La lluvia caía tan fuerte sobre la carretera secundaria de Castilla que parecía que el cielo quería arrancar la tierra de raíz.
El coche negro quedó atravesado en medio del barro con una rueda destrozada. El motor soltó un humo espeso y Lucas Alcázar golpeó el volante con rabia.
—¡Perfecto! ¡Justo lo que faltaba! —gruñó.
En el asiento trasero, su hijo Mateo, de siete años, temblaba abrazando una mochila vieja.
—Papá… tengo miedo.
Lucas cerró los ojos un instante. Esa voz pequeña siempre conseguía romperle algo por dentro. Desde que Clara murió, el niño hablaba poco. Dormía mal. Apenas sonreía. Y lo peor era que ninguna de las mujeres que habían entrado en sus vidas después parecía mirarlo de verdad.
Miraban el dinero.
Siempre el maldito dinero.
Lucas era uno de los empresarios más ricos de España. Hoteles, bodegas, constructoras. Portadas de revistas. Cenas con políticos. Mujeres hermosas sonriendo para las cámaras. Pero detrás de todo aquello había un hombre agotado y un niño vacío.
Y esa noche, perdido en un pueblo olvidado cerca de Segovia, Lucas todavía no sabía que estaba a punto de conocer a la única mujer incapaz de impresionarse por su fortuna.
Intentó llamar desde el móvil.
Sin señal.
—Genial… —murmuró.
La tormenta empeoró. Bajó del coche bajo el aguacero mientras el barro cubría sus zapatos caros. Caminó varios metros hasta ver una luz tenue al fondo.
Una casa antigua.
Pequeña. Humilde. Con el tejado viejo y gallinas refugiadas bajo un cobertizo.
Lucas dudó un momento. Si la prensa pudiera verlo así… el gran magnate empapado, solo y desesperado.
Pero Mateo tenía frío.
Golpeó la puerta.
Tardaron unos segundos.
Entonces apareció ella.
Una mujer con botas embarradas, cabello oscuro recogido de cualquier manera y una escopeta en la mano.
Sí. Una escopeta.
—¿Quién es? —preguntó con voz firme.
Lucas levantó ambas manos.
—Solo necesito ayuda. Mi coche se averió.
Ella observó primero a Lucas. Luego al niño.
Y bajó lentamente el arma.
—El niño está temblando. Entren.
Sin sonreír.
Sin amabilidad exagerada.
Sin reconocerlo.
Eso fue lo primero que desconcertó a Lucas.
Porque todo el mundo sabía quién era él.
Entraron.
La casa olía a pan caliente y leña húmeda. No era una casa elegante. Había grietas en la pared y muebles antiguos, pero también algo que Lucas no sentía desde hacía años.
Calor.
Real.
La mujer dejó una manta sobre Mateo.
—Siéntate cerca del fuego.
Mateo obedeció de inmediato.
Eso sorprendió aún más a Lucas. Su hijo rechazaba a casi todos.
—Gracias —dijo él.
Ella se encogió de hombros.
—No iba a dejar a un niño bajo esa tormenta.
Después sirvió sopa en silencio.
Lucas observó sus manos ásperas, marcadas por el trabajo del campo. No llevaba maquillaje. Ni joyas. Ni intentaba agradar.
Y aun así había algo en ella imposible de ignorar.
—¿Cómo te llamas? —preguntó él.
—Alba.
—Yo soy Lucas.
Ella asintió.
Nada más.
Ni sorpresa. Ni admiración.
Mateo levantó la mirada.
—¿Tienes animales?
Alba señaló hacia afuera.
—Gallinas, dos caballos y una cabra que se cree reina del mundo.
Mateo soltó una pequeña risa.
Una risa.
Lucas casi olvidaba cómo sonaba.
Entonces Alba lo miró directamente.
—Tu hijo necesita más que dinero.
La frase cayó como una piedra.
Lucas endureció el gesto.
—No sabes nada de nosotros.
—No. Pero conozco esa mirada. Mi padre tenía la misma cuando mi madre murió.
El silencio se volvió incómodo.
Y sinceramente, Lucas sintió algo raro. Porque llevaba años rodeado de gente que le decía exactamente lo que quería escuchar.
