En una pequeña calle de Londres, escondida entre una panadería y una tienda de sombreros demasiado caros para ser cómodos, existía una relojería donde el tiempo parecía avanzar de manera distinta al resto de la ciudad. El lugar pertenecía a Clara Wmore, una joven de sonrisa constante, manos precisas y paciencia infinita.
Desde que heredó el negocio de su abuelo, pasaba los días rodeada de diminutos engranajes, tornillos imposibles de encontrar cuando caían al suelo y relojes desarmados que parecían pequeños rompecabezas mecánicos. Clara adoraba su trabajo. Le gustaba descubrir qué pieza estaba fallando, escuchar el sonido irregular de un mecanismo y devolverle vida a objetos que todos daban por perdidos.
También tenía otro pequeño defecto. Corregía a todo el mundo. No lo hacía por arrogancia, simplemente no podía evitarlo. Beso no es un péndulo, es el escape del mecanismo, decía siempre con una sonrisa amable. Y luego continuaba trabajando mientras la otra persona intentaba recuperarse de la humillación. La mayoría de los clientes la adoraban.
Otros la soportaban únicamente porque era extraordinariamente buena reparando relojes. Y después estaba el duque de Blacktorne, el hombre más malhumorado de toda Inglaterra, frío, serio y absolutamente incapaz de sonreír sin parecer que estaba sufriendo físicamente. El duque llevaba años conservando un antiguo reloj de bolsillo que había pertenecido a su abuelo, pero el mecanismo se había detenido hacía mucho tiempo.
Nadie había logrado repararlo y después de escuchar demasiadas promesas inútiles, había perdido completamente la paciencia con los relojeros de Londres. Por eso, cuando alguien le habló de una joven capaz de arreglar cualquier reloj, decidió visitar la pequeña tienda únicamente porque no le quedaban más opciones. Lo que no esperaba era encontrar a una mujer que hablara demasiado, sonriera constantemente y lo contradijera cada 5 minutos.
Y Clara, por supuesto, tampoco esperaba descubrir que el hombre más insoportable que había conocido sería precisamente quien empezaría a ocupar todos sus pensamientos. Capítulo 1. Un reloj roto y un duque sin paciencia. La campanita de la relojería sonó una tarde lluviosa mientras Clara intentaba encontrar un tornillo diminuto que había desaparecido misteriosamente de su mesa de trabajo.
“Si viene por el reloj del señor Benett, todavía sigue roto por culpa del señor Benet”, dijo sin levantar la vista. Nunca debió intentar repararlo usando aceite para cocinar. Cuando no recibió respuesta, alzó finalmente la cabeza y descubrió a un hombre alto y elegante observando el lugar con evidente desaprobación. Llevaba un abrigo oscuro, impecable, guantes negros y la expresión seria de alguien que parecía molesto simplemente por existir.
Clara sonrió automáticamente. Oh, usted no es el señor Benet. Afortunadamente no. Su tono fue tan frío que Clara estuvo a punto de ofrecerle una manta. El desconocido caminó hasta el mostrador y dejó un reloj de bolsillo sobre la madera. Clara lo tomó con cuidado y apenas abrió la tapa, su expresión cambió inmediatamente.
¿Quién hizo esto? El hombre frunció el ceño. Perdón. El mecanismo está destrozado. Mire esta rueda y este resorte. Esto es terrible. El desconocido la observó con visible incredulidad. Tres especialistas intentaron repararlo. Entonces eran tres especialistas muy malos. La sinceridad de Clara cayó sobre la habitación como un ladrillo.
Incluso el viejo reloj cucu del fondo pareció quedarse en silencio por respeto al desastre. El hombre respiró lentamente como si estuviera haciendo un esfuerzo enorme por mantener la calma. Siempre habla así. solo cuando alguien arruina un reloj antiguo. Ella siguió examinando el mecanismo mientras hablaba, completamente concentrada.
El reloj era hermoso, antiguo, delicado y claramente importante para su dueño. Clara podía notar el desgaste de los años en cada pieza y también el daño provocado por manos torpes que habían intentado arreglarlo a la fuerza. “¿Puede repararlo?”, preguntó él finalmente. Clara levantó la vista y respondió con tranquilidad.
Sí. El hombre pareció sorprendido. Así de simple. No será simple, pero sí puedo hacerlo. ¿Cuánto tiempo tardará? Dos semanas. La expresión del desconocido empeoró. Eso es demasiado. No si quiere que vuelva a funcionar correctamente. El hombre apoyó ambas manos sobre el bastón que llevaba y la miró fijamente. ¿Sabe quién soy? No.
Pero sospecho que está acostumbrado a que la gente se impresione mucho cuando lo dice. Por primera vez, Clara notó algo parecido a molestia genuina en sus ojos. Soy el duque de Black Torne. Ah, respondió ella con calma. Eso explica por qué parece tan ofendido por todo. El silencio que siguió fue peligrosamente largo.
Clara intentó no reírse. El duque, en cambio, parecía debatirse entre marcharse o ordenar la ejecución pública de toda la relojería. El reloj perteneció a mi abuelo, dijo finalmente con voz más baja. Quiero recuperarlo exactamente como era. La expresión divertida de Clara se suavizó apenas. Ahora entendía por qué aquel objeto era tan importante.
Ella todavía conservaba las herramientas de su propio abuelo exactamente donde él las había dejado antes de morir. Había cosas que uno no quería perder jamás. “Entonces haré que vuelva a funcionar”, respondió con una pequeña sonrisa. “Pero tendrá que dejar de mirarme como si quisiera declararle la guerra a mis herramientas”. El duque observó el taller desordenado, lleno de relojes abiertos y pequeñas piezas brillando bajo la luz de las lámparas.
Después volvió a mirarla a ella. Clara seguía sonriendo como si acabara de insultarlo de la manera más normal del mundo. Él no entendía cómo una mujer podía hablar tanto y aún así resultar extrañamente agradable. Aquello le irritó inmediatamente. Dos semanas, repitió con frialdad. Espero que al menos valga la pena esperar. Clara levantó una ceja.
