El ascensor del bloque hace ese ruido metálico y agónico de siempre.
Un quejido sordo que sube por el hueco de la escalera.
Anuncia la llegada de alguien a la cuarta planta.
Silvia está en la cocina, con la ventana abierta de par en par.
La mañana del sábado en el barrio de Carabanchel es ruidosa.
Se escucha el tráfico lejano de la Avenida de los Poblados.
Y el claxon de algún impaciente en el semáforo de la esquina.
Silvia remueve con una cuchara de palo el sofrito que burbujea en la sartén.
Cebolla muy picada.
Ajo dorándose lentamente.
Un chorrito de aceite de oliva virgen extra.
El olor inunda la cocina, creando una atmósfera de hogar tradicional, cálido y seguro.
Ese olor a sábado por la mañana que te dice que tienes todo el fin de semana por delante.
El sonido metálico del ascensor se detiene.
Se abren las pesadas puertas exteriores con un chirrido familiar.
Silvia baja el fuego de la vitrocerámica al número tres.
Escucha el tintineo de un manojo de llaves en el rellano.
Las llaves chocan contra la madera de la puerta blindada.
Es Pablo.
El cerrojo gira con un doble chasquido.
La puerta se abre y se cierra con un golpe sordo que hace vibrar el espejo del recibidor.
El silencio vuelve por un instante.
Y entonces, comienza la gran actuación.
Pablo suelta un resoplido dramático.
Un resoplido exagerado, teatral, digno de un actor de tragedia griega.
Es el sonido de un hombre que acaba de correr una maratón por el desierto del Sáhara.
O al menos, eso es lo que él quiere proyectar.
El ruido sordo de su paletero de pádel cayendo a plomo sobre el suelo de tarima flotante resuena en el pasillo.
Es una bolsa enorme, de marca Head, de colores negro y flúor.
Una bolsa que le costó cien pavos en el Decathlon y que ocupa medio pasillo.
“¡Madre mía de mi vida!”, exclama Pablo desde la entrada.
Su voz suena falsamente ahogada.
“¡Estoy absolutamente muerto!”.
Silvia no responde inmediatamente.
Sigue dando vueltas a la cebolla, observando cómo los bordes empiezan a transparentarse.
Conoce a su marido desde hace doce años.
Conoce su tono de voz cuando está realmente cansado.
Y conoce su tono de voz cuando está montando un circo de tres pistas.
“¡Silvia!”, grita él desde el pasillo, arrastrando los pies como un zombi de The Walking Dead.
“¡No siento las piernas, te lo juro por mi madre!”.
Silvia sonríe para sí misma, una sonrisa minúscula y escéptica.
Coge un trapo de cocina de cuadros azules y se seca las manos con calma.
Sale de la cocina y se asoma al pasillo.
Pablo viene caminando hacia ella.
Lleva puestos sus pantalones cortos deportivos negros.
Y una camiseta técnica de color azul marino, de esas que prometen transpirar pero que siempre acaban oliendo a demonios.
Lleva una toalla pequeña colgada del cuello.
Y el pelo estratégicamente revuelto, ligeramente húmedo.
Cualquiera diría que acaba de jugar la final de Roland Garros contra Rafa Nadal.
Pero Silvia no es cualquiera.
Silvia es una mujer analítica.
Silvia observa.
Observa que el color de la cara de Pablo es completamente normal.
No está rojo como un tomate.
No está sudando a mares.
Esa ligera humedad en el pelo tiene toda la pinta de haber sido producida por un grifo del lavabo y no por el esfuerzo cardiovascular.
Pablo se apoya en el marco de la puerta de la cocina.
Deja caer la cabeza hacia un lado, cerrando los ojos con agonía fingida.
PABLO: Me ha dado una paliza.
PABLO: Una auténtica paliza, Silvia.
PABLO: No te lo puedes ni imaginar.
Silvia se cruza de brazos.
Se apoya en la encimera, justo al lado de la sartén con el sofrito.
SILVIA: ¿Ah, sí?
SILVIA: ¿Tan en forma está Marcos de repente?
Pablo abre un ojo.
Luego el otro.
Asiente con la cabeza de forma vehemente.
PABLO: Marcos está intratable.
PABLO: Se ha debido de ver cien tutoriales en YouTube esta semana.
PABLO: Me ha hecho correr de lado a lado de la pista como a un perro detrás de un palo.
PABLO: Me ha metido globos imposibles.
PABLO: Dejadas en la red que rozaban la malla.