Y aquella desconocida acababa de atravesarlo sin esfuerzo.
—¿Viven solos? —preguntó él.
—Mi abuelo murió hace seis meses.
—Lo siento.
—La vida sigue.
La forma en que lo dijo tenía algo cansado. Como si hubiera aprendido demasiado pronto que llorar no cambia ciertas cosas.
Mateo observaba unas fotos antiguas en la pared.
—¿Ese eras tú?
Alba sonrió apenas.
—Sí. Cuando todavía no odiaba madrugar.
Mateo volvió a reír.
Lucas no pudo evitar mirarla otra vez.
Y ahí empezó todo.
Aunque ninguno de los dos lo sabía.
Porque esa misma noche, mientras la tormenta golpeaba la casa, tres hombres aparecerían buscando dinero robado.
Y Alba escondería al magnate sin imaginar quién era realmente.
Una hora después, el viento seguía golpeando las ventanas.
Lucas ayudaba a secarse a Mateo cuando escucharon motores acercándose.
Alba dejó lentamente la taza sobre la mesa.
Su expresión cambió.
—¿Esperas a alguien? —preguntó Lucas.
—No.
Miró por la ventana y maldijo en voz baja.
—¿Qué ocurre?
Ella tomó la escopeta otra vez.
—Escúchame bien. Apaga las luces y no hagas ruido.
Lucas frunció el ceño.
—¿Quiénes son?
—Problemas.
Los golpes en la puerta hicieron temblar toda la casa.
—¡ABRE, ALBA! —gritó una voz masculina.
Mateo se asustó.
Lucas lo abrazó inmediatamente.
—Tranquilo.
Alba respiró hondo.
—Escóndanse detrás de la despensa. Ahora.
—No voy a dejarte sola.
Ella lo miró como si estuviera cansada de hombres orgullosos.
—No te lo estoy pidiendo. Te lo estoy diciendo.
Lucas obedeció.
Y, honestamente, hacía años que nadie le hablaba así.
Los golpes continuaron.
—¡Sabemos que estás ahí!
Alba abrió apenas la puerta.
Tres hombres mojados entraron empujándola.
El primero, enorme, con barba descuidada, sonrió de forma desagradable.
—Pensé que ya habías aprendido.
—No tengo su dinero —dijo Alba.
—Tu abuelo nos debía.
—Mi abuelo murió.
—Las deudas no.
Lucas observaba desde la oscuridad mientras Mateo temblaba aferrado a él.
Sintió rabia.
Pero también algo peor.
Impulso de intervenir.
Porque Alba estaba sola.
Y aun así no retrocedía.
—Ya les dije que venderé las tierras en unos meses —continuó ella.
El hombre agarró su brazo con fuerza.
—Nos cansamos de esperar.
Lucas salió entonces.
—Suéltala.
Los tres giraron sorprendidos.
Alba abrió los ojos con furia.
—¿Eres idiota? ¡Te dije que te escondieras!
El hombre soltó una carcajada.
—¿Y este quién es?
Lucas respiró profundo. Podía resolver aquello con una llamada… si hubiera señal. O revelando quién era.
Pero no quería hacerlo.
No todavía.
—Solo alguien que no tolera ver cobardes amenazando a una mujer.
El golpe llegó rápido.
Lucas cayó contra la mesa.
Mateo gritó:
—¡Papá!
Alba reaccionó disparando al techo.
El estruendo paralizó todo.
—¡FUERA DE MI CASA!
Hubo unos segundos tensos.
Y finalmente los hombres retrocedieron.
—Esto no termina aquí —escupió el barbudo antes de irse.
Cuando desaparecieron, el silencio quedó pesado.
Lucas se limpiaba la sangre del labio.
Alba lo miraba furiosa.
—¿Te volviste loco?
—No iba a dejar que te tocaran.
—Pues casi haces que nos maten.
Pero entonces Mateo corrió hacia Alba y la abrazó llorando.
—Tenía miedo…
La expresión de ella cambió completamente.
De golpe.
Como si el corazón le hubiera vencido al carácter.
Se agachó despacio.
—Ya pasó… pequeño.
Y Lucas vio algo ahí.
Algo que ninguna mujer de su círculo había tenido jamás.
Instinto.