Oh, créame, excelencia. Todo reloj importante merece paciencia. El tuque entrecerró los ojos al escuchar aquello. Odiaba la paciencia, odiaba esperar. Y empezaba a sospechar que Misclara Whtmore estaba a punto de convertirse en la experiencia más desesperante de toda su vida. Capítulo 2. El hombre que volvía demasiado seguido.
Durante los siguientes tres días, Clara Whitmore trabajó en el reloj del duque de Black Torne con la misma concentración que utilizaba para las piezas más delicadas de la tienda. El mecanismo estaba en condiciones terribles. Cada vez que lograba arreglar una parte, descubría otro daño provocado por los supuestos especialistas que habían intentado repararlo antes.
Uno había forzado los enranajes, otro había cambiado piezas originales por piezas modernas y un tercero, claramente desesperado o incompetente, había intentado limar parte del mecanismo como si estuviera arreglando una puerta y no una obra de ingeniería fina. Clara pasó casi una hora entera quejándose sola.
“Esto debería ser ilegal”, murmuró mientras sostenía una lupa frente al ojo. “Si vuelvo a encontrar una pieza mal ajustada, empezaré a golpear gente con un reloj de pared.” La señora Joyo la viuda que bordaba pañuelos en la tienda de al lado, apareció en la puerta justo en ese momento. ¿A quién vas a golpear ahora? A un hombre que confundió delicadeza con violencia.
Otro cliente, peor, un relojero. La señora Joyay soltó una carcajada mientras observaba el pequeño caos perfectamente organizado que era la relojería. Había piezas diminutas sobre cada superficie, relojes abiertos junto a tazas de te olvidadas y herramientas tan pequeñas que parecían instrumentos médicos. En medio de todo aquello estaba clara, con las mangas remangadas, el cabello ligeramente despeinado y una sonrisa tranquila que nunca desaparecía del todo, incluso cuando estaba insultando desconocidos.
“Dicen que el duque volvió ayer”, comentó la señora Joyay con evidente curiosidad. Clara levantó apenas la vista, volvió, pasó frente a la tienda dos veces, tal vez iba a otro lugar. Clara, querida, ese hombre parecía vigilar la puerta como si esperara que saliera humo del edificio. Ella intentó concentrarse nuevamente en el reloj.
No funcionó porque, para ser completamente sincera, también había pensado en el duque más veces de las que resultaban razonables. No era culpa suya. Era difícil olvidar a un hombre que parecía permanentemente ofendido por la existencia humana. Además, había algo extraño en él. Debajo de toda aquella rigidez y de su actitud insoportable, Clara había notado algo que reconocía demasiado bien. Tristeza.
El tipo de tristeza que las personas escondían detrás del mal humor porque dolía menos que admitirla. ¿Y bien? preguntó la señora Joyoguaya acercándose al mostrador. Es tan guapo como dicen. Clara hizo una pausa. Lamentablemente, sí. La mujer sonrió satisfecha. Ah, ese lamentablemente significa problemas. No significa nada. Claro que sí.
Cuando una mujer dice lamentablemente sobre un hombre atractivo, significa que ya empezó la tragedia. Clara estuvo a punto de responder cuando la campanita de la puerta volvió a sonar y como si la vida disfrutara complicándole la existencia, el duque de Black Thorne apareció nuevamente en la entrada. La señora Joyai soltó un pequeño jadeo teatral antes de acomodarse el sombrero.
Bueno, yo justo recordé que tengo absolutamente cualquier otra cosa que hacer y desapareció. Cobarde Clara respiró hondo mientras el duque avanzaba hacia el mostrador con la misma expresión seria del otro día, aunque esta vez parecía peor, “Más impaciente, más cansado. Excelencia”, saludó ella con tranquilidad.
Han pasado exactamente tres días. Felicitaciones por no regresar después de solo dos. El duque ignoró completamente el comentario. ¿Cómo va la reparación? Lenta, complicada y llena de decisiones cuestionables tomadas por otros hombres antes que yo. Eso no responde mi pregunta. Va bien.
Él observó el reloj abierto sobre la mesa. Parece destruido. ¿Por qué está desarmado? No me gusta verlo así. La sinceridad inesperada de aquella frase hizo que Clara levantara la vista. El duque tenía los ojos fijos en las pequeñas piezas del reloj y por primera vez ella notó algo distinto en su expresión. Ya no parecía arrogancia, parecía preocupación.

Clara suavizó ligeramente la voz. No voy a dañarlo. Él tardó un momento en responder. Ese reloj era de mi abuelo. Me lo regaló cuando tenía 10 años. Entonces sobrevivió demasiados años para rendirse ahora. Los ojos oscuros del duque se encontraron con los de ella durante unos segundos que se sintieron extrañamente largos.
Y Clara tuvo la incómoda sensación de que aquel hombre llevaba muchísimo tiempo sin escuchar algo amable. El problema era que ella no sabía ser cruel con las cosas rotas, ni con los relojes, ni con las personas. ¿Quiere verlo funcionar? preguntó finalmente el duque frunció el ceño. ¿Puede hacerlo? Clara sonrió apenas y tomó una pequeña herramienta.
Luego movió con cuidado una de las ruedas internas del mecanismo. Un segundo después, el reloj emitió un débil sonido metálico. Tic. Silencio. Tic. El duque quedó completamente inmóvil. Aquel sonido era pequeño, casi insignificante, pero Clara vio claramente cómo cambiaba su expresión, como si algo dentro de él acabara de respirar después de muchos años.
Ella sonrió satisfecha. Todavía falta mucho trabajo, excelencia. Pero el viejo reloj no piensa rendirse. El duque continuó observando el mecanismo durante varios segundos antes de hablar nuevamente. Nunca conocí a una mujer que reparara relojes. Nunca conocí a un duque que regresara a una tienda tres veces en la misma semana. Él levantó lentamente la mirada.
