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El reloj del microondas marca las nueve y media de la noche con sus brillantes números verdes.

El reloj del microondas marca las nueve y media de la noche con sus brillantes números verdes.

Esa hora crítica en la que el cansancio de todo el martes te cae encima como una losa de hormigón armado.

El extractor de la cocina zumba con un ronroneo monótono, intentando llevarse el olor a filete de pechuga de pollo a la plancha.

Laura está apoyada en la encimera de granito sintético, secándose las manos con un trapo de cuadros que ha conocido tiempos mejores.

Lleva sus pantalones de pijama grises y una camiseta vieja de propaganda de una caja de ahorros que ya ni siquiera existe.

Frente a ella, sobre la mesa de la cocina, reposa el objeto del delito.

Un teléfono móvil de última generación.

Negro, liso, brillante y aparentemente inofensivo.

Es el móvil de su marido, Sergio.

Sergio, en este preciso instante, está en el baño del pasillo.

Se escucha el ruido del grifo abierto y el sonido del cepillo eléctrico zumbando contra sus encías.

Es la rutina de todas las noches desde hace ocho años de matrimonio.

La paz reina en el piso de ochenta metros cuadrados del madrileño barrio de Moratalaz.

O, al menos, reinaba hasta hace exactamente cuarenta y cinco segundos.

Laura solo quería mirar una cosa rápida en el teléfono de Sergio.

Algo completamente trivial, inocente y aburrido.

Quería buscar el código de descuento de cien euros para la tienda de muebles que Sergio había recibido en su correo electrónico esa misma mañana.

Su propio móvil se había quedado sin batería y estaba enchufado en el cargador del dormitorio.

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