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El conde que juró no amar jamás… ahora no puede dejar de pensar en ella.

Hay secretos que una sola noche puede revelar y promesas que un corazón roto jura nunca cumplir. Sebastian Hartley, conde de Brentham, construyó murallas alrededor de su alma después de presenciar el matrimonio desastroso de sus padres. juró no amar jamás, pero cuando una tormenta lo obliga a compartir refugio con una mujer misteriosa que se hace llamar Miss Grey, algo en él comienza a resquebrajarse.

Ella desaparece al amanecer, dejando únicamente una partitura marcada como si fuera un mapa hacia su corazón. Meses después, el destino los reúne nuevamente y Sebastián descubre que la mujer que no puede olvidar está atrapada en una telaraña de manipulación y mentiras. Podrá salvarla sin perderse a sí mismo.

Logrará protegerla sin romper su voto de nunca amar. Si las historias de amor prohibido, secretos del pasado y redención los apasionan, suscriban al canal para no perderse ninguna de nuestras narraciones. Comenten qué es lo que más aman de los romances de época. Ahora, prepárense para sumergirse en esta historia.

Capítulo 1. La tormenta azota el campo de Somerset con una violencia que parece querer arrancar los árboles de raíz. Sebastian Hartley, conde de Brentam, maldice entre dientes mientras su caballo lucha contra el viento y la lluvia que cae como latigazos. A sus 29 años, Sebastián es un hombre que prefiere el control absoluto sobre cada aspecto de su existencia, pero la naturaleza no respeta títulos nobiliarios ni planes meticulosamente trazados.

Su cabello castaño oscuro está completamente empapado, pegado a su frente y sus ojos grises reflejan más irritación que preocupación. mide 1,85 y su constitución atlética habla de un hombre que pasa tanto tiempo supervisando sus tierras como en los salones londinenses. La capa de viaje se adhiere a sus hombros anchos mientras divisa finalmente las luces de la posada del cisne blanco.

Un establecimiento modesto, pero respetable que conoce de viajes anteriores. Al entrar, sacudiéndose el agua como puede, Sebastian nota de inmediato que no está solo. Junto al fuego del hogar principal, envuelta en una capa de viaje empapada, hay una joven que tiembla visiblemente. El ama de llaves, la señora Hobbs, una mujer entrada en años de expresión severa pero ojos amables, revolotea alrededor de ella con mantas y té caliente.

Lord saluda la señora Hobs con una reverencia. Me temo que la tormenta nos ha traído a dos huéspedes esta noche. La joven señorita también buscaba refugio. Solo tengo dos habitaciones disponibles, naturalmente en extremos opuestos del pasillo. Sebastian asiente quitándose la capa mientras observa a la desconocida con curiosidad contenida.

Cuando ella finalmente levanta el rostro, algo en su pecho se contrae inexplicable. Es hermosa, pero no de esa belleza artificiosa que domina los salones de Meifer. Su cabello castaño claro, ahora húmedo y escapando de un recogido deshecho, enmarca un rostro ovalado de rasgos delicados. Sus ojos color avellana lo observan con una mezcla de cautela y evaluación inteligente.

Parece tener alrededor de 23 años y aunque su vestido de viaje es de buena calidad, no es el de una dama de la alta sociedad. Hay algo en ella que sugiere refinamiento, pero también una vulnerabilidad que intenta ocultar detrás de una postura erguida. Miss Grey se presenta ella con una voz suave pero firme, sin ofrecer más información.

Sebastian reconoce la mentira inmediatamente. Ha pasado suficiente tiempo en círculos aristocráticos como para detectar cuando alguien oculta su verdadera identidad. Pero la noche es larga, la tormenta ruge afuera y algo en la expresión de la joven le indica que tiene sus razones. Conde de Rentam, responde él con una leve inclinación de cabeza.

Parece que la naturaleza ha conspirado para convertirnos en compañeros de infortunio esta noche. La señora Hobbs, cumpliendo su papel de guardiana de la moralidad, insiste en permanecer presente en la sala común. Prepárate, dispone mantas adicionales y mantiene su labor de costura cerca, aunque sus ojos vigilantes nunca se alejan demasiado de los dos huéspedes.

Las horas pasan con una extraña intimidad que solo el aislamiento forzado puede crear. Sebastian, quien habitualmente mantiene conversaciones superficiales diseñadas para revelar lo menos posible, se encuentra hablando con una honestidad que lo sorprende. Mi padre, dice en un momento de la noche con la mirada fija en el fuego, era un hombre que confundió la posesión con el amor.

Mi madre pagó el precio de esa confusión cada día de su matrimonio. Ella no responde de inmediato, pero cuando lo hace, su voz lleva el peso de quien comprende ese dolor. A veces las jaulas más crueles son las que construyen quienes dicen protegernos. Sebastian la mira entonces, realmente la mira y ve en sus ojos Avellana una historia de confinamiento que reconoce.

No hay necesidad de palabras adicionales. En el silencio compartido, en los ocasionales crujidos de la leña y el tamborileo constante de la lluvia, se forma algo que ninguno de los dos puede nombrar aún. Cerca de la medianoche, ella saca de su bolso de viaje una partitura arrugada. Sus dedos trazan las notas con una reverencia que habla de significado profundo.

Era de mi madre, explica suavemente. A veces toco las melodías y siento que ella todavía está aquí guiándome. Sebastián observa las marcas a lápiz en los márgenes. Anotaciones que parecen más que simples indicaciones musicales. Hay iniciales, fechas, pequeños símbolos que sugieren un código. Pero antes de que pueda preguntar, ella guarda la partitura rápidamente, como si hubiera revelado demasiado.

La señora Hobbs cabecea en su silla y, aunque nunca se duerme completamente, les concede momentos de privacidad supervisada. Sebastian y la supuesta Miss Grey hablan de libros, de música, de los lugares que han visto y los que sueñan conocer. Él menciona sus propiedades en Herforshire, sus responsabilidades en la Cámara de los Lores, pero omite cuidadosamente cualquier mención de los pretendientes que su tía le presenta constantemente.

“¿Por qué nunca se ha casado, mi lord?”, pregunta ella con una audacia que pocos se atreverían a mostrar ante un conde. “Porque he visto lo que el matrimonio puede hacer a dos personas que una vez se creyeron enamoradas”, responde él con una franqueza brutal. “No infligiré esa miseria a nadie, ni la aceptaré para mí mismo.

” Ella asiente lentamente y en su expresión hay comprensión mezclada con tristeza. A veces nos protegemos tanto del dolor que olvidamos vivir. Sus palabras se quedan con él, resonando en su mente mucho después de que ella sube a su habitación cerca de las 3 de la madrugada. Al amanecer, cuando Sebastián desciende, descubre que Miss Grey ya se ha marchado.

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