Esta es la segunda vez. Clara sonrió con inocencia. Sí, pero todos sabemos que pasó ayer frente a la tienda dos veces. Por primera vez desde que lo conocía, el duque pareció genuinamente desconcertado y Clara decidió en ese preciso instante que molestarlo iba a convertirse en una de sus actividades favoritas.
Capítulo 3. Una invitación absolutamente innecesaria. Clara Wickmore llevaba toda la mañana intentando convencer a un anciano extremadamente terco de que un reloj no podía funcionar correctamente si insistía en guardarlo dentro de un cajón lleno de galletas. Las migas entran en el mecanismo, señr Perkins. Llevo 20 años haciendo lo mismo y llevo 20 minutos limpiando azúcar de un engranaje.
El hombre cruzó los brazos. Antes los relojes eran más resistentes. Antes las personas también morían de cosas absurdas con mucha más frecuencia. El señor Perkins la observó en silencio. Tu abuelo también discutía conmigo. Sí, pero él cobraba más caro cuando usted ignoraba sus consejos. El anciano refunfuñó algo incomprensible mientras pagaba y finalmente abandonaba la tienda, todavía convencido de que las galletas no tenían ninguna relación con la mecánica.
Clara suspiró y volvió a sentarse frente al reloj del duque. El mecanismo ya respondía mucho mejor. Algunas piezas seguían siendo delicadas, pero el reloj había comenzado a recuperar su ritmo original y eso la hacía sentir absurdamente satisfecha. Le gustaba esa parte del trabajo. El momento exacto en que algo roto comenzaba lentamente a volver a la vida.
Mientras ajustaba una pequeña rueda dorada, la campanita de la puerta volvió a sonar. Clara levantó la vista automáticamente y para su absoluto cansancio emocional, el duque de Black Thorne estaba otra vez allí. Ella apoyó lentamente la herramienta sobre la mesa. Excelencia, ¿vive usted cerca o simplemente decidió mudarse definitivamente a mi relojería? El duque ignoró el comentario mientras observaba el taller.
El lugar sigue igual de desordenado y usted sigue igual de malhumorado. Qué tranquilidad saber que algunas cosas permanecen estables. Él se acercó al mostrador y dejó un sobre la madera. Clara lo miró con sospecha inmediata. ¿Qué es eso? Una invitación. Eso ya me preocupa. El duque respiró lentamente, como si estuviera preparándose para una conversación particularmente difícil.
Mi madre organizará una cena este viernes. Clara parpadeó. ¿Y eso qué tiene que ver conmigo? ¿Quiere conocer a la mujer que está reparando el reloj de mi abuelo? Clara soltó una pequeña risa incrédula. ¿Usted le habló de mí? La expresión del duque se endureció apenas. mencioné la situación. Oh, Dios mío, de verdad habló de mí.
No exageremos. Fueron dos comentarios. Dos comentarios son muchísimo viniendo de un hombre que parece considerar las conversaciones una pérdida de tiempo. El duque la observó durante un segundo. Lo peor era que claramente ella no tenía miedo de él. Nadie hablaba así con el duque de Black Torne, ni siquiera sus amigos, especialmente porque no tenía muchos.
Mi madre insistió en invitarla, continuó él. Cree que las personas interesantes no aparecen con frecuencia en mi vida. Clara sonrió ampliamente. Su madre ya me cae bien. No debería. Tiene la desagradable costumbre de intervenir en asuntos ajenos. Eso explica mucho. ¿Qué se supone que significa eso? ¿Que usted tiene cara de hombre perseguido por una madre decidida a casarlo? El silencio fue inmediato y tremendamente revelador.
Clara abrió los ojos lentamente. Oh, no. El duque apretó la mandíbula. No saque conclusiones absurdas. Ella comenzó a reírse. No una risa elegante ni discreta. Una risa genuina y divertida que llenó toda la relojería. Su madre quiere encontrar la esposa. Mi madre quiere recuperar la poca paz que le queda antes de morir.
¿Y cree que una esposa solucionará eso? Mi madre cree muchas cosas preocupantes. Clara seguía riéndose cuando el duque habló nuevamente. ¿Va a aceptar la invitación o no? Ella intentó recuperar la compostura. Excelencia, yo arreglo relojes. No voy a cenas de duques. Es solo una cena para usted. Para mí es una excelente oportunidad de derramar sopa sobre algún aristócrata importante.
El duque pareció considerar aquella posibilidad seriamente. Probablemente mi primo merezca que ocurra. Eso sorprendió tanto a Clara que dejó de reírse. Acaba de hacer una broma. No, eso fue definitivamente una broma. Fue una observación, una observación divertida. El duque pareció irritarse consigo mismo y Clara descubrió, para su enorme satisfacción que hacerlo sentir incómodo era muchísimo más fácil de lo que imaginaba.
Ella tomó finalmente el sobre y lo giró entre sus dedos. El papel era grueso, elegante yamente costaba más que toda la tetera de su cocina. Nunca he estado en una casa ducal”, admitió. “Sobrevivirá.” Beso no sonó especialmente tranquilizador porque no intentaba tranquilizarla. Clara negó suavemente con la cabeza mientras sonreía.
Aquel hombre realmente hacía un esfuerzo extraordinario por parecer insoportable cada segundo del día. Y lo más preocupante era que empezaba a parecerle encantador precisamente por eso. El problema era que Clara Whtmore siempre había tenido debilidad por las cosas difíciles de reparar. Capítulo 4.
Una cena, una duqueza y un desastre elegante. La mansión Black Thorne era tan enorme que Clara estuvo convencida durante los primeros 5 minutos de que alguien podría perderse allí y no volver a ser encontrado jamás. Mientras el carruaje avanzaba por el largo camino iluminado con faroles, ella observó las ventanas gigantes, los jardines perfectamente cuidados y las interminables columnas de piedra con creciente sospecha.
