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La dejaron morir sola en el hospital… pero una finca abandonada le devolvió lo que le robaron

La dejaron morir sola en el hospital… pero una finca abandonada le devolvió lo que le robaron

Consuelo bajó del autobús con una mano sobre el vientre y la otra sujetando el costal de manta.

La terminal de Paso Hondo estaba casi vacía.

Un perro dormía bajo una banca.
La lluvia fina olía a tierra mojada y café recién tostado.

Consuelo respiró hondo.

—Disculpe… —preguntó al hombre detrás del mostrador de la tienda—. ¿Dónde vive don Evaristo Morales?

El hombre levantó apenas la mirada.

—¿El viejo Evaristo?

—Sí.

—Siga la terracería. Pase el puente de piedra. La casa de tranquera de madera.

—Gracias.

El hombre la observó unos segundos más.

—¿Viene sola?

Consuelo dudó.

Luego acarició su vientre.

—No del todo.

Veinte minutos después llegó a la casa.

La tranquera estaba abierta.

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