PABLO: Te juro que tengo agujetas hasta en las pestañas.
El nivel de detalle de la mentira es lo que siempre delata al mentiroso principiante.
Silvia lo sabe.
Cuando alguien dice la verdad, resume.
“Hemos jugado bien, me ha ganado, estoy reventado”.
Fin de la historia.
Pero Pablo está narrando una crónica deportiva completa del diario Marca.
Está construyendo un escenario excesivamente detallado para que ella no tenga espacio para dudar.
SILVIA: Vaya.
SILVIA: Pues para haberte dado semejante paliza, tienes muy buena cara.
Pablo se tensa un milímetro.
Solo un milímetro, pero Silvia lo nota.
PABLO: ¿Buena cara?
PABLO: Silvia, por Dios, mírame.
PABLO: Estoy descompuesto.
PABLO: Tengo los cuádriceps que parecen de madera de roble.
PABLO: Me he tenido que echar agua por encima en la fuente de la pista porque me daba una lipotimia.
Esa frase.
Ahí está la justificación del pelo húmedo.
Silvia asiente lentamente, como si estuviera procesando la información y creyéndosela.
SILVIA: Pobre mío.
SILVIA: Ven aquí, anda.
SILVIA: Dame un beso de buenos días.
Silvia da dos pasos hacia él.
Abre los brazos en un gesto de bienvenida conyugal.
Pablo sonríe.
Se siente victorioso.
Cree que su representación teatral digna de un premio Goya ha surtido efecto.
Se despega del marco de la puerta.
Avanza hacia ella, abriendo también los brazos.
Se inclina para darle un beso tierno en la mejilla.
Pero justo en el momento en que sus cuerpos se acercan.
Justo cuando la nariz de Silvia entra en el perímetro del cuello de Pablo.
Algo sucede.
Algo que rompe por completo la física de la escena.
El aire que rodea a Pablo no huele a sudor.
No huele a goma quemada de la pista de pádel.
No huele a la laca del pelo reseca por el sol.
Huele a primavera.
Huele a un campo de lavanda recién regado al amanecer.
Huele a vainilla, a orquídeas salvajes y a un toque de jazmín.
Huele, simple y llanamente, a ropa limpia.
Pero no a una ropa limpia cualquiera.
No al olor de su propio detergente de marca blanca del supermercado Día.
Es un olor dulce.
Penetrante.
Inconfundible.
Extremadamente caro.
Silvia detiene su movimiento de avance en seco.
Se queda congelada a dos centímetros de la mejilla de su marido.
No llega a darle el beso.
Sus fosas nasales se dilatan de forma instintiva.
Inhala de nuevo, profundamente, confirmando lo que su cerebro acaba de registrar.
Es suavizante.
Un suavizante premium.
De esos que vienen en botellas doradas con perlas de perfume concentrado.
De esos que cuestan cinco euros el litro y que ellos, con su economía de guerra, jamás se han permitido comprar.
Silvia retrocede un paso.
Lentamente.
Como si estuviera desactivando una bomba de relojería y no quisiera que ningún cable se rozara con otro.
Pablo se queda con los labios fruncidos en el aire, esperando el beso que nunca llega.
PABLO: ¿Qué pasa?
PABLO: ¿Huelo mucho a sudor?
PABLO: Perdona, cariño, es que vengo empapado de la pista.
PABLO: Ahora mismo me meto en la ducha y me froto bien con el gel.
La palabra “sudor” suena ahora tan ridícula, tan fuera de lugar, que a Silvia casi se le escapa una carcajada.
Pero no se ríe.
Su rostro se transforma.
Esa expresión cálida y comprensiva de esposa que hace el sofrito desaparece por completo.
En su lugar, aparece la expresión fría y calculadora de un inspector de hacienda revisando una factura en B.
Silvia levanta la mano derecha.
Le indica a Pablo que se detenga, que no dé un solo paso más hacia el baño.
SILVIA: Quieto ahí.
Pablo parpadea, confundido.
PABLO: ¿Qué pasa?
PABLO: ¿He pisado caca de perro en la calle o algo así?
Pablo hace el ademán de levantar la suela de su zapatilla Asics de pádel para mirarla.
SILVIA: Deja la zapatilla en el suelo, Pablo.
SILVIA: El problema no está en tus pies.
SILVIA: El problema está en tu camiseta.
Pablo mira hacia abajo, hacia su propia camiseta técnica azul marino.
Se pasa una mano por el pecho.
PABLO: ¿Qué le pasa a la camiseta?
