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Era su último día y nadie se despidió de ella… el Millonario la vio salir sola y la alcanzó y…

Valeria, la temporal. Valeria, la que hace el trabajo que nadie quiere hacer y luego ni las gracias recibe. Cerró el cierre de la mochila de un jalón. Cuando la compró hace tr meses, le pareció cara, pero necesaria. Una inversión, se dijo. Las personas serias tienen mochilas serias. Las personas con futuro. Ja. Miró el escritorio vacío.

 Ni una marca quedaba de que ella había estado ahí. Así de fácil se borra a alguien. ni un postit, ni una taza olvidada, nada, como si nunca hubiera existido. Y quizá para ellos nunca existió. Era viernes, las 6 de la tarde. La oficina estaba vacía porque todos se habían ido temprano, como siempre hacían los viernes.

 Nadie le dijo adiós, nadie le dijo gracias, nadie le dijo nada. Esta mañana cuando llegó, algunos la saludaron con ese gesto automático de la cabeza que haces cuando te cruzas con alguien en el pasillo, pero no recuerdas su nombre. Así, mecánico, frío. Ella respondió con una sonrisa que ya ni sentía. A las 10 estuvo en la junta semanal.

 presentó el análisis financiero que le llevó dos noches terminar, dos noches sin dormir bien, revisando números, cruzando datos, asegurándose de que todo estuviera perfecto, porque esta vez sí, esta vez la iban a notar, esta vez alguien iba a decir que su trabajo era bueno, que era necesaria. Mauricio, el director, ni siquiera levantó la vista de su celular mientras ella hablaba.

 Los demás checaban correos, tomaban café, miraban por la ventana. Cuando terminó, Mauricio dijo, “Okay, siguiente punto y ya.” Siguiente punto. Como si ella no hubiera dicho nada. Como si esas dos noches no importaran, como si ella no importara. Después del mediodía, intentó acercarse a Joaquín de recursos humanos. Otra vez ya había perdido la cuenta de cuántas veces había intentado hablar con él en las últimas dos semanas. Necesitaba saber.

Necesitaba que alguien le dijera con todas las letras si había chance de quedarse o no. Pero Joaquín siempre tenía prisa, siempre una junta, siempre algo más importante. Hoy la vio venir por el pasillo y literalmente se metió al baño. Ella lo vio. Él sabía que ella lo vio, pero igual se escondió. Eso dolió más que un no directo, porque un no es honesto, un no te deja seguir adelante.

 Pero esto, esta cobardía disfrazada de profesionalismo, esto te deja colgada en el aire preguntándote si hiciste algo mal, si no fuiste suficiente, si hay algo roto en ti. Valeria sabía la respuesta. Claro que la sabía. No la iban a contratar. Nunca fue el plan. Ella era un parche, un recurso temporal para cubrir la chamba que nadie quería mientras buscaban a alguien de verdad, alguien con palancas, alguien recomendado, alguien que no fuera ella.

Y lo peor, lo que más le quemaba por dentro, era que ella se lo creyó. Se creyó que si trabajaba duro, si daba más de lo que le pedían, si se quedaba tarde, si sonreía aunque la ignoraran, si demostraba su valor, la iban a ver, iban a reconocerla. iban a quererla ahí. Qué ingenua, qué idiota. Se colgó la mochila al hombro.

 Pesaba más de lo normal. O quizá era ella la que se sentía más pesada. Caminó hacia la salida, los tacones resonando en el piso de madera clara que tanto presumía Corporativo Meridiano en su página web. Diseño minimalista, espacios que inspiran creatividad, ambiente colaborativo, puras mentiras bonitas. Pasó por los escritorios vacíos.

 el de Mariana, que nunca le dirigió la palabra, salvo para pedirle que le pasara reportes. El de Carlos, que una vez le robó una idea en junta y se llevó el crédito. El de Sofía, que literalmente fingió no escucharla cuando le preguntó si querían pedir comida juntas. Todos se habían ido ya. Todos tenían planes, todos tenían vidas.

 Y ella qué tenía? Una mochila llena de cosas que ya no significaban nada. Y la sensación de haber perdido 3 meses de su vida. persiguiendo algo que nunca estuvo sobre la mesa. Llegó a las puertas de vidrio, esas puertas enormes que la primera vez le parecieron imponentes, elegantes, la entrada a un lugar importante, ahora solo eran vidrio, frío, transparente, fácil de atravesar, fácil de olvidar.

 Empujó una puerta y el aire de la calle pegó en la cara. Ciudad de México al final de un viernes. Tráfico, bocinas, gente apurada. Nadie se fijó en ella. Nadie nunca se fijaba. Dio un paso afuera y la puerta se cerró detrás de ella con un sonido suave, casi elegante. Adiós, corporativo meridiano. Adiós al sueño de estabilidad.

 Adiós a la esperanza de pertenecer a algo. Valeria apretó las correas de su mochila y empezó a caminar. No sabía exactamente hacia dónde, solo lejos, lejos de ahí. Pero entonces escuchó pasos detrás de ella rápidos. Alguien corriendo se detuvo más por reflejo que por curiosidad, se volteó. Era él, Sebastián Cortázar, el dueño de todo esto, el millonario que aparecía en las juntas importantes, el que todos trataban de impresionar, el que caminaba por los pasillos como si el mundo le debiera algo y quizás se lo debía. Valeria lo

había visto solo tres veces en tres meses. La primera, cuando llegó, pasó junto a ella sin mirarla. La segunda, en aquella junta donde presentó su análisis. Y él estuvo callado en una esquina observando la tercera hace una semana en el elevador. Ella iba saliendo, él entrando. Sus miradas se cruzaron medio segundo nada más, y ahora estaba ahí parado frente a ella, con el saco perfectamente cortado y esa expresión que no lograba descifrar.

 No parecía molesto, tampoco amable, solo presente. Valeria parpadeó. ¿Qué hacía él ahí? ¿Qué quería? ¿Por qué la había seguido? Sebastián respiraba un poco agitado, como si efectivamente hubiera corrido para alcanzarla. Eso era raro. Los hombres como él no corren detrás de nadie, menos de alguien como ella, alguien que ni siquiera estaba en la nómina.

 Se miraron en silencio unos segundos que se sintieron eternos. Él metió las manos en los bolsillos del pantalón, gesto casual que contrastaba con la tensión del momento. Valeria apretó las correas de su mochila. Di algo, pensó. Di algo o vete. No me hagas esto. No. Ahora Sebastián abrió la boca, la cerró, frunció el ceño.

 Parecía estar buscando las palabras correctas. Eso también era raro. Los hombres como él siempre saben qué decir. Siempre tienen el control. Finalmente habló. Su voz era más grave de lo que Valeria recordaba, tranquila, sin prisa, como si tuvieran todo el tiempo del mundo y no estuvieran parados en media banqueta con la ciudad moviéndose alrededor.

 Le preguntó si tenía un minuto. Valeria casi suelta una carcajada. Un minuto. Tenía todo el tiempo del mundo ahora. Ya no tenía a dónde ir. Ya no tenía reuniones que atender. Ya no tenía correos que responder, ya no tenía nada. Pero no dijo eso, solo asintió. Sebastián señaló una cafetería al otro lado de la calle, pequeña, discreta, nada ostentoso.

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