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Ella llegó para su noche de bodas — el duque tenía un propósito muy distinto

Mi padre me había besado la frente antes de subir al carruaje.

—Haz honor a nuestro apellido, Eleanor —me dijo, con una ternura falsa que me heló más que la lluvia—. Y recuerda que ahora todo depende de ti.

Todo.

La casa.

Las tierras.

La vida de mi hermano menor.

Y un secreto que yo ni siquiera entendía.

Cuando cerraron la puerta del dormitorio detrás de mí, el silencio se volvió tan espeso que pude escuchar mi propia respiración. La habitación era inmensa, hermosa y fría. Había fuego en la chimenea, pero no calentaba. Había rosas blancas sobre la cama, pero parecían flores de funeral. En el centro, con el abrigo negro aún puesto y los guantes en una mano, estaba mi esposo.

El duque Adrian Blackthorne.

No parecía un hombre esperando a su esposa.

Parecía un juez esperando a una culpable.

Durante la boda apenas me había mirado. Durante el banquete había pronunciado los brindis necesarios, había bailado conmigo una sola pieza y había sonreído lo justo para que nadie pudiera acusarlo de crueldad. Pero ahora no había público. No había música. No había copas levantadas ni invitados murmurando que, después de todo, yo había tenido suerte.

Ahora solo estábamos él y yo.

Y la verdad.

—Quítate el velo —dijo.

No fue una petición. Fue una orden tranquila.

Sentí que mis dedos temblaban al llevarlos a la corona de encaje. El velo cayó sobre mis hombros como una rendición. Yo esperaba disgusto, deseo, indiferencia. Cualquier cosa.

Pero Adrian se acercó a la mesa, tomó una carpeta de cuero y la dejó sobre la cama, justo encima de las rosas.

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