PABLO: ¿La he enganchado con la verja de la pista?
SILVIA: No.
SILVIA: La camiseta está intacta.
SILVIA: De hecho, está demasiado intacta.
Silvia da un paso lateral.
Vuelve a apoyarse en la encimera.
Cruza los brazos por debajo del pecho.
Mantiene la mirada fija en los ojos de Pablo, sin parpadear.
SILVIA: Si de verdad estabas jugando al pádel con Marcos, ¿por qué tu camiseta huele a un suavizante caro que no usamos en esta casa?
La pregunta cae en el centro de la cocina con el peso de un yunque.
Es una frase perfectamente construida.
Directa al mentón.
Sin margen para escapatorias.
Pablo siente que el estómago le da un vuelco.
Una gota de sudor real, esta vez completamente real y frío, nace en su nuca.
El aire de la cocina de repente se vuelve espeso, sofocante.
El olor del sofrito se mezcla con el aroma floral de su propia camiseta, creando una atmósfera esquizofrénica.
PABLO: ¿Qué dices?
PABLO: ¿Suavizante?
Pablo agarra el cuello de su propia camiseta azul por los dos extremos.
Tira del tejido hacia arriba y hunde la nariz en él.
Inhala profundamente, intentando ganar tiempo.
Inhala una segunda vez, como si fuera un sumiller catando un vino de reserva.
Sabe perfectamente a qué huele.
Sabe que huele a Flor Nenuco de alto standing.
Y sabe que está completamente jodido.
Pero el instinto de supervivencia masculino, ese mismo que ha provocado guerras y desastres nucleares, le obliga a negar la evidencia.
PABLO: Yo no huelo a nada, Silvia.
PABLO: Huelo a hombre.
PABLO: Huelo a deporte.
PABLO: Huelo a esfuerzo.
Silvia emite un sonido gutural, una mezcla entre un bufido y una risa sarcástica.
SILVIA: ¿A hombre?
SILVIA: ¿A esfuerzo?
SILVIA: Pablo, hueles a campo de rosas del sur de Francia.
SILVIA: Hueles a anuncio de televisión donde una señora acaricia una toalla blanca al sol.
SILVIA: Estás oliendo a perlas de fragancia que duran doce semanas.
Pablo suelta el cuello de la camiseta.
Se pasa las dos manos por la cara, frotándose los ojos, intentando borrar la realidad.
PABLO: Estás alucinando, cariño.
PABLO: Te prometo que estás alucinando.
PABLO: Será el olor del gel de ducha de la casa de Marcos, o yo qué sé.
PABLO: A lo mejor la camiseta se me ha mezclado con la suya en el banquillo.
El error.
El segundo gran error de la mañana.
Dar una explicación concreta sin haberla pensado bien.
Silvia no dice nada.
Se gira lentamente hacia la encimera.
Alarga la mano hacia el pequeño cuenco de cerámica donde guardan las llaves de casa.
Coge sus propias llaves.
Un llavero pesado, lleno de llaves de puertas, de buzones, de candados.
El sonido metálico de las llaves choca contra el silencio sepulcral de la cocina.
Silvia se gira de nuevo hacia Pablo.
Sostiene las llaves en el aire, como si fueran un arma arrojadiza.
SILVIA: ¿El gel de ducha de la casa de Marcos?
SILVIA: ¿Se ha mezclado con su camiseta?
Pablo asiente, creyendo ver un rayo de esperanza en esa absurda coartada.
PABLO: Sí, eso es.
PABLO: Seguro que ha sido eso.
PABLO: Marcos habrá echado un suavizante nuevo de esos caros a su lavadora.
PABLO: Ya sabes cómo es él de pijotero para algunas cosas.
Silvia aprieta las llaves en su puño.
Sus nudillos se ponen blancos.
Da un paso hacia Pablo, invadiendo su espacio vital.
SILVIA: Marcos.
SILVIA: El mismo Marcos que la semana pasada me estuvo dando la turra durante media hora.
SILVIA: Media hora explicándome cómo hace él su propio detergente casero.
SILVIA: Rallando jabón Lagarto y mezclándolo con vinagre de limpieza para ahorrarse dos euros al mes.
SILVIA: El mismo Marcos que compra el papel higiénico de una sola capa que raspa como lija.
SILVIA: ¿Ese Marcos?
Pablo se queda petrificado.
El castillo de naipes acaba de derrumbarse.
Un huracán de lógica aplastante ha barrido su excusa improvisada del mapa.
SILVIA: Marcos usa el mismo detergente barato que nosotros, Pablo.
