con los colores que yo eligiera.
Me senté en el suelo, rodeada de mis cajas vacías, y empecé a planear el siguiente paso.
Algo más grande.
Algo más arriesgado.
Si Valencia era el destino, ¿qué pasaría después?
¿Un nuevo trabajo?
¿Una nueva pareja?
¿Una nueva personalidad?
Sí.
Una personalidad.
Iba a cambiar mi forma de ser.
Iba a ser más reservada, más misteriosa.
Iba a dejar de publicar tanto.
Iba a crear un aura de secretismo.
A ver cómo reaccionaba ella a eso.
A ver si podía copiar el silencio.
Porque el silencio, a diferencia de las palabras, no se puede imitar.
El silencio es personal.
El silencio es tuyo.
El silencio es la única cosa que ella nunca podría robarme.
Y, sin embargo, el silencio también puede ser una forma de comunicación.
Una comunicación que ella tendría que descifrar.
Que tendría que intentar copiar, sin entender que el silencio no es una ausencia de contenido, sino una presencia de significado.
Estaba lista.
El plan estaba en marcha.
La trampa estaba puesta.
Ahora solo quedaba esperar a ver quién caía primero.
O si, en este juego de espejos, al final terminábamos cayendo las dos.
Me acosté, dejando el móvil en la mesita de noche.
La pantalla parpadeó una vez más, con una notificación.
Un mensaje de Lucía.
“¿Cuándo te vas a Valencia? Quizá coincidamos”.
Me reí, sintiendo una mezcla de triunfo y lástima.
No le contesté.
Dejé que el silencio fuera mi respuesta.
Un silencio que, sabía, le iba a doler más que cualquier palabra.
Un silencio que, por fin, era mío.
Cerré los ojos, sintiendo el peso de la decisión.
Mañana sería un nuevo día.
Un nuevo capítulo.
Una nueva fase en esta extraña partida de ajedrez donde yo, contra todo pronóstico, me sentía más viva que nunca.
Incluso cuando estaba jugando a ser alguien que no era.
O, tal vez, precisamente por eso.
Porque a veces, para encontrarte a ti misma, tienes que perderte en una mentira.
O en la sombra de otra persona.
Y yo estaba dispuesta a perderme.
Tan profundamente como fuera necesario.
Para ver qué quedaba de mí al otro lado del abismo.
El reloj de la pared marcaba las dos de la mañana.
El tic-tac era un recordatorio constante del tiempo que pasaba.
Del tiempo que, tarde o temprano, se nos escaparía de las manos.
Pero ahora, no me importaba.
Ahora, solo me importaba el juego.
Y el juego apenas estaba empezando.
Me arropé con la manta, sintiendo el frío de la noche entrar por la ventana entreabierta.
Un frío que me recordaba que, a pesar de todo, estaba sola.
Sola en esta casa, sola en esta vida, sola en esta mentira.
Pero, ¿no es eso lo que quería?
¿No es eso lo que siempre había buscado?
Un espacio donde nadie pudiera llegar.
Donde nadie pudiera tocarme.
Donde nadie pudiera ser yo, excepto yo misma.
Aunque fuera una versión distorsionada de mí misma.
Aunque fuera una versión que solo existía en mi imaginación.
Era mi versión.
Y eso tenía que ser suficiente.
Me quedé dormida, con la sonrisa todavía en los labios.
Soñando con Valencia, con cajas de cartón, y con una sombra que me perseguía por calles desconocidas.
Una sombra que, en mi sueño, se convertía en luz.
Una luz que, al final, me revelaba la verdad.
Pero eso era para mañana.
Hoy, solo quería descansar.
Descansar de ser yo.
O de ser ella.
O de ser lo que fuera en lo que me estaba convirtiendo.
El juego continuaba.
Y yo estaba lista para el siguiente movimiento.
—
### PARTE 3
Desperté con una sensación extraña en el pecho.
Como si el aire de la habitación se hubiera vuelto más denso, cargado de electricidad estática.
Lo primero que hice fue mirar el móvil.
La pantalla estaba llena de notificaciones.
Mensajes de amigos preguntándome por la mudanza.
