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LA ÚLTIMA VEZ QUE JORGE NEGRETE VIO A LOLA BELTRAN, LE ENTREGÓ ALGO… ELLA LO ROMPIÓ SIN ABRIRLO

para entender qué pudo haber contenido ese paquete que Lola destruyó sin abrir, para comprender por qué Jorge eligió ese momento específico y ese lugar específico para entregarlo, para dimensionar la magnitud del arrepentimiento que perseguiría a Lola Beltrán durante el resto de su vida. Cada vez que alguien mencionaba esa tarde, hay que regresar exactamente 4 años y 7 meses atrás, a una noche de abril de 1949, en el estudio de grabación de Raca Víctor en la calle de Sedapio Rendón número 83, Ciudad de México.

Lola Beltrán tenía 23 años y acababa de grabar su primera sesión profesional como solista. Tres canciones que su productor, el maestro Rubén Fuentes, había seleccionado después de escucharla cantar en cabarets de segunda categoría durante 8 meses seguidos. Lola venía de Sinaloa, de un pueblo llamado El Rosario, donde las casas tenían piso de tierra y las aspiraciones de las mujeres terminaban generalmente en matrimonio a los 16 años y seis hijos.

Antes de los 30, ella había escapado de esa ruta predeterminada con una maleta de cartón. 200 pesos que su madre le dio sin que su padre lo supiera y una voz que cuando se abría paso por su garganta tenía la capacidad de hacer que hombres adultores dejaran de masticar a mitad de una cena. Jorge Negrete llegó al estudio esa noche sin que nadie lo esperara.

Tenía 37 años y era en aquel momento la estrella masculina más importante del cine y la música mexicana, con 32 películas filmadas, contratos millonarios y un rustro que aparecía en carteles desde Tijuana hasta Buenos Aires. Venía acompañado por su representante, el licenciado Armando Soto Pérez, abogado especialista en contratos de entretenimiento.

Cédula profesional 47,382. egresado de la Facultad de Derecho de la UNAM en 1936, quien llevaba un portafolio de piel café con tres contratos que necesitaban revisión antes del lunes. Jorge no entró a la cabina de grabación, se quedó en la sala de espera Anexa. Un cuarto rectangular con paredes forradas, de corcho dos sillones de piel desgastada, color vino y una ventana de vidrio que permitía ver hacia el estudio principal.

Desde ahí, sin que ella lo supiera, escuchó a Lola Beltrán cantar las tres canciones que cambiarían su carrera y que, de alguna manera incomprensible también cambiarían la forma en que él entendía lo que significaba la palabra imposible. La primera canción era Cucurucuku Paloma de Tomás Méndez. Lola la interpretó con los ojos cerrados de pie frente al micrófono R77 DX que el ingeniero de sonido Mauricio Ledesma Torres había ajustado exactamente a la altura de su boca después de tres intentos.

La segunda, toma fue la que quedó grabada. En ella hay un momento específico, en el segundo 57, donde la voz de Lola hace una inflexión descendente en la palabra lloraba, que técnicamente es incorrecta según las normas del canto lírico, pero que emocionalemente perfora algo que las técnicas correctas nunca alcanzan. Mauricio lo notó, Rubén Fuentes lo notó, Jorge Negrete del otro lado del vidrio también lo notó, porque en ese momento dejó de revisar los contratos que tenía sobre las rodillas y levantó la cabeza con la expresión de alguien que acaba de

escuchar su nombre pronunciado en un idioma que no sabía que existía. Cuando Lola terminó la sesión, eran las 11:15 de la noche. Salió del estudio principal secándose el sudor de la frente con un pañuelo blanco bordado con sus iniciales. LVR, que su madre le había regalado antes de irse de Sinaloa. Rubén Fuentes le dijo que las tres tomas habían quedado perfectas, que el disco saldría en junio, que su vida estaba a punto de cambiar de maneras que todavía no podía imaginar.