SILVIA: O peor.
SILVIA: Marcos huele a vinagre y a sudor seco.
SILVIA: No a perlas de lavanda silvestre.
Silvia clava sus ojos en él.
No hay escapatoria.
SILVIA: Mentiroso.
PARTE 2
La palabra resuena en la cocina.
Mentiroso.
Tiene cuatro sílabas, pero cae con el peso de cuatro mil toneladas.
Pablo siente que el suelo de baldosa blanca se abre bajo sus zapatillas de pádel.
Intenta mantener el contacto visual con Silvia, pero la culpa le pesa demasiado.
Baja la mirada hacia los fogones.
El sofrito sigue burbujeando suavemente a fuego lento.
Ese olor a ajo y cebolla ahora le produce náuseas.
PABLO: No te estoy mintiendo, Silvia.
PABLO: Te juro que no.
PABLO: Solo… solo me he confundido de explicación.
La estupidez de la frase es tan monumental que hasta él mismo se sorprende al escucharla.
SILVIA: ¿Te has confundido de explicación?
SILVIA: ¿Qué pasa, que tienes un archivo de Excel en la cabeza con excusas y has seleccionado la fila equivocada?
Silvia no grita.
No pierde los papeles.
Y eso es precisamente lo que más aterra a Pablo.
La ira silenciosa de Silvia es mil veces más peligrosa que un ataque de histeria.
PABLO: No, joder.
PABLO: A ver, déjame pensar un segundo.
SILVIA: Tómate tu tiempo, Pablo.
SILVIA: Tenemos todo el maldito sábado por delante.
SILVIA: La cebolla todavía aguanta cinco minutos más antes de quemarse.
Pablo se pasa las manos por las caderas.
Empieza a dar pequeños pasos en el mismo sitio, como un boxeador arrinconado en las cuerdas.
Respira de forma entrecortada.
PABLO: Vale, vale, ya lo sé.
PABLO: Ya me acuerdo de lo que ha pasado.
Silvia ladea la cabeza.
Le observa con curiosidad forense.
SILVIA: Sorpréndeme.
PABLO: Cuando estábamos calentando en la pista…
PABLO: Había… había una chica en la pista de al lado.
PABLO: Una señora mayor, en realidad.
PABLO: Y… y ha dejado su chaqueta deportiva colgada en la valla.
PABLO: Justo al lado de mi paletero.
PABLO: Y hacía mucho viento, Silvia.
PABLO: Un vendaval en Carabanchel.
PABLO: Y el olor de su chaqueta…
PABLO: El suavizante de su chaqueta se ha debido impregnar en mi camiseta por contacto.
PABLO: Por pura transferencia de partículas olfativas impulsadas por el viento.
Silvia se queda muda durante diez largos segundos.
Parpadea dos veces.
Lentamente.
SILVIA: Transferencia de partículas olfativas.
SILVIA: Impulsadas por el viento.
PABLO: Sí.
PABLO: Es ciencia, Silvia.
PABLO: Es pura física de fluidos aromáticos.
Silvia suelta las llaves sobre la encimera.
El ruido metálico sobresalta a Pablo.
SILVIA: ¿Sabes qué, Pablo?
SILVIA: Empiezo a pensar que no me estás poniendo los cuernos.
Pablo levanta la vista, esperanzado.
Un rayo de luz ilumina su oscuro túnel de mentiras.
PABLO: ¿Ves?
PABLO: ¡Te lo dije!
PABLO: ¡Yo nunca te haría una cosa así, cariño!
SILVIA: Sí.
SILVIA: Empiezo a pensar que no tienes la capacidad intelectual necesaria para mantener una doble vida.
El rayo de luz se apaga instantáneamente.
SILVIA: Empiezo a pensar que si tuvieras una amante, te habrías dejado las bragas de ella puestas encima de los pantalones cortos por error.
SILVIA: Porque tus excusas son de un nivel preescolar tan lamentable que me da hasta pena por ti.
Pablo se encoge de hombros.
Su postura física denota una rendición total.
PABLO: Silvia…
SILVIA: No.
SILVIA: Silvia nada.
SILVIA: Vamos a repasar los hechos, agente secreto.
Silvia levanta un dedo.
SILVIA: Hecho número uno: sales de casa a las nueve de la mañana con tu bolsa de pádel.
SILVIA: Dices que vas a jugar a las pistas municipales del parque de las Cruces con Marcos.
Levanta un segundo dedo.
