Hay una casa en las colinas de Hollywood que parece sacada de una película del viejo oeste y que su dueño describe como un museo de objetos del oeste, lleno de trofeos y fotografías que cubren décadas enteras de una carrera que muy pocos actores mexicanos han igualado en escala o en intensidad. No es un rancho en México, es algo mejor.
Es el territorio donde Jorge Rivero, el hombre que representó a México en natación y waterpolo en los Juegos Panamericanos de 1959, que protagonizó más de 175 películas en tres décadas activas, que fue símbolo sexual de todo un continente en los años 70 junto a su amigo Andrés García. Construyó la versión final de su vida cuando decidió que ya había terminado con los foros de grabación.
¿Cómo construyó Jorge Rivero, el ingeniero químico que abandonó su título para perseguir el atletismo y terminó en Hollywood, el patrimonio que le permite vivir a los 86 años con la tranquilidad de quien ya no le debe nada a ningún estudio de producción ni a ningún productor que alguna vez lo llamó porque necesitaba a alguien que llenara la pantalla con una presencia física que muy pocos actores del mundo podían igualar.
¿Cuánto ganó durante cinco décadas de cine en México, en Hollywood, en España, en Gran Bretaña y en todos los mercados donde su cara y su cuerpo fueron garantía de que el público pagaría boleto? ¿Qué hay en el negocio inmobiliario que construyó en Los Ángeles, que le da hoy lo que el cine ya no le puede dar? ¿Y qué conflictos carga un hombre que tuvo un matrimonio que terminó en divorcio? una relación de 8 años con Amparo Grisales que ella describe todavía hoy como El amor de su vida.

una amistad de décadas con Andrés García, a quien no pudo visitar en Acapulco antes de que García muriera y una postura sobre el estado actual del cine mexicano, tan categórica que la dice sin diplomacia, el cine mexicano ya no existe. Hoy vamos a recorrer la vida de Jorge Rivero fuera de los sets, no al galán de las películas de luchadores de los años 60 ni al símbolo sexual de los 70 que Hollywood buscó activamente después de verlo en el pecado de Adán y Eva.
Al hombre real que a los 86 años sube la montaña cerca de su casa en las colinas de Hollywood todas las mañanas, va al gimnasio, maneja su negocio inmobiliario y dice con la serenidad de quien ya cerró todas sus cuentas que si le ofrecieran un proyecto sobre la historia de México o un personaje que admire, estaría dispuesto a salir del retiro.
Pero que mientras tanto, bien, vamos a hablar del dinero que construyó, de cómo lo construyó, de los conflictos que no se resolvieron del todo y de lo que significa llegar a los 86 años, siendo una leyenda de dos industrias cinematográficas distintas que nunca terminó de pertenecerle completamente a ninguna.
Quédate hasta el final porque la historia de Jorge Rivero es mucho más complicada, mucho más rica y mucho más instructiva que cualquier villano o galán que haya interpretado en cinco décadas de pantalla. Para entender quién es Jorge Rivero en este momento de su vida, hay que entender primero la escala del origen, porque el origen de este hombre tiene un nivel de ambición que ya era extraordinario antes de que apareciera su primer crédito en una película. Nació como Jorge P.
Rosas el 13 de junio de 1938 en Guadalajara, Jalisco, en una familia con ascendencia catalana, cuyo apellido paterno refleja esa herencia. Creció en un rancho con la educación estricta que en las familias respetables de Jalisco de mediados del siglo XX negociable. Estudió en un instituto jesuita, recibió formación militar, se destacó como estudiante y al mismo tiempo desarrolló una relación con el deporte y el culturismo que iba mucho más allá del hobby.
presentó a México en natación y waterpolo en los Juegos Panamericanos de 1959, no como participante de relleno, como deportista formado con la disciplina que los equipos nacionales exigen. Eso fue antes de cumplir 21 años, cuando la mayoría de los jóvenes de su generación todavía estaban definiendo qué querían hacer con su vida.