Lola asintió sin decir mucho, porque en el fondo no terminaba de creerlo, porque las mujeres que venían de donde ella venía, habían aprendido a no creer en promesas hasta verlas materializadas en papel firmado. Jorge Negrete estaba esperándola en el pasillo. Lola lo reconoció inmediatamente, como lo habría reconocido cualquier persona en México en 1949, pero fingió que revisaba algo en su bolso de mano color beige, con cierre de metal dorado para darse tiempo de controlar la aceleración de su pulso.

Jorge se presentó con una cortesía formal que, en retrospectiva, parece casi cómica, dada la cercanía que desarrollarían después. le dijo que había escuchado su voz desde la sala de espera, que tenía algo que pocas voces tenían, que si ella estaba dispuesta, le gustaría invitarla a tomar un café para hablar de un proyecto que tenía en mente.

Lola aceptó porque en 1949 una invitación de Jorge Negrete no era una invitación, era una puerta que se abría hacia un mundo que de otra manera permanecería cerrado para siempre. fueron a un café de la colonia Roma que ya no existe en la esquina de Orizaba y Álvaro Obregón, un local de techos altos con ventiladores de aspas que giraban lentamente y mesas de mármol con patas de hierro forjado.

Pidieron café de olla servido en tazas de barro. Jorge pagó con un billete de 20 pesos y le dijo al mesero que se quedara con el cambio. Hablaron durante 2 horas y 17 minutos, según la cuenta que el mesero Vicente Rubalcava Méndez, entonces de 28 años, recordaría en una conversación casual con su nieta en 1987, quien tomó nota de esa historia en un cuaderno de pasta dura que todavía se conserva en la casa familiar de Coyoacán.

Jorge le habló a Lola de un proyecto de película que estaba desarrollando, una historia de amor imposible entre un charro y una cantante que venía de la provincia. le dijo que buscaba una actriz nueva, alguien que trajera autenticidad en lugar de técnica, alguien que cuando cantara en pantalla no pareciera que estaba actuando, sino que estaba sangrando en cámara lenta.

Lola, escuchó sin interrumpir, con las manos alrededor de la taza de café que ya se había enfriado. Cuando Jorge terminó de hablar, ella le preguntó por qué la había elegido a ella, que apenas tenía tres canciones grabadas y ninguna experiencia frente a una cámara. Jorge se tomó su tiempo para responder. Dijo que había algo en su voz que le recordaba a alguien que había conocido hace mucho tiempo.

Alguien que ya no estaba. No dijo quién. Lola no preguntó. Esa noche comenzó una relación profesional que en Espapel nunca dejó de ser profesional, pero que en los márgenes, en las pausas entre ensayos, en las conversaciones que se extendían más allá de lo necesario, en las miradas que duraban 2 segundos más de lo socialmente aceptable, contenía algo que ninguno de los dos nombraba, porque nombrar las cosas las vuelve reales y las cosas reales tienen consecuencias.

La película nunca se filmó. Los productores consideraron que Lola era demasiado nueva, demasiado inexperta, demasiado riesgosa para una inversión de esa magnitud. Jorge peleó por ella durante tres meses. Asistió a cinco reuniones de producción donde argumentó, negoció, amenazó con retirarse del proyecto si no le daban a Lola el papel.

Pero en 1949, incluso Jorge Negrete, con todo su poder de estrella, no podía cambiar ciertas decisiones cuando el dinero de los inversionistas estaba involucrado. El proyecto se canceló en julio. Lola se enteró por un telegrama que le llegó al cuarto que rentaba en una vecindad de la colonia.

doctores, un espacio de 3 m por 4 con una cama individual, una silla de madera y una ventana que daba a un patio interior donde las vecinas tendían la ropa y discutían a gritos sobre quién había usado el jabón de quién. Jorge no le envió el telegrama, lo envió la secretaria de producción, pero Jorge sí la llamó tres días después desde Guadalajara, donde estaba filmando otra película para disculparse.

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