SILVIA: Hecho número dos: vuelves a la una de la tarde fingiendo un cansancio que no te crees ni tú.
SILVIA: Llegas con el pelo mojado por arriba, pero seco por la nuca.
SILVIA: Lo que indica que te has echado agua con la mano en un lavabo para fingir sudor.
Pablo se toca la nuca instintivamente.
Efectivamente, está completamente seca.
Maldita sea.
Silvia levanta un tercer dedo.
SILVIA: Y hecho número tres, y el más importante.
SILVIA: Tu camiseta.
SILVIA: Tu camiseta que huele a un suavizante de lujo que cuesta más que nuestra cena de los viernes.
SILVIA: Un olor que, casualmente, es el mismo que tiene la ropa limpia.
SILVIA: La ropa que acaba de salir de una lavadora pija.
SILVIA: O de un armario ajeno.
Silvia se acerca un paso más.
Baja la voz, dándole un tono íntimo y amenazador.
SILVIA: Así que te voy a dar una última oportunidad, Pablo.
SILVIA: Una sola.
SILVIA: Antes de que tire esta sartén con aceite hirviendo por el balcón, y tu ropa detrás.
SILVIA: ¿Dónde coño has estado esta mañana?
Pablo traga saliva.
Sabe que el juego ha terminado.
El Game Over parpadea en luces de neón rojo en su mente.
Ya no hay viento, ni chaquetas de señoras, ni errores táctiles.
Solo queda la pura y dura verdad.
Una verdad humillante, cobarde y ridícula.
Pablo baja la cabeza.
Mira sus zapatillas manchadas de albero falso.
PABLO: No he estado jugando al pádel.
Silvia asiente lentamente.
SILVIA: Primera verdad del día.
SILVIA: Apunta, que es histórico.
PABLO: No me he visto con Marcos en ningún momento.
SILVIA: Segunda verdad.
SILVIA: Sigue.
Pablo respira hondo.
Cierra los ojos, reuniendo el valor necesario para confesar el delito.
PABLO: He estado…
PABLO: He estado en casa de mi madre.
El silencio en la cocina es absoluto.
Ni siquiera el extractor parece hacer ruido ahora mismo.
Silvia se queda paralizada.
Su cerebro, que estaba preparado para procesar el nombre de una compañera de trabajo, de una exnovia, o de una chica del gimnasio, sufre un cortocircuito.
SILVIA: ¿En casa de tu madre?
Pablo abre los ojos y asiente, miserable.
PABLO: Sí.
SILVIA: ¿A las diez de la mañana de un sábado?
SILVIA: ¿Vestido de jugador de pádel profesional?
PABLO: Sí.
Silvia da un paso atrás, apoyándose en la nevera.
SILVIA: ¿Y para qué coño te vas a casa de tu madre escondido?
SILVIA: ¿Estáis traficando con tuppers de croquetas en el mercado negro o qué?
Pablo levanta las manos.
La vergüenza colorea sus mejillas de un rojo intenso.
PABLO: No, joder.
PABLO: Es que…
PABLO: Silvia, por favor, no te enfades.
SILVIA: Empieza a hablar ya, Pablo, antes de que me dé un infarto aquí mismo.
Pablo coge aire.
PABLO: Llevo yendo a casa de mi madre todos los sábados por la mañana desde hace tres semanas.
SILVIA: Tres semanas.
PABLO: Sí.
PABLO: Salgo de aquí con la bolsa de pádel.
PABLO: Me meto en el coche, voy al barrio de Moratalaz, subo a su piso…
PABLO: Y… y me cambia la ropa.
Silvia frunce el ceño.
SILVIA: ¿Te cambia la ropa?
SILVIA: ¿Qué eres, un bebé de tres meses que necesita que le cambien el pañal?
PABLO: No.
PABLO: Llevo la ropa de la oficina en la bolsa de pádel.
PABLO: Toda la ropa de la semana.
PABLO: Las camisas.
PABLO: Los pantalones chinos.
PABLO: Y se la llevo para que me la lave y me la planche.
PARTE 3
La confesión flota en el aire de la cocina como una densa nube de humo tóxico.
Silvia se queda mirando a Pablo fijamente.
Su mandíbula cae ligeramente.
El cerebro de Silvia está intentando procesar la información.
Lavar y planchar.
Camisas de la oficina.
Tres semanas.
SILVIA: A ver si lo entiendo.
SILVIA: A ver si mi pobre cerebro de mujer trabajadora es capaz de asimilar esta maravilla.
