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Pedro Infante Lloró en el Funeral de Jorge Negrete — Tres Días Después Su Secreto Salió a la Luz

Miles de personas empujando hacia el féretro  desde las primeras horas. El olor a flores era tan denso que mareaba. Mujeres que se  desmayaban y tenían que ser sacadas en brazos mientras otras ocupaban su lugar de inmediato,  como si el espacio junto a Jorge Negrete fuera algo por lo que valía la pena caer.

Hombres llorando sin pudor en plena calle, cosa que en el México de aquellos años  no era común, cosa que hablaba con exactitud de la dimensión de lo que se había perdido. Los granaderos hacían lo que podían.  El orden era una idea que esa mañana no encontraba donde sostenerse. Pedro cargó el ataúd, lo hizo con otros hombres  que también habían querido a Jorge y lo hizo con esa fuerza suya que no era la fuerza del que presume,  sino la del que aguanta.

Sus manos sobre la madera oscura, sus pasos lentos y seguros  por el pasillo que la multitud abría instintivamente a su paso, porque incluso en el dolor más desbordado, la gente reconocía  a Pedro Infante y algo en ellos cambiaba cuando lo tenían cerca. como si su presencia fuera una forma de permiso para sentir lo que ya estaban sintiendo.

Afuera esperaban las calles y en las calles esperaba algo que ninguno  de los presentes había visto antes, ni volvería a ver igual. 300,000 personas. Eso dijeron los periódicos  al día siguiente. 300,000 personas siguiendo una carroza por las calles de Ciudad de México en un martes de diciembre que había amanecido frío y nublado  como si el cielo también hubiera recibido la noticia y no supiera qué hacer con ella.

El sonido de esa procesión no era el sonido del llanto, aunque había  llanto. Era algo más grande y más continuo, un murmullo enorme como el sonido del mar, pero con una tristeza dentro que el mar no tiene. Interrumpido  cada cierto tiempo por oleadas de llanto que subían y bajaban y volvían a subir sin que nadie las dirigiera, simplemente porque el dolor de tanta gente junta tiene su  propio ritmo y su propia manera de moverse.

Pedro iba cerca del féretro. Cerca era un concepto que esa mañana no significaba  lo mismo que en cualquier otro día. La multitud empujaba y se cerraba y se abría y volvía a empujar. En algún momento del trayecto, Pedro se encontró rodeado de gente que no  conocía, cuerpos que no eran los suyos.

El calor de 300,000 personas mezclado  con el frío de diciembre en una combinación que no tenía nombre, pero que se sentía en la piel como  algo que no iba a olvidarse fácilmente. Miraba la carroza cuando podía verla. Cuando la multitud se cerraba entre ellos,  miraba el espacio donde debería estar la carroza y esperaba que se abriera otra vez.

Eso era lo que había sido ese día hasta  entonces. Esperar, estar cerca sin poder estar, querer algo que la circunstancia no dejaba tener. En el panteón jardín fue peor. La muchedumbre arrasó con las flores de las otras  tumbas sin darse cuenta, empujada por su propio dolor hacia delante, siempre hacia adelante,  como si acercarse más pudiera cambiar algo que ya no tenía remedio.

Casi 200 personas resultaron  lesionadas. El sacerdote que arrojó el agua bendita sobre el ataú tuvo que hacerlo deprisa porque la presión humana no daba tiempo para la liturgia. Pedro estuvo ahí, estuvo en ese lugar en ese momento exacto. Pero Jorge Negrete fue bajado a la tierra entre el caos y el ruido y el llanto colectivo de un país que no terminaba de creer lo que estaba pasando.

Y Pedro no pudo quedarse quieto junto  a la tumba ni un minuto. Alguien siempre necesitaba algo de él. Alguien siempre lo jalaba hacia otro lado. Una mano  en el hombro, un hombre dicho desde atrás, una cámara apuntando desde algún ángulo que él no había visto y la tumba de Jorge quedaba atrás entre la multitud.

Y Pedro se alejaba de ella sin haber  podido hacer lo que había ido a hacer, sin haber podido decir lo que había ido a decir, sin haber podido  quedarse quieto frente a ese nombre grabado en la piedra el tiempo suficiente para que el silencio entre ellos fuera el silencio que necesitaba  hacer y no el ruido de un país entero llorando al mismo tiempo.

Esta tarde Pedro regresó  a su casa. Dejó el sombrero en la entrada, se sentó en  algún lugar que no era la sala ni el comedor, sino ese sitio intermedio donde uno se queda cuando no sabe qué hacer con  el propio cuerpo. Y no habló con nadie. Pedro Infante y Jorge Negrete no habían sido amigos desde siempre.

Eso es importante entenderlo para entender lo que vino después. No eran de los que se llaman todos  los días ni de los que se cuentan sus problemas en voz baja durante las madrugadas. eran otra  cosa, algo más difícil de nombrar que la amistad, algo que había tardado años en construirse y que se había  construido de una manera que ninguno de los dos había planeado.

Cuando Pedro llegó a Ciudad de México desde Guamuchil, Sinaloa, Jorge Negrete ya era la figura más grande del cine mexicano. El charro cantor que llenaba teatros y cuya fotografía aparecía en las portadas de las revistas de espectáculos con esa naturalidad de los hombres que parecen haber nacido para estar en las portadas. Pedro lo admiraba con esa admiración particular que tienen los hombres jóvenes que han crecido escuchando a alguien desde lejos  y que cuando lo conocen en persona no saben bien cómo comportarse porque la distancia entre el mito y el

hombre de carne y hueso los descoloca por completo. Jorge no le había facilitado las cosas al principio. Era un hombre de carácter de esos que ponen a prueba a los demás antes de concederles algo que se  parezca a la confianza. Pedro tuvo que ganarse su respeto de la única manera en  que Pedro sabía ganarse las cosas, trabajando, siendo quién era sin  pretender otra cosa, sin intentar parecer más grande ni más pequeño de lo que era, simplemente apareciendo todos los días y haciendo  lo que sabía hacer con

toda la honestidad que tenía. Con el tiempo llegó el respeto y luego  despacio llegó algo más que el respeto. En 1952 los pusieron juntos en  una película. Dos tipos de cuidado. La industria lo presentó como un duelo,  como si dos hombres con esa cantidad de talento y esa cantidad de nombre propio no pudieran compartir un escenario sin que uno intentara destruir al otro.

Los periodistas buscaban la tensión. Los productores insinuaban la rivalidad. Pedro y Jorge les dieron exactamente lo contrario. Sobre el set  descubrieron algo que ninguno había esperado, que trabajar juntos era diferente a trabajar solos, que había algo entre las dos voces, una frecuencia que no  existía cuando cantaban por separado y que aparecía sola en el espacio entre los dos micrófonos,  como si hubiera estado esperando ahí todo el tiempo a que los dos llegaran al mismo lugar al mismo tiempo. El público lo sintió desde la

primera noche en el teatro lírico.  Las crónicas de los periódicos decían que mientras Jorge crecía en cercanía y  en simpatía, Pedro crecía en voz y en seriedad artística, como si el contacto con el otro los estuviera transformando en tiempo real sin que ninguno de  los dos lo hubiera pedido ni lo hubiera visto venir.

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