“¿Pero qué dices, Elena?”.
“¿Te vas a Valencia?”.
“¿Y el trabajo?”.
“¿Y el alquiler?”.
Me reí para mis adentros.
El rumor se estaba propagando.
La mentira estaba cobrando vida propia, convirtiéndose en una realidad paralela que ya no podía controlar.
Me levanté y fui a la cocina, sintiendo cómo el suelo frío me devolvía a la realidad.
Me preparé un café, disfrutando del aroma que llenaba la casa.
Un café solo, amargo, como me gustaba.
Como *me* gustaba.
No como a ella le gustaba.
O eso creía.
¿Y si a ella también le gustaba el café solo?
¿Y si lo había empezado a tomar por mi culpa?
La duda me asaltó de repente, como un golpe seco.
¿Qué era realmente mío?
¿Mis gustos?
¿Mis manías?

¿Mi forma de ser?
¿O todo eran construcciones sociales, influencias externas, espejismos que yo misma había creado?
Me senté en la mesa, mirando el café humeante.
De repente, la taza me pareció un objeto extraño, alienígena.
¿De verdad me gustaba el café amargo, o solo lo bebía porque me hacía sentir sofisticada, madura, interesante?
¿Y si en realidad prefería el café con leche y azúcar, como una niña pequeña?
La idea me revolvió el estómago.
Era como si toda mi identidad se estuviera desmoronando, pieza a pieza, bajo el peso de mis propias dudas.
Pero entonces, recordé a Lucía.
Y la rabia volvió a encenderse en mi interior, como un fuego que no se apaga.
Lucía.
La que no tenía identidad propia.
La que se alimentaba de la mía.
La que, en este mismo momento, estaría desayunando lo mismo que yo, pensando que eso la hacía más parecida a mí.
Me levanté de la mesa, decidida.
No iba a dejar que ella ganara.
No iba a dejar que ella me quitara ni siquiera mis gustos más simples.
Si quería café amargo, lo tendría.
Si quería mudarse a Valencia, que se mudara.
Pero yo sería la que marcaría el camino.
Yo sería la que dictaría las reglas.
Y si eso significaba volverme loca en el proceso, pues que así fuera.
Miré el ordenador.
Tenía un montón de correos electrónicos.
De trabajo, de amigos, de conocidos.
Todos preguntando por la “mudanza”.
Respondí a todos con un mensaje críptico, vago.
“Sí, es una decisión importante. Os contaré más pronto”.
Me sentía como una política en plena campaña electoral, gestionando los rumores, controlando la narrativa.
Era estimulante.
Era adictivo.
Entré en mis redes sociales.
Lucía había publicado una foto de su desayuno.
Un café solo, en una taza negra, con un filtro que le daba un toque melancólico.
Y el pie de foto: “La sencillez es la clave de la felicidad”.
Casi escupo el café que tenía en la boca.
“La sencillez es la clave de la felicidad”.
¿En serio?
¿De dónde lo había sacado?
¿De alguna frase motivacional de Pinterest?
Era ridículo.
Era patético.
Era… exactamente lo que yo habría puesto.
Me puse en pie, dando vueltas por el salón.
Esto ya no era un juego.
Era una invasión.
Una invasión de mi privacidad, de mi mente, de mi propia alma.
Tenía que detenerla.
Pero, ¿cómo?
¿Cómo detienes a alguien que vive dentro de ti, aunque solo sea en su imaginación?
¿Cómo expulsas a alguien que se ha infiltrado en tu vida, que se ha vuelto parte de tu sombra?
No podías.
No puedes expulsar a una parte de ti misma.
Y, en cierto modo, ella era parte de mí.
La parte que no me atrevía a mostrar.
La parte que quería ser como los demás, que quería encajar, que quería ser amada.
La parte que envidiaba a los demás.
La parte que, en el fondo, también quería copiar a alguien.
Me detuve en seco, frente al espejo del pasillo.
Mirándome a los ojos.
¿Y si ella no era la única loca?
¿Y si yo también tenía una parte de ella?
¿Y si todo esto no era más que una proyección de mis propias inseguridades?
La idea me hizo temblar.