SILVIA: ¿Me estás diciendo que, en lugar de poner lavadoras en nuestra casa…?
SILVIA: ¿En lugar de planchar tu propia ropa el domingo por la tarde como acordamos…?
SILVIA: ¿Te vas a escondidas a casa de tu madre para que te lo haga ella?
Pablo asiente, sintiéndose del tamaño de una hormiga.
PABLO: Sí.
SILVIA: Y para ocultar este patético acto de inutilidad extrema…
SILVIA: ¿Te inventas un torneo ficticio de pádel con un amigo que huele a vinagre?
PABLO: Sí.
Silvia se lleva una mano a la frente.
Empieza a masajearse las sienes con movimientos circulares.
Cierra los ojos con fuerza.
SILVIA: Es que no me lo puedo creer.
SILVIA: De verdad te digo que preferiría que me hubieras dicho que tienes una amante rusa llamada Svetlana.
SILVIA: Me jodería igual, pero al menos mantendrías algo de dignidad masculina.
Pablo da un paso hacia adelante, extendiendo las manos en un gesto de súplica.
PABLO: Silvia, cariño, entiéndelo.
PABLO: Es que odio planchar.
PABLO: Lo detesto con toda mi alma.
PABLO: Me duele la espalda cuando estoy de pie frente a la tabla.
PABLO: Y nunca me quedan bien los cuellos de las camisas.
PABLO: Se me quedan dobles rayas en las mangas.
Silvia abre los ojos de golpe.
Su mirada vuelve a ser afilada como un bisturí.
SILVIA: ¿Te duele la espalda planchando?
SILVIA: ¡Pero si te pasas la vida presumiendo de que haces peso muerto en el gimnasio con ochenta kilos!
SILVIA: ¡Y ahora resulta que una plancha Rowenta de un kilo te provoca lumbalgia crónica!
Pablo se encoge de hombros, buscando una defensa desesperada.
PABLO: Es un dolor diferente, Silvia.
PABLO: Es una tensión cervical acumulada por la mala postura ergonómica de la tabla.
SILVIA: Ergonomía.
SILVIA: Madre del amor hermoso, me habla de ergonomía el señor que se pasa cuatro horas jugando a la Play tirado en el sofá con el cuello doblado.
Silvia señala con el dedo hacia la puerta de la cocina.
SILVIA: Y lo peor de todo no es que seas un inútil redomado que no sabe alisarse una puta camisa a los treinta y cinco años.
SILVIA: Lo peor es la cobardía.
SILVIA: El montaje, Pablo.
SILVIA: La mochila del pádel.
SILVIA: Las zapatillas.
SILVIA: Llegar aquí sudando falsamente.
SILVIA: ¡Has estado fingiendo que hacías deporte mientras comías galletas Príncipe sentado en el sofá de tu madre!
La imagen visual de Pablo comiendo galletas mientras su madre plancha es tan vívida que casi le provoca un tic en el ojo a Silvia.
Pablo se pone rojo de rabia, ofendido en su maltrecho orgullo de hijo mimado.
PABLO: ¡No comía galletas Príncipe!
PABLO: ¡Eran tostadas con aceite, que mi madre me las hace muy ricas!
Silvia se tapa la cara con las dos manos.
Emite un gemido ahogado de desesperación.
SILVIA: Esto es surrealista.
SILVIA: Estoy viviendo en una maldita película de Pajares y Esteso.
SILVIA: Solo falta que salga tu madre del armario de las escobas en bata.
Silvia retira las manos de su cara.
Mira a Pablo de arriba abajo.
SILVIA: Y lo del suavizante.
SILVIA: Claro.
SILVIA: Tu camiseta técnica no se ensuciaba porque no jugabas.
SILVIA: Pero no podías traerla sucia de vuelta a casa, porque entonces yo tendría que lavarla.
SILVIA: Así que se la dabas a tu madre también.
PABLO: Exacto.
PABLO: Y mi madre usa el Mimosín Creación Floral Concentrado.
PABLO: Ese del bote morado que vale un riñón.
PABLO: Se pasa con la dosis, le echa tres tapones por lavadora.
PABLO: Huele a tres kilómetros de distancia.
Pablo confiesa los detalles técnicos de la lavadora de su madre como si estuviera revelando secretos de estado bajo tortura.
Silvia asiente lentamente, procesando cada palabra de esta monumental estupidez.
SILVIA: ¿Y ella qué te dice?
SILVIA: ¿Tu señora madre?
SILVIA: ¿Le parece normal que su hijo de treinta y cinco pelos en los huevos le lleve la ropa a escondidas de su mujer?