Su padre, que entendía que el deporte era un camino hacia la fama, pero no necesariamente hacia la seguridad económica, insistió en que también siguiera una educación superior. Jorge Rivero estudió ingeniería química y obtuvo su título en el Colegio Universitario de México antes de cumplir 25 años. Tenía a esa edad lo que muy pocos actores del cine mexicano de los años 60 podían mostrar.
un título universitario en una carrera técnica, una medalla de los panamericanos y un cuerpo que hacía que los productores de cine lo miraran dos veces cuando entraba a una sala de audiciones. Pero eligió el cine, no la ingeniería, no el deporte de élite, el cine, con el mismo convencimiento con que algunos hombres eligen el sacerdocio, sin reservas, con la certeza de que era lo que venía a hacer, con la disposición de trabajar para llegar donde quería llegar, sin importar cuánto tardara.
La primera película fue El asesino invisible en 1964, donde protagonizó junto a Anaberta Lepe interpretando a un personaje conocido como El hombre enmascarado de oro. Era el tipo de cine que en México de la primera mitad de los años 60 llenaba las salas con la misma efectividad con que el wrestling llenaba los estadios.
acción, máscaras, cuerpos atléticos y una narrativa simple que el público recibía con entusiasmo, sin pedir más complejidad de la que el formato ofrecía. Lo que distinguió a Jorge Rivero de los demás actores que pasaron por ese tipo de cine fue la consistencia con que siguió avanzando hacia producciones de mayor escala.
El mexicano en 1966 llamó la atención de productores que buscaban algo diferente. El pecado de Adán y Eva, la película bíblica donde el director Miguel Zacarías lo eligió para interpretar a Adán, fue el punto de inflexión. Las escenas de desnudo que el rol requería habrían destruido la carrera de otro actor en el México conservador de finales de los años 60.
Para Rivero funcionaron al revés, lo convirtieron en un mito de la noche a la mañana y simultáneamente llamaron la atención de productores de Hollywood que vieron en él exactamente lo que buscaban para cierto tipo de películas de acción y aventura. Hollywood lo llamó con la urgencia que solo tiene Hollywood cuando ve algo que quiere.
adoptó el nombre artístico de Georges Rivers para el mercado angloparlante y protagonizó los últimos hombres duros junto a Charlton Heston y James Cobern. apareció en el soldado azul como un indio Cheyen junto a Candis Bergen. protagonizó el lobo del río junto a Jennifer O’il y trabajó con John Wayne, la figura más grande del western americano, en una producción que décadas después tendría una resonancia trágica adicional, cuando se supo que parte del elenco había sido expuesto a la radioactividad del desierto de Utah, donde años antes se habían realizado
pruebas nucleares del gobierno americano. Wayne murió de cáncer. Pedro Armendaris, otro actor prominente de esa filmación, también murió de cáncer. Jorge Rivero sobrevivió. Ese periodo en Hollywood, entre finales de los años 60 y principios de los 70, fue el capítulo de su carrera que lo colocó en una categoría diferente a la de los actores mexicanos que nunca cruzaron esa frontera.
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No porque Hollywood le diera lo que México no podía darle en términos artísticos, sino porque le dio algo más valioso desde el punto de vista económico. Acceso a un mercado donde los cachets de los actores de primer nivel eran de una escala que el cine mexicano de la época no podía igualar. Un actor con créditos en producciones de Charlton Heston y John Wayne en Hollywood a principios de los años 70 operaba en un rango de ingresos por película que podía ir desde $,000 hasta $500,000 dependiendo del tamaño del papel y del presupuesto de la producción. Ajustados
a valores actuales, $100,000 de 1970 equivalen a aproximadamente $50,000 de hoy. $500,000 de esa época equivalen a casi 4 millones de dólares actuales. Rivero no fue el protagonista principal de todas esas producciones, pero sí tuvo créditos relevantes en varias de ellas y los ingresos correspondientes. El regreso a México después del periodo en Hollywood no fue una retirada, sino una estrategia.