No.
No podía ser.
Yo era diferente.
Yo era auténtica.
Yo era… yo.
Pero, ¿qué significaba ser “yo”?
¿Qué quedaba de mí si le quitaba las capas de influencias, de modas, de expectativas sociales?
¿Qué quedaba en el núcleo?
Un vacío.
Un abismo oscuro donde no había nada.
Y quizá, solo quizá, todas las personas eran así.
Un abismo cubierto por una fachada, por una personalidad construida a base de retazos, de copias, de ilusiones.
Y Lucía, en su torpeza, en su desesperación, solo estaba haciendo lo que todos hacíamos.
Solo que, de una forma más evidente.
Más descarada.
Más peligrosa.
Pero, ¿quién era yo para juzgarla?
Yo, que también estaba construyendo una vida ficticia.
Yo, que también estaba fingiendo ser alguien que no era.
Yo, que estaba jugando a ser Dios en mi propia obra de teatro.
Me aparté del espejo, sintiendo una náusea profunda.
Tenía que parar esto.
Tenía que poner fin a esta locura.
Tenía que volver a la realidad, aunque la realidad fuera aburrida, gris, monótona.
Pero, ¿podía volver?
¿Podía simplemente borrar mis publicaciones, disculparme con mis amigos, pedir perdón a Lucía y seguir adelante como si nada hubiera pasado?
¿Podía volver a ser la Elena de antes, la Elena que no se preocupaba por nada, la Elena que vivía en una burbuja de falsa normalidad?
No.
Ya no podía.
Había abierto la caja de Pandora.
Había visto el abismo.
Y el abismo me había mirado de vuelta.
Estaba atrapada.
Atrapada en este juego, en esta mentira, en esta vida que yo misma había creado.
Y no había salida.
No había vuelta atrás.
Solo quedaba avanzar.
Avanzar hacia el final de la obra, hacia el desenlace, hacia lo que fuera que me esperaba al otro lado.
Me senté en el sofá, con la mirada perdida en el techo.
Escuchando el silencio de la casa.
Un silencio que, por primera vez, no me pareció una aliada, sino una amenaza.
Un silencio que me recordaba que estaba sola.
Completamente sola en este laberinto.
Y que, al final, la única persona que podía salvarme… era yo.
O la parte de mí que todavía creía en la verdad.
La parte que todavía podía distinguir entre lo real y lo imaginario.
La parte que, a pesar de todo, seguía ahí, escondida, esperando el momento de salir a la luz.
Me levanté, decidida.
Iba a escribir una última publicación.
Una publicación que lo cambiara todo.
Una publicación que fuera tan radical, tan honesta, tan brutalmente sincera, que ella no pudiera copiarla.
Porque la verdad, la verdad pura y dura, no se puede copiar.
La verdad es un arma que solo puede manejar su dueño.
Me senté frente al ordenador, con los dedos temblorosos sobre las teclas.
No sabía qué iba a escribir.
No tenía un plan.
No tenía un guion.
Solo tenía una cosa: la necesidad de ser yo.
La necesidad de dejar de fingir.
La necesidad de, al menos por un momento, ser real.
Empecé a teclear.
Sin pensar.
Sin corregir.
Dejando que mis pensamientos fluyeran, sin filtros, sin máscaras.
“A veces, nos perdemos en las vidas de los demás porque nos da miedo vivir la nuestra”.
Sí.
Eso era.
“Fingimos ser quienes no somos para encajar en mundos que no nos pertenecen”.
“Y en ese proceso, nos olvidamos de quiénes somos realmente”.
“Estamos tan obsesionados con la imagen que proyectamos, con la vida que mostramos en redes, que nos olvidamos de vivir”.
“De sentir”.
“De ser”.
“Yo también he caído en esa trampa”.
“Yo también he fingido”.
“Y estoy cansada”.
“Cansada de las mentiras”.
“Cansada de las apariencias”.
“Cansada de querer ser alguien que no soy”.
“Hoy, decido parar”.
“Decido volver a ser yo”.
“Sin filtros”.
“Sin máscaras”.
“Sin copias”.
“Solo yo”.