Pablo duda.
Baja la mirada.
PABLO: Bueno.
PABLO: A ella le gusta que vaya a verla.
PABLO: Me dice que tú me tienes esclavizado con las tareas del hogar.
PABLO: Que en su época los hombres no tocaban una plancha.
PABLO: Y que no le importa hacerme ese favorcito de vez en cuando porque soy su niño.
Silvia se apoya en la encimera.
Agarra el borde de la madera con tanta fuerza que los nudillos le crujen.
Toma una inspiración profunda por la nariz.
Cuenta mentalmente hasta diez.
Cuenta hasta veinte.
Sabe que si habla en este preciso instante, podría decir algo que la llevaría directa a la prisión de mujeres de Alcalá Meco.
SILVIA: Su niño.
SILVIA: Su pobre niño esclavizado.
SILVIA: Esclavizado por exigirle que asuma el cincuenta por ciento de la responsabilidad de la ropa que él mismo mancha.
Pablo da un pasito atrás, intuyendo el huracán categoría cinco que se avecina.
PABLO: Silvia, ella es de otra generación.
PABLO: No se lo tengas en cuenta.
SILVIA: Oh, no, no se lo tengo en cuenta a ella.
SILVIA: Ella tiene su mentalidad del siglo diecinueve.
SILVIA: Pero tú, Pablo.
SILVIA: Tú vives en el siglo veintiuno.
SILVIA: Tú te lees libros de gestión moderna de empresas.
SILVIA: Tú vas de moderno y de igualitario cuando cenamos con nuestros amigos.
SILVIA: “En casa repartimos todo al cincuenta por ciento, faltaría más”, sueltas con esa cara dura.
SILVIA: Y resulta que el cincuenta por ciento de tu colada lo hace la señora Encarnita en su pisito de Moratalaz.
Silvia se aparta de la encimera.
Camina hacia la vitrocerámica.
Apaga el fuego del sofrito, que ya está perfectamente dorado.
SILVIA: Se acabó.
PABLO: ¿Qué se acabó?
PABLO: Silvia, por favor, no te pongas dramática.
PABLO: Es solo ropa limpia.
SILVIA: No es ropa limpia, Pablo.
SILVIA: Es el principio del fin de tu estúpida comodidad infantil.
Silvia se dirige a la puerta de la cocina.
Pasa por el lado de Pablo rozándole el hombro, con paso firme y decidido.
PABLO: ¿A dónde vas?
SILVIA: Al pasillo.
SILVIA: A buscar tu patética bolsa deportiva llena de mentiras.
PARTE 4
Silvia sale de la cocina y se dirige al recibidor.
Allí, tirado en medio del pasillo como un mamut muerto, descansa el inmenso paletero de marca Head.
Pablo va tras ella, corriendo torpemente en sus zapatillas Asics.
PABLO: Silvia, deja la bolsa.
PABLO: No toques mis cosas, por favor.
Silvia ignora sus súplicas.
Se agacha y agarra la cremallera principal de la bolsa.
Tira de ella con fuerza bruta.
El sonido metálico de los dientes abriéndose suena como un trueno.
Dentro de la bolsa, perfectamente apiladas, dobladas con una simetría militar y un cuidado exquisito.
Ahí están.
Cinco camisas de la oficina de Pablo.
Tres pantalones chinos.
Dos jerséis de punto fino.
Y, efectivamente, la pala de pádel de fibra de carbono, sepultada al fondo, sin usar, completamente limpia, cogiendo polvo.
El olor a Mimosín Creación Floral Concentrado sale de la bolsa como un genio de una lámpara mágica, inundando todo el recibidor.
Silvia coge una de las camisas.
Una camisa de cuadros azules y blancos.
La levanta en el aire.
SILVIA: Mírala.
SILVIA: Ni una sola arruga.
SILVIA: El cuello rígido como una tabla de surf.
SILVIA: Tu madre es una verdadera artista de la plancha a vapor.
Pablo traga saliva.
PABLO: Lo hace con mucho amor, Silvia.
SILVIA: Con mucho amor y con mucho machismo interiorizado, sí.
Silvia lanza la camisa al suelo.
Coge la bolsa por una de las asas y la levanta a pulso, a pesar de que pesa varios kilos.
PABLO: ¿Qué vas a hacer?
PABLO: Cuidado, que está la pala debajo, me costó un dineral.
SILVIA: Voy a hacer lo que deberías haber hecho tú hace tres semanas, adulto independiente.