Verdadero cariño.
No fingido.
No calculado.
Aquella campesina agotada, viviendo en una casa casi destruida, estaba tratando a su hijo con más humanidad que muchas millonarias que él había conocido.
Y eso lo desarmó más que cualquier golpe.
Esa noche casi no durmieron.
Mateo terminó dormido cerca del fuego, abrazado a un perro viejo llamado Bruno.
Lucas observaba a Alba desde la cocina mientras ella limpiaba el arma.
—No pareces sorprendida por lo que pasó.
—Porque en los pueblos pequeños los problemas nunca desaparecen. Solo cambian de forma.
—¿Quiénes eran realmente?
Ella dudó.
—Mi abuelo pidió dinero para salvar la cosecha hace años. Después enfermó. Las deudas crecieron.
—¿Cuánto debes?
Alba soltó una risa seca.
—Eso no es asunto tuyo.
Lucas apoyó los brazos sobre la mesa.
—Puedo ayudarte.
—No necesito un salvador.
Aquella frase tenía orgullo. Pero también dolor.
Y Lucas reconoció algo.
Ella estaba cansada de promesas.
—No quise ofenderte.
—La mayoría de hombres ricos creen que el dinero arregla todo.
Lucas sintió un golpe directo en el ego.
Porque era verdad.
Durante años había solucionado cada problema firmando cheques.
Pero Clara… su esposa… había muerto igual.
Y Mateo seguía roto igual.
Alba notó el cambio en su mirada.
—Lo siento. No quería…
—Mi esposa murió hace dos años.
Ella guardó silencio.
—Cáncer —continuó él—. Rápido. Horrible.
La lluvia seguía sonando afuera.
—Mateo no volvió a ser el mismo.
—¿Y tú?
Lucas soltó una sonrisa amarga.
—Yo tampoco.
Alba bajó la mirada.
—Cuando murió mi madre, mi padre se convirtió en una sombra. Estaba físicamente en casa, pero mentalmente no. Y te diré algo… eso duele más de lo que la gente imagina.
Lucas tragó saliva.
Porque ella acababa de describir exactamente lo que él temía estar haciendo con su hijo.
Hubo un silencio largo.
Cómodo.
Extraño.
De esos silencios raros que aparecen solo cuando dos personas empiezan a verse de verdad.
Entonces Alba dijo algo inesperado.
—Tu hijo te ama muchísimo.
Lucas levantó la vista.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque aunque tiene miedo, no se separa de ti ni un segundo.
Eso le rompió algo por dentro.
Porque llevaba meses sintiéndose un fracaso como padre.
Y una desconocida acababa de darle más consuelo que todos sus terapeutas de lujo juntos.
A la mañana siguiente, el sol apareció entre las montañas embarradas.
Mateo despertó emocionado al ver los animales.
—¡Papá, mira la cabra!
La cabra intentó morderle la chaqueta y el niño soltó una carcajada tan fuerte que Lucas se quedó inmóvil.
Hacía muchísimo tiempo que no lo veía así.
Alba apareció cargando un cubo.
—Se llama Ramona. Y sí, tiene problemas de actitud.
Mateo reía sin parar.
Lucas observaba la escena en silencio.
Y por primera vez en mucho tiempo sintió paz.
Una paz simple.
No había fotógrafos.
No había reuniones.
No había mujeres fingiendo amor en cenas elegantes.
Solo barro. Animales. Café caliente. Y un niño sonriendo.
A veces la vida tiene formas raras de humillarte para enseñarte algo.
Y Lucas empezaba a sospechar que aquella avería no había sido casualidad.
—Tu coche estará listo mañana —dijo Alba—. Mi vecino es mecánico.
Lucas asintió.
Pero una parte de él no quería irse todavía.
Y eso era peligroso.
Porque cuando un hombre acostumbrado al control empieza a sentirse cómodo en el caos de otra persona… termina perdiendo la cabeza.
Y Lucas Alcázar estaba empezando a perderla por una campesina que todavía no sabía que él era multimillonario.
Lucas intentó convencerse de que aquella sensación era pasajera.
Una atracción momentánea causada por el cansancio, la tormenta y el contraste brutal entre su vida habitual y aquella casa perdida entre campos húmedos.
