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ROCÍO JURADO: LO QUE SU HIJA NUNCA LE PERDONÓ , NI AL FINAL

Pero sí podemos confirmar algo muy concreto. Rocío Jurado era una mujer que cuando decidía no contar algo,  tenía una razón muy poderosa para no contarlo. Y hubo cosas que no contó nunca,  ni a su familia, ni a su marido, ni a su hija. Cosas que se fueron con ella y que dejaron preguntas abiertas que todavía hoy nadie ha podido cerrar del todo.

Estas preguntas son las que hacen que esta historia sea mucho más grande de lo que parece desde fuera, porque Rocío Jurado no era solo una voz, era una mujer con una historia entera que eligió contar solo una parte y la parte que no contó es la más interesante de todas. Antes de Ortega Cano hubo otro hombre, Pedro Carrasco, boxeador, campeón del mundo, hombre muy conocido en la España de los 70, un hombre con tanto carácter como  ella.

Se casaron en 1976 y de ese matrimonio nació Rocío Carrasco, la única hija biológica de Rocío Jurado. Esa relación fue intensa,  muy intensa, dos personas con caracteres enormes, los dos acostumbrados a ser el centro de atención, los dos con sus mundos propios, los dos convencidos de que su manera de ver las cosas  era la correcta.

Eso no siempre funciona bien. Y no funcionó. Había momentos de mucho  amor y momentos de mucho choque. Una pareja que se quería y que a la vez no sabía muy bien cómo estar junta sin que todo fuera  demasiado intenso, demasiado complicado, demasiado volcánico. La separación llegó y con ella llegó algo que marcaría el resto de la vida de Rocío, una niña que crecería siendo la hija de la mujer más famosa de  España.

con todo lo que eso conlleva, con todo lo que eso pesa, con todo lo que eso cobra, sin que nadie  te lo advierta. Rocío Jurado era una madre que trabajaba,  que viajaba durante meses, que pasaba semanas fuera, que llegaba a casa vaciada después de dar todo lo que tenía delante  de miles de personas y que a veces no tenía nada más que dar cuando llegaba.

En una época en que eso todavía generaba juicio, en que se esperaba que una madre estuviera siempre, sin importar lo que hiciera fuera, sin importar cuánto hubiera dado ya. Rocío no podía estar siempre. Nadie que hiciera lo que ella hacía podía estar siempre. Pero eso no  quitaba el peso. No quitaba que Rocío Carrasco crecía y su madre  no siempre estaba.

Y eso dejó una marca, una marca que tardaría décadas en  salir a la luz, pero que estaba desde el principio. Entonces llegó Ortega Cano, José Ortega Cano, torero, admirado, mucho más joven que Rocío. Eso ya fue un escándalo en sí mismo. España no estaba acostumbrada a ver a una mujer mayor con un hombre más joven.

Le daba vergüenza ajena, le parecía impropio, lo comentaba en todos los sitios. Rocío Jurado no les hizo el menor caso, los miró a todos y siguió  adelante. Se casaron en 1995 y empezó lo que durante  años pareció el gran amor de los 90 españoles. Pero detrás de ese amor había tensiones muy concretas, tensiones que las personas cercanas al matrimonio veían con  claridad.

Hay una cosa que mucha gente no recuerda. Hubo un momento  en una entrevista conjunta en la que Rocío habló de algo muy concreto. Dijo que en su matrimonio había momentos en que los dos tiraban en direcciones distintas, que ella tenía su mundo  y él tenía el suyo, que juntarlos no siempre era fácil.

Eso lo dijo con esa franqueza que la caracterizaba, sin adornos, sin diplomacia. Ortega Cano escuchaba y no respondía. Ese silencio de Ortega Cano en esa entrevista lo decía todo, porque Ortega Cano venía de un mundo muy específico, el mundo  del toreo, un mundo con sus propias reglas, con una manera muy concreta de entender cómo debe ser una mujer al lado de un hombre.

Y Rocío Jurado no era esa mujer, era todo lo contrario. Tenía más fama que él, ganaba más dinero que él, era más reconocida que él en todo el mundo y eso  genera una presión interna en un hombre de ese mundo que no siempre se gestiona bien, que dentro de casa se convierte en algo muy difícil de sostener.

Las personas que estuvieron cerca del matrimonio hablaron de momentos de mucha tensión, de discusiones fuertes, de caracteres que chocaban sin encontrar punto medio. No fue un matrimonio  fácil, fue un matrimonio de dos personas enormes que se amaban y que a veces no sabían cómo estar juntas. Esa es la verdad del matrimonio de Rocío y Ortega Cano.

No la de las portadas,  la de dentro. La adopción de José Fernando y Gloria  Camila es el capítulo más comentado y menos entendido de toda la historia de Rocío Jurado. Porque la adopción generó opiniones muy encontradas.  Había quien la admiraba enormemente. Una mujer en la  cumbre de su carrera que abría su casa a dos niños, que les daba  una familia, un apellido, una vida que de otra manera no habrían tenido.

Pero también había preguntas, preguntas que muy  poca gente hizo en voz alta. ¿Cómo iba a afectar eso a Rocío Carrasco? ¿Cómo se siente una hija adolescente cuando su madre lleva dos niños más a casa? ¿Cómo se  procesa eso? ¿Qué lugar ocupa cada uno en esa familia nueva que nadie había  elegido del todo? Esas preguntas no tenían respuesta fácil y Rocío no la respondió  públicamente porque Rocío no debía explicaciones a nadie.

Esa era su postura y la mantuvo siempre. José Fernando y Gloria Camila llegaron a la familia en momentos distintos, en circunstancias distintas y crecieron en un mundo que no era fácil de gestionar, el mundo de ser el hijo adoptivo de  la artista más famosa de España, con la atención constante, con las preguntas que no cesan, con la comparación permanente con la hija biológica, con la necesidad de encontrar tu lugar en una familia que ya existía antes de que  llegaras, que tenía su historia, sus heridas, sus

dinámicas formadas.  Eso es muy difícil para cualquier niño. Pero la historia de José Fernando es la parte más dura de  todo este guion porque es la más concreta y la más triste. José Fernando tuvo una vida  muy complicada, problemas serios con las drogas desde muy joven, ingresos en centros de rehabilitación, recaídas que se hicieron públicas, una lucha que  no terminó bien durante muchos años y todo eso lo vivió con el apellido Ortega jurado encima, con toda España mirando, con los

programas de televisión comentando cada ingreso, con personas que no lo conocían de nada. opinando sobre lo que le pasaba como si fuera un tema de debate y no una persona real. Eso hizo todo más difícil, muchísimo más difícil, porque cuando una persona lucha contra algo tan duro y lo hace además delante de toda España, la carga es insoportable.

No hay intimidad para sanar, no hay espacio para equivocarse sin que nadie lo vea. No hay posibilidad de caerse y levantarse sin testigos. Todo es público, todo es comentado, todo es analizado y José Fernando lo vivió así desde niño, desde que llegó a esa familia. Hay personas del entorno que han dicho en distintos momentos que la vida pública que tuvo desde tan joven influyó en lo que le ocurrió después, que Crecer siendo el hijo adoptivo de Rocío Jurado, con todo lo que eso significaba en la España de los 90, dejó una huella que no

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