El cine mexicano de los años 70, estimulado por la política cinematográfica del gobierno de Luis Echeverría, que incrementó la inversión pública en el sector, producía entre 80 y 100 películas anuales y buscaba actores con nombre propio para darle comercialidad a esas producciones. Jorge Rivero, que volvía con créditos de Hollywood, era exactamente el tipo de activo que los productores querían.
un nombre que el público conocía, una cara que el público amaba y una historia de cruce al mercado angloparlante que le daba una dimensión aspiracional que los actores que nunca habían salido de México no podían ofrecer. Durante la década de los 70 protagonizó producciones en México, en España y en Italia que ampliaron tanto su filmografía como sus fuentes de ingreso.
En España trabajó en producciones que llegaron a mercados europeos hispanohablantes. En 1981 viajó a Gran Bretaña para colaborar con Ava Gardner en una historia de amor que marcó uno de los últimos papeles en la pantalla grande de la legendaria actriz. La película fue bien recibida especialmente en Italia y España por su profundidad cinematográfica y resonancia emocional.
un actor de ese nivel de actividad en los años 70 y principios de los 80, trabajando simultáneamente en mercados mexicano, americano, español y europeo, generaba ingresos que en términos actuales habrían sido los de una figura multimillonaria del entretenimiento. Los cachets del cine comercial mexicano de los años 70 para protagonistas de nombre ajustados a valores de hoy, rondaban entre 500,000 y 2 millones de pesos por película.
Con cuatro a seis películas anuales, eso representaba entre 2 y 12 millones de pesos anuales solo en el mercado mexicano, además de lo que llegaba de los contratos internacionales. Más de 175 películas a lo largo de cinco décadas de carrera activa representan el tipo de catálogo que en el mundo del entretenimiento actual tiene un valor de archivo significativo.
Las plataformas de streaming que han descubierto el mercado del cine clásico latinoamericano pagan derechos de exhibición por catálogos completos de directores y actores icónicos. Un catálogo de 175 títulos de un actor reconocible en México y toda América Latina tiene un valor de licencia que puede generar ingresos pasivos para el actor o sus representantes durante décadas adicionales después de que la filmación termine.
La televisión fue el tercer pilar de sus ingresos, aunque fue también el territorio donde Rivero fue más selectivo. en su propia declaración. Actuar en telenovelas nunca fue de su agrado. Incluso llegó a dejar una telenovela que estaba filmando porque el formato no era para él, pero participó en producciones televisivas en México y en Estados Unidos, que expandieron su audiencia hacia mercados que el cine no siempre alcanzaba con la misma penetración.
Gabriela y Gabriel con Ana Martín, balada por un amor con Daniela Romo y la Chacala con Chistian Batch, fueron las telenovelas más importantes de su trayectoria televisiva, cada una generando ingresos adicionales que se sumaban a los de la pantalla grande. Ahora bien, el capítulo de la vida personal de Jorge Rivero tiene la complejidad de los hombres que fueron extremadamente atractivos y extremadamente famosos en el periodo más visible de su vida y que construyeron relaciones bajo esas condiciones.
El primer matrimonio fue muy joven a los 21 años con la alemana Irene Janner. Tuvieron dos hijos juntos. La relación terminó en divorcio. No hay cifras públicas sobre los términos económicos de esa separación, pero un divorcio con dos hijos menores en el periodo en que Rivero estaba en el pico de sus ingresos implicaba obligaciones de manutención que se extendían hasta la mayoría de edad de los hijos.