Pero no.
La incomodidad seguía ahí.
Y era peor cuando Alba no hacía nada especial.
Porque las mujeres que él conocía normalmente sabían seducir. Sabían mirar. Sabían tocarte el brazo en el momento correcto. Todo estudiado.
Alba no.
Ella discutía con la cabra.
Se limpiaba las manos en los vaqueros.
Le decía a Mateo que no corriera porque iba a terminar lleno de estiércol.
Y aun así… Lucas no podía dejar de mirarla.
Aquello le parecía ridículo.
—¿Te vas a quedar parado ahí o piensas ayudar? —preguntó ella desde el establo.
Lucas reaccionó.
—Claro.
Entró intentando no pisar barro, pero resbaló casi de inmediato.
Alba soltó una carcajada sincera.
—Madre mía… se nota que tus zapatos nunca tocaron tierra de verdad.
Lucas sonrió con ironía.
—Gracias por tu compasión.
—No es compasión. Es entretenimiento.
Mateo reía observándolos.
Y sinceramente, aquella escena tenía algo tan cotidiano que dolía.
Porque Lucas nunca había tenido eso.
Ni siquiera con Clara.
La amaba, sí. Muchísimo. Pero sus vidas siempre estuvieron rodeadas de eventos, negocios, viajes, compromisos. Todo rápido. Todo elegante. Todo perfecto hacia afuera.
Demasiado perfecto.
Y las familias demasiado perfectas suelen esconder silencios bastante feos.
Alba le pasó un saco.
—Lleva esto al otro lado.
Lucas intentó cargarlo.
Pesaba muchísimo.
—¿Qué demonios tiene esto?
—Comida para animales. No es decoración.
Ella volvió a reír.
Lucas terminó ayudando durante casi toda la mañana. Sudó. Se ensució. Se golpeó una mano con una puerta del establo.
Y Mateo disfrutó cada segundo.
—Papá parece un espantapájaros rico —dijo el niño.
Alba casi se atragantó de risa.
Lucas levantó una ceja.
—¿Rico?
Mateo abrió mucho los ojos.
Demasiado tarde.
Lucas sintió un pequeño escalofrío.
Pero Alba simplemente respondió:
—Todos los niños creen que sus padres son ricos.
Y siguió trabajando.
Él la observó unos segundos.
No sospechaba nada.
O si sospechaba, no parecía importarle.
Eso era nuevo.
Muy nuevo.
Esa tarde, mientras Mateo dormía una siesta en el sofá después de correr detrás de las gallinas, Lucas ayudó a Alba a reparar una cerca.
El viento olía a tierra mojada.
Había algo profundamente humano en aquel silencio compartido.
Hasta que Alba habló.
—Tu hijo necesita quedarse más tiempo aquí.
Lucas levantó la vista.
—¿Perdón?
—Mira cómo está desde que llegó.
Lucas observó a Mateo dormido.
El niño tenía mejor color en el rostro. Incluso parecía respirar distinto.
Más tranquilo.
—No puedo simplemente desaparecer unos días.
—¿Por trabajo?
—Sí.
Alba clavó otro poste en la tierra.
—A veces pienso que la gente rica vive atrapada en una carrera absurda.
Lucas soltó una pequeña risa.
—¿Y tú no corres?
Ella lo miró directamente.
—Claro que sí. Pero yo corro para sobrevivir. Ustedes corren aunque ya ganaron hace años.
La frase quedó flotando entre ambos.
Y sinceramente… tenía razón.
Lucas llevaba tanto tiempo compitiendo que ya ni recordaba contra quién.
Más dinero.
Más contratos.
Más poder.
Y aun así dormía peor cada año.
—¿Nunca quisiste irte de aquí? —preguntó él.
Alba tardó en responder.
—Cuando era más joven sí. Pensaba que Madrid me salvaría de esta vida. Después trabajé allí unos meses.
—¿Y qué pasó?
Ella sonrió sin alegría.
—Aprendí que hay gente muy sola en las ciudades. Muchísima. Personas rodeadas de lujo que parecen vacías por dentro.
Lucas sintió el golpe otra vez.
Era incómodo cómo aquella mujer parecía leer cosas que él escondía incluso de sí mismo.
