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La vida en la rancho de Lorenzo de Monteclaro en México: riqueza discreta, y su mundo privado

en las afueras de Cuencamé, Durango, en un rancho que el hijo más famoso que dio ese municipio, compró con el dinero de las canciones que hicieron llorar a los migrantes mexicanos en Chicago, en Phoenix, en Los Ángeles y en todas las ciudades del norte, donde un hombre con sombrero y un saxofón podía llenar un salón de baile hasta los topes.

Hay una silla de madera que mira hacia el horizonte del altiplano duranguense. Esa silla estuvo ocupada durante más de 60 años por dos personas. Lorenzo la utilizaba para componer, Rosa María para abordar. Él encontraba los versos mirando hacia las montañas. Ella lo miraba a él. Desde que Rosa María murió, Lorenzo se sienta solo en esa silla y es desde esa silla desde donde vamos a contar la historia que no se contó bien cuando ocurrió.

La historia de un hombre que grabó más de 100 álbumes y cerca de 1000 canciones, que llenó estadios en México y salones de baile en Estados Unidos durante 40 años sin parar, que inventó un sonido, el norteño con saxofón que nadie había escuchado antes y que después de él nadie ha podido replicar con la misma autenticidad, que construyó un rancho en Durango con caballos y establos y un gallinero que según él mismo era donde encontraba la inspiración y que cuando su esposa murió en 2023, después de 67 años de matrimonio, quedó tan en silencio que

sus fans creyeron que también él se había ido. Pero hay preguntas que esa historia no respondió cuando ocurrió. ¿Cuánto vale realmente el rancho de Lorenzo de Monteclaro? ¿Qué clase de vida construyó en ese pedazo de tierra duranguense mientras sus canciones sonaban en la radio y sus discos se vendían en los mercados de la frontera? ¿Y cuál es la historia detrás de la carta que Rosa María le escribió antes de morir y que lo convenció de volver a los escenarios cuando todos pensaban que ya no había razón para que lo hiciera? Y

la pregunta más difícil, la que sus hijos y sus fans se hacen en voz baja desde que él volvió al escenario más delgado y más callado, pero con la misma voz de siempre. ¿Puede un hombre de casi 90 años seguir siendo una leyenda cuando el corazón del que dependía todo lo que fue ya no está? Antes de terminar este video vas a tener todas las respuestas.

Comencemos. Lorenzo Hernández Martínez nació en Cuencamé, Durango, en un año que las fuentes documentan con la imprecisión que tiene la vida de los hombres que crecieron en el campo mexicano del siglo pasado, donde los registros civiles no siempre eran la primera prioridad de las familias que tenían cosechas que levantar y animales que cuidar.

Lo que sí está documentado es la historia de un muchacho delgado que cantaba en los campos mientras ayudaba a su padre con las cosechas de maíz y frijol del altiplano duranguense. Cuencamé en aquellos años, un municipio del semidesierto de Durango, donde el sol cae con una intensidad que en el verano hace que el aire vibre visiblemente sobre la tierra, donde los mezquites crecen torcidos y resistentes, como si el paisaje mismo les hubiera enseñado que sobrevivir requiere adaptarse a las condiciones sin quejarse.

donde las familias trabajadoras criaban a sus hijos con el tipo de valores que en el norte de México tienen una claridad y una contundencia que otras latitudes del país no siempre replican. El trabajo es la única moneda que no se devalúa. La familia es lo primero y lo último, y la palabra dada es tan sagrada como cualquier contrato firmado.

Lorenzo creció en ese entorno con su padre, con la tierra. con los animales del rancho familiar, que aunque modesto, era suficiente para que una familia trabajadora del Durango rural tuviera algo que defender y algo que heredar. La música llegó de la manera en que llega en los ranchos del norte de México, por el aire, en los jaripeos, en las fiestas patronales, en las canciones que los trabajadores del campo cantaban mientras realizaban las labores que el calendario agrícola del semidesierto imponía con su ritmo implacable. Lorenzo

absorbió ese sonido desde niño con la naturalidad de quien no distingue todavía entre lo que está aprendiendo y lo que ya sabe. A los 18 años llegó a una estación de radio en Torreón, la XC de N, y cantó en un concurso amater donde no ganó, pero donde su voz dejó una impresión suficientemente fuerte para que lo invitaran a cantar en ferias, jaripeos y bautizos de la región.

No era el tipo de debut que genera portadas, era el tipo de debut que ocurre cuando el talento real encuentra su primer micrófono. El nombre artístico llegó durante una de esas primeras apariciones radiales. El locutor lo presentó como Lorenzo de Montecaro porque su voz es tan clara como una montaña. El nombre pegó.

sonaba como el título de una canción ranchera llena de paisaje y de cielo. Y Lorenzo lo adoptó sin demasiado protocolo porque en el norte de México las cosas importantes raramente requieren mucho protocolo. Lo que sí requirió mucho trabajo fue construir la carrera que siguió a ese nombre. Sin disquera, sin representante, sin formación académica en música, Lorenzo fue construyendo su audiencia presentación por presentación.

Primero 100 personas, luego 200, luego salones de baile que no daban abasto. La gente del norte lo quería porque lo que él cantaba era lo que ellos vivían, el amor, la traición, la nostalgia del que se va, el orgullo del que se queda. Y lo cantaba con un instrumento que nadie había usado en esa música antes de él, el saxofón.

La decisión de incorporar el saxofón a la música regional norteña fue la decisión que cambió la historia del género. No fue una decisión teórica ni el resultado de un estudio de mercado. Fue el experimento práctico de alguien que escuchó ese sonido y supo instintivamente que pertenecía a la música que hacía. El saxofón tiene en sus registros graves algo que resuena físicamente en el pecho del que lo escucha con una intensidad que el acordeón solo puede parcialmente replicar.

Y en los corridos de desamor y de frontera que eran el repertorio central de Lorenzo, esa resonancia era exactamente lo que las historias necesitaban. Ese sonido, el norteño con saxofón, fue adoptado después por decenas de grupos. Los rieleros del norte, los invasores de Nuevo León, conjunto primavera. Todos ellos reconocieron a Lorenzo como la referencia original, el verdadero padre del estilo.

En 1973 llegó el ausente. La canción que lo convirtió en leyenda, una melodía construida alrededor de la experiencia del migrante, del hombre que se fue al norte buscando trabajo y que extraña su tierra, su familia. su rancho, los olores y los sonidos de lo que dejó. Una canción que no tuvo que promocionarse porque el público que la necesitaba la encontró solo, la forma en que se encuentran las cosas que llenan un vacío real.

El ausente se volvió himno en los salones de baile de Chicago, de Phoenix, de Los Ángeles, de Dallas, de todas las ciudades donde los trabajadores migrantes mexicanos construyeron sus comunidades lejos de sus pueblos. La canción sonaba en las radios de los camiones de los jornaleros, en los bares donde los sábados por la noche la nostalgia tenía permiso de ser sentida en público.

En las bodas, donde los que se habían ido y los que se habían quedado bailaban juntos por unas horas antes de que el lunes volviera a separar los mundos. Lorenzo solía bromear sobre la fecha de grabación con ese humor norteño que mezcla la modestia y el orgullo, de manera que solo funciona en las personas que genuinamente tienen ambas cosas.

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