Me quedé mirando el texto.
Era valiente.
Era arriesgado.
Era real.
Tenía miedo de darle a publicar.
Miedo de lo que pensaría la gente.
Miedo de lo que pensaría Lucía.
Miedo de tener que enfrentar las consecuencias.
Pero, por primera vez en semanas, me sentí ligera.
Como si me hubiera quitado un peso de encima.
Un peso que ni siquiera sabía que estaba cargando.
Le di a publicar.
Y cerré el ordenador.
No quería ver las reacciones.
No quería ver los comentarios.
No quería ver si ella lo copiaba.
Solo quería estar sola.
Conmigo misma.
Con mi verdad.
Me fui a la cama, sintiendo una paz inmensa.
Una paz que no había sentido en mucho tiempo.
Cerré los ojos, sintiendo cómo el sueño me envolvía, suavemente, como una caricia.
Esta vez, no soñé con mudanzas, ni con espejos, ni con sombras.
Soñé con un bosque.
Un bosque donde los árboles eran reales, donde el aire era limpio, donde no había máscaras.
Un bosque donde, por fin, podía ser yo.
Y en medio del bosque, me encontré a mí misma.
Una versión de mí misma que sonreía.
Una versión de mí misma que me decía: “Bienvenida a casa”.
Fue el mejor sueño de mi vida.
—
### PARTE 4
El sol entraba por la ventana, iluminando la habitación con una luz dorada que parecía prometedora.
Me desperté con una sensación de claridad que me resultó extraña tras tantas semanas de confusión.
El móvil estaba sobre la mesilla de noche, pero esta vez no sentí el impulso inmediato de agarrarlo.
El silencio de la mañana era reconfortante, no como la amenaza de días anteriores, sino como un lienzo en blanco.
Me levanté despacio, disfrutando del simple hecho de moverme sin estar pendiente de si mis gestos eran “dignos” de ser imitados.
Fui a la cocina, me preparé un café y me senté en la mesa sin encender ningún dispositivo.

Simplemente miré por la ventana cómo el mundo exterior empezaba a despertar, ajeno a mi pequeña crisis existencial.
Durante mucho tiempo había creído que el mundo giraba en torno a mí, o mejor dicho, en torno a la imagen que yo proyectaba.
Pero al ver a la gente caminar hacia sus trabajos, con sus preocupaciones y sus rutinas, me di cuenta de lo insignificante que era todo mi teatro.
La “mudanza” a Valencia, los cambios de humor, las fotos calculadas… todo aquello parecía ahora una comedia absurda de la que yo misma había sido la protagonista y guionista.
¿Realmente importaba si Lucía me copiaba?
¿Realmente importaba si alguien más vivía su vida a través de la mía?
La respuesta, aunque me costara admitirlo, era no.
Cada uno tiene su propia batalla, sus propios vacíos, y si Lucía necesitaba mi ropa o mis palabras para sentirse completa, era su problema, no el mío.
Había pasado la noche anterior escribiendo mi confesión, mi pequeña rebelión contra la falsedad.
Me pregunté qué efecto habría tenido en mi entorno.
¿Se habrían sorprendido? ¿Se habrían burlado?
Decidí mirar el móvil.
Había cientos de notificaciones.
Mensajes de apoyo, preguntas desconcertadas, algunos comentarios sarcásticos.
Y luego, el mensaje de Lucía.
Lo abrí con curiosidad, sin el miedo de otras veces.
“No entiendo tu post. Me parece muy profundo, la verdad. ¿Estás bien? A veces me haces sentir que no te conozco”.
Me quedé mirando el mensaje durante un buen rato.
Era la primera vez que ella expresaba algo genuino, algo que no parecía sacado de un manual de estilo o de una copia barata de mis propias palabras.
“¿Estás bien?”.
Quizás, debajo de toda esa capa de imitación, había una persona real, asustada, buscando un lugar al que pertenecer.
No le contesté de inmediato.
Me quedé allí sentada, dejando que el café se enfriara, pensando en el camino que habíamos recorrido.
Al final, ella no se había mudado.
Yo tampoco.
