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El ascensor del bloque hace ese ruido metálico y agónico de siempre.

El ascensor del bloque hace ese ruido metálico y agónico de siempre.

Un quejido sordo que sube por el hueco de la escalera.

Anuncia la llegada de alguien a la cuarta planta.

Silvia está en la cocina, con la ventana abierta de par en par.

La mañana del sábado en el barrio de Carabanchel es ruidosa.

Se escucha el tráfico lejano de la Avenida de los Poblados.

Y el claxon de algún impaciente en el semáforo de la esquina.

Silvia remueve con una cuchara de palo el sofrito que burbujea en la sartén.

Cebolla muy picada.

Ajo dorándose lentamente.

Un chorrito de aceite de oliva virgen extra.

El olor inunda la cocina, creando una atmósfera de hogar tradicional, cálido y seguro.

Ese olor a sábado por la mañana que te dice que tienes todo el fin de semana por delante.

El sonido metálico del ascensor se detiene.

Se abren las pesadas puertas exteriores con un chirrido familiar.

Silvia baja el fuego de la vitrocerámica al número tres.

Escucha el tintineo de un manojo de llaves en el rellano.

Las llaves chocan contra la madera de la puerta blindada.

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