—Volví porque mi abuelo enfermó —continuó ella—. Y después ya no pude abandonar esto.
—¿Te arrepientes?
Alba observó los campos.
—Algunos días sí. Otros no. La verdad cambia según el cansancio.
Aquella respuesta le pareció brutalmente honesta.
Y Lucas estaba empezando a necesitar esa honestidad como un adicto.
Aquella noche cenaron juntos.
Sopa. Pan casero. Vino barato.
Mateo hablaba emocionado sobre los caballos.
—Papá casi se cae tres veces.
—Fueron dos —protestó Lucas.
—Tres —dijo Alba inmediatamente.
Los tres rieron.
Y entonces ocurrió algo pequeño.
Pero importante.
Mateo tomó la mano de Lucas debajo de la mesa.
Solo un segundo.
Como antes.
Como cuando Clara vivía.
Lucas sintió un nudo en la garganta.
Porque llevaba mucho tiempo creyendo que estaba perdiendo a su hijo.
Y quizá no estaba perdido.
Quizá solo necesitaban dejar de vivir como máquinas.
Después de cenar, Mateo se quedó dormido rápido.
Lucas salió al porche.
Alba apareció minutos después con dos tazas de café.
—No podía dormir —dijo ella.
Él aceptó la taza.
La noche estaba silenciosa.
Muy distinta al ruido constante de Madrid.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Alba.
—Claro.
—¿Por qué realmente estás aquí?
Lucas la miró confundido.
—Mi coche se averió.
—No me refiero a eso.
Él permaneció callado.
Y Alba continuó:
—Tienes mirada de hombre escapando de algo.
Lucas soltó aire lentamente.
—Tal vez estoy cansado.
—Eso no responde la pregunta.
Él sonrió un poco.
—¿Siempre eres tan directa?
—Sí. Me ahorra tiempo.
Lucas apoyó los brazos sobre las rodillas.
Y por primera vez en mucho tiempo habló de verdad.
—Después de que Clara murió… empecé a salir con mujeres demasiado rápido.
Alba no comentó nada.
Eso lo ayudó a seguir.
—Todas parecían maravillosas al principio. Cariñosas con Mateo. Dulces conmigo. Pero tarde o temprano aparecía lo mismo.
—¿Interés?
—Sí.
Recordó cenas incómodas. Regalos exagerados. Comentarios sobre herencias. Mujeres calculando cuánto podrían obtener.
Asqueroso.
—Una incluso sugirió internar a Mateo porque “necesitábamos libertad como pareja”.
Alba frunció el ceño inmediatamente.
—¿Y qué hiciste?
Lucas la miró con dureza.
—La eché de mi casa esa misma noche.
—Menos mal.
El viento movió el cabello oscuro de Alba.
Y Lucas sintió algo peligroso creciendo dentro de él.
No era solo deseo.
Era admiración.
Y eso era mucho peor.
Porque un hombre puede acostarse con alguien y olvidarlo.
Pero cuando empieza a admirarla… ya está perdido.
—Desde entonces dejé de confiar —admitió él.
—Te entiendo.
—¿Sí?
Ella tardó en responder.
—Mi prometido me dejó cuando las deudas comenzaron.
Lucas giró la cabeza hacia ella.
—¿Ibas a casarte?
—Hace cuatro años.
—¿Qué ocurrió?
Alba soltó una sonrisa amarga.
—Lo típico. Me juró amor eterno mientras las cosas iban bien. Después aparecieron los problemas y descubrió que “merecía una vida mejor”.
Lucas sintió rabia por alguna razón absurda.
Ni siquiera conocía al hombre.
—Fue humillante —continuó ella—. Porque no solo me dejó. Se fue con una mujer rica del pueblo vecino.
—Idiota.
Ella lo miró sorprendida.
Lucas bebió café intentando disimular el tono protector que había salido solo.
—Perdón. No debería…
—No. Tienes razón. Era un idiota.
Ambos rieron suavemente.
Y otra vez apareció esa sensación extraña.
Cercanía.
De la peligrosa.
Dos días después, el coche seguía sin estar listo.
Según el mecánico, una pieza tardaría en llegar.
Lucas sospechó que Alba le había pedido discretamente que se demorara.