“Nadie necesita vivir así”, murmuró para sí misma. “¿Cuántas habitaciones puede usar una sola persona antes de empezar a confundirse?” El cochero fingió no escucharla. Clara alisó nerviosamente las mangas de su vestido azul oscuro mientras intentaba convencerse de que aceptar aquella invitación había sido una idea razonable.
No lo estaba logrando porque reparar el reloj de un duque era una cosa. Cenar con toda su familia era otra completamente distinta, especialmente cuando ella apenas sabía utilizar correctamente más de un cubierto a la vez. Un mayordomo abrió la puerta antes de que pudiera arrepentirse y escapar. Miss Clara Wmore anunció con solemnidad.
Clara entró al enorme salón principal intentando parecer tranquila, aunque por dentro se sentía como una mujer que acababa de caminar accidentalmente dentro de un museo demasiado caro. Entonces vio al duque Sebastián Blacktorne estaba junto a la chimenea, vestido completamente de negro, con esa misma expresión seria que parecía formar parte permanente de su rostro.
Sin embargo, al verla entrar, algo en sus ojos cambió apenas, como si hubiera estado preocupado de que ella realmente no apareciera. Clara decidió disfrutar inmediatamente de ese descubrimiento. Excelencia, saludó con una sonrisa. Qué alivio. Empezaba a sospechar que toda esta casa era una estrategia para intimidarme.
Está funcionando bastante bien. Sí, desgraciadamente sí. Antes de que pudiera seguir hablando, una elegante mujer de cabello plateado apareció con evidente entusiasmo. Por fin, la duquesa viuda de Black Thorne tomó ambas manos de Clara antes de que ella pudiera reaccionar. “Llevo días esperando conocerla.” Clara parpadeó sorprendida.
Días. Sebastián no habla de casi nada, así que cuando menciona a una persona dos veces, inmediatamente me interesa. El duque cerró los ojos con visible resignación. Madre. Oh, cállate. Has pasado años comportándote como un viudo triste sin haber estado casado jamás. Clara tuvo que hacer un esfuerzo gigantesco para no reírse.
La duquesa sonrió encantada al notar su sufrimiento emocional. Ya me agrada muchísimo, querida. Creo que a mí también me agrada usted. Excelente. Necesito aliados en esta casa. Sebastián suspiró profundamente mientras las observaba. Y Clara comprendió algo importante. El duque de Black Torne no era el hombre aterrador de aquella mansión, era claramente su madre.
La cena comenzó pocos minutos después. Clara intentó comportarse correctamente. De verdad lo intentó, pero aquello se volvió más difícil cuando descubrió que había siete cubiertos distintos frente a ella. Siete era una cena, no armas de guerra. Intentó observar discretamente a los demás invitados, pero aquello solo empeoró la situación porque todos parecían manejarlos cubiertos con la seguridad de personas entrenadas desde la infancia.
Ella, en cambio, estaba empezando a sospechar que uno de los tenedores era decorativo. “Va a declararle la guerra a la cuchara si sigue mirándola así”, murmuró Sebastián desde su lado. Clara giró apenas la cabeza. “Hay demasiadas. Son cubiertos, no enemigos militares.” Eso es exactamente lo que alguien criado entre ellos diría.
El duque casi pareció sonreír. Casi. La duquesa, sentada frente a ellos, observaba toda la escena con una satisfacción sospechosa. Sebastián jamás habla durante la cena comentó tranquilamente mientras bebía té. Esto es fascinante. Madre B, no me hagas caso. Continúen discutiendo. Clara bajó la mirada para ocultar una sonrisa. Entonces ocurrió la tragedia.
Mientras intentaba cortar un pequeño trozo de carne con dignidad, el cuchillo resbaló ligeramente de su mano. No fue un desastre enorme. No cayó comida al suelo, no rompió nada, pero el movimiento inesperado provocó que una pequeña gota de salsa terminara directamente sobre el impecable mantel blanco.
El silencio alrededor de la mesa pareció durar 10 años. Clara cerró los ojos lentamente. “Perfecto, murmuró. He sobrevivido exactamente 20 minutos antes de arruinar algo importante.” Pero para su sorpresa, la duquesa soltó una carcajada, una carcajada auténtica y elegante que contagió inmediatamente a varios invitados. “Querida, hace dos meses mi sobrino derramó vino sobre un embajador francés.
Créame, esto es una mejora enorme. Clara empezó a reírse también, aliviada y cuando levantó la vista, descubrió algo todavía más sorprendente. Sebastián la estaba observando, no con molestia, no con desaprobación. La miraba como si llevara muchísimo tiempo sin disfrutar realmente de una cena. Aquello hizo que Clara sintiera un extraño calor en el pecho.
Entonces el duque habló en voz baja, solo para ella. Le dije que sobreviviría. Clara sonrió apenas. La noche todavía no termina, excelencia. Aún podría incendiar accidentalmente una cortina. Y para absoluto horror de Sebastián Blacktorne, esa posibilidad le pareció muchísimo más divertida de lo que debería. Capítulo 5.
El reloj, los rumores y una propuesta absurda. Dos días después de la cena en Black Torne Hall, Clara descubrió algo profundamente injusto sobre la aristocracia londinense. Les encantaba hablar y aparentemente les encantaba hablar de ella. No entiendo por qué todos están actuando como si hubiera sobrevivido a un incendio”, se quejó mientras acomodaba herramientas sobre su mesa de trabajo.
“Solo cené con personas muy ricas que usan demasiados cubiertos.” La señora Joyay sonrió con descarada satisfacción desde la puerta de la tienda. “Querida, cenaste en la casa del duque más inaccesible de Londres. Eso para estas personas prácticamente cuenta como un acontecimiento histórico. Clara dejó escapar un suspiro dramático.
Desde aquella noche, varios clientes habían encontrado excusas ridículamente evidentes para visitar la relojería. Una mujer incluso había llevado un reloj perfectamente funcional solo para intentar descubrir cómo era el duque en privado. Clara todavía seguía indignada por aquello. “Le juro que esa mujer ni siquiera sabía qué reloj había traído”, murmuró.
