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ANA OBREGON :CONFESÓ LA ASQUEROSA VERDAD SOBRE LA NIÑA

Una cabeza brillante por debajo del bronceado  que la televisión española iba a convertir años después en su marca. Y aquí está  la primera contradicción de toda su biografía, la que casi nadie subraya. Ana Obregón tenía un doctorado en biología molecular cuando  empezó a hacer comedias ligeras en televisión.

Eligió la pantalla, no el laboratorio, y la pantalla durante 40 años le devolvió exactamente lo que ella le pidió. Atención, constante, sin descanso. La pantalla nunca la dejó sola. La pantalla siempre estaba ahí. Y eso para una mujer que arrastraba algo que todavía no hemos contado, era una droga perfecta. Y aquí hay un dato que cambia toda la lectura.

La primera vez que Ana Obregón apareció en televisión en  1981, lo hizo de la mano de un hombre que años después acabaría siendo el padre de su único hijo. Ese hombre tenía una opinión muy concreta  sobre cómo debía vivir Ana y esa opinión la persiguió durante 40 años. Alesandro Lequio  era italiano, conde por nacimiento, sobrino de la realeza italiana.

Una vida construida sobre privilegios que él daba por descontados desde la cuna. Cuando conoció a Ana Obregón en los años 80, ella ya era una figura ascendente de la televisión española y él  era un personaje europeo que circulaba entre Madrid, Milán y la costa esmeralda. Tuvieron una relación intensa,  muy expuesta, que España siguió en las revistas durante años.

una relación que ya entonces tenía algo que las revistas no contaron completo. Lequio era controlador. Lequio tenía un carácter difícil. Lequio decía y se desdecía. Y Ana,  que era brillante intelectualmente, pero frágil sentimentalmente, se quedaba. En 1992 nació Alex Lequio García. Ana tenía 37 años.

Ales fue desde el primer día el centro absoluto de su vida. Ella lo crió prácticamente sola. Lequio aparecía y desaparecía, estaba  y no estaba. Reconocía al niño y se ausentaba durante temporadas largas. Y Ana durante todos esos años construyó alrededor de Alés una intensidad maternal que las  personas cercanas describían entonces como devoción y  describirían años después con otra palabra mucho más incómoda.

Y aquí hay algo que necesito que recuerdes. Existe una entrevista  de Alex, una sola, larga. hecha cuando él tenía 18 años  antes de que enfermara. En esa entrevista hay una frase sobre su madre que la gente pasó  por alto en su momento, pero esa frase leída hoy retrata exactamente lo que vino  después. Vamos a volver a ella.

Guárdala. Alés creció entre dos mundos, el glamur  intermitente de su padre y la atención permanente de su madre. Buen estudiante,  atlético, educado en colegios privados y en universidades extranjeras. Hablaba varios idiomas igual que su madre.  Le gustaban las finanzas, el cine, la música.

Hay quien lo recuerda en esos años  como un chico con una madurez extraña para su edad. Esa madurez que tienen los hijos únicos de madres  muy presentes. La madurez de quien lleva mucho tiempo siendo la persona adulta de la  habitación, porque su propia madre, debajo de la sonrisa no acaba de serlo. En 2018, con 26 años, Alés  empezó a sentirse mal.

Cansancio que no se iba. Dolores, análisis, más análisis. Y un diagnóstico que llegó como llegan estos diagnósticos, cáncer, una forma rara y agresiva, sarcoma sinovial, un tumor de  tejidos blandos que tiende a aparecer joven, que es muy poco común y que en sus formas avanzadas tiene un pronóstico durísimo.

Y aquí es  donde todo cambia, porque a partir de ese día, la vida de Ana Obregón dejó de pertenecerle a ella.  empezó a girar entera alrededor de un único objetivo, salvar a su hijo. Y cuando ese objetivo se demostró imposible, ella no pudo aceptarlo. Ese es el centro de todo lo que vino después. Los Lequio Obregón pusieron al servicio de Alés todo lo que se podía poner.

Dinero, contactos, médicos, hospitales, vuelos. Lo trasladaron a Nueva York al memorial Slone Cathering Cancer Center, uno de los centros oncológicos más reconocidos del mundo. Allí entraron  en un ensayo clínico experimental. Allí Alés pasó los últimos  meses de su vida. Ana se mudó a Nueva York para estar con él.

Vivía en un apartamento cerca del hospital. Iba todos los días. dormía a veces en la habitación, en  un sillón que las enfermeras le pusieron para que pudiera estar al lado de su hijo durante los tratamientos más duros. La rutina era esta. Ana se levantaba sobre  las 6 de la mañana en aquel apartamento alquilado de Manhattan.

Preparaba un café. Salía a la calle todavía a oscuras en invierno. Caminaba 20 minutos hasta el hospital. Subía a la planta donde  estaba Alex, pasaba el control de la entrada. Llegaba a la 1428, le daba los buenos días a su hijo y empezaba un día que iba a ser, en lo esencial, idéntico  al anterior.

Analíticas, visitas de oncólogos, esperas, resultados. ajustes de medicación, más esperas. Hasta las 8 o las 9 de la noche, cuando ella volvía caminando al apartamento,  comía cualquier cosa de pie en la cocina y se metía en la cama, sabiendo que en 6 horas tocaba volver a empezar. Eso durante  meses, sin domingos, sin vacaciones, sin pausa.

Una mujer de 64 años haciendo esa caminata cada día en invierno con la nieve sucia de Manhattan apilada en las aceras. Hay personas que la cruzaban en aquel trayecto y que la recuerdan con la cabeza baja, la bufanda subida hasta los ojos, los auriculares puestos. Caminaba rápido, no miraba a nadie. Una de las pocas  dignidades que la fama no le había quitado era esa, que en Nueva York, en aquella esquina del Aperast  Side, nadie sabía quién era.

Era una madre más caminando hacia  el hospital de su hijo. Y aquí está la parte de esta historia que el ruido mediático ha tapado durante  años. Esos meses en Nueva York fueron lo más parecido al infierno que una madre puede  vivir. Ver a un hijo de 26 años irse despacio con todo el  dinero del mundo encima y nada que comprar para detenerlo.

Ana hacía cosas que no aparecen en ninguna entrevista. llevarle comida casera al hospital, cantarle por la noche cuando no podía dormir por los dolores, leerle libros, verle adelgazar semana a semana, ver como  su cuerpo, el cuerpo del niño que ella había parido a los 37 años, se iba  consumiendo en una cama de hospital americana.

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