Y honestamente… él tampoco tenía prisa.
Pero el mundo exterior sí.
Su móvil finalmente recibió señal una mañana.
Tenía más de cuarenta llamadas perdidas.
Su socio principal casi sufrió un infarto al escucharlo.
—¡¿DÓNDE DEMONIOS ESTÁS?!
Lucas apartó el teléfono del oído.
—Estoy bien.
—¡La prensa dice que desapareciste!
—Exageran.
—¡Llevas cuatro días sin aparecer! Hay reuniones pendientes, accionistas esperando y…
Lucas observó a Mateo correr detrás de Bruno.
Luego miró a Alba colgando ropa al sol.
Y por primera vez en años, todo aquello del otro lado del teléfono le pareció insoportablemente vacío.
—Cancela las reuniones.
Hubo silencio.
—¿Qué?
—Necesito unos días más.
—Lucas… ¿estás borracho?
Él colgó.
Sin explicación.
Sin culpa.
Y aquello era tan extraño en él que hasta sintió miedo.
Porque los hombres como Lucas Alcázar no frenaban nunca.
Nunca.
Aquella tarde llegó el problema.
Otra vez.
Una camioneta apareció levantando polvo frente a la casa.
Alba tensó el cuerpo apenas la vio.
—Son ellos.
Lucas sintió rabia inmediata.
Bajaron dos hombres.
El barbudo del otro día y otro más joven.
—Se acabó el tiempo —dijo el barbudo.
Mateo estaba dentro de la casa.
Eso empeoró todo.
—Les pagaré —respondió Alba—. Solo necesito…
—No necesitamos cuentos.
El hombre la empujó ligeramente.
Lucas dio un paso adelante.
—No vuelvas a tocarla.
—¿Y tú quién demonios eres? ¿El novio?
Alba abrió la boca para responder, pero Lucas habló antes.
—Soy alguien con mucha menos paciencia de la que imaginas.
El barbudo soltó una carcajada.
—Escúchame bien, campesina. Mañana vendremos por el dinero o nos quedamos con las tierras.
Alba apretó los puños.
—No pueden hacer eso.
—Claro que podemos.
Entonces Mateo apareció en la puerta.
—¡Déjenla tranquila!
Lucas sintió un golpe de miedo instantáneo.
El hombre miró al niño y sonrió de forma desagradable.
Eso bastó.
Lucas perdió el control.
Le dio un puñetazo tan fuerte que el hombre cayó al suelo.
El segundo intentó reaccionar, pero Lucas lo golpeó también.
Años de gimnasio y rabia acumulada hicieron el resto.
Alba observaba sorprendida mientras el barbudo escupía sangre.
—Esto fue un error enorme —amenazó antes de irse.
Cuando desaparecieron, Alba giró hacia Lucas furiosa.
—¿Quieres empeorar las cosas?
—Miró a Mateo.
—¿Y?
Lucas dio un paso más cerca.
—Nadie mira así a mi hijo.
El silencio entre ambos cambió.
Se volvió intenso.
Demasiado.
Porque Alba entendió inmediatamente algo importante.
Aquel hombre no fingía cuando protegía.
Y Lucas comprendió otra cosa.
Estaba empezando a sentir aquella casa como propia.
Eso era peligrosísimo.
Esa noche discutieron.
Fuerte.
—¡No entiendes cómo funcionan las cosas aquí! —dijo Alba.
—Y tú no entiendes que esos tipos son criminales.
—Lo sé perfectamente.
—Entonces deja que te ayude.
—¡No quiero deberle nada a nadie!
Lucas explotó.
—¡No todo el mundo quiere controlarte, Alba!
Ella quedó inmóvil.
Porque la frase había golpeado donde más dolía.
Su ex prometido controlaba todo.
El dinero.
Las decisiones.
Las humillaciones disfrazadas de ayuda.
Lucas respiró profundo al darse cuenta.
—Lo siento…
Alba apartó la mirada.
—No sabes lo horrible que es sentir que tu vida depende siempre de otros.
La voz se le quebró apenas.
Y eso fue peor que verla gritar.
—Cuando mi abuelo enfermó… trabajaba dieciséis horas diarias. Vendí joyas de mi madre. Vendí herramientas. Hasta pensé vender esta casa.