Luego llegó Amparo Grisales, la actriz y presentadora colombiana, que era 16 o 17 años menor que Rivero cuando se conocieron. Cuando ella tenía apenas 19 años, se convirtió en su compañera durante 8 años. Amparo habla de esa relación con una honestidad que no se suaviza con el paso del tiempo. Jorge fue el amor de su vida. 8 años son suficientes para que una relación deje huellas que no desaparecen aunque la relación termine.
Rivero no ha hablado de los detalles de la separación con el mismo nivel de apertura que Amparo, pero la duración de la relación y la intensidad con que ella la describe sugieren que no fue una ruptura trivial ni para él ni para ella. Lo que vino después fue Betty, la mujer con quien lleva más de 30 años casado y que es la presencia central de la etapa tranquila de su vida en Los Ángeles.
30 años de matrimonio en una industria donde las relaciones se miden frecuentemente en meses o en un par de años es una anomalía que vale la pena señalar. 30 años juntos no se construyen solos. requieren trabajo, requieren ceder, requieren encontrar la manera de convivir con los fantasmas del pasado, incluyendo el pasado de Amparo Grisales, que en México y Colombia sigue siendo parte de la conversación pública sobre Jorge Rivero, cada vez que su nombre aparece en los medios.
La amistad con Andrés García fue otro de los capítulos importantes de la vida personal de Rivero y uno que terminó con la sombra de algo que no llegó a ocurrir. Los dos fueron presentados durante décadas como rivales, como los dos galanes que competían por los mismos papeles y por la misma atención del público femenino. Rivero siempre rechazó esa narrativa.
Siempre fuimos buenos amigos, dijo. Nunca hubo envidia ni por mi parte ni por la suya. Al contrario, trabajamos juntos y nos apoyamos mutuamente. Cuando se enteró del deterioro de la salud de García, Rivero expresó su deseo de visitarlo en Acapulco. Pero los tiempos no se alinearon y Andrés García murió en abril de 2023.
La visita que Rivero planeó nunca ocurrió. Es el tipo de cosa que uno no sabe que va a lamentar hasta que ya no hay oportunidad de corregirla. El negocio inmobiliario que Jorge Rivero construyó en Los Ángeles es el activo económico más importante de su vida actual y el que explica cómo puede vivir a los 86 años en las colinas de Hollywood con la comodidad de quien tiene flujo de ingresos, que no depende de que ningún productor le llame.
Mercado inmobiliario de Los Ángeles y específicamente el de las colinas de Hollywood, donde Rivero tiene su residencia, es uno de los más apreciados del mundo. Una propiedad de tamaño mediano en esa zona que se haya comprado en los años 80 o principios de los 90 y que se haya conservado hasta hoy, puede valer entre 5 y 20 millones de dólares, dependiendo de la ubicación exacta, las vistas y las características de la construcción.
Una propiedad similar adquirida en esa época podría haberse obtenido por entre 300,000 y millón de dólar, que era el rango del mercado en esas áreas durante ese periodo. Los Ángeles en los años 80 y 90 era también un mercado de oportunidades inmobiliarias para quien tenía capital disponible y criterio para identificar zonas que iban a apreciarse.
Ro, que durante esa época seguía generando ingresos del cine tanto en México como en producciones internacionales. Tenía el capital que otros actores usaban en gastos de estilo de vida y que él dirigió hacia bienes raíces. Esa diferencia de decisión, invertir en ladrillos en lugar de gastar en el estilo de vida visible de la estrella de cine es lo que explica la solidez económica de sus años de retiro.
El retiro de Jorge Rivero no fue una decisión tomada el día en que decidió que ya no quería actuar. Fue un proceso gradual de reducción de la exposición pública que comenzó a finales de los años 90 y que se consolidó cuando Los Ángeles con su industria inmobiliaria y su ambiente diferente al del espectáculo mexicano, se convirtió en el centro de su vida cotidiana.