Seguíamos aquí, en nuestras casas, en nuestras vidas, enfrentándonos al mismo espejo de siempre.
Pero algo había cambiado en la dinámica.
Al admitir mi propia falsedad, al soltar la máscara, había roto el hechizo.
No se puede copiar la autenticidad, y al mostrarme vulnerable, había dejado de ser un modelo a seguir.
Había dejado de ser el espejo en el que ella quería reflejarse.
Ahora era solo una persona.
Con dudas, con miedos, con una vida imperfecta.
Y eso, en un mundo obsesionado con la perfección, era la mayor originalidad posible.
Me sentí liberada.
La tensión que había tenido en los hombros durante semanas se evaporó.
Miré a mi alrededor, a mi casa que ya no era un escenario, sino simplemente mi hogar.
Las cajas de cartón seguían ahí, recordándome la estupidez de mi plan, pero ya no me molestaban.
Eran solo cajas.
Las tiraría a reciclar, y punto.
Me levanté y caminé hacia la puerta de entrada.
Tenía ganas de salir, de caminar por la calle sin pensar en qué ponerme para que quedara bien en una foto, sin pensar en qué diría si me encontrara con alguien conocido.
Salí a la calle y respiré hondo.
El aire sabía a libertad.
Caminé por el barrio, saludando a los vecinos, sintiendo la brisa en la cara.
Me detuve en el café donde todo había empezado, donde vi a Lucía con mi chaqueta.
El camarero me sonrió.
—Hola, Elena. ¿Lo de siempre?
—Sí, por favor —dije.
Me senté en la mesa de siempre, pero esta vez sin el teléfono en la mano.
Observé a la gente, no como una película que intentaba copiar, sino como lo que era: una realidad vibrante, caótica y maravillosa.
Vi a una chica entrando al local.
Llevaba una chaqueta vaquera con un descosido en la manga.
La miré, y por un momento, sentí un destello de la vieja paranoia.
Pero luego, me encogí de hombros y sonreí.
¿Y qué más daba?
Era solo una chaqueta.
Una chaqueta con un descosido.
Una prenda de ropa, como cualquier otra.
No era mi identidad.
No era mi vida.
No era mi alma.
La chica se sentó en una mesa cercana, pidió un café y sacó un libro.
No era el mismo que yo tenía.
No era una copia de mi vida.
Era ella.
Simplemente ella.
Y me sentí feliz por ella.
Saqué mi propio libro, uno de verdad, uno que sí me gustaba leer, y me puse a leer.
Sin expectativas.
Sin guiones.
Sin necesidad de demostrar nada a nadie.
Estaba sola, pero por primera vez en mucho tiempo, no me sentía solitaria.
Me sentía completa.
Al cabo de un rato, mi teléfono vibró en el bolsillo.
Lo saqué, pero no miré la notificación inmediatamente.
Lo dejé sobre la mesa, boca abajo.
No tenía prisa.
Ya no había urgencia por responder, por agradar, por ser la primera en nada.
La vida era mucho más que lo que ocurría en esa pequeña pantalla.
Era lo que ocurría aquí, en este preciso momento, con este café, con este libro, con este aire fresco.
Era la libertad de ser uno mismo, con todas nuestras imperfecciones, con todos nuestros descosidos.
Al final, me pregunté si Lucía me volvería a copiar.
Quizás sí.
Quizás copiaría mi nueva forma de ser, mi nueva “autenticidad”, mis nuevos hábitos.
Pero, ¿sabes qué?
No me importaba.
Porque si ella decidía copiar mi libertad, mi honestidad, mi búsqueda de ser una persona real…
Entonces, tal vez, solo tal vez, estaríamos haciendo algo bueno.
Estaríamos dejando de fingir.
Estaríamos empezando a vivir.
Y si ella seguía sus pasos, si seguía mi camino de autenticidad, entonces ya no seríamos una copia y un original.
Seríamos dos personas buscando lo mismo: ser uno mismo.
Y eso, al fin y al cabo, es lo único que importa.
Me terminé el café, pagué y salí del local.
Caminé por la calle, sintiendo la luz del sol sobre mi piel.
Ya no era la protagonista de una obra de teatro.
