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El Hijo del Hombre Que MATÓ al Che Guevara — 50 Años Después REVELA el Secreto de Su Padre

(La lluvia golpeaba con violencia los cristales del pequeño piso en el barrio de Malasaña, en Madrid. Llevaba meses persiguiendo esta pista. Como periodista de investigación, he visto de todo: políticos corruptos, sicarios arrepentidos, espías de medio pelo. Pero el hombre que estaba sentado frente a mí, con las manos temblorosas aferradas a una taza de café barato, era diferente. Era un fantasma. O mejor dicho, el hijo de un fantasma que cargaba con el peso de la historia contemporánea. Su nombre real no importa, lo llamaremos “Alejandro”. Su padre fue el hombre que, según los libros de historia, apretó el gatillo y acabó con la vida de Ernesto “Che” Guevara en La Higuera, Bolivia, en 1967. Lo que Alejandro estaba a punto de contarme no solo destrozaba la versión oficial, sino que cambiaba todo lo que creíamos saber. Las siguientes horas de grabación fueron un descenso a los infiernos de un secreto familiar guardado durante medio siglo).

Alejandro: (Mirando fijamente la grabadora apagada) Ponla en la mesa. Pero escúchame bien, Juan. Si veo que esa luz roja parpadea antes de que yo te dé el maldito permiso, me levanto, cruzo esa puerta y no me vuelves a ver en tu puta vida. ¿Queda claro? No me importan tus exclusivas ni tu ego de periodista. Me estoy jugando el cuello.

Juan: (Levanto las manos en señal de rendición, intentando mantener la calma) Está apagada, Alejandro. Te lo prometí. Sé lo que te ha costado llegar hasta aquí. No voy a traicionar tu confianza. Pero tienes que entender que, para que el mundo te crea, necesito registrar esto. Cincuenta años de silencio es mucho tiempo. ¿Por qué ahora?

Alejandro: (Suelta una risa amarga y seca, sacando un cigarrillo tembloroso) ¿Por qué ahora? Porque el viejo está muerto. Porque el cáncer por fin le devoró lo poco que le quedaba de alma. Y porque yo ya no puedo dormir, Juan. Me despierto ahogándome. Tú te crees la historia oficial, ¿verdad? Todo el mundo en España, en Europa, en América… todos se creen el maldito mito. La camiseta, el póster, la frasecita de Hollywood: “¡Póngase sereno y apunte bien! ¡Va a matar a un hombre!”. Pura mierda, Juan. Pura y absoluta basura fabricada para las masas.

Juan: (Me inclino hacia adelante, sintiendo un escalofrío. La tensión en la habitación es asfixiante) ¿Me estás diciendo que esa frase nunca existió? Todos los biógrafos, incluso los agentes de la CIA que estuvieron allí, lo han confirmado. Tu padre, Mario… él mismo lo relató en algunas entrevistas.

Alejandro: (Golpea la mesa con el puño, haciendo saltar el café) ¡Mi padre dijo lo que le obligaron a decir! ¡Lo que la CIA y el Alto Mando boliviano le escribieron en un papel! Mi viejo era un don nadie, un suboficial asustado, muerto de hambre y de frío en esa escuelita de La Higuera. ¿Tú te crees que un soldado raso, medio analfabeto, se iba a poner a tener un duelo verbal filosófico con el guerrillero más famoso del mundo? Mírate, eres un tipo inteligente. Piensa un poco. Alguien tenía que ser el rostro del verdugo, y mi padre tuvo la mala suerte de sacar la pajita más corta. Pero eso no es lo peor. El disparo no es el secreto.

Juan: (Trago saliva, dándome cuenta de que estoy a punto de destapar algo inmenso. Mi instinto periodístico está a mil por hora, pero también siento una profunda empatía por el hombre destrozado que tengo enfrente) Entonces, si no es el disparo… ¿qué pasó en esa habitación, Alejandro? ¿Qué es lo que tu padre se llevó a la tumba y que te está matando a ti por dentro?

