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Lola Beltrán: La Reina Ranchera Que Murió Sola… y Traicionada

Esa niña tiene una voz que no es de niña. Es una voz de mujer adulta que se ha equivocado de cuerpo. Una voz grande, redonda, con un peso adentro que no debería estar en una garganta de 6 años. Aquí entra una figura que va a marcar a Lola para toda su vida. El padre Pedro Beltrán es un hombre de campo, de pocos estudios, de manos grandes y voz baja.

Un hombre que quiere a su hija con la única forma que sabe querer, trabajando para que no le falte nada esencial. No le falte el pan, no le falte el techo, no le falten los zapatos cuando empiece la escuela. Pero hay cosas que un hombre así, en un pueblo así, en una época así, no sabe cómo dar, no sabe decir te quiero, no sabe abrazar fuerte, no sabe explicar que está orgulloso.

Lo demuestra otra forma, trabajando hasta que se le caen los ojos, comprando un par de zapatos nuevos cuando puede, llevándola al pueblo de al lado un domingo. Eso es amor en el rosario. Eso es todo el amor que él tiene para dar. Y Lola lo sabe. Lola lo sabe siempre. Pero hay una parte de ella que necesita más, que necesita que a alguien le diga, “Tu voz es extraordinaria.

Vas a llegar lejos, no tengas miedo.” Esa frase nunca llega de su padre, no porque no la sienta, sino porque no sabe decirla. Y eso, esa frase que falta, es una herida pequeña que Lola va a llevar adentro toda la vida. Una herida que va a explicar muchas cosas más tarde, por qué cuando llegan los aplausos ella nunca termina de creérselos.

¿Por qué cuando una disquera deja de llamarla, ella interpreta el silencio como el silencio de su padre en la cocina? Hay heridas de infancia que no se cierran nunca. La de Lola es esta. No le bastó con que su padre la quisiera. Necesitaba oírlo y nunca lo oyó. La madre, en cambio, es otra historia. Doña María Ruiz, mujer fuerte de Sinaloa, de las que no se sientan a llorar porque no hay tiempo, que ve a su hija cantar y entiende antes que nadie, que esa niña no nació para quedarse en el rosario.

Es la madre la que empuja. Es la madre la que dice, “Cuando seas más grande, te vas a la capital. Aquí no hay nada para ti.” Es la madre la que guarda monedas durante años. en un frasco escondido en la cocina. Monedas para el día en que Lola se vaya, para que se vaya bien, para que no se vaya como tantas mujeres del pueblo huyendo y sin nada.

Esa diferencia, la madre que cree, el padre que quiere, pero no sabe decirlo, marca a Lola para siempre y va a aparecer en cada canción que cante. Porque cuando Lola canta sobre madres, llora y cuando canta sobre hombres que no supieron quedarse, también llora. Pero de otra manera. Lola llega a Ciudad de México siendo muy joven, casi adolescente todavía, con esa maleta pequeña que llenó su madre con dos vestidos y un par de zapatos buenos y con una voz enorme que no cabía en la malet.

La ciudad no la espera. La ciudad nunca espera a nadie. En la capital, una muchacha de pueblo es una muchacha más entre cientos de miles. Las calles son ruidosas. Los trambías pasan a velocidades que ella nunca había visto. La gente camina rápido, hay edificios altos, hay olores nuevos y nadie, absolutamente nadie, sabe que ella canta como canta.

Esa parte ella la va a tener que ganar sola. Consigue trabajo como telefonista y no en cualquier sitio. Consigue trabajo en la XW. Hay que entender lo que era la XW en ese México. No era una radio cualquiera, era el A radio, la emisora más poderosa de toda América Latina, la voz de la América Latina desde México.

Así se anunciaba. Desde sus estudios salían los artistas que escuchaba al continente entero. Por sus pasillos pasaba todo el mundo y Lola Beltrán, esa muchacha de Sinaloa, está sentada detrás de una centralita conectando llamadas, pasando recados, escuchando a los grandes pasar por delante suyo. Pedro Infante pasa por delante.

Jorge Negrete pasa por delante. Las grandes voces de México pasan por delante y Lola los mira y aprieta los dientes y espera. ¿Hay algo que tienen que entender de esa Lola joven? No es una muchacha tímida, pero tampoco es de las que se ofrecen. Hay una palabra antigua en español que la describe bien, tiene a plomo, tiene un saber estar callada que no es timidez, es paciencia.

Es la paciencia de la gente de campo que sabe que las cosas tardan, que las cosechas no salen en una semana, que hay que esperar. Y Lola espera, conecta llamadas, hace recados, sonríe cuando hay que sonreír y por dentro, sin que nadie lo sepa, ensaya, practica, repasa canciones, trabaja la voz en silencio, en la pensión, sola, en cuartos prestados.

Sabe lo que tiene. No le va a hacer falta gritar. Le va a hacer falta encontrar el momento. ¿Cómo se llama eso que hace una muchacha de pueblo cuando llega sola a una ciudad de millones y aguanta el silencio conectando llamadas, sabiendo que dentro suyo tiene la voz más grande de todo el edificio. ¿Cómo se llama eso? Eso se llama dignidad.

Y Lola Beltrán, antes de cantar una sola nota en una radio, ya la tenía. El momento llega. Como llegan los momentos en las vidas que estaban escritas para ser tintas por casualidad, por suerte, por estar en el sitio exacto, en la hora exacta. Alguien la escucha cantar por accidente, en un descanso, en un pasillo, un técnico, un músico, alguien con oído y ese alguien se queda paralizado.

Lo que sigue es el principio. La invitan a hacer una prueba. La prueba sale bien, tan bien, que el silencio en la sala dice más que cualquier elogio. Lola Beltrán acaba de dejar de ser telefonista sin saberlo todavía, pero acaba de dejarlo de ser para siempre. Cuentan los que estaban en esa primera prueba que cuando Lola abrió la boca, los técnicos de la mesa, hombres que habían oído cantar a las mejores voces del país, levantaron la cabeza al mismo tiempo. No fue una metáfora.

Cuentan que se quedaron mirándose un a otros como diciendo, “¿Lo estás oyendo tú también?” Porque la voz de Lola tenía una cosa que las otras voces no tenían, una cosa difícil de explicar. Los críticos musicales, años después la llamarían color. Le dirían que tenía una voz con un color particular, como si la voz pudiera pintarse. Y se podía.

La voz de Lola era ámbar oscuro. Era ese amarillo viejo de las paredes adobadas de los pueblos del norte. Era el color de una tarde de Sinaloa antes de que se ponga el sol. tenía dentro algo del polvo del rancho, algo del agua que se evapora en el verano, algo de la sal que se queda en los labios cuando uno llora y no se limpia.

Esa primera prueba la lleva a grabaciones. Las grabaciones la llevan a un primer disco. El primer disco se vende. Y aquí hay que entender una cosa muy mexicana, muy de la época. Vender un disco en los años 50 no era vender el disco, era vender la radio. Tu canción tenía que sonar en la SW y para que sonara en la CW tenían que querer ponerla.

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