Lucas escuchaba en silencio.
—¿Y sabes qué es lo más humillante? Que la gente empieza a mirarte diferente cuando hueles a problemas. Algunos se alejan. Otros intentan aprovecharse.
Él sintió un vacío extraño en el pecho.
Porque entendía exactamente esa sensación.
Solo que en otro nivel.
Cuando Clara murió, muchos supuestos amigos desaparecieron. Las mujeres aparecían demasiado rápido. Todo se volvía interesado.
El dolor también tiene clases sociales distintas, pero la soledad se parece muchísimo.
—No quiero lástima —susurró Alba.
Lucas negó lentamente.
—No siento lástima por ti.
Ella levantó la vista.
Y entonces él dijo la verdad.
—Te admiro.
Silencio.
Uno enorme.
De esos que cambian algo para siempre.
Alba dejó de respirar un segundo.
Lucas también lo sintió.
La tensión entre ambos era brutal.
Real.
Humana.
Y antes de pensar demasiado… ella se acercó.
Muy despacio.
—Esto es mala idea —murmuró.
—Probablemente.
Pero ninguno retrocedió.
El beso llegó cargado de demasiadas cosas.
Dolor.
Atracción.
Cansancio.
Necesidad.
Lucas sostuvo su rostro con una suavidad que sorprendió incluso a Alba.
Porque ella esperaba pasión.
No ternura.
Y eso fue lo que más la desarmó.
Cuando se separaron, ambos quedaron en silencio.
Respirando fuerte.
Como dos personas conscientes de que acababan de cruzar una línea peligrosa.
Muy peligrosa.
—Lucas…
Pero el sonido de un coche interrumpió todo.
Un coche elegante.
Negro.
Demasiado elegante para aquel pueblo.
Lucas cerró los ojos inmediatamente.
Maldición.
La puerta del vehículo se abrió.
Y una mujer rubia bajó usando gafas oscuras.
Alba percibió el cambio instantáneo en el ambiente.
La mujer caminó directamente hacia ellos.
Furiosa.
—¡¿ESTÁS AQUÍ?! —gritó.
Lucas se tensó.
Alba observó confundida.
—Llevamos días buscándote. La prensa está loca. Tu socio quiere matarte y…
La mujer finalmente miró a Alba.
Después observó la casa.
Y sonrió con desprecio.
—Dios mío… ¿en serio desapareciste aquí?
Alba sintió el golpe inmediatamente.
La humillación.
Lucas habló rápido.
—Victoria, no es momento.
Pero ya era tarde.
Porque Alba acababa de notar algo.
El coche.
La ropa.
La actitud.
Y sobre todo… la forma en que aquella mujer hablaba con él.
—¿Quién eres realmente? —preguntó Alba lentamente.
Lucas permaneció callado dos segundos.
Demasiados.
Victoria soltó una risa incrédula.
—¿No le dijiste? Increíble.
Alba sintió el estómago hundirse.
—Lucas Alcázar —continuó Victoria—. Empresario. Multimillonario. Sale en revistas casi cada mes. ¿De verdad no sabías con quién estabas hablando?
El silencio fue devastador.
Lucas vio cómo el rostro de Alba cambiaba.
No por interés.
Peor.
Por decepción.
Y eso le dolió muchísimo más de lo esperado.
—Alba, escucha…
Ella retrocedió.
—¿Me mentiste todo este tiempo?
—No era tan simple.
Victoria cruzó los brazos.
—Claro que era simple. Estaba jugando otra vez a hacerse el hombre normal.
Lucas le lanzó una mirada asesina.
Pero el daño ya estaba hecho.
Alba recordó cada conversación.
Cada momento.
Cada silencio raro.
Y sintió vergüenza.
Porque ella había empezado a creerle.
Había empezado a sentir cosas reales.
—Necesito que te vayas —dijo finalmente.
Lucas dio un paso hacia ella.
—Déjame explicarlo.
—No. Ahora mismo no.
Su voz sonaba herida.
Y eso destrozó algo dentro de él.
Porque entendió una verdad horrible.
Había encontrado exactamente a la mujer que buscaba.
La única incapaz de enamorarse de su dinero.
Y la perdió justo por esconder quién era.