Ya no era la guionista de una vida ficticia.
Era simplemente Elena.
Y eso era más que suficiente.
El futuro era incierto, sí.
Pero también era mío.
Y estaba lista para vivirlo, sin miedos, sin sombras, sin copias.
Solo yo.
Y la vida.
Maravillosamente real.
Maravillosamente imperfecta.
Maravillosamente mía.
La historia de la amiga que copia todo no tenía un final grandioso.
No hubo una confrontación épica, ni una lección moral aprendida a través del dolor.
Hubo algo mucho mejor: el silencio y la indiferencia.
Al dejar de prestar atención a la copia, la copia perdió su razón de ser.
Lucía siguió con su vida, a veces pareciéndose a mí, a veces buscando otra cosa, y yo seguí con la mía, sin mirar atrás, sin comparar, sin juzgar.
A veces, cruzábamos miradas en la calle.
Un saludo breve, una sonrisa cordial.
Nada más.
La tensión había desaparecido.
El juego había terminado.
Y yo había ganado.
No porque la hubiera derrotado, sino porque me había liberado a mí misma.
La vida siguió su curso, y con el paso del tiempo, aquella época de paranoia y copias se convirtió en una anécdota lejana.
Algo que recordaba con una sonrisa, como quien recuerda un mal sueño del que despertó a tiempo.
Pero en el fondo, siempre supe que aquella experiencia me había cambiado.
Me había enseñado a valorar lo que realmente importa.
A valorar la autenticidad, la verdad, la libertad.
A valorar el hecho de ser yo misma, con todos mis defectos y virtudes.
Y eso, después de todo, era lo único que importaba.
Miré al cielo, despejado, azul, inmenso.
El mismo cielo que Lucía estaba viendo.
El mismo cielo que todos estábamos viendo.
Y me sentí pequeña, pero también infinita.
Porque todos somos parte de algo más grande.
Todos estamos buscando nuestro lugar en el mundo.
Todos estamos, a nuestra manera, tratando de ser nosotros mismos.
Y si en el proceso nos copiamos, nos imitamos o nos inspiramos…
Bueno, tal vez eso también sea parte del juego.
La parte humana.
La parte que nos conecta.
La parte que nos hace ser quienes somos.
Me guardé el móvil en el bolsillo, sin mirar las notificaciones.
Tenía cosas mejores que hacer.
Tenía una vida que vivir.
Una vida real.
Una vida mía.
Y eso era todo lo que necesitaba.
Caminé hacia el parque, sintiendo la hierba bajo mis pies.
Un día nuevo empezaba.
Y yo estaba lista para vivirlo.
Tal como era.
Sin máscaras.
Sin copias.
Sin miedo.
Simplemente viviendo.
Y ese, mi querido amigo, fue el verdadero final.
No con un estallido, sino con un suspiro.
Con la paz de quien finalmente ha encontrado la respuesta.
La respuesta que no estaba en los demás, sino en uno mismo.
La respuesta que siempre estuvo allí, esperando a ser descubierta.
En el silencio.
En la verdad.
En la vida misma.
Y así, mientras el sol se ponía en el horizonte, pintando el cielo de colores naranjas y púrpuras, supe que todo estaba bien.
Que yo estaba bien.
Que todos estábamos bien, a nuestra manera.
Y que, al final, eso era lo único que realmente importaba.
El juego había terminado.
La vida comenzaba.
Y yo estaba lista.
Más lista que nunca.
Para ser yo.
Sin más.
Solo yo.
Y el mundo, esperando ahí fuera, lleno de posibilidades, lleno de vida, lleno de verdad.
Y eso, al fin y al cabo, es lo único que importa.
La historia de la amiga que copia todo es, en realidad, la historia de cómo encontrarse a sí misma.
Una historia simple, pero profunda.
Una historia que todos, en algún momento, hemos vivido.
La historia de ser humano.
Y eso, es suficiente.
Es más que suficiente.
Es todo.
Y ahí, en ese instante, supe que no volvería a ser la misma.
Porque ya no necesitaba ser la misma.
Necesitaba ser real.
Y ahora, finalmente, lo era.
Fin.