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La agónica cuenta atrás de las fortalezas de España: 8 de cada 10 castillos están al borde del colapso

I. El estruendo del silencio en Toledo

El sonido de la historia al derrumbarse no es solemne; es seco, violento y definitivo. En marzo de este año, un visitante en el castillo de Escalona, en Toledo, tuvo la fortuna —o la desdicha— de estar en el lugar y el momento exactos. Con su teléfono móvil, capturó lo que muchos expertos han estado advirtiendo durante décadas: el momento preciso en que una de las torres de la fortaleza cedía a la gravedad, desplomándose en una nube de polvo. Afortunadamente, no hubo que lamentar víctimas humanas, pero la víctima arquitectónica fue irreparable.

Para el ciudadano común, el video del colapso de Escalona fue un fenómeno viral, una curiosidad alarmante que circuló por las redes sociales durante 24 horas antes de ser devorada por el siguiente ciclo de noticias. Sin embargo, para los historiadores, arquitectos y arqueólogos que dedican su vida a la defensa del patrimonio, el video no fue una sorpresa, sino una confirmación dolorosa. Es el síntoma de una enfermedad crónica que afecta a la columna vertebral de la historia de España: la desidia.

“Una guardería de ruinas funcionando como cantera”. Esta es la descripción brutalmente honesta que el arquitecto Ignacio Gil Crespo, miembro de la comisión del Plan Nacional de Arquitectura Defensiva, rescata de las crónicas del crítico de arte Juan Antonio Gaya Nuño, escritas a principios de la década de los cincuenta. La frase, aunque tiene más de medio siglo, resuena hoy con una actualidad aterradora. “Cuando visitas un pueblo donde el castillo está algo arruinado, es muy fácil ver fragmentos de él en las casas del entorno”, explica Gil Crespo. Es una transferencia de materia: la piedra que una vez protegió a reyes y ejércitos termina cimentando los establos o las fachadas de los vecinos del siglo XXI.

Aunque la mentalidad ha cambiado y hoy somos más conscientes de la importancia de preservar nuestro pasado, los números son, cuando menos, escalofriantes. Llevamos, según los expertos, unos 800 o 1,000 años de abandono sistemático y apenas 100 años de conciencia real sobre la necesidad de restauración. El desequilibrio es evidente.

II. El misterio del censo desaparecido: ¿Cuántos castillos quedan?

Aquí radica el primer gran obstáculo en la batalla por la preservación: no sabemos a qué nos enfrentamos. Parece una broma de mal gusto en la era de la tecnología, los satélites y la cartografía digital, pero lo cierto es que España carece de un inventario definitivo, un censo fiable de sus propias fortalezas. Para evitar la decadencia gradual, primero es imperativo saber cuántas hay y, sobre todo, dónde están. Pero, a pesar de los sucesivos intentos por contar, clasificar y evaluar el estado de los monumentos, el mapa del patrimonio español sigue lleno de lagunas blancas.

“Todavía no existe un inventario definitivo; a menudo, la gente ni siquiera sabe que existen”, lamenta Gil Crespo. Esta falta de información no es un detalle menor; es la piedra angular del abandono. Si un edificio no consta en un registro oficial, su protección es, en la práctica, inexistente.

Miguel Ángel Bru, director de la Asociación Española de Amigos de los Castillos, es directo y contundente al hablar de esta carencia. “El primer catálogo data de 1968, y es el que todavía reconoce el Ministerio de Cultura, pero es completamente insuficiente porque el número de entradas es bajísimo”, explica. Durante medio siglo, la asociación ha intentado suplir esta negligencia institucional trabajando de forma casi artesanal. Han logrado catalogar más de 10,000 estructuras defensivas, pero el proceso está lejos de terminar. De hecho, estiman que la cifra real podría ser casi el doble.

La crítica de Bru es feroz, pero cargada de lógica: “Es un tanto escandaloso que no podamos ponernos de acuerdo en algo que países como Francia o Alemania tienen tan claramente definido”. La fragmentación administrativa es, según el arqueólogo, el verdadero cáncer del patrimonio. Aunque reconoce que la descentralización tiene aspectos positivos —la cercanía de las administraciones regionales al ciudadano—, señala que, en la práctica, cada comunidad autónoma actúa como un pequeño reino independiente. “El problema es que, en la realidad, cada una hace prácticamente lo que le viene en gana, e incluso sus reglamentaciones contradicen la Ley de Patrimonio Histórico de 1985”.

