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Lo que Encuentra Enterrado de inmediato hace lamentar al Ricachón

Aurelio Salazar llevaba 30 años entrando por la puerta de servicio. 30 años diciendo, “Buenos días, patrón.” Con la cabeza baja, 30 años cargando costales, barriendo bodegas, aguantando gritos. Esa mañana de marzo, cuando lo llamaron a la oficina principal, pensó que por fin le darían el reconocimiento que merecía. Se equivocó.

 Ricardo Montero ni siquiera levantó la vista cuando Aurelio entró. Estaba firmando papeles con su traje gris y sus mancuernillas de oro, como si el hombre parado frente a él no existiera. “Siéntate”, dijo sin mirarlo. Aurelio obedeció. A sus años, obedecer era lo único que sabía hacer bien. “Ya no te necesito”, continuó Montero.

 “La empresa se está modernizando y necesitamos gente joven.” El golpe fue tan seco que Aurelio tardó en procesarlo. 30 años, más de la mitad de su vida y todo terminaba con cinco palabras pronunciadas como quien lee una factura. Pero, patrón, mi liquidación. Montero sonrió. Fue una sonrisa fría de esas que no llegan a los ojos.

 Tu liquidación. Abrió un cajón y sacó un folder amarillo. Resulta que la empresa tiene una propiedad que nadie quiere. Una casa en el cerro abandonada hace años. Te la voy a dar en lugar del dinero, así quedamos a mano. Una casa. Firma aquí. Aurelio miró el documento. Las letras se movían frente a sus ojos.

 Una casa a cambio de 30 años de sudor. Una casa que nadie quería. Y si no firmo, Montero dejó de sonreír. Si no firmas, te vas sin nada y me aseguro de que nadie en este pueblo te dé trabajo. Tú decides. Aurelio pensó en su cuarto alquilado, en los ahorros que se le acababan en su edad.

 No tenía opciones, tomó la pluma y firmó. Cuando se levantó para irse, Montero ya estaba hablando por teléfono, como si él hubiera dejado de existir. Pero antes de cruzar la puerta, Aurelio escuchó algo que lo detuvo en seco. “Sí, ya está”, decía Montero a quien fuera que estaba del otro lado. El viejo firmó que se pudra ahí con todo lo demás.

 Aurelio no entendió qué significaba esa frase. No sabía que esa casa guardaba secretos que Montero llevaba décadas tratando de enterrar. No sabía que dentro de esas paredes ruinosas encontraría la verdad sobre su padre muerto, sobre su esposa envenenada, sobre la hija que lo abandonó sin explicación. No sabía que esa firma lo convertiría en el peor enemigo del hombre más poderoso del pueblo, pero lo iba a descubrir.

El camino al cerro era de tierra suelta y piedras afiladas. El taxi no quiso subir más allá de la última curva. Ahí arriba no sube nadie, don, dijo el chóer. Esa casa tiene mala fama. Aurelio pagó y siguió a pie cargando su maleta con una mano y el retrato de consuelo con la otra. El retrato era lo único que le quedaba de ella, una fotografía del día de su boda, cuando ambos eran jóvenes y creían que la vida sería amable.

 Consuelo murió hace 4 años. Los doctores dijeron que fue una enfermedad rara, algo en la sangre que nunca pudieron explicar bien. Se fue apagando poco a poco como una vela sin oxígeno. Aurelio todavía soñaba con ella algunas noches y despertaba buscándola en el lado vacío de la cama. La casa apareció entre los árboles como una herida vieja.

 Paredes agrietadas, techo hundido en varias partes, ventanas sin vidrios que parecían ojos muertos mirando al valle. El jardín era un caos de maleza y basura acumulada durante años. Aurelio se detuvo frente a la puerta. sintió algo extraño, una mezcla de frío y advertencia, como si la casa misma le dijera que no entrara. Empujó la puerta, las bisagras chirriaron.

 El olor lo golpeó primero. Humedad, encierro, algo podrido que no pudo identificar. El piso estaba cubierto de polvo tan grueso que sus pisadas dejaban huellas claras. En las paredes había manchas oscuras, como si alguien hubiera tratado de cubrir algo con pintura. Barat. Recorrió las habitaciones una por una.

 Cada cuarto era peor que el anterior. Muebles rotos, colchones devorados por las ratas, restos de una vida que alguien abandonó deprisa. En lo que debió ser la sala principal, Aurelio encontró una fotografía enmarcada tirada en el suelo. El vidrio estaba roto, pero la imagen se veía clara. Un hombre joven con bigote grueso parado junto a esta misma casa cuando todavía estaba entera.

Aurelio no reconoció al hombre, dejó su maleta en una esquina y colocó el retrato de consuelo sobre una repisa polvorienta. “Ya llegamos”, le dijo en voz baja. “Parece que aquí vamos a terminar.” Afuera, el sol comenzaba a ocultarse tras las montañas. Aurelio no tenía electricidad, ni agua, ni comida. Solo tenía una casa que nadie quería y un silencio tan denso que podía tocarse.

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Esa noche durmió en el suelo usando su maleta como almohada. No sabía que bajo sus pies, a solo 3 m de profundidad estaban enterradas las respuestas que cambiarían todo. Los ruidos empezaron cerca de la medianoche. Aurelio despertó de golpe con el corazón latiéndole en la garganta. Arriba, en el segundo piso, algo se movía.

 Pasos lentos, como si alguien arrastrara los pies sobre la madera vieja. Se quedó inmóvil, sin respirar, escuchando. Los pasos se detuvieron, después un golpe seco, luego silencio. “¿Hay alguien?”, gritó, aunque su voz salió quebrada. Nadie respondió. Tomó una lámpara de aceite que había encontrado en la cocina y subió las escaleras.

 Cada peldaño crujía bajo su peso. El pasillo del segundo piso estaba más oscuro que abajo. Las sombras se movían con la llama de la lámpara. revisó el primer cuarto. Vacío, el segundo también vacío. En el tercero encontró una ventana rota por donde entraba el viento, moviendo una cortina podrida que colgaba de un solo clavo.

 Eso explicaba los ruidos, solo el viento. Estaba por bajar cuando algo llamó su atención. En la pared del fondo, cerca del techo, había una diferencia de color, como si alguien hubiera pintado esa sección más recientemente que el resto. La pintura era más clara, más limpia, no tenía sentido en una casa abandonada hace décadas.

 Aurelio se acercó y pasó la mano por la superficie. Bajo sus dedos, sintió algo irregular, como si debajo de la pintura hubiera grietas o tal vez algo más. Golpeó suavemente con los nudillos. El sonido fue hueco. Detrás de esa pared había un espacio vacío. Aurelio sintió un escalofrío que nada tenía que ver con el frío de la noche. Pensó en las palabras de Montero, que se pudra ahí con todo lo demás, que era todo lo demás.

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