Lo abrió al revés. Eso pasa cuando el verdadero interés no es el relojero. Clara intentó ignorar el comentario. No funcionó porque el problema era que ella también había estado pensando demasiado en Sebastián Blackthorne en la forma en que observaba todo como si esperara constantemente malas noticias en lo cansado que parecía algunas veces cuando creía que nadie lo estaba mirando.
Y peor aún, en aquellas pequeñas ocasiones donde parecía olvidar que debía comportarse como un hombre permanentemente malhumorado. Clara estaba ajustando una pieza diminuta del reloj cuando la campanita volvió a sonar. No necesitó levantar la vista para saber quién era. Excelencia, empieza a preocuparme la cantidad de tiempo que pasa aquí.
Y a mí empieza a preocuparme que siga hablando antes de saludar. Ella sonrió inmediatamente. Entonces, ambos tenemos problemas. Sebastián avanzó lentamente por la relojería mientras observaba el lugar con la misma expresión crítica de siempre. Aunque Clara empezaba a sospechar que aquella mirada ya era costumbre y no verdadera desaprobación.
¿Cómo está el reloj? Preguntó él. Mucho mejor que la última vez. Ella levantó cuidadosamente el mecanismo y giró una pequeña pieza interna. El reloj comenzó inmediatamente a funcionar. Tic, tic, tic. El sonido llenó la pequeña tienda con un ritmo limpio y constante. Sebastián quedó completamente quieto. Clara observó discretamente su expresión mientras él tomaba el reloj entre las manos.
Había algo profundamente distinto en el modo en que lo sostenía. Ya no parecía el duque frío y distante que intimidaba a media Inglaterra. Parecía simplemente un hombre recordando a alguien que extrañaba. “Mi abuelo odiaba llegar tarde”, dijo de pronto, todavía mirando el reloj. Decía que la puntualidad era una forma de respeto. Entonces segaramente habría odiado a la mitad de mis clientes.
Una pequeña sombra de diversión cruzó brevemente el rostro de Sebastián. Clara sonrió satisfecha. Aquello ya contaba casi como un milagro. Todavía debo terminar algunos ajustes continuó ella, pero el mecanismo está estable otra vez. Sebastián levantó finalmente la mirada. Ha hecho algo que nadie más pudo hacer.
Sí. Bueno, yo no intento arreglar relojes usando fuerza bruta y malas decisiones. Él negó apenas con la cabeza y entonces, para sorpresa de Clara, apoyó lentamente el reloj sobre el mostrador sin soltarlo del todo. “Necesito pedirle algo más.” Ella levantó una ceja. Eso sonó peligrosamente serio. “Mi madre organizará un baile la próxima semana.
” Clara soltó inmediatamente un pequeño sonido de horror. No, Sebastián frunció el ceño. Todavía no he terminado de hablar. No es necesario. Ya escuché la palabra baile y mi respuesta sigue siendo no. Mi madre quiere que vaya. Eso parece un problema suyo. También quiere que usted vaya. Clara lo miró como si acabara de anunciarle una tragedia nacional.
¿Por qué? Sebastián tardó un segundo en responder. Porque desde la cena no deja de hablar de usted. Su madre necesita nuevos pasatiempos. Estoy completamente de acuerdo. Ella cruzó los brazos. Excelencia, la última vez casi ataqué accidentalmente un mantel con un cuchillo. Un baile parece claramente un riesgo para la seguridad pública.
Sobrevivirá otra vez. Eso dijo antes y tenía razón. Clara abrió la boca para responder, pero se detuvo porque Sebastián estaba mirándola de esa forma extraña otra vez, con menos frialdad, con menos distancia, como si sin darse cuenta, hubiera empezado a sentirse cómodo en aquella pequeña relojería llena de desorden y piezas diminutas, y aquello era peligrosísimo.
No sé bailar Bals correctamente, admitió ella finalmente. Sebastián permaneció en silencio unos segundos, luego habló con absoluta calma. Yo puedo enseñarle. Clara lo observó fijamente y por primera vez desde que lo conocía fue ella quien se quedó sin palabras. Capítulo 6. un bals, un reloj y un hombre completamente perdido.
Clara llevaba exactamente 7 minutos intentando aprender a bailar Bal sin destruir accidentalmente los pies del duque de Black Torne. No estaba saliendo bien otra vez, dijo Sebastián con paciencia sorprendente. Estoy bastante segura de que ya he pedido disculpas suficientes para una sola noche. Solo me pisó tres veces. Eso es muchísimo.
El gran salón de Black Torne Hall estaba vacío a excepción de ellos dos y de la señora Joy Why, que había insistido escandalosamente en acompañar a Clara por razones de seguridad emocional y ahora observaba todo desde un sofá mientras fingía bordar. En realidad no había cosido una sola puntada desde que llegaron.
Clara sospechaba que estaba disfrutando demasiado de la situación. El problema, explicó Sebastián mientras guiaba nuevamente la posición de sus manos, es que intenta pensar demasiado cada movimiento. Eso hago con todo. Ya lo noté. Ella levantó la vista hacia él. Eso fue una crítica. Fue una observación. Empiezo a sospechar que usa esa frase para escapar de cualquier conversación incómoda.
Sebastián ignoró el comentario, aunque Clara vio claramente como intentaba ocultar una pequeña sonrisa y aquello era todavía más peligroso que el Bals, porque durante las últimas semanas el duque había empezado a cambiar de maneras pequeñas pero imposibles de ignorar. Seguía siendo serio, seguía siendo orgulloso y seguía odiando esperar absolutamente cualquier cosa, pero ahora hablaba más.
A veces incluso parecía relajarse en su presencia. La señora Joyoguay afirmaba que aquello tenía un nombre muy evidente. Clara se negaba rotundamente a escucharla. “Concéntrese”, murmuró Sebastián. Estoy concentrada. Está mirando la lámpara. Porque la lámpara no me obliga a girar en círculos mientras arriesgo mi dignidad. Antes de que Sebastián pudiera responder, Clara dio otro paso incorrecto y perdió ligeramente el equilibrio.
