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ANTONIO AGUILAR REVELA quien es el HIJO OCULTO entre JORGE NEGRETE y PRIETA LINDA

Entre el público, sentada en la tercera fila exactamente al centro, había una mujer que pocos conocían fuera de los círculos más íntimos de la industria musical. Su nombre artístico era Prieta Linda, su nombre real era María del Socorro Ramírez Inclán. Y esa noche sus ojos oscuros no se apartaron ni un segundo del hombre que cantaba ella arriba del escenario.

Lo que nadie sabía es que ese no era el primer encuentro entre ellos. Tres meses antes, en julio de ese mismo año, Jorge y Prieta Linda habían compartido camerino durante una gira por Jalisco que incluía presentaciones en Guadalajara, Puerto Vallarta y Lagos de Morelos. Según testimonio de Refugio Martínez, utilero del teatro de Gollado, los había visto salir juntos del teatro a la 1 de la madrugada en cuatro ocasiones distintas, siempre por la puerta trasera que daba al callejón de San Francisco, siempre subiendo al mismo pacar clipper color

azul marino con placas de la Ciudad de México. Pero aquella noche de noviembre en el Teatro Blanquita algo cambió. Durante el intermedio del concierto, mientras Jorge se retiraba a su camerino para cambiarse de traje, Prieta Linda se levantó de su asiento, caminó por el pasillo lateral esquivando las miradas curiosas de otros asistentes y tocó tres veces a la puerta del camerino número siete. La puerta se abrió.

Nadie volvió a verla salir durante los siguientes 37 minutos. Lo que ocurrió dentro de ese camerino es algo que solo dos personas conocieron con exactitud, pero las consecuencias de esos 37 minutos marcarían el resto de sus vidas y desatarían un secreto que tres generaciones de artistas jurarían proteger.

Cuando Jorge regresó al escenario para la segunda parte del concierto, su voz sonaba idéntica. Su sonrisa seguía siendo impecable, pero quienes lo conocían de verdad notaron algo distinto en sus ojos. Había en ellos una sombra nueva, una preocupación que no existía una hora antes. Y Prieta Linda, cuando regresó a su asiento 7 minutos después, llevaba el rímel corrido y las manos aferradas a su bolso de terciopelo negro, como si dentro de él cargara el secreto más peligroso del mundo.

Los meses siguientes fueron una borágine de acontecimientos que parecían diseñados para ocultar la verdad. En diciembre de 1947, Jorge Negrete firmó contrato para filmar cinco películas consecutivas con la productora Films Mundiales, un acuerdo sin precedentes que lo obligaría a permanecer en locaciones alejadas de la capital durante meses enteros.

En enero de 1948, Prieta Linda anunció de forma abrupta que se retiraría temporalmente de los escenarios por motivos de salud, una excusa que la prensa de espectáculos aceptó sin cuestionar demasiado, porque en aquella época las artistas femeninas desaparecían con frecuencia y nadie preguntaba las razones.

Lo que nadie sabía es que Prieta Linda no estaba enferma, estaba embarazada. Y el hombre que había provocado ese embarazo era exactamente quien todos sospechaban, pero nadie se atrevía a mencionar en voz alta. Durante los siguientes 8 meses, Prieta Linda vivió escondida en una casa de campo en Tepostlán, Morelos, una propiedad de dos plantas con techo de teja roja y paredes encaladas que pertenecía a la familia de su comadre Ester Vázquez de la Torre.

La casa estaba ubicada en el número 47 de la calle Revolución, a tres cuadras del mercado municipal y lo suficientemente lejos del centro del pueblo como para que nadie hiciera demasiadas preguntas. Cada jueves por la tarde, un buik especial color crema se estacionaba frente a la casa. Siempre conducido por el mismo hombre, Edmundo Gallardo, chóer personal de Jorge Negrete desde 1944.

Edmundo entraba a la casa cargando dos maletas de piel café, una llena de víveres comprados en el mercado de la Merced, la otra llena de sobres manila que contenían dinero en efectivo. Cantidades que variaban entre 800 y 12,200 pesos por semana, siempre en billetes de 50 que nunca habían sido doblados.

El dinero venía directamente de la cuenta personal de Jorge, retirado cada martes por la mañana del Banco Nacional de México, sucursal Madero, según confirmaron años después los registros financieros que el licenciado Villalobos conservó como evidencia de un acuerdo que nunca debió existir. Pero había algo más dentro de esas maletas que Edmundo entregaba religiosamente cada jueves. Cartas.

Docenas de cartas escritas a mano en papel membretado del hotel Reforma con la letra inconfundible de Jorge Negrete, esa caligrafía inclinada hacia la derecha que los grafólogos identificarían décadas después con precisión absoluta. En esas cartas, Jorge no hablaba de amor eterno, ni hacía promesas de matrimonio. Hablaba de responsabilidad, de honor, de hacer lo correcto, aunque eso significara mantener el secreto más doloroso de su vida.

En una carta fechada el 3 de mayo de 1948, Jorge escribió: “Socorro, comprende que mi posición no me permite reconocer públicamente lo que tú y yo sabemos que es verdad, pero te juro por la memoria de mi madre que ese niño nunca carecerá de nada. He hablado con Villalobos y hemos diseñado un plan que nos protegerá a ambos, pero sobre todo protegerá al inocente que viene en camino.

Confía en mí.” En otra carta del 17 de julio, apenas tres semanas antes del nacimiento, el tono era más desesperado. He tenido pesadillas donde todo sale mal, donde los periodistas descubren la verdad y destruyen todo lo que he construido. No por mí, Socorro, sino por él, por nuestro hijo. ¿Entiendes la magnitud de lo que enfrentamos? Si esto se sabe, no solo arruino mi carrera, arruino la de todos los que dependen de mí.

Los mariachis, los músicos, los técnicos, las familias que comen gracias a que Jorge Negrete vende discos y llena teatros. No puedo ser egoísta, pero tampoco puedo abandonarlos. El 18 de agosto de 1948, a las 4:30 de la madrugada en el Hospital General de Cuernavaca, Prieta Linda dio a luz a un niño que pesó 3,2 g y midió 52 cm.

El parto fue atendido por el Dr. Heriberto Maldonado Cisneros, un obstetra que había estudiado en la Universidad Nacional y que esa noche cobró el triple de sus honorarios habituales a cambio de no hacer preguntas y no registrar ciertos detalles en el libro de nacimientos del hospital. El niño lloró con fuerza apenas salió del vientre de su madre, un llanto que, según la partera domitila Huerta Sánchez sonaba inusualmente grave para un recién nacido, como si ya desde ese primer instante hubiera heredado la potencia vocal de su padre. Prieta Linda

lo sostuvo contra su pecho durante 40 minutos, llorando en silencio mientras las enfermeras limpiaban y preparaban el papeleo, y entonces tomó la decisión más devastadora de su vida. A las 6 de la mañana de ese mismo día, el licenciado Ernesto Villalobo Santa María llegó al hospital conduciendo personalmente un Chrisler Winsor negro.

No llevaba chóer, no llevaba asistentes, no llevaba testigos de ningún tipo. Subió directamente a la habitación 304, donde Prieta Linda seguía abrazando a su hijo y depositó sobre la cama un sobre de papel manila que contenía tres documentos. El primero era un certificado de nacimiento ya llenado con el nombre del niño registrado como Carlos Alberto Ramírez Vázquez, hijo de madre soltera, padre desconocido.

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