Silvia arrastra la bolsa por el pasillo en dirección al lavadero, situado al fondo de la casa, junto al segundo baño.
Pablo la sigue, protestando, quejándose, pero sin atreverse a detenerla físicamente.
Llegan al cuarto de la lavadora.
Silvia suelta la bolsa en el suelo.
Abre la puerta frontal de la lavadora Balay.
Se agacha, coge toda la ropa perfectamente limpia y planchada de la bolsa, y la empieza a meter a presión en el tambor de la lavadora.
Pablo grita espantado.
PABLO: ¡No!
PABLO: ¡Silvia, estás loca!
PABLO: ¡Esa ropa ya está limpia!
PABLO: ¡Huele a flores!
PABLO: ¡Y está planchada!
SILVIA: ¡Exacto!
SILVIA: ¡Y ahora se va a ensuciar de nuevo!
Silvia sigue metiendo las camisas, los pantalones, arrugándolos sin piedad.
SILVIA: Se va a mojar.
SILVIA: Se va a centrifugar a mil revoluciones por minuto.
SILVIA: Y va a salir de aquí más arrugada que la cara de un perro pug.
PABLO: ¡Pero eso es un desperdicio de agua y de electricidad!
PABLO: ¡Y de suavizante de mi madre!
SILVIA: Me importa una mierda la ecología ahora mismo, Pablo.
SILVIA: Cierro la puerta del tambor.
Silvia empuja la última manga de la camisa y cierra la puerta con un golpe seco.
Clac.
Enciende la máquina, selecciona el programa de algodón a cuarenta grados y pulsa el botón de inicio.
La lavadora empieza a hacer ruido, cogiendo agua, llenando el tambor, destruyendo el minucioso trabajo de la señora Encarnita.
Pablo se queda mirando el agua girar a través del cristal redondo, con cara de haber presenciado un asesinato en primer grado.
PABLO: Has destruido mi ropa de oficina.
PABLO: No tengo nada que ponerme el lunes.
Silvia se sacude las manos.
Se apoya en la pared del lavadero, mirándole con una sonrisa de satisfacción maligna.
SILVIA: Tienes todo el domingo para solucionar ese problema.
SILVIA: Tienes la tabla de planchar en ese armario.
SILVIA: Y la plancha de vapor nueva que compramos en Media Markt.
PABLO: No sé planchar, Silvia.
PABLO: Te lo he dicho.
PABLO: Me quedan las mangas con doble raya.
SILVIA: Pues te pones la camisa con doble raya.
SILVIA: Y si alguien te pregunta en la oficina, les dices que es la nueva moda en Milán.
SILVIA: Pero te juro por lo más sagrado, Pablo, que si vuelves a usar a tu madre de lavandería clandestina…
SILVIA: Cojo todas tus camisas y las dono al contenedor de la parroquia.
Pablo asiente, derrotado, humillado y condenado a los trabajos forzados del domingo por la tarde.
PABLO: Vale.
PABLO: Hecho.
PABLO: Plancharé yo.
PABLO: Pero tendrás que enseñarme cómo se hace el cuello sin que se arrugue.
Silvia resopla, saliendo del lavadero y caminando de vuelta hacia la cocina.
SILVIA: Busca un tutorial en YouTube, igual que buscas los de pádel.
SILVIA: El sofrito me espera.
Pablo se queda solo frente a la lavadora, viendo cómo la espuma de su detergente barato de marca blanca engulle las perfectas camisas con olor a suavizante caro.
Apoya la frente contra el cristal frío de la máquina.
Suspira.
Sabe que ha perdido la batalla, la guerra y el derecho a quejarse de las labores del hogar durante al menos los próximos cinco años.
La mentira tiene las patas muy cortas.
Y un olor floral demasiado intenso.
Mientras el ruido del centrifugado resuena en las paredes del piso de Carabanchel, la escena queda suspendida en esa ridícula tragedia doméstica que tantas parejas viven a diario.
Una tragedia absurda donde el mayor crimen no ha sido la traición de la carne, sino la pereza más absoluta, infantil y cobarde.
Y en medio de todo este caos de jabón, mentiras deportivas y planchas humeantes, surge la inevitable, la dolorosa, la inquisitiva pregunta que nos obliga a todos a mirar nuestro propio comportamiento doméstico con lupa.
¿Habéis pillado a vuestra pareja por el olfato, o seguís creyendo ciegamente en esa milagrosa colonia deportiva que disimula hasta las peores traiciones caseras?