Todo ocurrió demasiado rápido. Sebastián la sostuvo inmediatamente de la cintura para evitar que cayera y Clara terminó apoyando una mano sobre su pecho mientras ambos quedaban completamente quietos. El silencio cambió de golpe. Ya no era cómodo ni divertido. Era otra cosa, algo más lento, más extraño.
Clara levantó apenas la cabeza y descubrió que Sebastián la estaba mirando fijamente. No como un duque observando a una invitada, no como un hombre irritado observando un problema. La miraba como si acabara de darse cuenta de algo que todavía no sabía cómo manejar. Y eso hizo que el corazón de Clara se comportara de manera absolutamente ridícula.
La señora Joyica raspeó exageradamente desde el sofá. Ambos se separaron inmediatamente. Excelente, comentó la mujer con total tranquilidad. Ya empezamos con las miradas largas. Esto avanza más rápido de lo que esperaba. Señora Joyay, gruñó clara, horrorizada. ¿Qué? Tengo 60 años. Mi entretenimiento es limitado.
Sebastián se aclaró la garganta y volvió a adoptar esa expresión seria que utilizaba como armadura contra el resto del mundo. Aunque Clara ya empezaba a notar las grietas. “Creo que por hoy es suficiente práctica”, dijo él. “Excelente decisión. Mis pies y su reputación agradecen profundamente este momento.
La señora Joyay se puso de pie inmediatamente. Entonces yo iré a buscarte para celebrar que nadie murió durante el bals. Y desapareció del salón con una sonrisa demasiado sospechosa. Clara suspiró mientras caminaba hacia una de las ventanas gigantes. Fuera. Londres estaba cubierto por una ligera lluvia nocturna que hacía brillar las calles bajo la luz de los faroles.
No entiendo como la aristocracia convirtió bailar en una actividad social obligatoria, comentó ella. Parece agotador fingir elegancia durante tantas horas. Sebastián se acercó lentamente. La mayoría lleva practicándolo desde niños. Eso explica porque yo parezco un caballo nervioso cada vez que giro.
Él soltó un pequeño suspiro que sonó peligrosamente parecido a una risa contenida. Clara giró inmediatamente la cabeza. Lo hizo otra vez. Sebastián frunció el ceño. Acerque peso. Ese casi no sonrío, pero secretamente me divierto. No tengo idea de qué está hablando. Claro que sí. Clara seguía sonriendo mientras intentaba recuperar la respiración después del bals.
“Ya casi terminaré el reloj”, dijo con suavidad. “Solo faltan algunos ajustes delicados.” Sebastián permaneció en silencio unos segundos antes de responder. Mi abuelo solía decir que uno podía saber mucho de una persona observando cómo cuidaba sus objetos más queridos. Clara apoyó una mano sobre el borde de la ventana.
“¿Y qué diría de mí? Sebastián levantó lentamente la mirada hacia ella y tardó demasiado en responder. ¿Qué dedica el corazón completo a todo lo que toca? La sonrisa de Clara desapareció lentamente porque aquella frase no sonó casual. Sonó honesta, demasiado honesta. Y Sebastián pareció darse cuenta exactamente al mismo tiempo.
El silencio entre ellos cambió otra vez. más lento, más cercano, más peligroso. Entonces la señora Joy regresó al salón con la bandeja de té y arruinó el momento inmediatamente. Perfecto, anunció alegremente. Todavía no se han besado. Llegué justo a tiempo. Capítulo 7. un reloj nuevo y una excusa terriblemente sospechosa.
La mañana en que Clara terminó finalmente el reloj del duque de Black Torne, la pequeña relojería se sintió extrañamente silenciosa. El mecanismo funcionaba perfectamente. Después de semanas de trabajo delicado, ajustes imposibles y discusiones constantes con piezas que parecían disfrutar arruinándole la paciencia, el viejo reloj de bolsillo había vuelto a latir con la misma precisión elegante de décadas atrás. Tic, tic, tic.
Clara observó el movimiento de las agujas y sonrió con satisfacción. Bien, murmuró suavemente. Ya puedes volver a comportarte como un reloj respetable. Pero la alegría duró exactamente 3 segundos, porque inmediatamente después apareció un pensamiento profundamente incómodo. El reloj estaba listo y eso significaba que Sebastián ya no tendría motivos para regresar a la relojería.
Aquella idea le desagradó muchísimo más de lo que estaba dispuesta a admitir. La señora Joy Why, que llevaba años desarrollando un talento sobrenatural para detectar problemas románticos, la observó desde la puerta. ¿Tienes cara de tragedia emocional? No tengo ninguna cara. Claro que sí. Es la misma cara que pusiste cuando se terminó la temporada de fresas el año pasado.
Clara ignoró el comentario mientras envolvía cuidadosamente el reloj dentro de un pequeño paño oscuro. Solo estoy cansada. Y yo soy una bailarina de ópera. Antes de que Clara pudiera defenderse, la campanita de la puerta sonó. Ambas levantaron la vista al mismo tiempo. Sebastián Blacktorne acababa de entrar en la tienda. Llevaba el abrigo oscuro de siempre y esa expresión seria que parecía empeorar cada vez que el clima se volvía más frío.
Sin embargo, Clara ya había aprendido a notar pequeñas cosas que nadie más parecía ver. La forma en que sus hombros se relajaban apenas al entrar allí, la manera en que sus ojos recorrían automáticamente la relojería buscándola e incluso aquel gesto casi imperceptible que hacía con la boca cuando intentaba ocultar que algo le divertía.
Y todo aquello era peligrosísimo. Excelencia, saludó Clara intentando sonar completamente normal. Justamente estaba pensando en usted. La señora Joyay soltó un ato sospechosamente teatral. Sebastián arqueó apenas una ceja. Eso debería preocuparme. Depende. ¿Ha roto algo más esta semana? La señora Joyay decidió abandonar inmediatamente la habitación antes de empezar a reírse frente al duque.
