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Al Interrogar a Loro, Menciona Varios Nombres que dejan al Oficial en Shock

Un peligroso narcotraficante apodado el alacrán escapas una vez tras otra de la policía sin dejar rastro, mientras los oficiales se preguntan si hay un soplón dentro de la institución que siempre le avisa cuando están cerca de atraparlo. Sin embargo, en una sala de interrogatorios tienen al loro del hombre recién atrapado en la última redada.

 Lo que el loro dice en el interrogatorio pondrá los pelos de punta a más de uno. La estación de policía olía café recalentado y papeles viejos. Miguel entró con la jaula de roco bajo el brazo mientras los oficiales levantaban la vista con expresiones que iban desde la curiosidad hasta la burla abierta. El capitán Duarte lo esperaba en su oficina con los brazos cruzados y el seño fruncido.

Restrepo, necesito explicaciones. Movilizamos a 40 hombres, tres helicópteros y equipo táctico para llegar a una casa vacía. Otra vez, capitán. Hay un topo en nuestras filas. Miguel dejó la jaula sobre el escritorio. Alguien está filtrando cada movimiento que hacemos. Eso lo venimos diciendo hace meses y no tenemos ni una prueba.

 El fiscal está presionando, los medios nos están destrozando y tú me traes un pájaro. Vargas entró en ese momento limpiándose las manos con un pañuelo. Miró la jaula y soltó una carcajada. No me digas que vamos a interrogar al loro. Miguel, con todo respeto, estás perdiendo la cabeza. Ese animal estuvo al lado del alacrán durante años, respondió Miguel, controlando su temperamento.

Los guacamayos tienen una capacidad de imitación extraordinaria. Si repite algo, aunque sea una palabra, podríamos tener una pista. ¿Y si no dice nada?, preguntó Duarte. Entonces seguimos como hasta ahora, eh, persiguiendo sombras. El capitán suspiró frotándose las cienes. Te doy 24 horas. Si ese pájaro no produce nada útil, lo devolvemos a custodia de evidencia y buscamos otra estrategia.

 ¿Entendido? Sí, señor. Vargas negó con la cabeza mientras salía. Voy a pedir mi traslado antes de que esto se convierta en un circo completo. Miguel esperó a estar solo para acercarse nuevamente a la jaula. Roco lo observaba con una inteligencia inquietante. El comandante había leído sobre estas aves.

 Podían vivir 50 años y recordar miles de palabras. Si el alacrán hablaba de negocios frente a él, si recibía llamadas, si daba órdenes. “Tú y yo vamos a tener una conversación muy larga”, le dijo al guacamayo. “Y me vas a contar todo lo que sabes.” El pájaro inclinó la cabeza y emitió un sonido que sonó exactamente como una risa humana. Miguel no pudo concentrarse el resto de la tarde.

 Cada vez que miraba la jaula de Roco, los recuerdos lo golpeaban como puñetazos. Cerró los ojos y se vio a sí mismo 8 años atrás en la casa de sus padres. Lucía había llegado radiante del brazo de un hombre que usaba una camisa de seda y un reloj que costaba más que el salario anual de su padre. Miguel había investigado discretamente antes de esa cena.

 Sebastián Mendoza, alias el Alacrán, era un narcotraficante emergente con conexiones en tres países. “Familia, quiero presentarles a Sebastián”, había dicho Lucía con una sonrisa que Miguel nunca le había visto. “Nos vamos a casar.” El silencio en la mesa fue sepulcral. Su madre dejó caer el tenedor. Su padre palideció. Lucía, hija, ¿sabes quién es este hombre?, preguntó Miguel, manteniendo la voz calmada.

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 Sé que me ama y que va a darme todo lo que yo merezco. Es un criminal. Tú eres un policía frustrado que gana una miseria”, le había respondido ella con una frialdad que lo dejó helado. “Sastián tiene visión, tiene ambición, no va a terminar como papá trabajando 30 años para no tener nada.” Miguel se había levantado de la mesa.

 “Si te casas con él, estás eligiendo el dinero manchado de sangre sobre tu familia. Estoy eligiendo no ser pobre”, había dicho Lucía, mirándolo directo a los ojos. Estoy eligiendo tener poder, algo que tú nunca vas a entender. La discusión escaló hasta los gritos. Su padre intentó mediar, pero fue inútil. Lucía se fue esa noche del brazo del alacrán y no volvió a hablarle a Miguel.

La boda fue privada sin la familia presente. Su madre lloró durante meses. Miguel abrió los ojos sintiendo el peso de esos 8 años. Había perseguido a el alacrán con una obsesión que iba más allá del deber. Era personal. Ese hombre le había arrebatado a su hermana, la había corrompido, la había alejado de todo lo que era bueno y ahora ese guacamayo podría ser la clave para destruirlo.

 Antes de continuar con nuestra historia, me gustaría dejar un saludo muy especial a nuestros seguidores en Estados Unidos, en México, en Colombia, en Perú, España, Italia, Venezuela, Uruguay, Paraguay, República Dominicana, Puerto Rico, El Salvador, Ecuador, Bolivia, Chile, Argentina, Costa Rica, Cuba, Canadá, Francia, Panamá, Australia, Guatemala, Nicaragua y Honduras.

 ¿Desde qué parte del mundo nos escuchas? Comenta para saludarte. Bendiciones para todos. Continuando con la historia. La sala de interrogatorios número tres era la más pequeña de la estación. Apenas una mesa metálica, dos sillas y una grabadora antigua. Miguel entró con la jaula de Roco y cerró la puerta.

 Afuera podía escuchar las risas sofocadas de algunos oficiales. “Déjalo en paz, Miguel”, le había dicho el sargento Mora. Ese loro no va a cantar como testigo protegido. Pero Miguel había aprendido algo en sus 15 años de servicio. La paciencia siempre vencía a la desesperación. Colocó la jaula sobre la mesa, abrió la puertecilla y esperó.

 Roco salió cauteloso, sus garras raspando el metal. “Tranquilo”, murmuró Miguel, manteniendo las manos quietas. “No voy a hacerte daño. Pasó una hora, luego dos. Miguel había traído semillas de girasol, la comida favorita de los guacamayos, según había investigado en internet. Las colocó en pequeños montones sobre la mesa.

 Roco las ignoró al principio, pero el hambre eventualmente ganó. Miguel encendió la grabadora. Prueba uno. Día 1. Sujeto. Guacamayo confiscado en operativo contra Sebastián Mendoza, alias el Alacrán. El pájaro masticaba las semillas, observándolo con desconfianza. Sé que puedes hablar, continuó Miguel en voz baja.

 Sé que estuviste ahí en las reuniones, en las llamadas, en las negociaciones. Los escuchaste a todos. Roco emitió un grasnido agudo. Luego otro. Miguel sintió la frustración creciendo en su pecho. Afuera escuchó pasos acercándose. Era Vargas que abrió la puerta sin tocar. Miguel, el capitán pregunta si hay avances.

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