Su última aparición en cine fue en 2014, un cameo en El crimen del padre Amaro que reunió a varias generaciones del cine cómico y de acción mexicano. Fue la despedida más honesta posible. Una aparición breve, sin pretensiones de protagonismo, en un contexto donde su presencia era un guiño para el público que lo recordaba de sus mejores años.
La casa en las colinas de Hollywood, que describe como un set de película del viejo oeste, con muebles de madera, trofeos y fotografías de una vida dedicada a la pantalla grande, es tanto su hogar como su archivo personal. No es la propiedad más grande de su vecindario, ni la más cara, pero es el lugar que refleja quién es él, sin necesidad de que nadie lo contextualice.
el actor que vino de un rancho en Jalisco, que fue deportista panamericano, que estudió ingeniería química, que eligió el cine, que trabajó con Wayne y Gardner y Heston, y fue símbolo sexual de toda América Latina en los años 70 y que a los 86 años sube la montaña todas las mañanas, porque el cuerpo que lo llevó al éxito sigue siendo la herramienta que más respeta y mejor cuida todos los días.
la montaña, el gimnasio, no como rutina de mantenimiento, sino como convicción. Rivero dijo que nunca se ha sometido a cirugía estética, que el físico que exhibe a los 86 años es el resultado del mismo trabajo disciplinado que lo llevó a los Juegos Panamericanos a los 20 años y a los sets de Hollywood a los 30. Es la declaración de alguien que entendió muy temprano que el cuerpo es el primer capital de quien trabaja con él y que cuidarlo no es vanidad, sino economía básica de quien sabe que esa herramienta es la fuente de todo lo que construyó.
Su postura sobre el cine mexicano actual es la del hombre que conoció la industria desde adentro y que no tiene incentivos para suavizar lo que ve. El cine mexicano ya no existe, dijo. Cree que las producciones actuales están enfocadas en el crimen organizado y que no hay diversidad narrativa. Las películas, como las series de televisión están dominadas por historias y personajes ligados a esos temas.
Hay algo de la frustración genuina. de quien ama un arte y siente que ese arte perdió el rumbo. Y hay también algo de la distancia de quien ya no está dentro y que por lo tanto puede decir lo que piensa sin medir las consecuencias para su próximo contrato. Ese es el privilegio de los 86 años, la libertad de decir la verdad sin calcular el costo.
Jorge Rivero lo ejerce con la naturalidad de quien pasó cinco décadas midiendo cada declaración pública en función de lo que podía costarle en términos de trabajo. Ahora ya no hay costo porque ya no hay dependencia. El negocio inmobiliario trabaja solo. La casa en las colinas está pagada. Betty está ahí. La montaña sigue ahí todas las mañanas.

Lo que Jorge Rivero dejó en el cine mexicano e internacional no es un legado que necesite defensa. Más de 175 películas en cinco décadas en cuatro países distintos en géneros que van desde la acción y el western hasta el drama y la comedia con actores que incluyen a John Wayne, Aba Gardner, Charlton Heston, Candis Bergen, Jennifer O’il, Andrés García y 100 más hablan solos.
El catálogo existe, las audiencias que lo vieron existen. Los recuerdos de Amparo Grisales, que todavía lo llama El amor de su vida, existen. Y el hombre que sube la montaña en Hollywood todas las mañanas existe. ¿Crees que Jorge Rivero tomó la decisión correcta al apostar por el negocio inmobiliario en Los Ángeles en lugar de seguir en el circuito del cine hasta el final? ¿O sientes que la postura sobre el cine mexicano actual, ese el cine mexicano ya no existe? Dicho sin diplomacia, dice más sobre él y sobre lo que perdió la industria cuando él se fue
que cualquier crédito de película. Cuéntanos en los comentarios porque esta historia tiene tantas lecturas como personas que vieron sus películas sin saber que detrás del galán de físico perfecto había un ingeniero químico que nunca ejerció la profesión, pero que sí aprendió a construir activos que trabajaran solos cuando él decidiera que ya era suficiente.
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