Cobarde. Clara tomó el reloj cuidadosamente y se acercó al mostrador. Por primera vez desde que conocía a Sebastián sintió nervios reales porque aquella pequeña entrega parecía significar algo más importante de lo que debería. Ya está listo”, dijo finalmente. El duque no respondió de inmediato. Observó el reloj en silencio mientras Clara lo colocaba frente a él.
Luego lo tomó con una lentitud extraña, casi cuidadosa. Clara abrió suavemente la tapa del mecanismo. El reloj comenzó inmediatamente a funcionar. Tic, tic, tic. El sonido llenó la pequeña relojería y Sebastián se quedó completamente inmóvil. Sus ojos oscuros permanecieron fijos en las agujas durante varios segundos.
Clara incluso pensó que había dejado de respirar. “Exactamente igual”, murmuró él finalmente. Aquella frase fue tan baja y tan honesta que algo se apretó dentro del pecho de Clara. Sebastián siguió observando el reloj con expresión seria, demasiado seria. Y entonces Clara comprendió que no estaba pensando solamente en su abuelo, también estaba pensando en otra cosa, en el hecho de que el reloj ya no estaba roto, en el hecho de que ya no necesitaba regresar, el silencio entre ambos se volvió extraño, incómodo, triste. Sebastián cerró lentamente la
tapa del reloj y levantó la mirada hacia ella. Gracias, Clara. No, Miss Whitmore, Clara. Y aquello hizo muchísimo más daño del que debería. Ella sonrió apenas. Fue un honor arreglarlo. Sebastián asintió lentamente. Luego sacó dinero del bolsillo interno del abrigo y lo dejó sobre el mostrador. Demasiado dinero.
Clara frunció inmediatamente el ceño. Eso es una cantidad absurda. Lo vale, no, excelencia, con eso podría comprar media calle. Entonces, considere que estoy invirtiendo en la preservación de la relojería. Clara estuvo a punto de discutir, pero se detuvo porque Sebastián seguía mirándola de esa forma extraña, como un hombre que quería decir algo más y no sabía cómo hacerlo.
Finalmente, él tomó el reloj y dio un paso hacia la puerta. Luego otro y otro. Clara sintió un vacío ridículo en el pecho. Qué situación tan humillante. Sebastián llegó hasta la entrada de la relojería. La campanita sonó y salió. El silencio que quedó después pareció enorme. Clara bajó lentamente la mirada hacia sus herramientas.
Bueno, eso era todo. Entonces había terminado. El reloj estaba arreglado. El duque ya no tenía motivos para volver y aquello dolía muchísimo más de lo que tenía sentido. Habían pasado exactamente 40 segundos cuando la puerta volvió a abrirse bruscamente. Sebastián regresó a la relojería con expresión completamente seria.
Demasiado seria. tan seria que Clara sospechó inmediatamente. El duque caminó hasta el mostrador y colocó otro reloj de bolsillo frente a ella. El objeto tenía una grieta evidente en la tapa, una grieta extremadamente reciente. Clara levantó lentamente la mirada, luego miró el reloj, luego volvió a mirarlo a él. Excelencia.
Sí, acaba de romper este reloj. Sebastián sostuvo su mirada con absoluta dignidad aristocrática. Fue un accidente desafortunado. Clara tomó el reloj y lo observó más de cerca. La grieta todavía está fresca. Qué observadora. Y esto parece el golpe de alguien que lo lanzó contra una pared. Las paredes aparecen inesperadamente algunas veces.
Clara lo observó en silencio durante dos segundos y luego empezó a reírse. No pudo evitarlo. Sebastián Blacktorne, Duque de Blacktorne, hombre temido por media sociedad londinense, acababa claramente de destruir un reloj solo para tener una excusa para regresar. Y lo peor era que estaba intentando mantener la dignidad mientras lo hacía.
“Bo, Dios mío”, dijo Clara entre risas. Usted no quería dejar de venir a la relojería. Sebastián permaneció serio durante unos segundos, aunque sus ojos ya no parecían tan fríos como la primera vez que había cruzado aquella puerta. Necesito reparar el reloj. Claro que sí. El daño parece importante. Importantísimo. Clara seguía sonriendo cuando Sebastián inclinó apenas la cabeza hacia ella y entonces finalmente ocurrió.
sonrió de verdad. No aquella expresión apenas contenida que intentaba esconder constantemente. No una sombra de diversión pasajera, una sonrisa auténtica, tranquila, cálida y tan inesperadamente hermosa que Clara olvidó respirar por un instante. “Entonces supongo que tendré que volver mañana”, dijo él suavemente y probablemente todos los días después de eso.
Clara levantó una ceja divertida. Todos los días. Sebastián observó el reloj roto entre las manos de ella antes de volver a mirarla. Creo que todos los relojes de mi casa están a punto de romperse. Clara soltó una risa incapaz de contener. Y mientras el viejo reloj sobre la pared seguía marcando lentamente el paso de los segundos, comprendió que por primera vez en muchísimo tiempo, el futuro sonaba exactamente como algo feliz.
Epílogo. El hombre que seguía rompiendo relojes. 6 meses después, toda la alta sociedad londinense había llegado a una conclusión muy clara. El duque de Blackthorne estaba completamente enamorado. La conclusión apareció después de varios acontecimientos imposibles de ignorar. Primero, Sebastián Blackthorne había comenzado a sonreír con una frecuencia preocupante.
Segundo, ahora pasaba demasiado tiempo en una pequeña relojería de Londres donde antes jamás habría puesto un pie voluntariamente. Y tercero, los relojes de Black Thorne Hall empezaron a romperse con una regularidad francamente sospechosa. La duquesa viuda estaba disfrutando cada segundo de aquello. Estoy segura de que ese reloj del salón funcionaba perfectamente ayer”, comentó inocentemente una tarde mientras tomaba té.