Esta descoordinación no es solo burocrática; tiene consecuencias fiscales y legales directas. Incluir un edificio en ese hipotético inventario oficial no es solo una cuestión de prestigio. Todos los castillos gozan, sobre el papel, del máximo nivel de protección desde el decreto de 1949, clasificados como Monumentos Nacionales o Bienes de Interés Cultural. Esto debería garantizarles acceso a ayudas y exenciones fiscales, como el Impuesto sobre Bienes Inmuebles (IBI). Sin embargo, sin el reconocimiento oficial en los registros actuales, muchos castillos quedan en un limbo legal donde ni se les protege ni se les beneficia, condenándolos a la ruina por omisión.

III. La estadística del desastre: Ocho de cada diez

Si el inventario es confuso, el diagnóstico estructural es una emergencia nacional. El debate sobre el estado de las fortificaciones volvió a la primera línea tras el incidente en Escalona, pero quienes monitorean el terreno aseguran que el caso de Toledo es simplemente la punta del iceberg.

Miguel Sobrino, educador y autor del riguroso monográfico Castillos y murallas, observa estos eventos con una mezcla de tristeza y pragmatismo. “Ver una foto de un montón de escombros y compararla con la imagen previa es siempre desolador, pero se comenta como una curiosidad”, advierte. La normalidad con la que aceptamos el derrumbe de nuestra historia es, quizás, el problema más profundo.

El arqueólogo Miguel Ángel Bru aporta las cifras que deberían encender todas las alarmas en el Ministerio de Cultura: “Seis de cada diez castillos en España están en riesgo de colapso, pero si hablamos de colapsos menores, caídas parciales, ya estamos hablando de ocho de cada diez”.

Estamos ante una ratio de fracaso estructural que en cualquier otra industria resultaría inaceptable. Si un puente tuviera un 80% de probabilidades de sufrir desprendimientos, se cerraría al tráfico de inmediato. Pero, ¿cómo cierras al tráfico un monumento de 800 años que se extiende por hectáreas de terreno?

El ejemplo de “Oreja”, en la provincia de Toledo, ilustra a la perfección el escenario de desamparo. Situado en la cuenca del río Tajo, sobre el emplazamiento de una antigua ciudad andalusí, el Castillo de Oreja no es solo una ruina; es una advertencia. “Tiene una torre excepcional, pero sufre problemas estructurales enormes. Llevamos avisando todo el tiempo de que se va a caer”, subraya Bru. La inacción en este caso no es solo negligencia administrativa; es casi una invitación al desastre. La falta de seguridad y control ha permitido usos inadecuados: desde ocupaciones ilegales para pernoctar hasta fiestas rave entre muros medievales. La historia, en el sentido más literal, está siendo mancillada mientras el edificio se rinde ante los elementos.

IV. El espectro de la “torre levitante”

La geografía del abandono se extiende a lo largo de toda la península. Otro ejemplo paradigmático, casi cinematográfico por su aspecto irreal, es el castillo de Mota del Marqués, en Valladolid. Su silueta es un icono para quienes circulan por la autovía A-6. “La torre aparece cortada por la mitad, como si estuviera levitando, esperando el día en que pueda colapsar”, describe Bru. Es la imagen perfecta de una agonía lenta, una estructura desafiando las leyes de la física y el abandono humano.

Sobrino, por su parte, señala otras heridas abiertas que le preocupan especialmente en Castilla y León, como los castillos de San Leonardo de Yagüe, en Soria, y Cea, en León. Estos edificios no están simplemente “viejos”; están muriendo activamente. Sin embargo, no todo es un paisaje de desolación. La rehabilitación y consolidación de fortalezas como las de Belmonte de Campos, en Palencia, o Ucero, en Soria, ofrecen un rayo de esperanza. Son la prueba de que, con voluntad y financiación, es posible detener el tiempo y asegurar el futuro de estas estructuras. Pero, ¿son estas rehabilitaciones la regla o la excepción? La respuesta, lamentablemente, se inclina hacia lo segundo.

La gran pregunta que surge al analizar esta masacre arquitectónica es por qué España, un país que vive del turismo y que presume de su vasto patrimonio cultural, ha decidido darle la espalda a sus fortalezas. ¿Por qué permitimos que se conviertan en escombros? La respuesta, según los expertos, es compleja, pero comienza con una mala interpretación de lo que es un castillo.

“Un castillo es un elemento funcional”, explica Gil Crespo. “Cuando pierde su función, la defensiva, es abandonado”. A diferencia de las iglesias o catedrales, que mantuvieron su propósito espiritual y, por tanto, su mantenimiento a lo largo de los siglos, los castillos fueron víctimas de su propia efectividad. Una vez que la pólvora y los cañones hicieron obsoletas las murallas de piedra, el castillo perdió su razón de ser. Se convirtió en un objeto inerte.

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