Alejandro: (Susurra, inclinándose hacia mí, con los ojos inyectados en sangre) El Che no estaba derrotado cuando mi padre entró. Estaba esperando. Y no le suplicó por su vida. Le entregó algo. Algo que demostraba que toda su captura fue un montaje, una traición desde lo más alto de La Habana. Y mi padre… mi padre apretó el gatillo para proteger ese secreto, porque si no, nos mataban a todos. A mi madre, a mis hermanos, a mí.

(El silencio en la habitación fue ensordecedor. Yo había entrevistado a criminales de guerra y a víctimas de terrorismo, pero el dolor crudo en los ojos de Alejandro me paralizó. No era un loco buscando sus quince minutos de fama. Era un hijo destrozado por el legado de sangre de su padre. Le pedí que encendiera la grabadora. Asintió lentamente. La luz roja parpadeó. La historia real comenzó).

Juan: Bien, estamos grabando. Vamos paso a paso, Alejandro. Eres consciente de que lo que acabas de insinuar cambia por completo el relato histórico del siglo XX. Estás diciendo que Fidel Castro traicionó al Che y que tu padre tenía la prueba. Es una acusación gigante.

Alejandro: (Da una calada profunda al cigarrillo) La historia la escriben los que tienen el poder de imprimir los libros, Juan. Yo no soy académico ni político. Yo soy el niño que creció en una casa donde los espejos estaban tapados porque mi padre no podía mirarse en ellos. Yo soy el que le secaba el sudor frío cuando se despertaba gritando en medio de la noche, oliendo a pólvora y a sangre vieja. ¿Quieres saber lo que es la realidad? La realidad es sucia, no tiene banda sonora ni héroes inmaculados.

Juan: (Asiento, intentando no interrumpir su flujo emocional, pero necesito guiarlo) Entiendo tu dolor, de verdad lo hago. Debe ser una carga insoportable llevar ese apellido. Pero, ¿cómo llega tu padre a estar a solas con él en esa escuela? La versión oficial dice que se emitió una orden, tu padre entró con un fusil M1 Garand y le disparó.

Alejandro: Sí, entró. Pero no de inmediato. Lo dejaron allí un rato. La CIA, Félix Rodríguez, los coroneles… todos estaban fuera discutiendo cómo iban a presentar el cadáver. Mi padre entró para vigilarlo. Estaban solos. El Che estaba sentado, atado, herido en la pierna. Mi padre me lo contó la noche antes de morir, cuando la morfina ya no le hacía efecto y solo quería confesarse. Me agarró de la camisa, igual que te estoy mirando ahora, y me dijo: “Alejandro, el argentino no me miró con odio. Me miró con lástima”.

Juan: ¿Lástima? ¿Por qué sentiría lástima un hombre a punto de ser ejecutado por su verdugo?

Alejandro: Porque el Che sabía que él se iba a convertir en una leyenda, y mi padre en un monstruo repudiado por la historia. Guevara era un estratega, Juan. Puede que compartas sus ideas o no —a mí, personalmente, la política me asquea tras ver lo que le hizo a mi familia— pero el tipo era brillante. Le dijo a mi padre: “Soldado, no te preocupes. Tú solo eres el instrumento. A mí ya me mataron hace meses en La Habana”.

Juan: (Frunzo el ceño, procesando la información. Esto encaja con ciertas teorías de conspiración sobre la falta de apoyo logístico de Cuba en la campaña de Bolivia, pero escucharlo como un testimonio directo de primera mano es otra cosa). Espera. ¿Guevara le dijo literalmente que lo habían abandonado?

Alejandro: Peor. Le dio algo. El Che tenía sus ropas destrozadas, pero llevaba un pequeño forro oculto en la bota que los soldados bolivianos, en su incompetencia, no revisaron. Sacó un papel. Una hoja doblada, sucia. Se la tendió a mi viejo y le dijo: “Toma esto. Guárdalo. Es tu seguro de vida. Cuando vengan los de arriba a culparte de todo, si intentan desaparecerte, diles que tienes esto. Pero no lo uses hasta que pasen muchos años”.

Juan: ¿Y tu padre lo cogió? Un soldado boliviano aterrorizado acepta un documento de su enemigo número uno… Suena arriesgado, por no decir suicida.

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