Sebastián, sentado junto a Clara en el gran salón de la mansión, ni siquiera levantó la vista de su vaso de whisky. Los mecanismos antiguos son impredecibles. Clara tuvo que morderse el interior de la mejilla para no empezar a reírse, porque el reloj del salón había dejado de funcionar exactamente 15 minutos después de que Sebastián descubriera que ella planeaba pasar la tarde siguiente en la relojería.

Qué coincidencia tan extraordinaria. La duquesa sonrió satisfecha detrás de su taza. Por supuesto. Clara bajó la mirada hacia el pequeño anillo brillante que descansaba en su mano izquierda y sintió nuevamente aquella felicidad absurda que todavía no terminaba de parecer real. Comprometida. Ella, Clara Whore, nieta de un reloj y mujer capaz de discutir violentamente con engranajes diminutos, estaba comprometida con el duque más temido de Londres.
y honestamente seguía pareciéndole un poco ridículo. La noticia había provocado exactamente las reacciones que esperaba. La señora Joyay lloró durante 20 minutos completos mientras repetía que lo supo desde el momento en que ese hombre empezó a regresar demasiado seguido. El señor Perkins aseguró que todo había comenzado porque Sebastián jamás aprendió a guardar correctamente un reloj.
Y la aristocracia londinense, por supuesto, llevaba semanas enteras hablando del tema como si se tratara de un acontecimiento nacional. Clara encontraba aquello profundamente entretenido. “Está sonriendo otra vez”, murmuró Sebastián a su lado. Ella levantó la vista. Es culpa suya. Eso parece preocuparme cada vez menos.
Aquello todavía lograba sorprenderla algunas veces. El hombre que antes parecía ofendido por la existencia humana, ahora hacía comentarios peligrosamente cercanos al coqueteo sin siquiera darse cuenta. Era adorable. Y Sebastián odiaría profundamente saber que ella pensaba eso.
La música comenzó a sonar desde el otro extremo del salón, donde varios invitados se preparaban para bailar. La duquesa observó inmediatamente a su hijo con expresión sospechosamente satisfecha. Sebastián. Él cerró los ojos lentamente. Madre, no puedes comprometerte con una mujer y luego ignorarla durante el bals. No la estoy ignorando. Todavía no la has invitado a bailar.
Clara sonrió mientras Sebastián le dedicaba a su madre una mirada resignada. Luego se puso de pie y extendió una mano hacia ella. Miss Whmmore Clara levantó una ceja divertida. Qué formal. Estoy intentando comportarme como un hombre elegante. Le está saliendo regular. La pequeña sonrisa que apareció en el rostro de Sebastián hizo que varias personas alrededor fingieran discretamente no estar observando, porque aparentemente ver sonreír al duque de Black Torne seguía siendo un fenómeno social importante. Clara tomó
finalmente su mano y permitió que él la guiara hasta el centro del salón. Espero que recuerde los pasos”, murmuró Sebastián mientras colocaba una mano sobre su cintura. “Espero que usted recuerde que fue quien insistió en enseñarme.” La música comenzó suavemente y esta vez Clara no tropezó, no pisó sus zapatos, no perdió el equilibrio porque ya no estaba pensando demasiado en cada movimiento, simplemente seguía el ritmo junto a él.
Sebastián la observó durante unos segundos antes de hablar en voz baja. Ha mejorado mucho. Eso sucede cuando una persona recibe clases diarias completamente innecesarias. Nunca fueron innecesarias. La forma en que lo dijo hizo que Clara sintiera calor en el pecho otra vez. Aquel hombre realmente tenía una habilidad extraordinaria para decir cosas románticas sin darse cuenta de que las estaba diciendo.
Giraron lentamente bajo la luz cálida de las lámparas mientras las conversaciones alrededor se mezclaban con la música y por un instante todo pareció extrañamente perfecto. Entonces Clara recordó algo importante. Por cierto, dijo con sospechosa tranquilidad. El reloj de la biblioteca no estaba roto.
Sebastián mantuvo exactamente la misma expresión seria. Nunca dije que lo estuviera. Lo lanzó contra una silla. La silla apareció inesperadamente. Clara soltó una carcajada. Es la excusa más absurda que he escuchado en mi vida. Sebastián inclinó apenas el rostro hacia ella y esa vez no ocultó la sonrisa. ¿Funcionó? No.
Clara abrió la boca para responder, pero no pudo porque Sebastián Blackthorne acababa de mirarla como un hombre completamente enamorado y honestamente ya no parecía amargado en absoluto. Gracias por haber llegado hasta aquí. La verdad disfruté muchísimo esta pequeña historia. Me encantó imaginar al duque orgulloso regresando una y otra vez a la relojería solo para verla.
Mientras la duquesa viuda y la sñora Joyai ya sospechaban mucho antes que ellos mismos lo que estaba pasando. Sebastián y Clara me parecieron una pareja muy dulce y espero de corazón que esta historia les haya gustado tanto como a mí y sobre todo que les haya sacado una sonrisa porque honestamente hay días en los que lo necesitamos, una pequeña pausa, un momento bonito, algo que nos haga sentir un poquito más ligeros y lo mejor es que sonreír sigue siendo gratis.
Mis historias de romance están hechas con el corazón, con el corazón de alguien que todavía piensa que los amaneceres son hermosos, que siente que el olor a vainilla es un precioso recuerdo y que todavía sería capaz de esconderse para comer un chocolate sin tener que compartirlo. Así que si alguna de mis novelas logra hacerlo sonreír, suspirar o escaparse del mundo por un ratito, entonces siento que todo esto ya valió la pena.
Y si conocen a alguien que también necesite una sonrisa o un pequeño refugio al final del día, no olviden compartirle esta historia. Y por supuesto, recuerden suscribirse al canal y activar la campanita para que YouTube les avise cada vez que suba una nueva novela romántica. Gracias de corazón por acompañarme en esta pequeña aventura.
Carmen.